Las Ramblas de Arbeteta
Si me preguntaran que característica destacaría del Alto Tajo, tendría dudas al elegirlo: el verdor de sus aguas, sus cortados o sus ramblas. En efecto, debido a la calidad de las tierras por las que se extiende su cuenca, las aguas torrenciales crean profundas hendiduras que, también por la misma razón anterior, filtran las aguas dejando los cauces a veces secos y formando las ramblas de lechos pedregosos y caprichosas paredes. La variedad de vegetación en estas ramblas es muy rica, aprovecha cada porción de tierra, por pequeña que sea, para brotar alimentada por las aguas que se encuentran bajo las rocas. Arbeteta es un pueblo más bien pequeño, muy conocido por los amantes del Alto Tajo, y puede estar orgulloso de sus ramblas. Hoy visitamos dos de ellas, la del Avellano y la del Arco, que a partir de un determinado recodo cambia su nombre por el de la Fuente Nueva.
Bajamos caminando hasta la Fuente de los Caños, ubicada junto al pueblo y a la que llegamos después de cruzar las primeras calles de este, dejando a nuestra izquierda la silueta del castillo que destaca por encima de las casas. La ruta se separa de la pista nada más pasar la encharcada zona de la fuente, y sobrepasar un puentecito que, aunque subas a él, no evitarás entrar en la zona empantanada. Enseguida surge un caminillo que se dirige a un collado y desde el que bajamos, ya sin senda, a la Rambla del Avellano. Hasta aquí no hay nada de espectacular en el paisaje, nuestros ojos, al comienzo, se dirigieron a otro lugar, ahora a nuestra espalda, por el que tenemos intención de ir a "explorar" en otro momento, la de La Majadilla. Ya en la rambla, tomamos dirección a la derecha por una zona amplia , rodeada de pinos, que poco a poco se va estrechando. Encontramos veredas que van y vienen por ella , hasta que la comienza a estrecharse, y es solo un caminillo que cambia de orilla a su antojo y se pierde de vez en cuando.
Si algo me llama la atención de esta rambla es la cantidad de musgo que cubre las redondeadas piedras. Es como una manta verde amarillenta, como una alfombra que invita a pisar sobre ella, a pesar de que, una vez que lo haces, sientes algo parecido a un leve remordimiento por pisar algo tan delicado. A medida que avanzamos, se va formando un barranco cada vez más estrecho, a la inversa de las rocas, que se vuelven cada vez más grandes, desprendidas de los cantiles laterales, hasta el punto que tenemos que salir del cauce y buscar un senderillo que pasa por la izquierda, por encima de la pared del cauce, y se dirige al borde del cantil. Por él llegamos al final de la angostura y cuando la rambla vuelve a abrirse, se une a ella otra, la del Arco.
Tomamos esta nueva, encontrando en pocos instantes una marcada pista, por la que circulan los todoterrenos.
Nos introducimos en un hermoso paisaje, lleno de calma. Es un precioso pinar rodeado de rocas de gran tamaño y variadas formas. Por entre los pinos crecen los arbustos característicos de esta zona, tomillos, romeros, zarzas y gayubas están por todas partes, pero la sorpresa nos espera cuando descubrimos, a la derecha, el brillo intenso de las hojas de un acebo que aún conserva sus bolitas rojas.
Avanzamos en tranquilo recreo, por la amplia pista. Camino absorta en mis pensamientos, en el acebo que acabo de encontrar, sin percatarme que estoy llegando a la segunda sorpresa del día. Ante mí, casi de pronto, aparece la imagen perfecta de un arco de piedra.
No se trata de ningún puente, es la propia roca la que lo ha creado, y junto a él moles de piedra de diversas formas. Doy vueltas y vueltas, buscando las distintas siluetas, los distintos ángulos, voy de uno a otro, y me paro a contemplar como la yedra sube por estos caprichos naturales. Nos alejamos del lugar por la cómoda pista, hasta que encontramos las confluencia de otra que con esta forma una T. Continuamos por esta nueva pista, a nuestra izquierda, en dirección opuesta al pueblo.
Ahora estamos en la Rambla de la Fuente Nueva, y es hasta la fuente que recibe este mismo nombre a la que nos dirigimos. No tardamos mucho en llegar a ella. Es un bonito lugar, frente a, como no, otras enormes rocas, como todas las que rodean las ramblas. Es muy amplia, muy tranquila, más que una rambla parece un valle, los roquedos quedan algo separados de la pista, hasta llegar a los que indican donde se encuentra la fuente.
Aquí decidimos hacer el descanso, comer y tumbarnos un rato mirando al cielo que se asoma entre los pinos. Escucho el trinar de los pájaros y observo como cambian sus trinos. Me encantaría conocer algo de ornitología, distinguir a los pajarillos por sus piar, pienso si tendrá algo que ver con mi vocación, y me digo a mí misma que soy algo "cotilla" y quiero enterarme que se dicen los pájaros entre sí. Sería precioso, porque estoy segura que deben decirse solo cosas hermosas. Y pienso que por momentos como este merece la pena vivir. Dejo mis reflexiones y emprendemos de nuevo la marcha, ya de regreso. Tenemos referencias de que si seguimos la pista en la que estamos, sin volver por la Rambla del Arco, llegamos a un lugar en donde sale un sendero que, aunque algo desdibujado al principio, conduce al pueblo de forma más corta.
Decidimos hacerlo así, subimos durante un cuarto de hora aproximadamente, y giramos hacia el cerro que llaman Ontolmo, por una nueva pista casi borrada. Encontramos el comienzo del sendero y nos adentramos en el pinar. Esta es la última sorpresa del día, pero en este caso negativa. El sendero se pierde con maleza obligándonos a caminar entre aulagas y brotes de pinos durante casi una hora. No sé si el camino existe y no conseguimos encontrarlo o se ha perdido por el desuso, como la pista que conduce a la cumbre de Ontolmo, que ya casi ha desaparecido, ha dado paso a las gayubas y romeros. El resultado es una caminata incómoda monte a través, ladera abajo, hasta dar con un barranco. Decidimos ir por el lecho que, irónicamente, a pesar de las piedras, es más cómodo que las aulagas. Llega un momento en que esto se hace imposible, nos cierra el paso una profunda poza, y quiere la buena suerte que tomemos el lado de la izquierda, por el que salimos a una loma donde aparecen los campos de cultivo. Desde ellos, al poco de caminar distinguimos la silueta de Arbeteta, la torre de su iglesia desafiante y su castillo sobre la colina. ¡Ya hemos llegado! y bastante bien, según parece. Ha sido un día lleno de sorpresas.
19-marzo-2.004 M.R.B.M.
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