Valle de los Milagros o del río Linares La ruta que hoy nos ocupa se puede realizar de dos formas distintas. La que nos indica el panel informativo que hay al comienzo del valle, junto a la Cueva de los Casares en Riba de Saelices, está pensada para hacerla de ida y vuelta, unos 12 kilómetros en total. Nosotros hemos decidido hacerla lineal, con dos coches, alargándola unos cuatro, con los que la caminata se reduce a 10, pero nos da más posibilidades.
Comenzamos en Santa María del Espino, donde dejamos uno de los coches, (el otro nos está esperando al regreso en el área de recreo, junto a la Cueva de Riba de Saelices). A la salida de Santa María del Espino comienza una pista que al poco se divide en dos tomando nosotros el ramal de la derecha. Pronto nos introducimos en un barranco de paredes rocosas, donde, a nuestra derecha, aparece la Cueva de la Hoz. En ella se encuentran pinturas rupestres lo bastante interesantes como para que se le haya declarado Monumento Nacional, pero desde fuera es de lo más frustrante, un lugar poco cuidado, con una abandonada fuente, que nos deja con la miel en los labios.
Su visita está restringida a los estudiosos de estos temas, razonable pero decepcionante a quienes hemos oído hablar de ella y nos gustaría ver algo. Para llegar hay que separarse de la pista y subir unos metros aunque, no es gran cosa. Este punto es el final de la ruta propuesta por la comunidad en el panel de senderismo. Toman como referencia la unión entre las dos cuevas, pero, repito, esta te deja vacío.
Retornamos a la pista y continuamos bajando por el barranco que ahora se ensancha cerca de la confluencia con el arroyo de la Solana, punto algo conflictivo, debido a que la unión está medio oculta entre la maleza y el nuevo Linares apenas es un pequeño arroyo que se introduce en el valle que se abre a nuestra derecha.
Atravesamos una campa que utilizamos como referencia para buscar las uniones de los arroyos y encontramos una senda que bordea el río por la orilla izquierda y que poco a poco nos va llevando a un barranco no muy cerrado por donde el río ya es bien visible. Hemos de vadearlo con bastante frecuencia, pero no supone ningún contratiempo debido a que su caudal es escaso, salvo en épocas de crecidas.
El río se retuerce siguiendo las formas del barranco en donde se alternan las rocas con los quejigos y robles. Parece ser que esta profunda hendidura, que estas piedras que asoman picudas y grises son resultado de la erosión fluvial, según cuentan los geólogos, y comienzo a meditar sobre cómo algo tan pequeño como este río puede llegar a crear algo tan grande.
Este río Linares es de una confusa denominación. Al comienzo, en el plano del Instituto Geográfico aparece como Arroyo de la Hoz para cambiar algo más adelante por el nombre de Linares, sin motivo aparente. Cuando llega a Riba de Saelices, se le une el Arroyo Lamadre, que viene de Saelices de la Sal y comienza a llamarse río Salado. De todos modos, los lugareños le llaman Linares o Salado, según a quién escuchemos, así le oíremos nombrar.
Todo este galimatías de "sal" arriba y abajo, se debe a que a esta zona, hace siglos... en épocas prehistóricas, llegaba el mar, de ahí los fósiles que se pueden encontrar en ella, las estructuras extrañas y la mezcla de rocas diversas. En todo el Alto Tajo son frecuentes las salinas, muy próximas a esta excursión encontramos las de Saelices, en bastante buen estado. Cerca de Molina, las de Armallá, en el Hundido de Armallones, las de la Inesperada, y otras muchas repartidas por todo Guadalajara.
Esta excursión es muy apropiada para los entendidos en geología, estoy segura que en ella encontrarán muchos alicientes y puntos dignos de ser estudiados. Yo me limito a ver las posibilidades, a percatarme de mi ignorancia, y admirar a los afortunados que pueden descubrir lo que yo no soy capaz. Avanzamos por caminos bien distintos, a veces anchos, otras pequeños senderos que se pierden al llegar a tramos de pizarra suelta, en la que apenas distinguimos como continuar, aunque no es muy difícil adivinarlo, solo seguir el curso del río. El suelo está cubierto de tomillos que al pisarlos llenan de aroma el aire, y a veces la menta de río nos hace cambiar de sensación.
