Por las costas de AsturiasUno de mis deseos es recorrer las costas asturianas. Sus escarpados perfiles esconden arenosas playas, suaves y doradas en la mayor parte de ellas. La excepción produce la mayor belleza, en medio de esas suaves arenas emergen crestones de afiladas rocas, recortan el mar y convierten en espuma las rompientes olas.
Estos últimos días, mis deseos se han cumplido en parte. He podido recorrer algunos kilómetros de estas costas, y lo que he visto a aumentado mi interés por conocerlas de un extremo a otro. En mi afán por contaros mis andaduras, mezclaré algunas fotos de otros viajes anteriores, en plan "turismo" Comenzaré por el extremo mas occidental y os mostraré los lugares que he visitado. Faltan muchos que presupongo tan bellos o más que estos. Confío que el destino me permita completar mi recorrido y poder intercarlarlos en esta irregular muestra.
El límite occidental asturiano lo marca la ría del Eo. Frente a nosotros Ribadeo, ciudad perteneciente a la gallega Lugo Parece decirme "de ahí no pases hoy, esto no es Asturias" Pero no lo escucho, y atravieso el puente de hierro que une ambas provincias.
Desde la otra orilla, la gallega, contemplo la población más occidental de Asturias, Figueras y por un momento olvido mi propuesta y paseo por las calles de Ribadeo. Admiro su puerto, ordenado, limpio, y veo desaparecer a lo lejos la ría, cuyas aguas no se sabe sin son asturianas o gallegas.
Este día está nublado. Más bien diríamos bastante plomizo, un día norteño. Asomada al mirador contemplo los barquitos que recorren la ría, y me dejo acariciar por la suave brisa, húmeda y fresca. Respiro hondo, queriendo tragarme este cielo gris que humedece mis pulmones resecos de los calores castellanos. He hecho un alto en mis incursiones somedanas. Aprovecho este día cubierto en donde difícilmente puedo ver las cumbres que tanto quiero y me acerco al mar.
Afortunadamente, Asturias es así. Todo a un paso. Mar y montaña. No es mi deseo bañarme en la playa ni tomar el sol tumbada en la arena. Mi deseo es ver las olas romperse, las barquitas que se alejan las velas al viento, la espuma que dibuja caprichos y sueños... Rodeamos la ría, atravesamos Vegadeo y Castropol, sin detenernos en ellas, lo aplazamos para una visita posterior y nos encaminamos a Tapia de Casariego.
La playa de no es grande, pero sí fina, recoleta, rodeada de un paseo adornado de tamarindos. Agradezco esta calma mientras camino para adentrarme en el centro de la ciudad. Tapia es una ciudad cuidada. Está en fiestas. La Patrona de los marineros pone al pueblo en pie que engalana las calles con arena y caracoles.
Es un ambiente festivo, curioso. Celebro haber venido este día.
Desde Tapia, por la carretera costera llegamos a Navia. Este primer día poco veo de ella. La ría del Nalón y poco más. Pero permitirme dar un salto en el tiempo, y situarme dos años después, en los días recientes en los que me he calzado las botas y caminado por los acantilados de esta costa Naviega.
Este mes de septiembre es un tanto atípico. Poco queda de aquel julio fresco, gris y húmedo de mi anterior visita. Hoy el calor es casi sofocante. La brisa del mar mitiga este ambiente inusual para Asturias. Por otra parte agradezco la pureza el aire, me permite ver un amplio horizonte.
Una creación turística del Principado, ha sido una red de senderos que recorren la costa por el borde de los acantilados. De este modo, subimos un montículo que nos aleja de la playa y tomamos un camino que entre eucaliptos y pinos nos va llevando a rincones agrestes y escondidos.
Al comienzo son acantilados y pequeñas playas las que se abren a nuestro paso, para llegar al poco rato a una de las más importantes de esta zona, la de Frejulfe.
Como podéis apreciar por la imagen, Frejulfe es una precisa concha de arena fina, limitada por acantilados y pinares donde llega el mar en esas mareas extremas del Cantábrico.
En este lugar hacemos un alto para tomar un baño. Por mi parte me limito a caminar por la orilla dejando que el mar acaricie mis piernas. Siento el agua fría en mis pies doloridos por la caminata. El exceso de calor ha hecho que las botas los martiricen. Contemplo a mis compañeros en el agua, y en el fondo les envidio, pero tengo respeto a estas olas que se levantan con fuerza. Nadar no es mi fuerte. Paseo tranquila por la orilla y miro al infinito. Siento alejarme del lugar, y, como tantas veces, olvido el mundo en el que estoy, este momento me hace pensar que así debe ser el Paraíso.
