El Elefantito de la Pedriza
Hoy nos dirigimos de nuevo a La Pedriza de Manzanares por varias razones
entre las que destacaría mi gran interés en descubrir
los rincones de este macizo lleno de encanto. Han sido muy pocas las incursiones que he realizado en estas piedras,
principalmente por un cierto respeto a su posible dificultad. Pero según
voy adentrándome en ella, mi "mito" de que es una zona
difícil, casi exclusiva para escaladores está desapareciendo.
Salvo algún escollo que suele ser salvable con un poquito de
cuidado, veo que podemos llegar a rincones extraordinarios como el que
hoy os cuento.
En la Pedriza hay piedras realmente emblemáticas, cuyos nombres
lo dicen todo por si solos, entre ellas El Elefantito. Cuando hemos caminado unos dos tercios del recorrido hasta
llegar a La Gran Cañada, una zona más abierta nos dice que
nos encontramos en el Mirador del Tranco. Realmente merece ser llamado
de este modo porque las vistas desde este punto son magnificas.
Después de recrear la mirada en los alrededores, continuamos la subida por este sendero arenoso, húmedo por la ventisca que según nos cuentan tuvieron ayer en esta zona. Por aquí no hay restos de nieve. Solo humedad que nos ayuda a soportar el viento que sopla bastante fuerte y que de otro modo nos habría llenado los ojos de polvo. Es un viento bastante frío, pero nosotros apenas lo sentimos, la subida nos hace entrar en calor. Por otra parte, luce el sol.
Temíamos que no pudiéramos subir a causa de los malos pronósticos que auguraban que haría muy mal tiempo. Pero ese viento que sopla se ha llevado las nubes y aquí estamos disfrutando de una magnifica luz. Situados en la Gran Cañada aparece la nieve. No es esa capa de nieve esponjosa de las semanas anteriores. Esta vez la ventisca ha hecho su labor y la pradera se llena de trocitos de nieve y hierba, como un precioso manto de lunares.
Cruje a nuestros pies, está helada en la superficie,
se pega a las ramitas de hierba y a veces vuela con el viento. Desde el punto en el que nos encontramos vemos dos collados. Al frente el más conocido, el Collado de la Pedriza, el que divide en dos a la Gran Cañada, y un poco a nuestra derecha, una empinada subida divide el macizo en dos partes. Es a ese collado el que nos dirigimos. Allí a lo
lejos parece dibujarse las rocas que forman El Elefantito.
Se trata de la zona llamada de La Cerradillas. Por esa garganta subiremos hasta el collado donde se encuentra nuestro destino. Unos 160 metros de desnivel hasta el collado que nos muestre la otra vertiente.
También poco a poco la capa de nieve es más espesa. Hoy está maravillosamente especial. Ha sido el viento del día anterior quien la ha moldeado de este modo. Son las ramas de las retamas cubiertas de nieve las que proporcionan estas formas curiosas. El peso de la nieve helada quiere tumbarlas mientras ellas se yerguen en ramilletes blancos. Tampoco las paredes de granito se han librado de la mano de esta ventisca que las ha cubierto de nieve en sus caras norte. Ha formado sobre ellas una capa helada que a veces el viento arranca a trozos y vuelan como cuartillas de papel bamboleadas por él.
Frente a nosotros, al otro lado de la vaguada por donde corre el arroyo, las paredes rocosas forman caprichosas siluetas, entre ellas Los Cinco Cestos esperan que vengan los escaladores a trepar por sus paredes. Son cinco piedras redondeadas, apiladas, como cinco cestos
superpuestos apoyados en una mole que los soporta. Según subimos encontramos un grupo que sube en nuestra misma dirección. Hoy apenas hay gente en La Pedriza y eso la hace deliciosa. El silencio, la paz que se respira... Han sido muchos los que han decidido quedarse temiendo al mal tiempo y sin embargo aquí está el sol brillando, iluminando la nieve.
En un recodo del sendero, sin esperarlo, aparece la silueta
del animal que venimos buscando. Es realmente precioso.
Nos detenemos un rato en sus alrededores, subimos a la
base de su trompa y por fin decidimos que es necesario continuar la ruta.
