Primer día - Sete Cidades-Mosteiros
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Lagos Azul y Verde
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Vamos un poco a la deriva, amanece algo nublado, y casi por inercia
nos dirigimos a Sete Cidades.
Puede que esa decisión la tomemos porque en ella se encuentran
dos hermosos lagos, los que suelen aparecer en todas las informaciones
turísticas sobre la isla.
La carretera se aleja de la costa y sube entre bosques de cedros.
Son una especie de cedros preciosa, cryptomerias es su nombre
particular, altos, oscuros, de troncos perfectos, la corteza estriada
en líneas finas, estilizadas, como si se tratara de una
columna griega preparada para un magnifico templo.
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Hortensias
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Y consiguen crear ese templo que aquí se alza para rendir
homenaje a la naturaleza. Subimos rodeados de hortensias, la isla
está llena de hortensias, azules, blancas, moradas
verdes donde el sol apenas les llega, algunas a lo lejos parecen
estar marchitas, pero cuando las miras de cerca observas que su
color es pardo asalmonado, totalmente diferente a lo que estamos
acostumbrados a ver.
Algo nos llama la atención, las laderas están cuajadas
de frondosas hojas lisas, como largas lenguas de verde brillante,
que se adornan de unas largas varetas de las que brotan multitud
de campanillas arracimadas, amarillas, olorosas como jazmines,
salpicando el sotobosque que brilla con su luz. Se trata de las
llamadas conteiras o Rocas de Venus.
Es una planta oriunda del Himalaya, una especie parecida a las
palmas.
Según vamos ascendiendo las nubes se espesan, bajan buscando
el mar, y cubren las cimas de las montañas.
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Laderas cubiertas de niebla que ocultan
los lagos
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Cuando llegamos al mirador de Vista do Rey es imposible ver los
lagos, está cayendo una lluvia menuda que no se distinguir
si realmente llueve o es que estamos tan dentro de la nube que
nos mojamos con ella.
Solo puedo admirar las flores amarillas, mis desconocidas, las
nuevas conteiras, y las hortensias.
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Dentro de las nubes, el mirador de
Vista do Rey, desde el Lago Azul.
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Siento que la lluvia me hace mucho bien. No saco el paraguas
ni el chubasquero, me gusta que las finas gotas frescas y suaves
resbalen por mi cara, mojen mis manos y me hagan olvidar la sequía
que sufrimos en nuestro país.
Cierro los ojos y veo el cielo sin nubes a pesar que está
con una espesa capota gris, y puedo adivinar lo que habrá
ahí abajo, lo que nos muestran los folletos con la esperanza
de que lo veré pronto.
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El lago Verde hoy es totalmente gris
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Decidimos continuar hacia los lagos y descendemos en fuerte pendiente
hasta ellos. Sete Cidades se sitúa en su borde.
Un puente cruza aprovechando la estrecha lengua de tierra que
los separa. En este momento parecen iguales.
El sol no quiere que veamos el color de sus aguas. Sabemos que
uno es Azul y otro Verde, así lo indican sus nombres, pero
ahora están grises. Solo reflejan las nubes que cubren
el cielo.
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Iglesia de Sete Cidades
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Las verdes laderas parecen embrujadas. Se deslizan por ellas
jirones de niebla inquieta que se espesa y se abre, juega y se
burla de nosotros no dejándonos ver las cumbres que tanto
deseamos. Pero el momento es mágico, y cala hondo. Continuamos
a pie recorriendo la ciudad.
La iglesia dedicada a San Nicolás es totalmente diferente
a lo que estamos acostumbrados. Blanca, adornada de piedra gris,
piedra volcánica que está en todas partes, en los
pavimentos de los suelos, en las paredes, en las mesas, los adoquines
porosa y ligera, se trata del basalto. (en esta dirección
encontraréis información sobre él: http://www.windows.ucar.edu/tour/link=/earth/geology/ig_basalt.sp.html
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Lago de Santiago
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Alrededor de ella crecen las flores y los cedros, y encontramos
por primera vez los helechos arborescentes, propios de lugares
cálidos y húmedos, y cuyo "tronco" es
en realidad el rizoma cubierto de raíces. Estos son solo
un ejemplo menor de los que encontraremos a lo largo de nuestro
viaje.
Pero llaman la atención, parecen palmeras extrañas.
El pueblo blanco, muy cuidado, muy acogedor.
Y como no podemos pasar de lago la gastronomía, si algún
día pasáis por estas latitudes, no dejéis
de probar sus dulces, bollos, tartas, quesadas, son realmente
exquisitos.
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Valle que rodea los lagos
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De aquí nos dirigimos a Mosteiros, donde pasaremos el
resto del día. De camino haremos varias paradas obligados
por la belleza del entorno.
No muy lejos de Sete Cidades, se abre un valle por donde sube
una pista al mirador de Vista do Rey.
