-- La Senda de las Carretas -- (Hayedo del Parque Natural deTejera Negra)

Río Lillas, al fondo un majuelo, rojo de bayas

Al norte de la provincia de Guadalajara encontramos el hayedo más meridional de Europa. Debido a este hecho y por encontrarse en un precioso entorno, son numerosos los visitantes que recibe todos los otoños, cuando el color de las hojas cambia, llegando a veces al rojo intenso, dependiendo de la lluvia recibida. En este punto, por la situación tan meridional, no siempre es en la cantidad adecuada y en el momento adecuado, por lo que a veces solo logramos contemplarlas con tonos amarillos y ocres. Pero debo decir que esta transformación solo pueden verla algunos privilegiados. Para poder visitar el parque en estos días, es necesario pedir permiso, si queremos hacerlo en fines de semana, lo que suele ser lo más habitual. Las visitas están limitadas, por lo que dependiendo del día que nos toque en suerte, disfrutaremos de un colorido u otro, de sol o nubes, de viento o lluvia... Pero aún así, merece la pena.

Haya

En primer lugar, el Parque Natural del Hayedo de Tejera Negra disfruta de un microclima propio, lo que permite la existencia de hayas, en estos momentos jóvenes, debido a la tala masiva que se hizo años atrás. Pero no son los únicos ejemplares arbóreos que encontramos en el Parque.

Comparten territorio con los robles, autóctonos como ellas, y los pinos, estos producto de repoblación. Aunque estas tres especies son las más numerosas, como por sorpresa, también aparecen serbales, saúcos y tejos. En los sotobosques de los robledales el brezo y la gayuba tapizan el suelo y tampoco faltan las jaras y los majuelos.

Carbonera

La hierba es alta, y allí donde abundan los pinos, la pinaza de sus agujas y las piñas forman una mullida alfombra. Las hayas no permiten que la flora abunde en sus territorios. No dejan pasar el sol, por lo que solo a principios de primavera algunas flores adaptadas a este medio abren durante un corto espacio de tiempo.

Carbonera

Nosotros visitamos el parque un día de octubre, frío, con viento y nubes, que nos hizo pensar en un paseo desapacible, pero debido al gran interés que teníamos, no nos importó.

Partimos del aparcamiento junto al río Lillas. Hoy tiene poco caudal y la pradera que lo rodea amarillea. Son las consecuencias del verano, que por otra parte nos permite disfrutar de la maravilla de las hayas. A pesar de todo, este río tiene un encanto especial. El valle es abierto, al fondo se perfila el collado de las Cabras, muy próximo al pico de la Buitrera, pero hoy estas cumbres están cubiertas de nubes, lo que no nos permite ver la cuerda.

Senda de las Carretas

A nuestra izquierda encontramos un bosque de pinos por el que atraviesa la senda. El camino está muy bien marcado, caminamos muy seguros, sin preocuparnos de buscar por donde ir, como nos ocurre los días del Alto Tajo, y a pesar del viento frío que se cuela hasta los huesos, pisar esta alfombra de mullida hierba y lisas pizarras es una gozada. Los brezos abundan, los veremos durante toda la caminata, pero ahora no están en flor. De todos modos sus finas hojas son un precioso adorno de estas laderas.

Cuerda de las Berceras

Llegamos a un punto en donde, a nuestra izquierda, el arroyo de Las Carretas, se une al Lillas. Lo atravesamos por un puentecillo de madera y subimos por una pista estrecha pero muy marcada. Es la senda de las Carretas. La seguiremos todo el día. Nos llevará a puntos preciosos a través de bosques que cambian como por encanto. Los pinos ahora dan paso, primero a los robles y poco después a las hayas. Por el tipo de raíz, el roble no avanza cuando llega a un terreno rocoso, lo que aprovechan las hayas para hacerse dueñas del territorio. Ya empiezan a tomar su precioso color amarillo-naranja.

