Cuenca

 

Si alguna vez oímos la palabra Cuenca, sin poder evitarlo pensamos en sus casas colgadas. Es el símbolo de la ciudad, y bien merecido que lo tienen, dado la espectacuralidad de sus posición.

 

 

Cuenca tiene el privilegio de encontrarse situada entre las hoces del Huécar y el Júcar. Su nombre parece que hace alusión a este hecho, pues, después de muchos debates sobre el origen de la ciudad y de su denominación, se llega a un dato escrito de la época árabe en el que la encontramos como Kunka, palabra árabe que hace referencia a una fortaleza que se elevaba en una cresta rocosa rodeada de las hoces del los ríos Júcar y Huécar.

Paredes del Huécar

 

Ambos ríos, de gran poder erosivo, han dado lugar a su espectacular imagen, y sobre sus hoces, más concretamente sobre la del Huécar se han edificado estas preciosas casas, que miran al río cono si pendieran de un hilo que las sostuviera desde el cielo.

En la actualidad solo podemos contemplar dos de ellas, a pesar de que en su origen, en el siglo XIV o XV, no se sabe a ciencia cierta, ocupaban toda la cornisa rocosa que rodea la ciudad, habiendo sido demolidas por distintas razones a lo largo de los años.

 

Panorámica

 

La ciudad, como ocurre casi siempre en nuestro país, estuvo ocupada por judíos, árabes y cristianos. Las luchas frecuentes entre unos y otros y las guerras tanto nacionales como de invasiones extranjeras, acabaron deteriorando la ciudad, destruyendo sus edificios y dando lugar a la Cuenca que hoy conocemos, restaurada en parte, destruida en otra, y ampliada y modernizada en las afueras del casco antiguo.

 

 

 

Subimos por una empinada cuesta hasta un punto bajo las casas colgadas, donde un puente de hierro, el de S. Pablo, nos conduce al monasterio de mismo nombre hoy convertido parador de turismo.

San Pablo

La vista desde este punto es extraordinaria. Entre el amasijo de casas asomadas a la hoz, destaca la Catedral , cuya cúpula sobresale del resto de los edificios.

Nos dirigimos hacia ella , retornando por el puente de hierro y subiendo por la cuesta que, a través de un arco, nos muestra la entrada de las casas colgadas.

Desde este punto las casas son como cualquier construcción típica de la ciudad, cuadradas ventanas cerradas de reja castellana, portalones de gruesa madera, cada una a su manera, de un rancio aspecto castellano.

Fachada del Ayuntamiento

 

 

En pocos minutos llegamos a un parquecillo, donde una casona ostenta el sobrenombre de "Casas del Rey", y continuamos subiendo a través de estrechas callejuelas hasta la plaza más importante de la ciudad, la Plaza Mayor.

Lo primero que encuentra nuestra mirada es la fachada del Ayuntamiento. Adosada a él, otra casona dedica sus aposentos al Museo de la Ciencia de Castilla la Mancha.

 

Catedral

 

 

A nuestra derecha, la blanca imagen de la Catedral se abre paso entre el gentío que abarrota la plaza.

Es un edificio singular. El frontal en el que se ubica el rosetón, sobre las tres arcadas góticas, parece flotar en el vacío, dando la impresión de que la está inconclusa, que solo tiene eso, la fachada.

El cielo se cuela por los arcos ojivales y los torreones que sostienen la greca parecen el sueño de un niño que jugara con sus construcciones de madera.

 

Rosetón de la Catedral

 

El rosetón y su entorno forman un bellísimo conjunto, donde la solidez se une a la filigrana.

El blanco de la piedra, el azul del cielo, los grises de las sombras, crean una perfecta imagen que se olvida difícilmente.

En toda la construcción se repite el mismo elemento: los arcos sobre columnas.

 

Portada de la Catedral

 

El estilo es gótico-normando. Ha sufrido a lo largo de los siglos numerosas reformas, hasta llegar a la última, en 1.902, en donde se llevaron a cabo obras de derrumbe y reconstrucción debido a la peligrosidad de la torre Giraldo, de ahí que su fachada aparezca en el estado actual, casi inacabada.

