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GUADALAJARA
Ante todo, quisiera reivindicar la importancia de esta capital, que no sé por qué, tengo la sensación de que no es tan apreciada como debería. Pienso que la proximidad con la capital de la nación , Madrid, la convierte en un lugar de paso que al estar muy cercano a nuestro comienzo o final de viaje, hace que pasemos de largo. No debería ser así, merece la pena detenerse unas horas, y visitar sus monumentos, así como sus restaurantes que por cierto son bastante buenos, y en los que podemos disfrutar de la gastronomía de la zona. Creo que debo decir que no tengo ningún interés personal que me ligue a esta ciudad, y hecha esta aclaración, pasaré a contaros mi experiencia de un día, en la que aún me quedaron lugares por visitar...
El origen de Guadalajara se remonta a épocas iberas, siendo su primer nombre Arriaca, (lugar de piedra) de origen celtibérico, pero su nombre actual se lo debe a los árabes que la bautizaron como Wad-Al-Hachara, (río de piedras). Realmente, si hay algo que encontramos por doquier en esta provincia son piedras... y estas piedras son las que nos hablan de sus historia. Nos dirigimos en primer lugar al Palacio del Infantado, que comparte con el Panteón de la Duquesa de Sevillano, el honor de ser los monumentos más conocidos de Guadalajara. Es el Palacio más antiguo, y está considerado como identificador de la ciudad. Su construcción tuvo lugar en el siglo XV por el arquitecto Juan Guas, sobre lo que fue el palacio gótico del Marqués de Santillana, siendo sus dueños la familia de Mendoza .
Durante nuestra guerra civil, en 1.936, sufrió gravísimos daños, quedando solo lo que podemos hoy contemplar, después de haber sido reconstruido con bastante acierto. La fachada está construida en piedra de sillería, destacando sobre todo el conjunto las cabezas de clavos que la adornan y le confieren una imagen singular, mientras que la portada está adornada al estilo gótico y luce sobre su dintel un medallón con el escudo ducal. La magnifica galería superior, como una filigrana en piedra, le da un toque de gran belleza.
Ya en el interior, encontramos el sorprendente Patio de los Leones. Recibe este nombre por la profusión de estos animales esculpidos en los arcos del primer cuerpo de columnas, también de estilo gótico. En cada arco de la galería podemos ver una pareja de leones y en su centro una tolva de molino, divisa de la Casa del Infantado. Los escudos que encontramos sobre los capiteles de las columnas corresponden a los de Mendoza y de Luna, el primero perteneciente al fundador del Palacio, y el segundo a su esposa, hija de D. Álvaro de Luna. La segunda galería, la superior, cambia la decoración de leones por la de grifos alados, combinando la decoración de estas arcadas con hermosos calados de follajes en la balaustrada. En los ángulos interiores de la galería encontramos unos curiosos arcos, a modo de contrafuertes, en los que sendos pajes sostienen el escudo de los Mendoza. En el exterior del Palacio, en la fachada que da paso al jardín, se abre una galería exterior, también de dos plantas con columnas y arcos menos suntuosos, pero también de una gran elegancia. Desde el Palacio del Infantado nos dirigimos a la cercana Iglesia de Santiago. Se encuentra ocupando el sitio en el que estuvo el antiguo convento de Santa Clara, o mejor dicho el segundo convento, ya que el original se encontraba junto al Palacio y a él accedían los duques desde este, sin tener que pisar la calle. Este original fue destruido y ubicado en el lugar de la iglesia que de la que os hablo.
Su construcción es de estilo mudéjar,
y en su portada destacan columnas de estilo jónico. El conjunto
de esta portada es de piedra caliza del país, y sobre su arco
se conserva la efigie de la antigua titular del convento. Continuamos por la estrecha callejuela, y apenas unos metros más adelante, encontramos el antiguo convento de la Piedad , hoy instituto de la capital, conocido como Liceo Caracense. Aclaro de paso que caracense es uno de los varios topónimos de los habitantes de Guadalajara, entre ellos guadalajareño y arriacense.
Posee una fachada de elegante corte renacentista, pierde
atractivo al encontrarse situada en una estrecha calle, lo que le roba
perspectiva. La parte baja de lo que fue la antigua iglesia, se ha dedicado
a capilla del Instituto y la parte principal a aulas. El patio, de forma cuadrangular, sorprende por su sencillez
y elegancia. Está formado por dos alturas de columnas esbeltas,
mezcla de dórico y corintio, coronadas por capiteles de madera
tallada, sobre los que se ha colocado una cornisa de este mismo material,
igualmente labrada.
