Torrestío-San Emiliano, por el Valle Congosto y Peña Orniz

Torre Orniz, y Dientes de la Cuerria

A pesar de que la ruta que hoy os cuento discurre por la comarca de Babia, en la provincia de León, parte de las montañas que veremos sirven de límite al Parque de Somiedo. Este límite es una línea administrativa, que parece que se sitúa en la cuerda de ellas, a pesar de que, en un intento de situarme correctamente en ella, consulté un mapa topográfico especifico de la zona, y la línea rosada que lo delimita desaparece en este punto. Es como si la administración se uniera a la naturaleza y los caminantes, que no tenemos en cuenta estas separaciones de oficina.

Peña de Solarco y Pico Vallera al comienzo de la ruta

Comenzamos a caminar una fresca mañana de mayo en el pueblo de Torrestío. Este lugar es el comienzo de varias rutas de montaña, muy conocido en el ámbito excursionista.

No muy lejos está el precioso circo que encierra las joyas de Somiedo, los lagos. Hoy llegaremos a la parte posterior de las montañas que lo circundan, sin pasar al lado asturiano, bien a mi pesar, desde donde podríamos verlos.

 

Peña de Solarco

La caminata transcurre por una pista con algo de pendiente, entre retamas que aún no han florecido. A nuestra derecha dos moles de roca, el Pico Vallera y la Peña de Solarco, dos montes agrietados que nos acompñarán buena parte del camino. A la izquierda una vaguada coronada por otro pico oscuro, el Morronegro, poblado de árboles que bien podrían ser pinos, pero están lejos y no puedo distinguirlos, aunque por el aspecto si lo parece.

Estamos atravesando el valle de Valverde. Camino impaciente esperando la recompensa que está al fondo, al volver el recodo, oculta tras la Peña de Solarco.

Peña Congosto, al fondo Peña Orniz y torre Orniz

Llegados a un arroyo, lo cruzamos y caminamos por un sendero húmedo y estrecho que se abre paso entre aulagas y piedras. Ahora es más ameno el caminar, mas variado, mas "silvestre". Al terminar la subida, nos encontramos en una encrucijada de pistas y al pie del macizo que hemos venido a visitar. Ahora todo es distinto. Una preciosa pradera, y al fondo un pico gris blanquecino en donde los plegamientos geológicos se marcan claramente. Lo miro y pienso en cómo se formó hace tantos siglos. Parece que puedo ver la tierra en movimiento, la siento plegarse, doblarse con el impulso de su propia fuerza interior. Es Peña Congosto.

Todos estos picos oscilan alrededor de los 2.000 metros, superandolo a veces. De hecho Peña Congosto tiene 2.085, Calabazosa 2.125 y Peña Orniz 2.191, por lo tanto estamos en Alta Montaña. Estas cotas empiezan a ser ya "palabras mayores"

Peña Congosto

Vamos a entrar en un circo que en su día se cubría de nieves eternas, de hielos que han dejado su huella en esta hendidura de piedras sueltas, atravesada por el río que se despeña en saltos y chorreras. En estas laderas, a poco que observemos encontramos las tipicas formaciones de morrenas dejadas por el arrastre de las lenguas de los glaciares. Está claro su origen.

Torre Orniz

Caminamos por un senderito que atraviesa una portilla, como la entrada al espectáculo que se abre tras ella. La primera imagen es una pradera mullida, rezumando agua por todas partes. Es difícil caminar sin pisar el barro. El senderillo estrecho está muy empapado, y los mogotes de hierba tan blandos que da pena pisarlos. Aquí están todos los picos. A la derecha la luminosa Peña de Solarco, a la izquierda Peña Congosto, y al fondo... los más hermosos.

Pico Blanco y Calabazosa

La corona que forman los picos comienza a lo lejos con Peña Orniz, a la que se sube por una ladera cubierta por una pala de nieve. Junto a ella Torre Orniz, y girando a la derecha, Pico Blanco, Calabazosa, Peña Vallera y Peña Redonda. Entre Torre Orniz y el resto un afilado recorte de picos como dientes, no en vano les llaman los Dientes de la Cuerria.

Detrás del Pico Calabazosa se encuentra el lago del mismo nombre, el más alejado de los que forman el conjunto de los llamados Lagos de Saliencia. Bajo estas cumbres se encuentran todos ellos, y siento enormes deseos de subir al Calabazosa y contemplarlos desde arriba. Hoy no es posible. Como siempre, son sueños que puede que nunca se cumplan, pero hay que vivir de sueños...

Pico Blanco, Calabazosa, Vallera y Redonda

Es todo un espectáculo. Ha merecido la pena llegar hasta aquí. Pero no nos conformaremos con ver este entorno privilegiado. Subiremos por la ladera de Peña Orniz, hasta el pequeño circo donde guarda una laguna. Poco podemos ver de ella, hoy está helada y cubierta de nieve. La subida me ha costado algo de esfuerzo, pero me siento muy feliz en este lugar. Tanto, que vuelvo a mis tiempos lejanos, clavo tacón en la pala de nieve y me dejo llevar por la fuerza de mi propio cuerpo. ¿Estoy esquiando? Nada mas lejos de la realidad, pero la sensación es maravillosa. Me dejo resbalar y freno el impulso de forma alternativa . Apenas tardo en llegar abajo, y siento algo indescriptible a la vez que lamento tener que abandonar este paraíso. La cumbre de Peña Orniz es un desafío que puede que algún día se cumpla. Y me alejo haciendo proyectos que ni siquiera yo puedo creer.

Peña Orniz, Torre Orniz y Dientes de la Cuerria

De nuevo en la pradera, comenzamos a bajar por el Valle Congosto.

Es una zona poco arbolada, de piedra caliza, por donde el río salta y se despeña. En uno de los recodos el ruido es mucho más intenso. Forma una preciosa cascada que se retuerce para acabar formando una poza.

Cascadas en el Valle Congosto. Río Sañéu.

Frente a nosotros otra cuerda de negras rocas, de picos altos y oscuros, pedreras y nieve.

Ahora nuestro caminar avanza por una pista muy cómoda, junto al río. A medida que bajamos la vegetación se vuelve más abundante. Aparecen las praderas luminosas y tiernas, las moradas florecillas, las retamas y los animales que pastan apaciblemente.

Valle de Congosto

En nada se parecen estas montañas a las que hemos dejado. Son más suaves, más lisas, más verdes. De vez en cuando vuelvo la vista atrás y veo como la Peña Congosto va desapareciendo. Caminamos largo trecho, sin mucho nuevo, solo praderas y sol, paz y sosiego. Nos acercamos a un pueblo en donde los perros ladran acaloradamente. Es el bonito pueblo de Majúa. Atravesamos un puente y continuamos entre cercas y pastos hacia San Emiliano.

Hacia San Emiliano

De nuevo, a la izquierda los montes blanquecinos y altos. Igual que el deportista rendido tira la toalla y abandona la lucha, así abandono yo mi lucha por conocer los nombres de estos montes. Y así me quedo, boquiabierta mirando el recortado horizonte, sin saber cual es cual, sin saber en que punto me encuentro, pero a veces, es tan agradable perderse en las miradas del infinito, olvidar quienes somos, y solo ver unas montañas grises, llenas de sol, manchadas de nieve, queriendo tocar el cielo...

Mayo 2.006

M.R.B.M.