En medio del Mediterráneo,
el viejo mar, el mar de fenicios, cartagineses, romanos...
Dios creó un paraiso: Las Baleares. No son las únicas
islas que surgen de las tranquilas aguas de este vetusto
mar. Pero son las mías, las de mi país, y
no podemos negar que son muchos los foráneos que
se enamoran de ellas, y en ellas echan raices. Crucé
el charco, arribé a Mallorca y dediqué una
parte de mi tiempo a caminar por los senderos de sus montañas,
la Tramuntana. Esta barrera de crestas calizas, de picos
que superan los 1.000 metros y que arrancan desde el nivel
del mar para que aún parezcan más altos, es
un lugar idóneo para conocer los rincones más
agrestes de la isla . Las calas, los farallones encrespados,
los olivares y encinares, se me mostraban con toda su belleza.
No hice grandes hazañas.Fue fatigoso caminar con
los calores del verano que acababa. Pero la brisa secó
el sudor y el espíritu se engrandeció.
Aquí tenéis
una muestra de esos días. Miradlo y disfrutad.
Charo Bustamante