Serbal

Ahora el viento apenas se percibe, la ladera de la montaña y el bosque nos protege. Está saliendo el sol, y su luz se nos mete dentro. Ilumina el bosque y las hojas de las hayas se encienden, brillan a retazos, alternan las luces y las sombras.

El camino sube suavemente, por un pasillo de troncos blancos y ramas cubiertas de hojas de un verde amarillento y nos lleva a la carbonera que los responsables del parque han construido como muestra de lo que fue en tiempos no muy lejanos uno de los medios de vida de los lugareños: el carbón vegetal. Junto a ella paneles informativos nos explican como se construía, y que materiales se utilizaban en ellas.

Ramos de bayas de serbal

Para quienes no podáis visitar el parque, os explico que lo básico de esta construcción son las ramas que se entrecruzaban a modo de choza, dejando un centro vacío para que pudiera pasar el aire. Según el tamaño, se ponían unas especies de puntales, a veces uno central más resistente, para que la construcción no se derrumbase. A esta especie de choza se le llama "parva". Cuando estaba recubierta de troncos y ramas, se dejaba secar, para más tarde cubrirlos de ramitas pequeñas, hojas secas, paja, etc. y sobre ellas se ponía una capa de tierra. Se retiraba el eje central y el hueco que dejaba, servía de chimenea. Pero para una mejor información, os animo a visitarlo.

Hayedo

Después de merodear a su alrededor, continuamos la subida que, tras cruzar el arroyo, se vuelve empinada. La senda bordea otro arroyo que se une al anterior, poco abundante en agua, pero empinado, pizarroso, chorreante. Sus aguas brillan en la penumbra del bosque, salta y se esconde en las negras y relucientes pizarras. A las hayas se le unen los robles, que acaban apoderándose del lugar, y los majuelos aprovechan que el bosque ya no es tan tupido, que las hayas se van quedando atrás y permiten que el sol penetre y dé vida a otro tipo de vegetación. Ahora los rojos frutos cubren sus esqueléticas ramas desprovistas de hojas. Y las jaras vuelven a hacer acto de presencia.

Hayucos y hojas

El ascenso algo fatigoso, se ve compensado de repente, cuando algo rojo intenso y luminoso nos llama la atención entre los árboles. Se trata del primer serbal de la ruta. En esta época está cubierto de ramilletes de bayas rojas, que destacan en la espesura.

Este árbol, cuyo nombre completo es serbal de cazadores, es un manjar para los múltiples pájaros que viven en el parque. Sus frutos son tan apreciados por ellos, que los cazadores utilizaban sus ramilletes para atraer a sus presas. De ahí su nombre.

Hayucos

Ya estamos muy cerca de un collado en donde las vistas son estupendas. Es la pradera de Mata Redonda. Un panel en su punto más alto debería darnos explicaciones, pero como casi todos los del parque, ha sido destruido y su soporte cubierto de firmas de esos que, según se suele decir, su nombre se encuentra en todas partes. (Por favor, las firmas para los trabajos, informes, facturas... y todo lo que no es agradable en la vida, aquí sobran...) Incisos aparte, volvemos a nuestro relato.

Panorámica

Desde la pradera de Mata Redonda el valle por donde discurre el Lillas se adivina a lo lejos, bajo ese perfil montañoso que se aleja hacia Cantalojas. Ahora hay menos nubes y podemos ver los montes, casi al completo.

Al frente, hacia Cantalojas, comienza un semicírculo con Valdebecerril, justo encima de donde hemos dejado el coche, continúa con el Peñón de los Arcos hasta el Collado de las Cabras, donde prosigue con el Cerro de Mesa Peñota, y el pico Buitrera, el más alto y dominante, con 2.046 metros, si llevamos prismáticos, o gozamos de buena vista, veremos su vértice geodésico. A él se puede acceder desde Riaza o desde el Puerto de la Quesera. Algún día espero poder contároslo. Continúamos siguiendo la linea más cercana y encontramos el alto de la Escaleruela, sobre la senda por la que debemos continuar.

