Puerta en Albendiego

Albendiego

Otra vez en la carretera hacia Atienza, atravesamos los campos de labor, ahora pardos, rígidos por las heladas nocturnas, punzantes de paja seca, restos de la recogida de la siembra que no tardará mucho en volver a dar vida a estos lugares.


A ambos lados se suceden los pueblos, la mayor parte de origen medieval, y que alcanzaron su máxima prosperidad en épocas de Carlos III, en los siglos XVII y XVIII, e incluso hasta el pasado siglo. A nuestra izquierda, un cartel nos anuncia el desvío a Olmeda de Jadraque. No la visitamos, queremos dejar sus importantes salinas para otro momento y continuamos hacia el norte.

 


Una imagen de Albendiego

 

Dejamos atrás la silueta del castillo de Riba de Santiuste, y nos acercamos a Atienza. Del mismo modo que pasamos de largo Sigüenza, lo hacemos con esta villa que nos llama desde el alto castillo roquero. Tendrá que esperarnos, hoy vamos a pueblos más sencillos, menos poblados, pero con un encanto especial.


El primero que visitamos es Albendiego. Ha nevado estos días, y la imagen que nos ofrece es preciosa. Casas de arenisca y cuarcita, paredes almohadilladas con sabor medieval, en las que encontramos pequeños escudos coronando los arcos de las puertas de las casas. Junto a las fachadas se amontona la nieve en contraste con el rojizo las piedras.

 


Iglesia de Santa Coloma

 

Es la primera vez que visitamos este lugar. Vamos perdidos en estas cuatro callejuelas que un día fueron protegidas por los Templarios, lo cual nos hace pensar en la importancia de este lugar.

Recordamos por un momento aquellos gentileshombres que sirvieron a grandes reyes, que se asentaron en estos pueblos y desde ellos luchaban con los árabes hasta hacerles retroceder.

Fueron estas sus casas, sus castillos, sus iglesias. Buscamos en vano la de Santa Coloma. El pueblo parece vacío, y no hay nada que nos indique donde encontrar este lugar.

 

 

Abside de Santa Coloma

 

Nos llaman la atención los pequeños escudos de las fachadas, nos detenemos a contemplar uno de ellos, cuando se abre la puerta sobre la que se encuentra y un señor nos saluda amablemente.

Preguntamos por el punto que nos trajo a este lugar, y nos indica que está a las afueras del pueblo. Podemos pedir la llave en el único bar, si está abierto.

Es una casa antigua, de puerta pequeña. Nos dan una llave enorme, de las de hierro de antes… y no podemos evitar sonreír al verla. Es un viaje al pasado. Nos indican como llegar a la iglesia.

 


Archivolta en la puerta de entrada

 

Al final de la calle encontramos un azulejo en el que se indica el camino. Una pista de tierra nos lleva a través de un Vía Crucis de piedra hasta una alameda sin hojas.

Escondida entre los troncos secos del invierno aparece una espadaña.

No se ajusta a nuestras expectativas, es una espadaña románica, sin más, tres ventanales, en dos de ellos se alojan sendas campanas de hierro, en un panel de muro sin puerta. ¡Impacientes!...

 


Ventana con el Sello de Salomón

 

 

Rodeamos la fachada posterior y allí está, soleada, pequeña y hermosa. La puerta de acceso a la iglesia es sencilla, protegida por la techumbre de madera de un pequeño atrio, una archivolta doble, un arco bajo apoyado en columnas de capiteles con hojas, imperfecto, labrado de flores y sobre él un segundo arco, de traza ojival, en el que se repiten las mismas flores del anterior y las hojas de los capiteles.


La fachada continúa en un sencillo panel, donde se ha abierto una ventana, encuadrada en dos columnas de labrados capiteles, sobre las que se sostiene un doble arco, en cuyo centro vemos un adorno, especie de cilindro en el que aparece el sello de Salomón.

 


Celosía de estilo mudéjar

 

La parte posterior es la zona más espectacular de la construcción. Un ábside, acompañado de dos absidiolos. Es un conjunto armonioso, el ábside central, separado de los laterales por tres columnas cilíndricas sin capiteles, alberga tres ventanales.

En ellos se han introducido unas celosías de estilo mudéjar. La piedra se ha labrado, se ha hecho rosetones de filigranas geométricas, enmarcadas por pequeñas columnas de adornados capiteles.

Del mismo modo se ha actuado en los absidiolos, por lo que al mirarla en conjunto, no podemos dejar de sorprendernos, y en nuestro interior pensamos, ¡realmente es una joya!


Esta iglesia nos cuenta su historia a poco que miremos sus piedras. A partir de estas ventanas labradas, aparece un color de piedra más claro, y una sencillez en la construcción que demuestra que ha pasado mucho tiempo, probablemente algunos siglos hasta que se terminó de construir.

 

Interior de la iglesia

 

Así mismo, las columnas están sin rematar, sin capiteles, lo que parece decirnos que en este tiempo transcurrido, algo hizo cambiar a los constructores.

Se sabe, por estudios realizados por expertos, que fueron los templarios quienes comenzaron esta construcción. No duró mucho su estancia en estos lugares, algo más de un siglo, parándose las obras y recomenzando más tarde, cuando la iglesia paso a manos de una orden monacal.

Probablemente fuera la falta de medios, lo que obligara a terminar la construcción prescindiendo de las ornamentaciones con las que comenzó.

Volvemos a la puerta de madera maciza, labrada en cuarterones al más rancio estilo castellano. Sacamos la enorme llave y, a duras penas, conseguimos abrir el portalón.
El interior es acorde con lo ya visto.

 

 

 

Vía Crucis

 

Un presbiterio, flanqueado por dos capillas laterales, realmente románico, a la que accedemos por unos arcos ojivales a modo de puertas. En los muros se repiten los rosetones que dejan que penetre la luz, y por donde solo un pequeño haz de esta se cuela al Altar Mayor.

Es por las celosías de las ventanas del ábside por donde se consigue iluminar el recinto, el artesonado de vigas de madera, la sencilla balaustrada del coro, el atril de madera tallada… Pero todo el escaso mobiliario de esta ermita es nuevo.

Como suele ocurrir, la rapiña y el expolio han acabado con todo lo original.

Cerramos tras nosotros la pesada puerta, y caminamos en silencio.

Atravesamos los campos baldíos, pisamos la hierba helada, y nos detenemos a contemplar el Vía Crucis de piedra.


Icono sobre la puerta de una casa

 

 

De vuelta al pueblo, el mismo silencio, la misma paz, la misma soledad, ahora rota por unos gatos que juegan junto al pilón, y un perro que ladra al vernos pasar.

El mismo paisano que vuelve a saludarnos, nos sonríe y nos desea feliz viaje.

Agradecidos, retomamos la carretera, con la mirada puesta en ese bosquecillo de chopos en donde sabemos que se esconde Santa Coloma, y que ahora si vemos, ahora parece sonreírnos desde su sencilla espadaña.

De aquí nos dirigimos a Campisábalos, otro punto importante en este recorrido por un románico casi ignorado, casi abandonado, de la forma más injusta. No es grandioso como las muestras que nos enseñan cuando estudiamos Historia del Arte, pero engancha, sorprende y creo que debería ser más tenido en cuenta

M.R.B.M