El Castañar del Tiemblo y el Pozo de la Nieve de Casillas

 

Una de las sensaciones más agradables, desde mi punto de vista, es pasear en otoño bajo las copas de los árboles caducifolios. Las tonalidades que adquieren son maravillosas. Si bien los hayedos tienen la fama, no son los únicos, yo diría más, los hay aún mas impresionantes. Es cierto que los hayedos convinan el color, la forma y el suelo para ser unos de los lugares más deseados. En cuanto a color del follaje, los chopos, arces, castaños, higueras y cerezos silvestres no quedan a la zaga. Su color es tan luminoso que podríamos decir que encienden el bosque.

Hojas de castaño

Para recrearnos en un paseo otoñal, al alcance de cualquiera que habite por el centro de la península, nos dirigimos a la localidad abulense de El Tiemblo. Cuando localizamos unas estatuas de piedra recordando los Toros de Guisando, tomamos una calle a nuestra izquierda, según vamos de Madrid, y siguiendo recto llegamos a una pista asfaltada. Cuatro kilómetros de asfalto nos conducen junto a un embalse y algunas casonas, para acabar en un tramo, otros cuatro kilómetros de tierra, que esta vez sí, nos lleva al aparcamiento donde comienza el castañar.

Alguien recoge castañas entre la hojarasca

Junto al aparcamiento, hay varios paneles informativos, entre ellos como hacer una ruta circular que recorre todo el castañar. Nosotros solo haremos un tramo. Decidimos que nos apetece caminar algo más y ver imágenes diferentes.

Nuestro paseo por el corazón del castañar es una delicia. Hemos llegado pronto, aún no hay demasiada gente y se puede pasear tranquilo. Es el momento justo. El color de las hojas... todo un espectáculo de luz, a pesar de ser por la mañana. Es probable que esto le de aún mayor encanto, es una penumbra de cuento.

Una penumbra deliciosa

Lo primero que hacemos es una visita al "abuelo". Se trata de un castaño de 19 metros de alto y otros tantos de diámetro, curiosa coincidencia... Pero aquí os dejo la leyenda que nos ofrecen de él:

 

"El abuelo"

Dedicamos un rato a curiosear en su hueco tronco. Observamos sus retoños, varios brazos que han crecido a su alrededor y lo mantienen "con vida", a pesar de que su tronco vetusto está muerto.

El camino

Retornemos al camino. Es un paseo amplio, sombreado, cubierto de la hojarasca que tantas copas dejan caer. Durante nuestro caminar, a veces, teníamos la sensación de que se estaba produciendo una lluvia de hojas. El sol juega entre las ramas y el suelo se mancha de colores amarillos,verdes, grises, pardos...

Cerrar los ojos. ¿Oís el crujir de las hojas?

En medio del silencio, el crujir de las hojas es una música sin nombre. Hemos hecho muy bien en venir temprano. Esta tarde, cuando regresemos, esto estará con mucho menos encanto.

Caminamos por la senda que discurre junto al arroyo de la Yedra, hasta un punto en el que dos carteles marcan la bifurcación, uno continúa por el castañar, el otro, el que tomamos nosotros, atraviesa el río por un puente de madera y se dirige a un área de recreo, la de Las Barrancas.

El robledal

Una vez cruzado el río, el paisaje cambia totalmente. Ahora son robles los que cubren las laderas. Un robledal precioso, al que las hojas comienzan a cambiar el color. Aquí hay más verdes que ocres, y el suelo, a pesar de que acaba de pasar el verano, aún está verde. ¿O se ha regenerado con las pocas lluvias que han caído? La verdad es que este otoño está siendo muy seco...

Últimas estribaciones del Pico Casillas (1.768 metros)

Estamos en un extremo de Gredos. Aún los picos no son muy altos, ni tan agrestes como en el resto de la cordillera, pero ya comienzan a ser atractivos. El punto culminante de esta zona el Pico Casillas. Es un pico al que deseo volver, pero hoy no es nuestra meta.

