Cañón del río dulce

El cañón del río Dulce

Cuando hablamos del cañón del río Dulce, sin poder evitarlo, nuestra mente se dirige a La Pelegrina, lugar muy conocido al norte de Guadalajara. Probablemente el hecho de que el doctor Rodríguez de la Fuente rodó en estos lugares buena parte de sus series televisivas, haya contribuido a ello.

Pero nosotros nos dirigimos a otro lugar de este río. Concretamente partimos de Aragosa, pequeño enclave a 15 kmts de Sigüenza, en donde las paredes rocosas y las buitreras nos dan una idea de lo que va a ser la jornada.

Cañon de La Pelegrina

Comenzamos a caminar por la margen derecha del río, por una pista en la que se anuncia la entrada al cañón. Los chopos, nogales y fresnos, cubren de sombra el camino, y junto al río, e incluso dentro de él, la espesura de carrizos, espadañas, juncos, rosales silvestres, mimbreras y otros tipos de vegetación de ribera casi ocultan el cauce en el que los berros abundan dejándose acariciar por la corriente que baja serena.

La pista avanza junto a campos de girasoles, y las sombras de la mañana hacen el paseo muy agradable. Al rato de caminar, los primeros picos se presentan.

Una especie de portalón sin dintel nos lleva al cañón. Los calizos picachos se elevan entre los pinos y son cada vez más abundantes. Nos sorprenden uno tras otro.

Se van cerrando y acaban formando un estrecho pasillo en cuyo fondo el río se esconde, su cauce es de un azul grisáceo, suave, distinto al verde del Tajo, al que nos hemos acostumbrado.

 

En La Cabrera

Pasa el tiempo casi sin notarlo, a cada paso un árbol distinto me invita a observar sus hojas y sus frutos. Las bellotas de las coscojas, las bayas de los enebros y los rosales... Al cabo de un largo rato en el que vemos como el cañon se abre y cierra a su antojo, los picos comienzan a desaparecer y las laderas se pueblan de enebrales. Se hacen más suaves y aparecen las casas dispersas en lo que llaman caserío de los Heros. Son escasas, no es el tipo de urbanización que rompe el paisaje.

 

Después de ocho Kmts. de caminar, encontramos La Cabrera. Es un pueblo pequeño , atravesado por el río Dulce sobre el que se ha construido un puente que une las dos mitades del pueblo. Sobrepasamos la iglesia y nos dirigimos a la pista que de nuevo nos lleva junto al río.

Otra vez aparecen los picos, en uno de ellos hay cuevas que nos llaman la atención. Cruzamos por un puente de madera y nos encontramos en un amplio valle.

Castillo de Pelegrina


Lo forma un meandro del río, que ha ido desplazándose dejando una llanura extensa, por cuyo lateral izquierdo el río parece empeñarse en seguir comiendo la montaña. A lo lejos el castillo de Pelegrina se asoma detrás de un monte poblado de pinos. Apenas se percibe, pero su silueta va haciéndose cada vez mayor. En la empinada ladera se amontonan las casas del pueblo, desde aquí aún imperceptibles.

Un canal bordea la llanura donde se cultiva el cereal. Un arroyo rodeado de de carrizos, espadañas y preciosos cardos nos acompaña todo el tiempo. Aquí no hay árboles que nos den sombra. Solo a lo lejos, en las laderas, los pinos nos dan envidia.

Casi al final de la ruta, aparecen los campos de frutales, manzanos y ciruelos. Entre ellos, los saúcos de negras bayas arracimadas forman setos junto a la pista.

Ya en el pueblo, decidimos rodear el castillo y bajar al río a descansar. Es un lugar tranquilo, fresco, donde el agua salta y los pájaros vuelan de rama en rama sobre nuestras cabezas. No paran su piar. No les importamos. Puede que ni siquiera se hayan dado cuenta de nuestra presencia.

Cantiles de Aragosa

Por fin se impone el regreso. Llegamos de nuevo al cañón y a través de él a Aragosa. Al final del día, cuando atravesamos de nuevo los campos de girasoles, algo vuela sobre nosotros. Son buitres, muchos buitres de precioso vuelo.

Tienen sus buitreras en los picos calizos. Les vemos entrar y salir de ellas. Se dejan llevar por las corrientes de aire y su planear parece llevarnos con ellos. No me canso de mirarlos.

Estamos cerca del pueblo, y aquí hay otras personas que también han venido a ver los buitres. Ellos siguen su ritmo sin importarles que les observen, a veces tan bajos que vemos su pardo plumaje. Una pequeña de pocos años exclama: "¡Son buitres leonados!" ¡Bravo pequeña!.

 

Ya, llegando al pueblo, el sol comienza a marcharse. Es un atardecer precioso. Los cortados rocosos de Aragosa paran los rayos y se tiñen de un rojo increíble. Es intenso, brillante. Se diría que la piedra está ardiendo.

Cascada del Río Dulce

Continuamos un trecho por la carretera y nos separamos a nuestra izquierda, en un lugar donde hay mesas y bancos para recreo. Muy cercano a este punto, el río forma una preciosa cascada. Seguimos una senda que asciende y conseguimos ver una cascada tras otra, pero tristemente en un lamentable abandono.


Tropezamos con un vecino que nos cuenta que este estado de descuido se debe a la falta de explotación agrícola en estas tierras. Los habitantes de este pueblo emigraron y ahora, lo que antes eran verdes huertos, son terrazas abandonadas donde las hierbas y matorrales crecen en desorden, se enredan y se secan un año tras otro, desmereciendo la belleza de este río que salta en cascadas de hasta diez metros de desnivel.

Septiembre 2.003

M.R.B.M.