Abandonamos Frejulfe, para llegar entre pinos y acantilados a Puerto de Vega. Caminamos por sus calles, saboreamos su ambiente marinero por fuera y por dentro, y de nuevo nos ponemos en ruta hasta la playa de Barayo, una de las más nombradas de Asturias.
Para llegar a Barayo, al menos desde el punto donde nosotros nos encontramos, hay que bajar por una fuerte pendiente que se abre paso entre helechos y rocas. Han construido una escalera en la tierra, lo que ayuda bastante. Abajo, son rocas grises, plomizas, y dunas atravesadas por el río Barayo.
En el rincón donde hemos "aterrizado" abundan las gaviotas. Son muchísimas las que sobrevuelan nuestras cabezas. Van hacia el mar, vuelven a las dunas, van... vienen... y yo sigo sus vuelos como si formara parte de ellas. En un momento de ausencia mundana escucho mi voz que dice ¡quiero ser gaviota!
De Barayo nos dirigimos a Luarca. De nuevo un salto al pasado, recuerdos y presente, todo se une en unas horas. Es una preciosa ciudad, colorista, marinera, donde abundan casonas de indianos.
Se sitúa en la desembocadura del río Negro que la atraviesa por su centro. Se diría que el río corta el paso a las casas que parecen querer precipitarse al mar desde la laderas de la montaña.
Se apiñan unas junto a otras, se agolpan queriendo llegar al puerto en un cuadro colorista en donde se funden los ocres, blancos, rojos, azules... y la llamativa luminosidad de las barquitas.
De Luarca damos de nuevo un salto en en el tiempo y el espacio y nos situamos en Cudillero
Al igual que Luarca, Cudillero tiene el encanto de los pueblos de pescadores, y a la vez es un centro importante. Casonas de gente ilustre se mezclan con las típicas de trabajadores del mar. Sus calles también son empinadas. Escaleras por todas partes me llevan a rincones insospechados de los que aparentemente no voy a poder salir, y, a través de pequeños jardincitos colgados y estrechas callejuelas, acabo dándome de bruces con una plaza y una terraza típica en donde los turistas descansan delante del pescado frito.
El puerto es pequeño, pero lleno de encanto. Colores y tipismo por todas partes. En una pared las redes cuelgan esperando el momento de hacerse a la mar.
Como no podía ser de otro modo, las gaviotas sobrevuelan el puerto con sus chirridos estridentes.
No muy lejos de Cudillero se encuentra la playa del Aguilar, salpicada de rocas que no impiden que la arena sea igualmente suave y fina.
Continuando hacia el este, tropezamos con la ría de Pravia. A la izquierda, San Esteban de Pravia, a la derecha San Juan de la Arena. Y a continuación la playa de Los Quebrantos.
Mi visita a esta playa ocurrió a primeras horas de la mañana. Corría una brisa fresca que me hizo ponerme algo de abrigo. Al fondo las montañas.
Es una playa algo diferente. La arena es negruzca, aunque sigue siendo fina. Las rocas que la invaden se dirían restos de lava negra. Pienso en el carácter minero de Asturias y puede que esa sea la razón.
No podría explicar cual fue el motivo por el que esta playa me impactó tanto. El color de la arena, el intenso añil del mar, oscuro y brillante, la brisa fresca, el silencio, la soledad, la hora de la mañana... Pero mirando al infinito, al lejano horizonte, sentí escalofríos, y la palabra quebrantos dió lugar a múltiples ideas que helaron la sangre en mis venas.
A pocos kilómetros de este lugar, se encuentra lo opuesto a él. La Playa de Salinas. Son arenas doradas, sin rocas que corten el mar. Es una playa apta para el turismo. La carretera cercana ofrece a los lados aparcamientos vigilados, lo que nos da una idea de lo que llegará a albergar en días festivos.
Llegamos a Avilés y damos otro salto en el tiempo. De nuevo en ruta senderista, comenzamos a caminar al otro lado de la ría, cerca del faro de San Juan de Nieva. Es posible que la animada conversación con los compañeros de ruta me alejara un tanto del paisaje. Pero en mi recuerdo aparece la extensa playa de Xagó, a la que bajamos después de atravesar acantilados hendidos de grietas profundas y recorrer por senderos estrechos las rocosas laderas que se asoman al mar.
