Parque Natural de la Sierra de Hornachuelos

Sendero Botánico cerca del Centro de Visitantes

El Parque natural de la Sierra de Hornachuelos, situado en la parte nororiental de la provincia de Córdoba, tiene para mi un significado especial. Como muchos de vosotros sabéis, es esta provincia la que me vio nacer, por lo tanto no puedo hablaros de ella de forma imparcial. Procuraré ser comedida.

Se declaró Parque Natural en 1.989, con la intención, común a todos estos parques, de proteger sus características particulares, que sin duda son muchas.

Valle del Guadalora

Estamos acostumbrados, al menos el círculo de personas en donde me muevo, a las montañas agrestes y los bosques generalmente de pinos, robles, hayas etc. Hermosos realmente, llenos de colorido en otoño y frescas sombras en verano. En este parque encontraremos espacios sombreados, junto a los ríos, con la típica vegetación de ribera, sauces, alisos... pero además algunas especies que no estamos acostumbrados a ver, entre ellas el alcornoque.

Comenzamos nuestra andadura en el Centro de Visitantes "Huerta del Rey" próximo a Hornachuelos. Son varias las rutas que están marcadas, pero como nuestro tiempo para visitarlo no era mucho, hicimos una combinación de ellas.

En primer lugar, subimos por un sendero muy cómodo, entre algunos alcornoques dispersos, cuyo sotobosque se encuentra cubierto de arbustos muy variados. Estamos en el Sendero Botánico. Realmente merece la pena caminar sin prisas por este sendero mullido que serpentea entre lentiscos, jarales y cornicabras.

Cornicabra

La época del año se presta al colorido, estamos en diciembre, y aquí los otoños son templados, al menos durante el día. Atrás quedó el fin de semana anterior en Navacerrada, cuando apenas podía escribir en el libro del Mirador de Luis Rosales como consecuencia del frío que atenazaba mis manos. Ahora es una temperatura suave y agradable que nos permite ir en mangas de camisa, a veces incluso en manga corta.

Panorámica desde la senda

En un recodo del sendero la vegetación me permite mirar a lo lejos, donde se dibuja el hermoso cuadro de lineas perfectas formadas por los olivares. Respiro hondo. Me encantan los olivares, cierro los ojos y puedo ver a lo lejos a los jornaleros vareando las aceitunas que caen al suelo con un brillo especial. Negras, verdes, pintonas. Recuerdo los días de invierno, en casa, separando los frutos fríos y húmedos que dejaban las manos heladas. Cortando finas estrías en las negras olivas para que pronto se pudieran comer con sabor a ajo y tomillo.

Lentisco

Despierto de mi melancolía y admiro el rojo de las hojas de las cornicabras. Junto a ellas las jaras, que en este lugar no son las olorosas, de un gris verdoso y hojas pilosas. No muy lejos aparecen los lentiscos, de finas hojas muy verdes, con racimos de rojas bayas. Hay plantas que no conozco, pero que llaman mi atención por esa forma especial de sus hojas llenas de verrugas con un pelito en el centro. ¡Que peculiares son!

Agradecería si alguien sabe el nombre que me lo comunicase [noemail]

Y así, caminando entre una y otra planta llegamos a un montículo en donde se divisa el valle, y a lo lejos una cadena de colinas cerrando la llanura.

Vamos a entrar en el Sendero de la Herrería en donde el paisaje cambiará radicalmente. Poco a poco, las jaras, los romeros y los alcornoques serán mas numerosos, aunque estos ultimos aún seguirán estando dispersos. Aparecen los olivos, y el camino se ensancha y se vuelve casi llano.

Cortijo

Atravesamos parajes en donde algún cortijo ilumina el lugar con el blanco de sus paredes y el rojo de su tejado. Junto a ellos las palmeras que adornan la entrada y los eucaliptos bordeando el camino de acceso a la casa para que den sombra y aroma en verano. De nuevo me vienen a la mente imágenes del pasado. Los frescos atardeceres en la pradera, el olor a manzanilla, las claras noches de verano, la paz inmensa de estos lugares serenos, el sopor de la siesta que adormece con el canto de las chicharras y deja que la imaginación vuele en hermosos sueños a caballo entre la vigilia y la dormivela. ¡Despierta! ¡Sigue caminando!

