PalazuelosCon el agradable recuerdo de Carabias, volvemos a la estrecha y serpenteante carretera , al punto más conocido, la ciudad amurallada donde dejara su huella Marqués de Santillana. Al poco de circular aparecen las murallas de Palazuelos. A nuestra izquierda, la silueta de una ermita pequeña, porticada, hace que nos detengamos. Es una ermita rojiza, como casi todas las construcciones de este entorno. La arenisca y la cuarcita son los componentes principales de estas tierras, en donde la piedra abunda. Un azulejo junto a la puerta de entrada nos dice que se trata de la ermita de Ntra. Sra. de la Soledad. ¿Será por eso que está tan sola, en medio de estos campos de cereal, ahora secos por el invierno? Parece mirar la villa amurallada donde la silueta del castillo se asoma a la campiña, y ella en su pequeñez vigila los muros, en silencio, solitaria.
Es una ermita renacentista, según nos cuenta un papel medio borrado junto a una de las puertas de la muralla de Palazuelos. (Dicho sea de paso, me apena ver el estado de esta información, creo que el lugar merece más atención) Según nos sigue contando este escrito, ya existe documentación sobre ella en el siglo XVI.
Seguimos hacia el pueblo y atravesamos la primera de las tres entradas que confieren un estilo especial a Palazuelos. Son tres puertas dobles que dan acceso al recinto a través de una sala cuadrada sobre la que se levantan otros tantos torreones. De origen hidalgo, pregona a los cuatro vientos que fue el Marqués de Santillana, D. Íñigo López de Mendoza quien construyó esta fortificación, una muralla de más de dos kilómetros de perímetro.
La plaza a la que se accede desde la puerta, es amplia, con sonora fuente en el centro y con una mezcla de modernidad plasmada en los juegos infantiles que parecen adueñarse de todas las miradas. Los han situado en el centro de la plaza, rodeados de aparcamientos para coches, es el precio del progreso... y junto a esta moderna fuente, una columna solitaria, el "rollo " que acredita el carácter de villa de Palazuelos. La villa, si la miramos con ojos de nuestra época, no es grande. Pero sus casas de piedra parecen hablarnos de otros tiempos en los que debió ser un lugar importante. Son casonas de dos plantas por lo general, con cuadras en la mayor parte de ellas y robustas paredes de mampostería, aunque algunas, como ocurre en la plaza, se han enfoscado y modernizado. Destaca en la plaza el colorido de las puertas y ventanas, más acorde con el estilo Canario e Hispanoamericano, en donde predominan los colores vivos, que con lo que correspondería a esta villa medieval. El color de Castilla fue el ocre o el rojizo, según la piedra que se encontraba en el lugar donde se ubicaban los pueblos. Las puertas fueron robustas, de maderas macizas, unas más sencillas y humildes que otras, dependiendo de sus dueños, pero este colorido no lo encuentro en consonancia con el estilo medieval de Palazuelos.
Por la calle principal llegamos a la iglesia. Su lateral es a la vez el de una plazuela. La portada y la espadaña del templo son de estilo
románico, el resto renacentista, muy sencillo, así como
el interior. Frente a ella una casona de balconada de madera y sillares
rojizos, más acorde con la historia de este lugar que las anteriores. De nuevo caminamos por la calle principal, entre casas medievales hasta llegar a otra de las puertas, la de La Villa. Esta es la más curiosa de las tres. En ella se ha colocado una ventana, con una virgen rodeada de yedra y ramos de flores.
Al igual que la Puerta del Cercao es robusta, cuadrada con dos arcos de entrada y salida. Sobre la parte exterior aparecen dos escudos nobiliarios, uno de ellos pertenece a los Mendoza, el otro no he conseguido saber a quien pertenece.
Por ella salimos al exterior del recinto, para continuar por un caminito que rodea la muralla. Son varias las torres que la sostienen, horadada, por otra parte, por ventanas abiertas en las antiguas saeteras o simplemente donde mejor les pareció a quienes aprovecharon la muralla para adosar sus casas, sin miramiento ni respeto a la historia .
Es curioso caminar junto a estas piedras, observar la huella del hombre, cómo cada uno ha puesto su estilo en estas oquedades. Alguien se limitó a romper la piedra, mientras otros le dieron formas ojivales, como queriendo disimular el destrozo.
No tardamos en llegar a la tercera puerta, la Del Monte, quizás la más deteriorada, donde, de los dos escudos, solo queda uno y en lamentoso estado. La atravesamos para entrar de nuevo en el recinto y dirigirnos al castillo. Antes de llegar a él, nos damos de bruces con un hotel de nueva construcción, de dudoso estilo, que intenta asemejarse a lo existente sin conseguirlo.
De todos modos, pido excusas a los habitantes de Palazuelos por mis críticas, pero están hechas con ánimo constructivo. Nada me alegraría más que poder, algún día, reformar estas líneas y decir que este pedazo de historia está cuidado tanto como se merece. Es muy probable que no dependa de ellos, que tropecemos, como siempre, con burocracias y prioridades, pero ¿tanto costaría que la información escrita que nos ofrece estuviera más protegida? o esas oquedades en la muralla, ¿no pueden ser cubiertas y dejarla como estuvo en origen? Hace algunos años visité Palazuelos, y tengo que felicitar a quienes han restaurados las casas de forma acertada. He encontrado importantes mejoras desde aquel día, y espero que pueda decir lo mismo en visitas posteriores. De nuevo tomamos la carretera principal, buscando una preciosa muestra del románico-mudéjar, tan unido a Guadalajara, me refiero a Albendiego. M.R.B.M. |