Desde este punto el verde de los pastos de la vaguada, la oscuridad
de las laderas cuajadas de cedros y las nubes embrujando el ambiente
no impide que volvamos la vista al lado opuesto donde se divisa
el mar y una roca lejana en forma de triángulo. Son las
primeras rocas de Mosteiros.
Ahora las nubes nos han abandonado, afortunadamente, y luce un
precioso sol, aunque allí, en Vista do Rey siguen pegadas
como las lapas.
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Mosteiros desde Ponta do Escalvado
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Mosteiros es un pueblo marinero, con un profundo sabor a gente
de mar.
Cada casa, cada rincón respira religiosidad, me ha dado
la sensación que aquí se percibe más que
en ninguna otra parte de la isla. Cada fachada se adorna de azulejos
con la advocación de un santo.
Parecen disputarse para ver cual de ellos es más bonito.
Esto es típico en la isla, pero en este pueblo está
más pronunciado que en otros.
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Azulejo de una de las fachadas de Mosteiros
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Su costa es acantilada de roca volcánica. En la parte
más oeste se han formado piscinas naturales, donde los
baños son deliciosos.
Mirar el agua profunda se convierte en algo que me atrae y dejo
pasar el tiempo contemplándola, observando su fondo de
piedras a través del cristal verde por el que los pececillos
se pasean.
Multitud de rocas se alinean junto a la orilla y el sol convierte
el agua en reflejo de plata.
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Costa de Mosteiros
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Antes de comenzar el retorno, entramos en un bar a tomar un café.
Está lleno de hombres que parecen ser marineros, gente
ruda, curtida, el trabajo reflejado en sus rostros. Nos miran
sorprendidos. Nos llama la atención esta actitud, puede
que en este pueblo no estén acostumbrados a que las mujeres
visiten solas los bares.
Puede que por este pueblo no haya pasado el tiempo. Aún
las mujeres van vestidas de luto negro y riguroso, los pañuelos
a la cabeza.
En otro de los pueblos que hemos visitado nos llamó la
atención una niña de pocos años, con vestidito
de cuadritos negros y blancos y blusa blanca. Esta indumentaria
hace muchos años, cuando yo tenía su edad, en nuestro
país se llamaba medio luto. Parece que el tiempo se ha
detenido, y esta paz, esta sencillez que se respira por todas
partes hace que me sobrecoja.
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Una de la snumerosas piscinas naturales
de Mosteiros
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Retrocedemos el camino recorrido hasta Sete Cidades. Ha salido
el sol, en Mosteiros ha lucido todo el día. Solo vemos
algunas nubes salpicadas por el cielo y creemos que podremos ver
los lagos despejados. ¡Pobres ilusas! Pedir que estas montañas
que rodean los lagos estén despejadas es como soñar
con el premio de la lotería. Según nos acercamos
vemos que se cubren con su capota de espuma. A veces el sol se
refleja en las laderas, pero allí, en el mirador, la nube
está fija, encajada, sin tener ganas de irse.
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Costa de Mosteiros, piscinas naturales
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Cuando llegamos a él está tan cubierto que perdemos
toda esperanza de ver los lagos desde arriba. Bajamos del coche
en un intento vano.
Un intenso aroma a jazmín llena el aire. Son las Rocas
de Venus, esos racimos amarillos que con la humedad de la niebla
y el atardecer perfuman con más intensidad. Es penetrante,
dulce
Respiramos hondo, al borde del mirador que solo nos permite
ver la ladera amarilla y verde, los ojos fijos en el fondo cubierto
de bruma.
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Iglesia de Mosteiros
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Pero no todo está perdido. El cielo parece abrirse, las
nieblas se mueven rápidas, se unen unas a otras espesando
la cortina que nos impide ver el fondo, pero a veces también
se separan, y esperamos, esperamos pacientes que se produzca lo
que parecía imposible.
Ahí está, la niebla se abre y los lagos aparecen
al fondo, se cubren de nuevo y vuelven a aparecer. ¿Juegan
con nosotros? Es una imagen de cuento.
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Los lagos entre nieblas
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Se impone la vuelta, dejar atrás esta magia atrapadora
y volver al hotel. Pero aún no ha terminado la jornada.
Estamos en el oeste, y el sol está sobre el mar, donde
solo hay nubes blancas y pequeñas. La línea del
horizonte está limpia, nítida, sin una pizca de
brumas.
Es el momento ideal. El momento de ver el rayo verde. Ese rayo
misterioso que a veces cuesta creer que exista. El que solo conocen
los marineros y la gente que tiene fe en lo que les cuentan.
Y aquí estamos, en medio de ningún sitio, mirando
el horizonte del mar azul y plata, el reflejo de ese sol que comienza
a ocultarse que va bajando poco a poco, y que por fin se oculta
y por un instante nos muestra el rayo verde, una fina línea
de un verde intenso entre el mar y el cielo. Solo un instante,
pero un instante inolvidable, algo que raras veces puede ser vivido
y nosotras lo hemos visto. Todas a la vez exclamamos un ¡oh!
sorprendidas, y esa imagen creo que la recordaremos siempre.
Continua el:
Segundo día.