Calera

En esta senda encontramos la calera. Hay varias en el parque. Son lugares en los que se ha construido un recinto de piedra mampuesta como si se tratara de un pozo casi sin profundidad. En él se trataba la cal y se convertía en polvo para que pudiera ser utilizada. De nuevo los recuerdos me asaltan y me veo a lomos de una borrica, junto a mi padre, camino del calerín. Íbamos a comprar las piedras de cal que servirían para encalar las paredes de la casa y el patio lleno de flores.

Dehesa de alcornoques

Los olivos son cada vez más abundantes, están cargados de aceitunas aún sin madurar. Algunas son enormes y entre ellas ya las hay que han coloreado su piel de negro brillante. Bajamos una ligera pendiente en donde el bosque de ribera forma un tupida bóveda, para acabar en una hermosa pradera habilitada como zona de acampada. La hierba es fresca y limpia. Los alcornoques dan sombra y las mesas nos llaman al descanso.

Bonita estampa

De nuevo en marcha, nos encaminamos a buscar el Sendero del Guadalora. Puede que este punto sea el que me resulte más atractivo. Los alcornoques van siendo cada vez más numerosos y acaban formando una magnifica dehesa.

Charca entre alcornoques

Es un lugar especial. Llanura verde de hierba tierna que el rocío hace brillar. Lunares de sol y sombra y los hermosos alcornoques que extienden sus ramas como queriendo darnos cobijo. Al poco de entrar en la dehesa encontramos una charca en donde se reflejan los árboles. Es un preciso contraste de cielo, agua y verdor.

No me canso de mirar este espacio, pero como todo, también esto termina. Ahora aparecen de nuevo los cortijos, rodeados de tierras de labor en donde apunta el cereal, en otros son los naranjos cargados de fruta los que marcan la linde del cortijo.

Vegetación de ribera junto al Guadalora

Seguimos caminando para adentrarnos ahora en un olivar. Esos hermosos olivares, rectilíneos, bien formados, orgullo de Andalucía. Junto a ellos, los caballos comen las hierbas que crecen junto al camino.

Poco tardamos en llegar al valle del río entre colinas verdes. Es el bosque de ribera el que forma techumbre en el camino por el que pasamos.

Alcornoques

Bajamos por una empinada senda y nos rodeamos de amarillos y rojos de las cornicabras y los lentiscos. Los almeces, sauces, alisos... ponen el tono amarillo. Junto al río, en un recodo abierto, entre el sol y la sombra, nos sentamos a reponer fuerzas bajo un olivo silvestre de finas y agrisadas hojas. No tardamos mucho en terminar la ruta. Hemos llegado al Puente de Algeciras en donde de nuevo son los alcornoques de troncos pintados de color rojizo como la tierra los que nos llaman la atención.

Ha sido una caminata preciosa, muy variada, muy instructiva, y sobretodo en mi caso, muy llena de gratos recuerdos.

La embrujada y moruna Mezquita

 

Esta noche vivo el embrujo de Córdoba, esa que llaman Sultana. Paseo por sus calles acompañada de mi familia como el broche de oro de un hermoso día. Las Tendillas están llenas de luz que anuncia la Navidad y el bullicio se extiende a barrios aledaños como la Judería. Solo en el Cristo de los Faroles hay silencio, recogimiento y soledad.

Embalse del río Bembezar

A la mañana siguiente me levanto pronto para realizar otra ruta por el Parque de Hornachuelos. La Mezquita arde con el sol de la mañana. Con las primeras luces nos dirigimos al embalse del río Bembezar.

Por las orillas del embalse

Este río nace por las tierras de Extremadura, por el pueblo donde vivieron mis padres. De nuevo será un día de recuerdos y nostalgias, a pesar de que nunca estuve en este punto en concreto, pero mi infancia está en el aire, como un agradable aroma que me persigue.

