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Foz de los Andamios (Los Beyos)

 

 

Vivoli

 

¿Qué son los Beyos? No he conseguido saber de fuentes fidedignas que significa la palabra beyo, pero la conclusión que he sacado es que se llama beyo a los recortados picos que arañan el cielo astur como afiladas sierras, creando profundas hendiduras en las que en muchas ocasiones no permiten que se establezcan valles, tanta es la cercanía entre las moles rocosas, a veces surcadas por profundos arroyos que dan lugar a las "foces"como la de Los Andamios, de la que hablaré mas adelante, y otras muchas de espectacular belleza.

 

 

 

Se sitúa esta zona asturiana en los límites del Parque Nacional de los Picos de Europa, en su parte comprendida entre el puerto de El Pontón y Puente Vidosa, según nos dirigimos a Cangas de Onis.

Afilados salientes en Los Beyos

Mi primer contacto con Los Beyos tiene lugar un día espléndido, soleado, cosa poco habitual en estas tierras, impactandome profundamente. Más tarde, visito la zona con calma, para lo que me dirijo a la localidad de San Juan de Beleño, que ostenta la capitalidad de la comarca. La zona es un conjunto de caseríos entre montañas, salpicados en un precioso valle.

San Juan de Beleño es una villa de fuerte sabor rural, rodeada de montañas de un verde intenso. La calle principal junto al río. Casas blancas contrastan con las tradicionales de piedra que encontramos en la parte alta, más tradicional, y en donde se asientan el ayuntamiento y la iglesia, junto a robles, hayas y castaños, poniendo el toque de color entre ellos.

 

 

Valle del Ponga


La carretera nos conduce haciendo un circulo a través de un precioso valle rodeado de montañas en cuyas cumbres las nubes juegan a esconder el sol. Contemplamos pequeñas aldeas llenas de encanto. El zigzaguear del asfalto nos obliga a ir lento, lo cual se agradece, las vistas merecen ser contempladas. De vez en cuando nos paramos en los bordes del camino para contemplar con calma el paisaje.

Pasa el tiempo lento, al cabo de un rato la carretera, mas bien pista asfaltada, discurre junto a un río que nos acompaña hasta nuestra salida del circo montañoso, y va a desembocar al Sella, río principal que riega estos Beyos encantadores.

 

Algo más arriba, se encuentra el puente de Huera, lugar donde arranca la ruta de LA FOZ DE LOS ANDAMIOS. Es esta una ruta cómoda. Se asciende por una estrecha pista asfaltada, por la que solo cabe un coche, y que es mejor subir a pie, de lo contrario no podríamos contemplar tan precioso paraje. Aparcamos el coche en un recodo de la carretera y comenzamos nuestro andar.

 

Los helechos cuelgan de las paredes



Caminamos bajo una pared rocosa, arqueada como si quisiera cubrirnos con su cresta saliente y por la que de vez en cuando oímos rodar piedras que vienen a caer junto a nosotros. A nuestra derecha el río Vivoli corre tan profundo que es difícil a veces verlo, va escondido entre frondosa vegetación, avellanos en su mayor parte, aunque no falta una gran diversidad de árboles y arbustos.

Los bordes de la carretera son un verdadero jardín, enormes helechos salpicados de las más diversas y desconocidas flores. Las mariposas constantemente revolotean entre ellas. Frente a nosotros, una hermosa chorrera de agua se desliza por una verde pared de helechos y enredaderas.


La ascensión no es dura, pero constante. No se hace fatigosa, hay que parar de vez en cuando, no podemos evitarlo, las cascadas que surgen de lo más alto caen ruidosas, primero al asfalto, después por la gran pared que bordea el río. Este se desliza saltando por las piedras que le hacen retorcerse una y otra vez para abrirse camino en su rápida bajada al Sella.


Ya casi al final de la ascensión se abre el encajonado cañón y se muestra a nuestros ojos la aldea de Vivoli, en medio de una verde y aterciopelada pradera.

Peña Vivolines


Una mole rocosa protege la aldea, Peña Vivolines. Sus paredes grises destacan en medio del verdor del valle.

Es un caserío pequeño, encantador, todas las edificaciones son de piedra, hórreos, paneras, casas... y la iglesia. Un conjunto digno del más hermoso cuadro. Parece que viéramos un escenario preparado a propósito, y sin embargo es una realidad, tan tangible y cierta como la dura vida de este puñado de gentes que viven en tan maravilloso entorno sin importarles el aislamiento en los nevados inviernos.


Creo que son personas muy inteligentes, que han sabido ver que no hay precio que pueda pagar semejante belleza. En el porche de una preciosa casa un paisano organiza la leña junto a su esposa, les saludamos y entabla amigable conversación con nosotros, incluso nos ofrece tomar algo y sentarnos con ellos. Se respira bondad en sus palabras y gestos, y al despedirnos me llevo una sensación de ternura y sosiego que me dura todo el día.

Regresamos por el mismo camino que vinimos. Ahora el paisaje parece diferente, la bajada, más cómoda, me hace reparar aún más en las flores que bordean el camino, es imposible conocerlas, creo que la mayoría de ellas son autóctonas, aunque también abundan los brezos, preciosos, de variados colores, rojos, blancos, malvas, rosas...

 

Profundos barrancos y afilados picos

En algunas laderas el serpol se adueña y las cubre por completo. En los bordes de la carretera abundan los helechos que se mezclan con toda clase de flores. Es una primavera en todo su esplendor.

Algunas son tan diferentes a todas las que he visto hasta ahora que me gustaría conservarlas todas, pero es imposible.

Y las mariposas... las hay por docenas,de un precioso color ámbar moteadas de negro, revolotean sin parar, no consigo hacerles una foto, y cuando lo consigo sale desenfocada, no paran en su aleteo, y las envidio, las envidio sinceramente.

Llegamos al final. Al final de la caminata y al final de las vacaciones. Lo siento, me ha calado hondo esta tierra, dura y dulce, de amable gente, siempre sonriente y afable.

Estas montañas me han calado más hondo aún que las altas cumbres de Los Picos, porque, a pesar de no ser tan conocidas, están impregnadas de belleza.

Julio-2002