Esta mañana de septiembre, no es festivo, lo que hace que la playa esté solitaria y tranquila. De todos modos, nuestra presencia en ella podría resultar un tanto extraña. Ha cambiado al visitante de bañador y sombrilla por un grupo equipado de bota rígida de caña alta y mochilas a la espalda, que atraviesa la arena con la mirada fija en las olas de espuma blanca, saboreando el baño que sigue después.
El resto de la jornada es un continuo subir y bajar por acantilados y colinas cubiertas de tojos, hasta llegar a las playas de Aguilera y Verdicio. La primera llama mi atención por las ondulaciones que se forman en su orilla. La segunda, mucho más accesible, mas conocida, se sitúa junto al pueblo.
De la playa de Verdicio nos dirigimos al Cabo de Peñas. De nuevo recuerdos, pasado y presente para obtener imágenes distintas. La anterior de julio, fresca, limpia, en medio de brezos flores marineras. El mar añil intenso, y tiempo para recorrer sus alrededores en calma, contemplando cada escarpe, cada hendidura, cada movimiento del mar, la transparencia de las aguas que pasan del azul oscuro al verde esmeralda, y la peña Gaviera que quiere alejarse mar adentro.
Este septiembre caluroso, rodeada de compañeros de viaje, caminantes sedientos, acabamos contemplando la islita que parece una tortuga y haciendo como la mayoría, foto de rigor con el Cantábrico al fondo, y la cerveza del final de la ruta en medio de animada charla.
De nuevo se impone la visita a Luanco. Ciudad turística, llena su playa en las horas calurosas del día. Esta tarde, los bañistas se han marchado y podemos verla tranquila, vacía, mostrando su arena limpia y fina.
Antes de llegar a la playa encontramos el puerto, colorista y tranquilo.
Caminamos hacia la playa atravesando el pueblo. Encontramos la torre del reloj, y balconadas de madera típicas de la zona en la que estamos.
De ella una calle amplia nos lleva a la iglesia, y junto a ella una casona antigua, sin remodelar, da idea de un pasado floreciente.
Y como no puede faltar, las casas de indianos también están presentes en este pueblo.
El puerto es tan luminoso como todos, barquitas azules y rojas, mástiles y rocas... Siguiendo el orden geográfico, debemos hacer un alto en Gijón.
Gijón bien merece una visita especial. La playa de San Lorenzo, la más amplia y conocida, forma la bahía que cierra el promontorio de Cimadevilla. Junto a ella se encuentran las edificaciones más importantes, así como el casco antiguo.
El puerto se rodea de edificios que llaman nuestra atención, como el Palacio de Revillagigedo o la Colegiata de San Juan Bautista.
Pero es esa amalgama de mástiles que miran a la estatua de D. Pelayo lo que puede que resulte más impactante.
Otra vez vuelvo al pasado, doy un salto enorme, y me encuentro caminando por la desembocadura del Sella, lugar de regatas y puerto junto a la ciudad de Ribadesella. Visito la cueva de Tito Bustillo, con magnificas pinturas rupestres, y me encamino a la playa.
De nuevo imágenes bucólicas, entrañables, brisa fresca de mar, velas y gaviotas, promontorios con ermitas, bares con frituras y sidriña, sabor a Asturias
Y por supuesto toda una colección de casas de indianos se extienden por las costas de pizarrosa roca, donde los dinosaurios dejaron su huella. Estamos en la costa de las icnitas.
En esta costa los acantilados son muy peculiares. Peñas horadadas, cuevas que se llenan de agua de mar y caminos subterráneos por donde el cantábrico se pasea en sus mareas altas.
Estos "caminos" dan lugar a los bufones. Espectáculo que solo puede verse cuando el mar embravecido atraviesa las rocas y sale al exterior por las grietas como si se tratara de rugientes géiseres.
A través de playas y acantilados, como San Antolín, me acerco a la vecina Cantabria.
Paseo por Llanes, otra de las ciudades con más renombre de Asturias, me acerco la Cueva del Pindal, donde las pinturas rupestres me deleitan por unos momentos, me asomo al mar en una profunda grieta, repongo fuerzas en la terraza al aire libre junto a la cueva y digo adiós por un tiempo a este precioso rincón de mi país...
al que espero que el destino me permita volver una y otra vez. Faltan muchos kilómetros por descubrir. Gracias Asturias por ser tan hermosa.
M.R.B.M
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