Aquí las altas cumbres se alejan y la loma cercana nos limita el horizonte. Es hacia este horizonte donde nos dirigiremos para seguir nuestra ruta. Pero, a pesar de que aquí está más desapacible que al resguardo de las laderas, merece la pena hacer este alto, la vista es preciosa.

Saúco

El viento sopla fuerte y frío, parece querer arrastrarnos, aunque solo consigue quitarnos las gorras... las manos se quedan heladas, y decidimos no estar en este punto mucho rato. Es curioso, nuestro termómetro marca diez grados, pero el viento es fuerte y la sensación térmica es de bastante menos temperatura. Según el informe meteorológico, un pasillo de viento continental ha entrado en nuestro país y nos ha tocado... pero pienso que este pasillo que permite pasar al parque el clima centroeuropeo, es lo que da la vida a estas hayas preciosas. En el parque las lluvias son más frecuentes de lo que es habitual en estas latitudes, y la sequía del verano aquí no se nota. Abundan las tormentas, y las nieblas son muy habituales, lo que permite un grado de humedad que da como resultado este lugar privilegiado.

Senda ecológica

Regresamos a buscar la senda, en donde los serbales abundan y nos acompañan un tramo no muy largo. Vuelven las hayas, y las retamas, gayubas y jaras se mantienen lejos. Ahora el sotobosque es una alfombra de hojas anaranjadas, de caparazones de hayucos, de pizarras negras y musgo verde intenso sobre ellas.

La senda es muy cómoda. Otra vez un pasillo abovedado de hayas por entre las que los picos recortados aparecen de vez en cuando. No es un bosque tan espeso, lo que permite mezclarse con otras especies, como algún que otro saúco, y las gayubas a veces cubren el suelo, allí donde los pinos ganan terreno a las hayas.

Tejo entre hayas

Entre un enjambre de troncos blanquecinos de hayas, una masa verde oscura, redonda, nos llama la atención. Su tronco grueso, rugoso, muy ramificado, se abre en una verde copa de finas hojas. Es un tejo. Un precioso tejo, único en la ruta, a pesar de que estemos en el parque de la "Tejera"

La ruta se bifurca en dos ramas. Una continúa al collado del Hornillo, otra baja por la senda de las Carretas. La primera ya la conocemos, la segunda es reciente, por lo que la seguimos.

Robledal

Caminamos tranquilos, recreándonos en el dorado de los troncos de los pinos silvestres que van formando un denso bosque. Los robles vuelven, y entre unos y otros se disputan el suelo. Ocupan zonas concretas, forman rodales y se extienden por donde el contrario se lo permite.

Desde esta senda las vistas son preciosas. Ahora el sol ha podido con las nubes, aunque siguen en su contienda por ver quien está más tiempo en el cielo, y la cuerda que antes estaba cubierta, ahora se libera de nubes y se perfila en el horizonte.

Comienzo y final de la ruta. Al fondo la Cuerda de las Berceras.

Bajamos por un bosque de robles, mezcla de colores, que, al poco, pasa a ser bosque de pinos, y en no mucho rato llegamos al aparcamiento donde finalizamos la ruta. Contentos, el día se ha portado bien, no ha llovido y el viento se ha quedado en puntos donde el bosque no nos resguarda. El matiz de luces y colores ha sido intenso y me reafirmo en mi convencimiento de que el parque es precioso en cualquier época, en otoño el color, en invierno la nieve, en primavera las flores de majuelos, brezos y jaras, en verano sus praderas y clima, su frescor en los bosques, las aguas de sus dos ríos, el Lillas, que hoy hemos visto, y el Zarzas, (o Sorbe) del que espero hablaros otro día...

Octubre, 2.004

M.R.B.M.