El Barranco de MontesinosDesde las cercanías del pueblo de Cobeta, sale una cómoda pista que bordea el río Arandilla. Este forma, a su paso por esta zona, uno de los típicos parajes del Alto Tajo: sus espectaculares cortados, similares en belleza a los del Barranco de la Hoz, aunque no tan extensos, pero sí más vírgenes, menos visitados y menos conocidos. Se extiende justo por la orilla del río, entre pinares. La pista asfaltada permite acercarse a la ermita en coche, aunque, desde mi punto de vista, hacerlo caminando nos permite observar los paredones rocosos, arañados por la erosión , emergiendo entre la verde arboleda.
Cuando los cortados llegan a su fin, encontramos la ermita de la Virgen de Montesinos, junto a una explanada donde se han instalado mesas y bancos para el esparcimiento de los lugareños. El río está remansado y los árboles que lo circundan dan buena sombra, lo que lo hace ideal para tomar un baño en verano. Pasada la ermita, la pista desaparece y tenemos que atravesar una valla de alambre para coger el camino que nos llevará al siguiente punto, otra ermita, esta vez la de San Bernardo. El camino discurre entre matorrales y arbolado y pronto debemos cruzar el río. Es estrecho pero profundo, no vemos por donde hacerlo hasta que decidimos poner unos troncos secos y pasar sobre ellos, (el antiguo vado se lo ha llevado una crecida). Continuamos por una verde pradera rodeada de laderas arboladas. Pasamos junto a una valla a la derecha, en el momento en que a la izquierda el valle se abre. Llegamos a la ermita situada en amplio prado rodeado de colinas, blanca de cal, con una casa adosada, y un hombre sentado a la puerta.
Decidimos volver, pero esta vez buscamos otro paso para atravesar el río. La zona es más salvaje, muy frondosa, y el río se hace más ancho y profundo. Cruzamos sobre unas piedras, no sin dificultad, entre el légamo y las plantas acuáticas. El río está sembrado de ellas, todo es maleza, piedras y blanca espuma al saltar por las rocas. Verde el fondo, y matorrales que emergen por todas partes. Por fin en la otra orilla, volvemos a encontrarnos casi en la primera ermita, muy cerca de la valla que tenemos que cruzar. En la pradera que vimos por la mañana, junto a la ermita, nos tumbamos a la sombra de los árboles. Sopla una fresca brisa bajo un cielo impecable. Nos quedamos adormecidos. De pronto el piar de unos pájaros me hace abrir los ojos. Son lavanderas. Pequeños pajaritos típicos de las orillas de los ríos, con las colitas azules, revoloteando en las ramas del árbol que me da sombra y junto a mí. Permanezco inmóvil, no quiero que se vayan, y así durante un rato, en total silencio, solo roto por sus cantos. Volvemos por los cantiles que nos acompañaron al principio, ahora, con mucho sol, su piedra dorada-rojiza tiene un aspecto diferente.
Octubre, 2001 M.R.B.M. |