Farallón rocoso donde se eleva el Seminario de los Angeles

Comenzamos junto a la presa principal. Bajamos unas escaleras y cruzamos el río. Algo pequeño se mueve entre las jaras. Es un perro pequeño, blanco, algo sucio, lleno de barro y ramitas que se mueve a nuestro alrededor moviendo la cola. Es simpático. Parece que quiere acompañarnos.

Seminario de los Ángeles

Caminamos en la umbría entre arboleda y roca. Esta ruta es menos variada que la anterior. No obstante es rica en vegetación. Abundan los quejigos, y entre ellos los almeces que ya casi han perdido las hojas. Las cornicabras y los lentiscos también son abundantes en el recorrido. Pero lo más significativo son los narcisos. Forman rodales blancos, como si el otoño fuera primavera.

Cruz junto al Seminario de los Ángeles

El embalse a nuestra derecha pone un punto de intensa luz con reflejo de plata en su superficie. El sol entra por completo en sus aguas que brillan como espejos. Es un paseo sereno, apacible. Trece kilómetros de paz. Vamos siguiendo las curvas que marca el embalse mientras el perrillo corre y salta a nuestro alrededor. No hay mucho significativo en este día, salvo paz y sosiego. A veces en el agua vemos cormoranes posados en las piedras. En el cielo son los buitres los que planean buscando las rocas.

Un alto en el camino

Cuando hemos superado la mitad de la ruta, a lo lejos aparece la silueta de una gran caserón. Es el Seminario de los Ángeles, hoy abandonado.

Se yergue en medio de una escarpada ladera en la zona más agreste de la ruta. Bajo él, un saliente tobáceo, en el que se ve una cueva y a su lado una palmera que mas parece colgar que estar agarrada a ella. Las chumberas también abundan en estos lugares. Sus hojas brillan al sol como lucecitas en medio de los quejigos

Serenidad

Según nos acercamos al seminario, apreciamos que es un gran edificio. Junto a él, los huertos en donde labraban los monjes y las palmeras que lo adornan. Algo más adelante, sobre una roca de las muchas que sobresalen en esta zona, se levanta una cruz que se ve desde muy lejos. Puede que se trate de un Vía Crucis. Pero nosotros no podemos ir a comprobarlo, continuamos caminando después de haber repuesto fuerzas en un saliente rocoso donde el sol calienta y donde nos quedaríamos durante horas, al menos mientras el astro nos iluminara.

Chumbera

Nuestro perrito sigue con nosotros, come con nosotros, duerme la siesta con nosotros... un encanto de animal...

A partir de aquí el embalse se va ensanchando. En las laderas aparecen los palmitos y las chumberas son más abundantes. Están cargadas de frutos.

Chumbos

Junto a ellos llegamos al final del recorrido, atravesamos el puente que hace la presa del segundo embalse, al que llaman de derivación y nos adentramos en el pueblo de Hornachuelos. Es un pueblo blanco, como todos los andaluces, con restos de muralla, castillo y una bonita iglesia. Pero lo más llamativo para mí es la cárcava por la que se accede al pueblo. Un farallón rocoso, por el que se encajona el río. En una de estas paredes las casas se asoman al precipicio. Al fondo los naranjos cubren la vaguada, y entre ellos rojizos caquis cuelgan de finas ramas sin hojas.

Narcisos blancos
Otra variedad de narcisos

Nuestro perrito llegó con nosotros hasta el pueblo. Corría, saltaba, movía la cola lleno de felicidad. Sus patitas llenas de barro se habían secado y el pelo ahora estaba esponjoso. Se había desprendido de la hojarasca y ramitas secas. Y ladraba contento. Por el pueblo se quedó callejeando. Corriendo detrás de todo lo que se movía. Puede que encontrara su dueño si es que estaba perdido. Y si estaba abandonado, estoy segura que alguien le recogería.

Nuestro simpático acompañante

 

De nuevo un bonito día. Siento una paz inmensa y lamento que mi tiempo se acabe. Esta tierra aún conserva mis raíces.

Diciembre 2.005

M.R.B.M.