 

Arco Bezudo

 

Si algo me sorprendió realmente cuando visité Cuenca, no fueron sus casas colgadas, ya lo esperaba y me causaron admiración, pero, insisto, si algo me sorprendió fue su alarde y empeño de mostrar el castillo.

En todos los planos aparece un lugar denominado castillo, en el que todo turista mal informado, como yo, espera encontrar una fortaleza digna de ese nombre. Nada más lejos de la realidad.

Tras cruzar el Arco Bezudo, después de haber subido otra cuesta de las muchas que encontramos en esta ciudad, la impresión es la de haber salido del recinto histórico. Entramos en una amplia zona, ajardinada, de casas más actuales, en donde encontramos una caseta de información turística. En ella se aclara que el castillo se ubicaba en este lugar pero del cual ya no queda nada. Solo la panorámica de la hoz del Huécar compensa el paseo.

Parece que el origen de la fortaleza, fue árabe, y tras numerosas reyertas, que dieron nombre a una de las calles cercanas, la del Trabuco, esta construcción fue destruida por los Reyes Católicos y en su lugar se edificaron las Casas de la Inquisición.

Retrocedemos a través del arco, deteniéndonos antes a disfrutar de la otra hoz, la del Júcar, que se abre entre verdes campos.

Casona

 

La estrecha calle que nos devuelve a la plaza de la catedral, está salpicada de casonas y palacios. Se trata de la calle de San Pedro. En ella habitaba la nobleza de la ciudad en sus tiempos de esplendor y de ello dan muestra sus casonas. Los escudos heráldicos de sus fachadas, las rejas de forja en las ventanas, las balconadas de madera, los portalones de arco de medio punto... todo es una historia en piedra que recuerda el pasado de esta ciudad.

Plaza de san Nicolás

 

Un estrecho callejón, cerrado con bóveda en la que las vigas de madera se muestran entre encalado, nos conduce a una recogida plaza, la de San Nicolás, en donde de nuevo un blasonado palacio, de fachada color salmón se nos muestra orgulloso.

 

De nuevo contemplamos el cañón del Júcar y vuelvo a pensar en este montículo elevado que se asoma a ambos ríos, en quienes con buen criterio, emplazaron su recinto en él, para poder divisar la lejanía. Me remonto a épocas pasadas, y tantas casonas y palacios, tantos escudos en las fachadas, me cuentan sin hablar de un tiempo en que la ciudad debió ser poderosa.

 

Torre Mangana

 

Atravesamos el arco que se abre bajo el ayuntamiento, dejando atrás la bulliciosa plaza, sus terrazas y tiendas, y entramos en una zona tranquila, en donde la vida parece más real. De nuevo una empinada cuesta, y entre callejuelas desembocamos en una placita, la de la Merced, en donde se encuentra el museo de la Ciencia y la Tecnología, un seminario y un convento de clausura.

Por una estrecha callecita, al fondo asoma una torre, otro de los edificios emblemáticos de Cuenca: la Torre Mangana. Lo mas llamativo de esta torre, aparte de estar separada del recinto al que pertenece, es su reloj, que acompaña de serranillas cada hora, alegrando al transeúnte que pasa por allí en ese momento.

Se ubica esta torre en lo que antiguamente fue un alcazar musulmán, posteriormente la judería con sinagoga incluida, y más tarde la iglesia de Santa María, que formó el llamado Barrio del Alcázar, posteriormente deshabitado y derruido el siglo pasado.

Esta torre parece ser de origen musulmán, en principio más baja que la actual, y que debe su nombre al hecho de que el reloj que se instaló en ella funcionaba de forma automática, dando campanadas por sí mismo, y ello llevó a llamarle "mangana" o "mágico". La torre se alzó posteriormente con el fin de que pudiera ser vista desde toda la ciudad. Del mismo modo, desde ella la vista es amplia y domina toda la comarca.

Nos alejamos, como no, bajando una empinada calle, que nos conduce al cauce del Huécar, que a su paso por la ciudad se ha canalizado, llegando incluso a pavimentar el fondo. Damos por concluida aquí nuestra visita, de la que nos llevamos un agradable recuerdo.

 

M.R.B.M.