El Túnel de la Engaña y el Río Yera (por la cuenca del Pas)

El Pas, el Pas... no puedo evitar recordar los años de la infancia, aquellos en los que todos los que sois contemporáneos míos recordaréis la cantinela en la escuela, aquella que nos hacía memorizar los ríos españoles, comenzando por la Cornisa Cantábrica: ..."el Pas, el Besaya y el Deva en Santander"...

Un salto en el río Yera

Poco imaginaba en aquellos días, en un pueblo andaluz, lejos de estas tierras cántabras, que acabaría visitando las cuencas de estos ríos, y sintiéndome unida fuertemente a sus saltos, prados y bosques.

El Pas, es un precioso río que da nombre a una comarca, famosa por sus bollos, los sobaos pasiegos, riquísimos por cierto, pero también su cuenca es digna de recorrer. Y su desembocadura, en Liencres, donde las dunas que se forman por la unión de los depósitos marinos y fluviales han originado el Parque Natural de la Dunas de Liencres, pero eso lo dejamos para otro día.

Primera imagen al comenzar a caminar

Centrándonos en nuestro río, su nacimiento, como casi siempre, ocurre con la confluencia de varios secundarios, entre ellos el Yera. Y es por este por donde hoy caminaremos, finalizando en el bonito pueblo de Vega de Pas.

Comenzamos en las cercanías del antiguo trazado ferroviario que pretendía unir Burgos con Santander. Para ello dejamos atrás Vega de Pas y subimos a un puertecito en donde nos calzamos las botas. La primera visión es una colina verde, aterciopelada, atravesada por el hilo plateado de un arroyo que se despeña desde las alturas, probablemente sea el Yera. (Lo lamento, no lo sé con certeza)

Al fondo, el valle, surcado por el río que más adelante bordearemos, igualmente verde, bosques, prados, bordas... y un cielo encapotado que parece querer abrirse y dejar pasar el sol.

Caseríos junto al Yera

Por una pista llana avanzamos contemplando el valle, hasta llegar a la casa abandonada de un antiguo apeadero, que nunca llegó a tal. Es el apeadero de Yela, por donde debía pasar el tren Valencia-Santander. Ahora, tanto el trazado como el apeadero son fantasmas del proyecto inconcluso, de la ilusión fracasada del pasado.

El nombre del túnel se debe al río burgalés de La Engaña, por cuyo valle cruza, y parece que se tratara de una de las muchas ironías del destino. El túnel de La Engaña podríamos calificarlo como eso, un engaño, aunque realmente solo fue un fracaso, un tremendo fracaso...

Apeadero Fantasma

El ferrocarril Valencia-Santander se comenzó a construir en los años '20, en la época de la República. Su pretensión, unir ambos puertos y mares, Valencia con Santander, Mediterráneo con Cantábrico. Pero solo fue un sueño. Se paralizó varias veces, y una vez terminada la parte más sencilla, tras la Guerra Civil, se acometió la perforación de casi siete kilómetros de túnel. Presos políticos trabajaron él. Fue muy alto el coste de este túnel, tanto a nivel económico como en vidas humanas.

Entrada o salida al túnel

Para acercarnos al túnel principal, atravesamos primero otros dos, uno de ellos verdadera boca de lobo, oscuro como una tumba. Al fondo, tras un recodo, un puntito de luz que se abre al poco y nos permite ver el valle de nuevo.

Salida de uno de los túneles

Por fin llegamos al comienzo del túnel principal, rodeado de espesa vegetación. Junto a él, una chorrera se despeña puliendo la roca que brilla como si la acabaran de barnizar.

No podemos atravesar el túnel, hay peligro de desprendimientos, amén de una barrera formada por uno de ellos y por otra parte su longitud, por no hablar de lo absurdo que sería hacerlo en nuestro caso. Para más información podéis visitar esta web:

http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/ocio/excursiones/200205/10/laengana.html

Parte de la chorrera junto al túnel de la Engaña

Tras un descanso en tan idílico paraje, retrocedemos unos metros y giramos a nuestra izquierda. Caminando por un sendero ancho al comienzo, nos introducimos en un hayedo.

Han sido muchos los hayedos que he visitado hasta hoy, pero no dejan de impresionarme. Estos árboles tienen magia. Serán sus brazos abiertos, su color diferente en cada época, o la luz del sol que ya ha salido de entre las nubes y lo ilumina, como siempre, con luces de cuento de hadas, color intenso, contraste, frescura... en pocas palabras, un precioso hayedo.

El hayedo

Al poco, tomamos un sendero estrecho, semioculto, que en fuerte pendiente pedregosa y resbaladiza, nos lleva a las orillas del Yera.

El río es rápido, juguetón. Junto a él, los avellanos se asoman y lo ocultan. En un recodo, encontramos el primer punto en donde todos deseamos detenernos. Un puentecito de piedra, musgoso, húmedo, cubierto de yedra. A la izquierda un salto coquetón, a la derecha, el camino que continua con imágenes preciosas.

Salto en el Yera
El primer puente

Tras pasar este primer puente, el camino es un sendero de piedra lisa, mojada por las lluvias de estos días, por donde hay que pisar con cuidado para evitar el temido resbalón. A los lados, las cercas de piedras delimitan las bordas rodeadas de prados ahora casi todos sin segar. Junto al río abundan los helechos de dimensiones considerables, lustrosos, brillantes, luminosos. Se mezclan con dedaleras, aguileñas, zarzas...

Helecho

Las casitas tienen un encanto especial. Diseminadas por los prados, sirven para cobijar el ganado y los ganaderos que se mueven de unas a otras, la muda, cuando los pastos se agotan, cambiando de residencia según el momento. En esta de la fotografía nos llama la atención la placa solar en el tejado. Es una suerte que la tecnología avance...

Casa típica de los prados

Atravesamos dos caseríos, Mazón y Horneo de Abajo. Apenas se aprecia que sean aldeas, como nos dicen, son solo casas diseminadas, quizás algo más cercanas unas de otras que lo habitual, pero yo no habría dicho que fueran aldeas propiamente dichas.

Caserío

Han sido varias las veces que hemos atravesado puentes de piedra. Muchas las que hemos mirado al río, escuchado sus aguas despeñarse en saltos preciosos, pozas y pequeños rápidos. Y ahora, en este grupo de casitas, allá arriba, el caballo que busca la sombra. Son imágenes inolvidables, tan fuertes que el resto de nuestra vida se olvida.

A pesar de que ha llovido bastante, hemos observado que el agua baja muy limpia. Pero a veces, cuando se remansa o cae en cantidades considerables, su color es rojizo. En principio pensamos que era barro arrastrado por la lluvia. En un momento nos dimos cuenta que lo que es en realidad es hierro. El agua arrastra hierro, mineral abundante en la zona.

Precioso color

Poco a poco el valle se va abriendo, al fondo aparecen las montañas, las laderas son menos pronunciadas, y los prados mas llanos. El camino ahora tiene menos sombra y el sol, que a dejado las nubes, calienta, calienta bastante.

Nos aproximamos a Vega de Pas

Ya en las cercanía de Vega de Pas, el puente invita a capturar la imagen. El río se remansa, no salta desde tan alto, y los prados han sido ya segados.

Llegamos a la carretera. Dejamos atrás las primeras casas y nos dirigimos al pueblo algo más arriba. Es un pequeño pueblo, con la plaza típica, ventanas de madera, corredores acristalados, y como no podía ser de otro modo, la iglesia con su espadaña y su campana.

Vega de Pas
Vega de Pas

M.R.B.M.