Mirador del Fito y Hayedo de la Viescona

Entre Villaviciosa y Ribadesella, se asoma al mar la Sierra del Sueve. No es una sierra de grandes alturas, al contrario, es una serie de redondeadas montañas que son el preludio de los Picos de Europa.

Desde el mirador del Fito

En ella se encuentra un lugar muy peculiar, el mirador del Fitu, cerca del Pico Pienzu, de algo más de 1.100 metros de altitud, cota baja que corrobora lo que digo anteriormente.

Pero este lugar es privilegiado. Desde él contemplamos la costa recortada y los lejanos Picos.

Lo más deseado es que el día esté despejado. No es tan difícil como parece que en Asturias tengamos un día despejado. Lo que suele ocurrir es que se alternen las nubes y los claros, y entre ellos nos podamos dar el "gustazo" de ver los límites asturianos, desde León hasta el mar.

El día de mi visita corresponde a uno de esos días en que las nubes se pasean a su antojo. Hay una bruma en el ambiente que hace que la lejanía sea difusa, (de ahí la poca calidad de las primeras fotos, pero creo que es significativa la grandiosidad de la las siluetas recortadas a lo lejos)

Desde el mirador del Fitu

Cuando llegamos al mirador, el espectáculo es magnifico. Tenemos un espectacular mar de nubes que se extiende hasta la Sierra del Cuera, en primera línea, ocultando los valles, y a lo lejos, entre brumas los Picos de Europa.

En dirección opuesta, igualmente entre brumas, la costa y el Barranco de la Viescona, donde se oculta el hayedo que visitaremos en la bajada.

Cordal de los Arrudos

Después de contemplar ambas imágenes, comenzamos a caminar por el cordal de los Arrudos, para lo cual subimos por una corta pendiente y nos situamos en una pradera en donde las cabras pastan tranquilas.

A nuestra derecha, el Pico Pienzu, blanquecino en la cumbre por la caliza que lo compone, y verde en el fondo .

No podemos dejar de mirar abajo, al barranco oculto por el espeso hayedo, y a lo lejos, a la playa, en donde grupos de casas relucen con los rojos tejados. Alguna nube se pasea sobre ellos. Vemos muy bien la costa recortada, o mejor dicho, veíamos porque comienza a cubrirse, a formarse una espuma blanca que se diría que galopa por las laderas.

Barranco de la Viescona

Apenas han transcurrido unos minutos y ya no vemos la playa, ni las casas, ni el hayedo. Viene hacia nosotros, como tirada por mil caballos veloces. De un momento a otro nos vemos envueltos en una niebla espesa, suave y fresca. Es un manto de armiño.

Cordal de los Arrudos

Pero apenas dura. Como viene se va, se aleja a buscar el valle del lado opuesto. Y nosotros continuamos caminando en un momento especial.

Pico Pienzu

Se ha quedado totalmente despejado. Los brezos, las retamas, los pinos y las piedras son nuestros compañeros. Al fondo la llanura donde se encuentran las Cabañas de Bustaco. Junto a la casa, una fuente, un prado enorme, un árbol a cuya sombra me tumbo, y que no identifico por pura vaguería, tanto me relaja el lugar, y el fondo el Pienzu y la subida a través del bosque al collado Beluenzu. Parte del grupo decide subir. Las vistas del mar desde este collado deben ser magnificas.

Yo me quedo. Las botas me están martirizando los pies. Hace un calor inesperado y he cometido el error de traer unas botas de invierno. El pie ha dilatado, las botas no dejan que se refresque y me oprimen los dedos y las uñas. Llevo tiritas de silicona por todas partes. Prefiero quedarme y disfrutar de la bajada por el hayedo.

Hayedo de la Viescona

¿Habéis visto los hayedos en su forma más salvaje? Aquí los tenéis. Sin nadie que los alinee. Sin nadie que los pode, los corte o los guíe. Están a su antojo. Siempre me dijeron que los hayedos no permiten que crezcan en ellos otras especies. No es cierto. En este caso, los acebos conviven en la mejor de las armonías.

Haya

¿Que sentí cuando entré en él? Pues... vamos por partes. Nos separamos de la Llanada del Bustaco campo a través, sin senda, entre tapines y barro por donde ha corrido el agua en otro momento. Ahora tenemos un septiembre seco que nos permite ver los horizontes y el sol, pero que no nos deja disfrutar de los hermosos hilos de agua fresca. A lo lejos una línea espesa de hayas que cada vez se acerca más hasta que la atravesamos y nos introducimos en el bosque.

Hayedo

Y... nos damos de bruces con una barranquera por donde debe correr un arroyo, escondida detrás de un haya enorme, de brazos extendidos, retorcidos, juguetones.

El suelo es una alfombra parda, mullida, crujiente. Es un hayedo antiguo, de gran porte, entre los que surgen las nuevas hayas, de finos troncos.

Barranco y hayedo de la Viescona

Entre ellas los acebos buscan la luz. No es un hayedo espeso, lo que hace que no se forme esa bóveda habitual que no deja que el sol penetre. Pero si se respira frescura y humedad.

A medida que avanzamos, se vuelve más salvaje, mas agreste, más inclinado. La senda se abre paso entre helechos y enredaderas. Cada vez es mayor la humedad. Cada vez el musgo se va adueñando más y más hasta cubrir todos y cada uno de los troncos al completo. ¿Podéis imaginar la sensación al tocar uno de esos troncos? Suavidad, frescura, y una cara de admiración con mezcla de "papamoscas" mirando al cielo, buscando el artífice de tal hermosura.

Barranco de la Viescona

El barranco se hace mas profundo. Las rocas se cubren de helechos, finos, estilizados, dejando salir sus raíces al exterior buscando la humedad reinante, los troncos tumbados... de setas blancas. Habría parado el tiempo. Pero el tiempo no para. Nosotros tampoco debemos parar. Llegamos a los límites del hayedo, ahora una llanura donde un camino ancho nos marca el final.

Playa de la Griega

De aquí, ya por carretera y motorizados iremos a la Playa de la Griega. Nos espera un buen baño.

Septiembre 2.006

M.R.B.M.