Bosque del Monte Hijedo De nuevo nos disponemos a recorrer hayedos y robledales por estos parajes de Las Merindades. Hoy nos iremos a la zona oriental, al monte Hijedo, muy próximo a la población de Santa Gadea. Se trata de un alfoz, nombre dado a conjunto de pueblos que dependen de otro principal, algo muy similar a merindad.
No confundamos Santa Gadea, con la iglesia de Santa Gadea, en Burgos, en donde el Cid recibió juramento del rey Alfonso VI, que así, a primera impresión y por hallarnos en Burgos, puede que nos haga la mente una mala pasada. Este lugar está cercano al embalse del Ebro. De hecho, comenzamos en un punto, Peña Rota, desde donde podemos contemplarlo. Debe ser un lugar bastante conocido, ya hay coches junto a la pista y siguen llegando. Nosotros comenzamos a caminar en una ligera subida hasta un bosquecillo de robles, por un sendero entre brecinas y enebros rastreros.
Cruzamos por un pasillo en el robledal para encontrarnos con los primeros ejemplares de acebo llenos de rojas bayas que brillan intensamente al sol de la mañana. A lo lejos, una vez superada la colina, en un llano de verde prado, se levanta la Cabaña de Hijedo. Me pregunto el motivo de ese nombre. De cabaña no tiene nada, y pienso en dos razones, una, que puede que sea la lógica, que ese nombre sea dado en forma genérica a los dominios de este señorío, porque es así como debería llamarse. Descarto el nombre jocoso, decir cabaña a semejante palacio o casona enorme, magnifica, que sirvió de descanso a un burgalés ilustre de principios del siglo pasado.
Llegados a la casona, un señor muy amable nos deja pasar al patio que se abre junto a la puerta principal, en cuya valla, un arado de hierro sirve de adorno. En su interior un tejo, como desde hace siglos, la tradición lo ha puesto ahí para proteger la hacienda de maleficios.
Abandonamos la casa para introducirnos en el bosque. Es un bosque mixto, donde encontraremos robles y hayas en primer lugar para ir cambiando poco a poco. Se dice que este bosque a finales de la Edad Media era tan espeso que estaba habitado por "terribles fieras". (según las crónicas de la época). Sea como sea, aquello pasó a la historia. Las necesidades de tierra para cultivo y la utilización de la madera, llevó a talas masivas que casi acaban con el bosque.
Afortunadamente se puso freno a esta situación y ahora, con los nuevos sistemas de combustión y el abandono del campo, el bosque se recupera de forma extraordinaria. Lo que en principio era una mezcla de roble y haya, poco a poco da paso a los abedules y los tejos. Son bastantes los tejos que crecen en las laderas, pegados a la roca. Me sorprende esta afinidad con la roca del tejo. Siempre que lo encuentro en forma silvestre, está con sus raíces aferradas a la roca, cubriéndola de trenzados.
El camino es precioso. Un bosque espeso, aunque de ejemplares algo jóvenes, mezcla de hayas y robles, en cuyo sotobosque crece la brecina, los rosales, los avellanos ... encontramos álamos junto a los arroyos, sauces y cornejos... Hay quién dice que lo comparan con Muniellos. No puedo asegurarlo, no tengo el placer de conocer Muniellos. Pero este paseo me encanta. Llegamos a una zona despejada en donde el agua rebosa. Es una zona de turberas. El lugar es pantanoso y verde, lleno de rodales de hierba en medio del lecho acuoso de la turba. En estos pantanos dicen que se encuentran droseras, minúsculas plantas insectívoras, que nuestro guía se empeña en mostrarnos.
Vamos todos a la desbandada, desperdigados por la pradera, mientras él busca en medio de lodazal. Al fin la voz de la victoria ¡aquí están! Corremos todos al lugar, saltando de mata en mata, a veces pisando el agua de forma irremediable. y efectivamente, allí están, diminutas y rojas, llenas de filamentos tramposos, esperando el insecto diminuto como ellas que se atreva a tocarlas.
Abandonamos la turbera y de nuevo nos introducimos en el bosque. Al comienzo es una pista cómoda que asciende entre robles, y poco a poco va cambiando y mezclándose con acebos.
La pista desaparece y caminamos por un sendero que se abre paso en un espeso bosque de acebos. ¡Cuantas veces en mis salidas por la sierra madrileña he mirado sorprendida a los acebos que ocasionalmente encuentro en mi camino! Ahora están aquí, de forma tan natural que pasamos entre ellos casi sin apreciarlo.
Pero no son solo acebos. Los tejos en este punto son enormes. Están escondidos en medio de un bosque espeso que vuelve a ser de hayas y robles. A pesar de mis intentos por hacerles una foto más o menos aceptable, no lo consigo. La falta de luz, el tamaño, que no me permite encuadrar de cerca, con lo que al querer tomarlo entero se esconde en el bosque... no he podido retenerlos nada más que en mi memoria.
Salimos de la espesura, para contemplar el valle a lo lejos. De nuevo las praderas que nos llevan a la casona, y cerca de ella, un viejo roble, testigo de lo que fue antaño el lugar. Otra vez pasamos junto a los acebos luminosos y concluimos la jornada.
Pero como todos estos días, no faltan setas a nuestro paso. Esta roja, pienso que es una amanita, y en otro lugar encontramos esta otra que creo que la llaman pié azul. Eso lo dejo para los micólogos
Octubre 2.006 M.R.B.M.
|