AlbendiegoOtra vez en la carretera hacia Atienza, atravesamos los campos de labor, ahora pardos, rígidos por las heladas nocturnas, punzantes de paja seca, restos de la recogida de la siembra que no tardará mucho en volver a dar vida a estos lugares.
Dejamos atrás la silueta del castillo de Riba de Santiuste, y nos acercamos a Atienza. Del mismo modo que pasamos de largo Sigüenza, lo hacemos con esta villa que nos llama desde el alto castillo roquero. Tendrá que esperarnos, hoy vamos a pueblos más sencillos, menos poblados, pero con un encanto especial.
Es la primera vez que visitamos este lugar. Vamos perdidos en estas cuatro callejuelas que un día fueron protegidas por los Templarios, lo cual nos hace pensar en la importancia de este lugar. Recordamos por un momento aquellos gentileshombres que sirvieron a grandes reyes, que se asentaron en estos pueblos y desde ellos luchaban con los árabes hasta hacerles retroceder. Fueron estas sus casas, sus castillos, sus iglesias. Buscamos en vano la de Santa Coloma. El pueblo parece vacío, y no hay nada que nos indique donde encontrar este lugar.
Nos llaman la atención los pequeños escudos de las fachadas, nos detenemos a contemplar uno de ellos, cuando se abre la puerta sobre la que se encuentra y un señor nos saluda amablemente. Preguntamos por el punto que nos trajo a este lugar, y nos indica que está a las afueras del pueblo. Podemos pedir la llave en el único bar, si está abierto. Es una casa antigua, de puerta pequeña. Nos dan una llave enorme, de las de hierro de antes y no podemos evitar sonreír al verla. Es un viaje al pasado. Nos indican como llegar a la iglesia.
Al final de la calle encontramos un azulejo en el que se indica el camino. Una pista de tierra nos lleva a través de un Vía Crucis de piedra hasta una alameda sin hojas. Escondida entre los troncos secos del invierno aparece
una espadaña. No se ajusta a nuestras expectativas, es una espadaña románica, sin más, tres ventanales, en dos de ellos se alojan sendas campanas de hierro, en un panel de muro sin puerta. ¡Impacientes!...
Rodeamos la fachada posterior y allí está, soleada, pequeña y hermosa. La puerta de acceso a la iglesia es sencilla, protegida por la techumbre de madera de un pequeño atrio, una archivolta doble, un arco bajo apoyado en columnas de capiteles con hojas, imperfecto, labrado de flores y sobre él un segundo arco, de traza ojival, en el que se repiten las mismas flores del anterior y las hojas de los capiteles.
La parte posterior es la zona más espectacular de la construcción. Un ábside, acompañado de dos absidiolos. Es un conjunto armonioso, el ábside central, separado de los laterales por tres columnas cilíndricas sin capiteles, alberga tres ventanales. En ellos se han introducido unas celosías de estilo mudéjar. La piedra se ha labrado, se ha hecho rosetones de filigranas geométricas, enmarcadas por pequeñas columnas de adornados capiteles. Del mismo modo se ha actuado en los absidiolos, por lo que al mirarla en conjunto, no podemos dejar de sorprendernos, y en nuestro interior pensamos, ¡realmente es una joya!
Así mismo, las columnas están sin rematar, sin capiteles, lo que parece decirnos que en este tiempo transcurrido, algo hizo cambiar a los constructores. Se sabe, por estudios realizados por expertos, que fueron los templarios quienes comenzaron esta construcción. No duró mucho su estancia en estos lugares, algo más de un siglo, parándose las obras y recomenzando más tarde, cuando la iglesia paso a manos de una orden monacal. Probablemente fuera la falta de medios, lo que obligara
a terminar la construcción prescindiendo de las ornamentaciones
con las que comenzó. Volvemos a la puerta de madera maciza, labrada en cuarterones
al más rancio estilo castellano. Sacamos la enorme llave y, a
duras penas, conseguimos abrir el portalón.
Un presbiterio, flanqueado por dos capillas laterales, realmente románico, a la que accedemos por unos arcos ojivales a modo de puertas. En los muros se repiten los rosetones que dejan que penetre la luz, y por donde solo un pequeño haz de esta se cuela al Altar Mayor. Es por las celosías de las ventanas del ábside por donde se consigue iluminar el recinto, el artesonado de vigas de madera, la sencilla balaustrada del coro, el atril de madera tallada Pero todo el escaso mobiliario de esta ermita es nuevo. Como suele ocurrir, la rapiña y el expolio han acabado con todo lo original. Cerramos tras nosotros la pesada puerta, y caminamos en silencio. Atravesamos los campos baldíos, pisamos la hierba helada, y nos detenemos a contemplar el Vía Crucis de piedra.
De vuelta al pueblo, el mismo silencio, la misma paz, la misma soledad, ahora rota por unos gatos que juegan junto al pilón, y un perro que ladra al vernos pasar. El mismo paisano que vuelve a saludarnos, nos sonríe y nos desea feliz viaje. Agradecidos, retomamos la carretera, con la mirada puesta
en ese bosquecillo de chopos en donde sabemos que se esconde Santa Coloma,
y que ahora si vemos, ahora parece sonreírnos desde su sencilla
espadaña. De aquí nos dirigimos a Campisábalos, otro punto importante en este recorrido por un románico casi ignorado, casi abandonado, de la forma más injusta. No es grandioso como las muestras que nos enseñan cuando estudiamos Historia del Arte, pero engancha, sorprende y creo que debería ser más tenido en cuenta M.R.B.M |