Sobre la primera de ellas, una balaustrada en piedra blanca calada al igual que las columnas, contrasta armónicamente en el conjunto.Subimos a la planta superior por una escalera adornada de un zócalo de azulejos. Toda la galería, tanto la baja como la superior está rodeada de este tipo de decoración, y junto a ella, en tramos, se han colocado bancos de madera. Resaltando en la blanca pared que cubre el resto, los
faroles fernandinos de forja labrada, ponen una nota de contraste en
la sencillez de la galería.
Desde este punto nos dirigimos a la Capilla de Luis Lucena, en la Cuesta de San Miguel. Fue mandada construir por D. Luis de Lucena, un sacerdote alcarreño que pretendía lograr con ello un lugar donde dar reposo a sus restos y a los de su familia. No pudo ver cumplido sus deseos, debido a que pasó la mayor parte de su vida en Roma y fue enterrado en esta ciudad en la iglesia de Santa María del Popolo.
Se trata de un pequeño pero precioso conjunto arquitectónico, en el que predomina una fuerte influencia mudéjar. Los muros son de ladrillo, pero tan artísticamente colocados que consiguen una gran variedad de elementos decorativos. En las esquinas y centro de los muros se han colocado torreones fingidos y toda ella está coronada de una vistosa cornisa.
Frente a ella, en la plaza por la que acabamos de pasar, encontramos la Concatedral. Se trata de una iglesia de estilo mudéjar, cuyo nombre el Santa María de la Fuente, y que tiene su origen en el siglo XIII. Esta iglesia no podemos visitarla por encontrarse cerrada este día, por lo que tenemos que conformarnos con ver solo su exterior, y aparcar el deseo de hacerlo para otro día. A pesar de que esta ciudad no conserva el estilo de las viejas ciudades, paseando por sus calles nos da la imagen de una ciudad nueva, encontramos rincones que nos hablan de su antigüedad. Muy cerca de esta plaza de Santa María se encuentra el puente de origen árabe sobre el río Henares. Aunque no está completo, aún podemos contemplar parte de sus arcos.
De allí nos dirigimos a uno de los torreones de la antigua muralla también árabe, la Torre del Alamín, en la que encontramos una interesante exposición sobre la misma. No muy lejos, se encuentra el palacio de La Cotilla, algo que me llamó sorprendentemente la atención. Parece ser que este edificio sin nada de particular en su exterior, servia para reuniones que no pude conseguir saber de que tipo eran. No había ningún folleto explicativo ni nadie que me diera información, pero lo que si es destacable es su decoración, dos salas tapizadas con motivos orientales, como si se tratara de un saloncito japonés. a vosotros os dejo imaginar la utilidad de estas salas. Ellos conservan esta decoración como un tesoro. Una de las joyas de Guadalajara es el Panteón
de la duquesa de Sevillano. Es un edificio de últimos del siglo
XIX y principios del XX, de un estilo en el que se mezcla el románico
y el bizantino.
Desde el momento en que lo contemplamos a lo lejos,
nos llama la atención la suntuosidad y el lujo. La singularidad de este edificio es el hecho de haber sido construido en dos niveles, el superior, donde se encuentra la capilla, al que subimos por una blanca escalinata, y que deslumbra por su belleza y riqueza.
Su estilo es de una fuerte influencia bizantina, algo
a lo que no estamos acostumbrados. Existe una gran proliferación
de mármoles, y mosaicos multicolores, sabiamente combinados,
donde los dorados y blancos contrastan con los tonos oscuros, que dan
resalte a las figuras sobre las que el autor quiso llamar la atención. En la planta inferior se encuentra la cripta, más
sobria, en cuyo centro se eleva un mausoleo donde reposan los restos
de la creadora, donado por el pueblo como agradecimiento a su buen hacer
con los necesitados de esta ciudad, hecho por el que se hizo acreedora
de ser llamada benefactora de esta villa. La cúpula exterior está cubierta de cerámica color púrpura, cuyo brillo, más aún los días soleados, atrae la atención de quienes la divisan a lo lejos, como una llamada a ser visitada.
Solo me resta hablaros de San Gines, que al igual que la concatedral, no pude visitar su interior. Se trata de una construcción de estilo renacentista, situada en una amplia calle con una magnifica perspectiva.
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