Entre canchales y nieve, llegamos al lugar donde se abre la cavidad que el día que visitamos la Lagunilla me pareció un buen refugio. Hemos llegado a terreno conocido. Ahora vendrá la chorrera, hoy con mucha menos agua, y pronto alcanzamos la Gran Cañada por su lado Oeste. Estamos repitiendo un tramo conocido de la Senda Maeso
que nos llevará al Risco del Ofertorio y el Caracol.
Pasado este simpático risco prestamos atención a un claro herboso con una valla de piedra. Es la referencia para separarnos de la senda que traemos y acercarnos a ver la Cueva del Ave María. Intentamos refugiarnos en la cerca del viento frío que otra vez nos está azotando. Nos quedamos al resguardo de las paredes rocosas para descansar y tomar nuestros bocadillos. Ahora se ha ido el sol. Hay una nube bastante gris que no nos gusta en absoluto.
Mientras reponemos fuerzas, el viento se vuelve cada vez más frío, las manos se quedan heladas, por lo que no paramos más tiempo del necesario y continuamos hasta un entrante en la mole a cuyo pié se amontonan rocas caídas que dificultan el paso. Al fondo de este entrante se encuentra la Cueva, una oquedad triangular que no parece que tenga un acceso demasiado cómodo. Por otra parte, según nuestras referencias, su interior no es nada espectacular. Parece ser que está llena de excrementos de los murciélagos que habitan en ella.
Hay mucha mitología acerca de esta cueva en donde
dicen que si gritas "Ave María" el eco responde "Gracia
Plena" pero también son muchos los que lo han hecho sin obtener
resultado.
De nuevo situados en la senda, continuamos por ella hasta llegar a la pradera más amplia, el Collado de la Cueva, desde donde las vistas de la zona del Tranco son espectaculares. Parece que estamos muy cerca y solo nos queda tomar este
sendero tan marcado que atraviesa la pradera a nuestra derecha. En un momento alguien mira a la derecha y comenta que
nos estamos alejando. Realmente las paredes de la Cara del Indio están
bastante más lejos de lo deseado. A su pie, la pradera por la que
deberíamos estar cruzando se esconde detrás de moles de
granito. Hemos dejado atrás el desvío. Pero ya no es bueno
volver. Ha dejado de caer granizo aunque amenaza con volver a hacerlo.
Hasta ahora ha sido poca cosa, pero no queremos arriesgar demasiado, por
lo que continuamos bajando por esta senda que sin dudarlo nos lleva a
las urbanizaciones. Con lo que no contábamos es que estas han hecho
una barrera entre el pueblo y la montaña.
De nuevo no puedo creer lo que veo. Los chalets han cortado
el paso con sus muros de piedra, y a la derecha, junto a un sendero que
parece que tiene un buen fin, se ha levantado una valla metálica
de unos dos metros de alto que impide que pasemos. Es imposible rodearla,
se aleja demasiado marcando un territorio privado que se interna en plena
montaña. ¿Dónde está el límite a la
montaña? ¿De qué sirve la declaración de Parque
Natural? A este paso cualquier día tomaremos cubatas en la cumbre
del Yelmo, en una barra ambientada acorde con las películas del
lejano oeste que se han rodado tantas veces en estos parajes. No sería
mala idea que el camarero fuera un vaquero estilo "far west"
con sombrero y todo. En esos momentos la Pedriza perdería sus escaladores,
sus senderistas y sus buitres y cabras monteses. Pero alguien llenaría
sus bolsillos con el "oro" de esta nueva fiebre de urbanizaciones
ocupadas por quienes se dicen amantes de la naturaleza y viven dándole
la espalda como bien dice mi amigo Juan. Esta forma de cerrar el acceso
al pueblo supone una ratonera para quienes en un momento determinado necesiten
abandonar la Pedriza con urgencia. No es nuestro caso, pero podría
serlo.
Aprovechando una parcela que aún está en
construcción alcanzamos la calle y salimos a la carretera que nos
lleva hasta El Tranco, recordando aquellos años en los que el camino
al Tranco era pedregoso y abrupto, un calentamiento para las caminatas
y una primera toma de contacto con estas piedras. Y me pregunto a mi misma
si nuestros nietos podrán conocer la Pedriza o será solo
una referencia en las propagandas de las urbanizaciones en las que se
de cómo explicación al nombre una imagen de una piedra
Febrero 2.006 M.R.B.M.
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