Por el momento, subimos por un pista que atraviesa el robledal. A nuestra izquierda aparece un senderito que nos lleva a la pradera en donde se ubica el área de recreo. Si hubiésemos seguido por la pista habríamos llegado igualmente, pero nos resulta más ameno caminar "a trocha"

Anuncio de la senda

Junto a los bancos y mesas, un cartel nos marca el camino. Nuestro destino es el Pozo de la Nieve. Hay dos senderos, el de la derecha es el que tomamos, a pesar de no ser el que nos indican. Hoy estamos con ganas de llevar la contraria...

Este sendero nos lleva por un bosque menos frecuentado, más frondoso y agradable. La camino está muy marcado, fácilmente ascendemos hasta llegar a una campa en donde hay una casa y un rebaño de animales pastando.

Los robles del camino

Desde aquí podemos ver el pico Casillas al fondo. Ahora los pinos han hecho acto de presencia y se mezclan con los robles. Cada uno ha formado su grupo.

Bajo los pinos crecen los helechos que, igualmente, tienen su color otoñal. El camino se vuelve algo pedregoso y empinado, pero no es costoso subirlo. Tenemos unos trescientos metros de desnivel muy repartido, por lo que esta mañana estamos dando un paseo.

Al fondo el Pico Casillas
El pinar y los helechos.
!Una delicia¡ Entre los pinos también aparecen robles.

Al salir del bosque, se abre ante nosotros un horizonte precioso. Al fondo la cuerda del pico Casillas, y a la izquierda el valle del arroyo San Jardón. Nos dirigimos al collado, llamado del Pozo, por encontrarse en él un antiguo Pozo de Nieve. Las vistas desde este punto son magnificas. El Casillas a la izquierda, a la derecha una pendiente pronunciada que sube al Cerro de la Encinilla. Dos cumbres redondeadas le siguen. Es otra ruta que podemos hacer, pero... la dejamos para otro día.

Después de visitar el pozo y leer sus paneles informativos, nos asomamos al valle opuesto.

Collado y casa del pozo de la nieve.

Este valle está circundado por las estribaciones orientales de Gredos y que forman la Garganta de Iruelas. Son varios los ríos y arroyos que la forman, terminando en el Embalse del Burguillo. Nos recreamos con la magnífica panorámica, disfrutamos del sol tibio que nos ofrece este otoño y retomamos la pista forestal que sale a nuestra espalda, la que baja del Casillas, por la que antes llegamos al collado, para regresar al punto de partida.

Setas en un tocón de pino

Esta pista tiene una salida pedregosa hacia el valle. Un sendero algo incómodo, muy deteriorado por las lluvias, que no es otro que el que abandonamos en el área de recreo. Por él haremos el regreso. Encontramos igualmente pinos y robles, superamos de nuevo la pradera de la casa y el ganado, pero ahora por el lado opuesto, y terminamos en Las Barrancas.

Los Castaños

Tomamos la pista a nuestra derecha y llegamos a las orillas del arroyo de La Yedra, a la pradera verde donde retozan los chiquillos y descansan los padres que han venido a pasar el día al castañar. Atravesamos el puentecito de madera y repetimos el camino andado.

El refugio entre castaños

Ahora la luz es totalmente diferente. Las copas de los castaños se encienden, y las sombras cubren el suelo por completo.

Salimos al aparcamiento y emprendemos el regreso a casa. Un deseo me invade, como tantas veces, de volver al castañar, pero esta vez con otra meta, el Pico Casillas. Son varias las formas de llegar a este pico. Hay que madurarlas, decidirlas, y después acometerlas para disfrutar de otro bonito día. Probablemente más adelante, cuando el invierno llegue, y pueda volver a revivir las imágenes de las escobas cubiertas de escarcha que viven en mi recuerdo.

M.R.B.M.