La aldea es
un hervidero de gente, grupos de montañeros con sus equipos
desperdigados alrededor del puente que salva las aguas del río
y conduce al grupo de casas, otros auténticos turistas, que
solo llegan a donde el esfuerzo es mínimo, y los que vamos
a medias, subir cómodos y bajar no tanto para disfrutar un
poco del paisaje. Todos tenemos derecho...
Desde el puente
sale una senda que conduce al mirador del Naranjo, (Pico Urriellu).
Desde aquí paradójicamente no se ve, se esconde en un
circo de altas montañas, rocosas, desprovistas de arbolado
pero no por ello menos bellas, el verdor está a sus pies y
¡de qué modo! helechos, zarzas, hierbas de todo tipo,
cardos, un tipo de cardo azul violáceo que encontraremos en
todos nuestros recorridos. No se ve la tierra, la vegetación
lo tapa todo, y entre ella un pequeño riachuelo que corre junto
al camino.
Nos dan sombra
los castaños, robles, tejos, todo está sembrado de vida...
y hace calor, el sol luce claro, cosa rara en Asturias, y en poco
rato, aproximadamente un cuarto de hora, llegamos a un lugar donde
podemos ver la cumbre del Naranjo.
Debo confesar
que no es uno de sus mejores ángulos, precisamente al estar
tan cerca solo vemos la cumbre, redondeada, lisa, especial, única...
Descansamos un rato contemplando el circo de montañas y el
precioso valle. Laderas verdes rodeando el lecho del río. Blancas
nubes que corren rápidas empujadas por el viento. La paz se
respira. Hay poca gente, se han quedado muchos abajo.
|
Al
fondo el pico Urriellu
|
 |
Las montañas
son muy altas, el Naranjo alcanza algo mas de 2.500 mts, el resto
no le va a la zaga, solo hay que mirar sus peladas rocas de caprichosas
formas. A los pies la vegetación existe, pero según
ganan altura, solo las plantas mas duras consiguen abrirse paso entre
las grietas y sobrevivir en los rellanos rocosos donde el sedimento
terregoso deja arraigar sus tímidas raíces..
Decidimos
emprender el regreso seguros de que lo que nos esperaba no nos iba
a defraudar. Rebasamos la entrada del túnel y emprendimos la
bajada por una senda en principio muy cómoda.
El río Tejo nos acompaña todo el tiempo. Forma un cañón
profundo, donde crecen los tejos y castaños. Un fresco verdor
intenso, solo roto por el color de las múltiples flores que
solo se aprecian en las zonas cercanas al camino, son diminutas de
todos los colores, de todas clases, nos llaman la atención
los rodales de clavellinas, a las que estamos acostumbrados a ver
solo en nuestros jardines, aquí están silvestres, preciosas...
|
Bulnes
encaramado en su cima
|
|
|
Volvemos la
vista atrás y vemos en lo alto de una loma las casitas de Bulnes
de Arriba, preciosa estampa, si no nos paramos a pensar en la dificultad
de estas gentes para sobrevivir en los duros inviernos, año
tras año, con todos los inconvenientes de su aislamiento, necesidades
primerísimas y posibles enfermedades, a veces urgentes, durante
tantos años sin otra comunicación que la dificultosa
senda que vamos a recorrer nosotros en plan festivo y de disfrute.
El camino
comienza siendo de piedra, forma parte de la roca, caliza y resbaladiza,
hay que pisar con cuidado para no caer, los jóvenes nos pasan
con su paso rápido y seguro, pero nosotros continuamos lentos,
disfrutando del paisaje cada vez más bello. El Tejo baja saltando,
cantando de tal manera que a pesar de la distancia podemos oírle
como si lo tuviéramos al lado.
De pronto
un ruido semejante a un gran salto de agua me llama la atención,
espero verlo a mi derecha de un momento a otro, cosa que me sorprende,
aquí no hay río, el Tejo está a mi izquierda
y muy profundo. Pronto veo claro que está pasando, no puedo
ver correr el agua, está en el interior de la gran roca que
estamos atravesando, es agua subterránea, ha horadado la montaña
y salta dentro de ella, así seguirá durante años,
hasta que un día aflore y probablemente la montaña tome
otra forma caprichosa...
Inmersos en
tan delicioso paisaje llegamos a un punto en el que en medio de un
circo de montañas aparece Puente Poncebos, final de nuestro
caminar, el sol juega con las rocas haciendo luces y sombras, y en
las laderas cercanas al puente que salva El Cares las cabras pastan
tranquilas acostumbradas a la muchedumbre que prolifera por este lugar.
Estoy cansada, el calor ha sido muy fuerte y lo noto, pero el paseo
ha sido delicioso.
Julio, 2002
M. R. B. M.