Azores -Isla de San Miguel

Primer día - Sete Cidades-Mosteiros

Lagos Azul y Verde

 

Vamos un poco a la deriva, amanece algo nublado, y casi por inercia nos dirigimos a Sete Cidades.

Puede que esa decisión la tomemos porque en ella se encuentran dos hermosos lagos, los que suelen aparecer en todas las informaciones turísticas sobre la isla.


La carretera se aleja de la costa y sube entre bosques de cedros. Son una especie de cedros preciosa, cryptomerias es su nombre particular, altos, oscuros, de troncos perfectos, la corteza estriada en líneas finas, estilizadas, como si se tratara de una columna griega preparada para un magnifico templo.

 

Hortensias

 

Y consiguen crear ese templo que aquí se alza para rendir homenaje a la naturaleza. Subimos rodeados de hortensias, la isla está llena de hortensias, azules, blancas, moradas… verdes donde el sol apenas les llega, algunas a lo lejos parecen estar marchitas, pero cuando las miras de cerca observas que su color es pardo asalmonado, totalmente diferente a lo que estamos acostumbrados a ver.

 

 


Roca de venus

 

Algo nos llama la atención, las laderas están cuajadas de frondosas hojas lisas, como largas lenguas de verde brillante, que se adornan de unas largas varetas de las que brotan multitud de campanillas arracimadas, amarillas, olorosas como jazmines, salpicando el sotobosque que brilla con su luz. Se trata de las llamadas conteiras o Rocas de Venus.

Es una planta oriunda del Himalaya, una especie parecida a las palmas.
Según vamos ascendiendo las nubes se espesan, bajan buscando el mar, y cubren las cimas de las montañas.

 

Laderas cubiertas de niebla que ocultan los lagos

 

 

Cuando llegamos al mirador de Vista do Rey es imposible ver los lagos, está cayendo una lluvia menuda que no se distinguir si realmente llueve o es que estamos tan dentro de la nube que nos mojamos con ella.

Solo puedo admirar las flores amarillas, mis desconocidas, las nuevas conteiras, y las hortensias.

 

 


Dentro de las nubes, el mirador de Vista do Rey, desde el Lago Azul.

 

Siento que la lluvia me hace mucho bien. No saco el paraguas ni el chubasquero, me gusta que las finas gotas frescas y suaves resbalen por mi cara, mojen mis manos y me hagan olvidar la sequía que sufrimos en nuestro país.

Cierro los ojos y veo el cielo sin nubes a pesar que está con una espesa capota gris, y puedo adivinar lo que habrá ahí abajo, lo que nos muestran los folletos con la esperanza de que lo veré pronto.

 

 


El lago Verde hoy es totalmente gris

 

Decidimos continuar hacia los lagos y descendemos en fuerte pendiente hasta ellos. Sete Cidades se sitúa en su borde.

Un puente cruza aprovechando la estrecha lengua de tierra que los separa. En este momento parecen iguales.

El sol no quiere que veamos el color de sus aguas. Sabemos que uno es Azul y otro Verde, así lo indican sus nombres, pero ahora están grises. Solo reflejan las nubes que cubren el cielo.

 

 

Iglesia de Sete Cidades

 

Las verdes laderas parecen embrujadas. Se deslizan por ellas jirones de niebla inquieta que se espesa y se abre, juega y se burla de nosotros no dejándonos ver las cumbres que tanto deseamos. Pero el momento es mágico, y cala hondo. Continuamos a pie recorriendo la ciudad.

La iglesia dedicada a San Nicolás es totalmente diferente a lo que estamos acostumbrados. Blanca, adornada de piedra gris, piedra volcánica que está en todas partes, en los pavimentos de los suelos, en las paredes, en las mesas, los adoquines… porosa y ligera, se trata del basalto. (en esta dirección encontraréis información sobre él: http://www.windows.ucar.edu/tour/link=/earth/geology/ig_basalt.sp.html )

 

Lago de Santiago

 

Alrededor de ella crecen las flores y los cedros, y encontramos por primera vez los helechos arborescentes, propios de lugares cálidos y húmedos, y cuyo "tronco" es en realidad el rizoma cubierto de raíces. Estos son solo un ejemplo menor de los que encontraremos a lo largo de nuestro viaje.

Pero llaman la atención, parecen palmeras extrañas. El pueblo blanco, muy cuidado, muy acogedor.

Y como no podemos pasar de lago la gastronomía, si algún día pasáis por estas latitudes, no dejéis de probar sus dulces, bollos, tartas, quesadas, son realmente exquisitos.

 

Valle que rodea los lagos

 

De aquí nos dirigimos a Mosteiros, donde pasaremos el resto del día. De camino haremos varias paradas obligados por la belleza del entorno.

No muy lejos de Sete Cidades, se abre un valle por donde sube una pista al mirador de Vista do Rey.