Llegamos a un lugar en donde aparecen numerosas majadas, el río gira bruscamente a la izquierda y se abre un hermoso valle. Al fondo aparece el primero de los puntales del valle de los Milagros. Una ladera cubierta de pinos, suave y lisa, coronada por una masa de roca arcillosa, rojiza que se levanta solitaria en medio del cielo. Atravesamos el valle y la senda gira a la derecha, se convierte en pista y nos muestra los otros dos puntales, que del mismo modo que el anterior surgen entre el pinar.
Es una pradera amplia, preciosa, donde aparece alguna valla de piedra. Al poco la pista que ahora traemos se bifurca, una atraviesa la pradera junto al cauce del río que ahora está semioculto en un lecho de piedras, y otra que sube hacia los puntales. Tomamos este último ramal, nos apetece mucho llegar al pie de ellos y comenzamos a subir. Es una pendiente repentina, unos 60 metros de desnivel en casi 200 metros de recorrido hasta llegar a los dos primeros puntales.
La vista desde este punto es estupenda. Un magnifico pinar en el que las rocas rojizas se apelotonan y luchan por salir entre las ramas, a lo lejos la pista que atraviesa la pradera se introduce en el bosque acompañando en todo momento al Linares. Continuamos subiendo, en principio por una pendiente más suave que al final se vuelve bastante inclinada. Superaremos unos 80 metros de desnivel en 600 metros, aunque la mayor parte de la subida se hace en el último tramo. Tengo un capricho: medir la distancia y la altitud, pero no es mi fuerte, por lo que no estoy demasiado segura que estos datos sean fidedignos.
Desde que nos hemos separado de los dos primeros puntales, el tercero se muestra bien visible al fondo de la pista. A la derecha vemos el pinar y las paredes de roca roja. Arriba, junto al puntal, la pista se vuelve llana. Me gustaría continuar por ella, pero sería demasiado largo, esta pista se utiliza como ruta ciclista, y es larga. Volvemos y nos acomodamos al resguardo de las rocas caídas de uno de los dos primeros puntales. A pesar de que todo está lleno de pinos, probablemente producto de repoblación, aquí, junto a las rocas, los robles comienzan a tomar posesión de lo que probablemente hace muchos años fuera suyo y me alegra ver sus hojas recortadas en estos pequeños brotes que con los años volverán a ser hermosos árboles. Me tumbo en la penumbra del sol y sombra, al abrigo de las rocas.
Hace viento, y, con los ojos cerrados, escucho como ruge en las alturas, como azota las copas de los pinos y como se abre paso silbando entre las oquedades del puntal, buscando salida por entre los pasillos que forman las grietas, haciendo su trabajo erosivo, dando formas extrañas a estas moles que llaman la atención desde que nos asomamos al valle. Decidimos bajar a pesar de lo agradable de estos momentos, y retornamos por la pista. El pinar es precioso y en su cobijo las gayubas y las jaras crecen a sus anchas. Atravesamos la pradera, y comenzamos de nuevo a cruzar una y otra vez el río. Las rocas son muy distintas de las que vimos al comienzo. Ahora son rojizas y redondeadas, antes, picudas y grises. A veces el pequeño río forma remansos al pie de alguna pared con un sencillo encanto.
De este modo llegamos al final del valle donde se ha hecho un pequeño pantano, al pie de la Cueva de los Casares. Esta cueva si es visitable, pero tiene el inconveniente de que no siempre está abierta. Para poder visitarla hay que concertar cita con el alguacil del pueblo. Nosotros aún no lo hemos hecho, pero queda pendiente para otro día. Se encuentra bajo una torre que se cree es de origen musulmán. Junto a ella hubo un asentamiento que según nos cuenta el panel informativo debió existir desde mediados del siglo X, donde convivieron campesinos y soldados en casas de mampostería. La cueva conserva pinturas rupestres en muy buen estado, según me han contado. Pero esta información prefiero que la leáis vosotros en estos paneles cuando visitéis estos lugares, merece la pena.
Septiembre 2.004 M.R.B.M.
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