El Tajo desde el Puente de San Pedro

Puente de San Pedro

El PPuente de San Pedro es uno de los lugares más conocidos del Alto Tajo. Junto a él se ha construido un muro de contención que remansa las aguas y forma un bonito salto.

Hoy, después de fuertes lluvias, el río viene crecido y las aguas han cubierto casi por completo el salto que vemos como un pequeño escalón de espuma blanca.

 

 

Toba de la Escaleruela

 

En sus alrededores se forma una playa entre rocas donde la afluencia de público en época estival es bastante considerable .

No es esa nuestra intención. Estamos en invierno, hemos tenido unas semanas de intensas lluvias, y nos aproximamos a él buscando la oportunidad de ver correr el Tajo en un momento de fuerte caudal, pero sobre todo, tratamos de contemplar la preciosa cascada de la Escaleruela, que se encuentra en sus cercanías.

 

Nos dirigimos al pueblecito de Villar de Cobeta y desde él, por una pista de tierra, bajamos hasta el Tajo.

Es un camino agradable, entre pinos y por el que ya en las cercanías del Puente, comenzamos a contemplar los altos cortados que bordean al Gallo. Detenemos el coche para contemplar el paisaje.

Uno de los Meandros del Tajo

 

A nuestra derecha el cañón el Tajo se yergue gris y verde y en su fondo el río, discurre retorciendose, brillante serpiente que corre sin fin entre las rocas y el matorral. Forma un gran meandro al quisiera contemplar de cerca.

 

 

 

 

Unión del Gallo con el Tajo.

 

Llegados al puente, la vista es preciosa. Corre caudaloso verde y blanco de cal arrastrada en su corriente.

Se le une el Gallo en fuerte contraste, con aguas mas serenas, oscuras y cristalinas, semioculto entre los secos chopos. La línea de unión es perfectamente visible, transparente uno, blanco de cal el otro.

 

 

Después de contemplar un rato tan hermosa estampa, nos dirigimos a la búsqueda de la ansiada cascada. Para nuestra gran decepción no lleva ni una sola gota de agua... Solo vemos la toba que la forma. ¡No puedo creerlo!... Pero es la realidad, tendré que esperar otra oportunidad para ver la tan preciosa y caprichosa Escaleruela...

 

Salientes rocosos donde se posan los buitres.

 

Nos dirigimos a Zaorejas, pero antes nos detenemos en el mirador que se ha construido en la cima de los cortados, y desde donde la vista es sorprendente.

Lejanos horizontes de suaves colinas, al fondo el Tajo y las grandes paredes a nuestros pies. Junto a lo que debería ser la cascada, dos moles rocosas sirven de atalaya a sendos buitres, que tranquilos otean el horizonte. Espero a ver si vuelan, pero no lo hacen y mi paciencia se acaba.

 

 

 

Farallones en la hoz del Tajo

 

El pueblo de Zaorejas es pequeño. Ahora está en momento de remodelación, así lo dicen las casas en obras. También está solitario. Es invierno... y solo un puñado de gente lo habita. Paseamos por sus calles silenciosas, observamos el contraste de casas derruidas con otras rehabilitadas, algunas antiguas en muy buen estado, otras caídas.

Un perro de pajizo pelaje se nos une, y camina junto a nosotros, parándose si nosotros lo hacemos, mirándome con dulces ojos. Le miro y me sonrío, y noto en su mirada que agradece mi gesto. Yo también agradezco el suyo. Hace frío. Me duele el vientecillo que sopla en mi cara.

 

Una imagen de Zaorejas

Nos cruzamos con unas mujerucas ataviadas de oscuro con delantal semirrecogido, que nos saludan amables, con agradable sonrisa. Le devolvemos el saludo y pienso que los que vivimos en las grandes urbes necesitamos días como estos, en donde la calma de los pueblos nos penetra en lo más hondo. Es como si no hubiera pasado el tiempo. Me gustaría prolongar el día pero debemos abandonar el pueblo.

En mi regreso pienso en el frío y la soledad del campo, y lo comparo con el frío y la soledad de las grandes ciudades. No hay color... El primero es un frío que se siente en nuestra piel y se cura con abrigos, el segundo es un frío que no se ve, pero que cala en lo mas hondo y atenaza los sentidos. La soledad del campo es compañera de nuestro pensamiento y nos ensancha el corazón, la soledad de la ciudad es rígida y nos encoge el alma. La ciudad repleta de gente esta vacía, pasan de largo y no hay calor en sus miradas, no hay saludos ni sonrisas. Hay menos compañía y menos calor en la multitud de las ciudades, que en este frío día de invierno en el que solo nos acompaña un pajizo perro y el saludo de unas amables mujeres.

 

Febrero 2.003

M.R.B.M.