Desde este punto el verde de los pastos de la vaguada, la oscuridad de las laderas cuajadas de cedros y las nubes embrujando el ambiente no impide que volvamos la vista al lado opuesto donde se divisa el mar y una roca lejana en forma de triángulo. Son las primeras rocas de Mosteiros.

Ahora las nubes nos han abandonado, afortunadamente, y luce un precioso sol, aunque allí, en Vista do Rey siguen pegadas como las lapas.

Mosteiros desde Ponta do Escalvado

 

Mosteiros es un pueblo marinero, con un profundo sabor a gente de mar.

Cada casa, cada rincón respira religiosidad, me ha dado la sensación que aquí se percibe más que en ninguna otra parte de la isla. Cada fachada se adorna de azulejos con la advocación de un santo.

Parecen disputarse para ver cual de ellos es más bonito. Esto es típico en la isla, pero en este pueblo está más pronunciado que en otros.

 

Azulejo de una de las fachadas de Mosteiros

 

Su costa es acantilada de roca volcánica. En la parte más oeste se han formado piscinas naturales, donde los baños son deliciosos.

Mirar el agua profunda se convierte en algo que me atrae y dejo pasar el tiempo contemplándola, observando su fondo de piedras a través del cristal verde por el que los pececillos se pasean.

Multitud de rocas se alinean junto a la orilla y el sol convierte el agua en reflejo de plata.

 

 

 

 

 

Costa de Mosteiros

 

Antes de comenzar el retorno, entramos en un bar a tomar un café. Está lleno de hombres que parecen ser marineros, gente ruda, curtida, el trabajo reflejado en sus rostros. Nos miran sorprendidos. Nos llama la atención esta actitud, puede que en este pueblo no estén acostumbrados a que las mujeres visiten solas los bares.

Puede que por este pueblo no haya pasado el tiempo. Aún las mujeres van vestidas de luto negro y riguroso, los pañuelos a la cabeza.

En otro de los pueblos que hemos visitado nos llamó la atención una niña de pocos años, con vestidito de cuadritos negros y blancos y blusa blanca. Esta indumentaria hace muchos años, cuando yo tenía su edad, en nuestro país se llamaba medio luto. Parece que el tiempo se ha detenido, y esta paz, esta sencillez que se respira por todas partes hace que me sobrecoja.


Una de la snumerosas piscinas naturales de Mosteiros

 

Retrocedemos el camino recorrido hasta Sete Cidades. Ha salido el sol, en Mosteiros ha lucido todo el día. Solo vemos algunas nubes salpicadas por el cielo y creemos que podremos ver los lagos despejados. ¡Pobres ilusas! Pedir que estas montañas que rodean los lagos estén despejadas es como soñar con el premio de la lotería. Según nos acercamos vemos que se cubren con su capota de espuma. A veces el sol se refleja en las laderas, pero allí, en el mirador, la nube está fija, encajada, sin tener ganas de irse.

 

 

Costa de Mosteiros, piscinas naturales

 

Cuando llegamos a él está tan cubierto que perdemos toda esperanza de ver los lagos desde arriba. Bajamos del coche en un intento vano.

Un intenso aroma a jazmín llena el aire. Son las Rocas de Venus, esos racimos amarillos que con la humedad de la niebla y el atardecer perfuman con más intensidad. Es penetrante, dulce…

Respiramos hondo, al borde del mirador que solo nos permite ver la ladera amarilla y verde, los ojos fijos en el fondo cubierto de bruma.

 

Iglesia de Mosteiros

 

Pero no todo está perdido. El cielo parece abrirse, las nieblas se mueven rápidas, se unen unas a otras espesando la cortina que nos impide ver el fondo, pero a veces también se separan, y esperamos, esperamos pacientes que se produzca lo que parecía imposible.

 

Ahí está, la niebla se abre y los lagos aparecen al fondo, se cubren de nuevo y vuelven a aparecer. ¿Juegan con nosotros? Es una imagen de cuento.


Los lagos entre nieblas

 

Se impone la vuelta, dejar atrás esta magia atrapadora y volver al hotel. Pero aún no ha terminado la jornada. Estamos en el oeste, y el sol está sobre el mar, donde solo hay nubes blancas y pequeñas. La línea del horizonte está limpia, nítida, sin una pizca de brumas.

Es el momento ideal. El momento de ver el rayo verde. Ese rayo misterioso que a veces cuesta creer que exista. El que solo conocen los marineros y la gente que tiene fe en lo que les cuentan.

Y aquí estamos, en medio de ningún sitio, mirando el horizonte del mar azul y plata, el reflejo de ese sol que comienza a ocultarse que va bajando poco a poco, y que por fin se oculta y por un instante nos muestra el rayo verde, una fina línea de un verde intenso entre el mar y el cielo. Solo un instante, pero un instante inolvidable, algo que raras veces puede ser vivido y nosotras lo hemos visto. Todas a la vez exclamamos un ¡oh! sorprendidas, y esa imagen creo que la recordaremos siempre.

Continua el:

Segundo día.