Un pedazo roto de papel en una montaña vieja
y un dolor profundo
fueron todo su equipaje, pobre diablo pedricero.
Arrastraba unas cletas demasiado chicas, tan ajustadas
que le diera un pariente, su pariente tan canijo,
y unos bavaros raídos como la noche
por las estrellas de remiendos incipientes.
De la mochila quedaba un pingajo sucio incoloro
y de las medias las rallas -torcido paso de borracho-;
lo demás no era suyo según dicen.
Tenía las aspiraciones graves de un cuarto superior.
Pero no llegó nunca a segundo.
Soñaba ¿quién sabe qué vías desvirgaría
quién sabe dónde se matara -celebridad erigida paso a paso-?
Soñaba ¿quién sabe qué femenil aprobación acompañara
su proeza prepotente predispuesta presentida pretendida
pre-ganada pre...sumía.
Soñaba que sabría que sería, que vería que tendría, que veía que veía, que...mado.
Se quemaba. Chupaba piedra y se cansaba
de soñar con chupa cumbres, chupa...do
se quedaba de día en día.
Ya fin se perdió entre las piedras, no de Pedriza, ,
de su casa, en lo alto de la cima de su cama tras escalar la normal de una colcha.
Una gamuza borró la huella de su polvo
y escapó el polvo
y embadurnó de hollín
la vieja montaña.

M. CARMEN