Arroyo de la Jarosa

Entre pinos y flores

La excursión de hoy no tiene grandes barrancos ni torrenteras, no presume de elevadas cimas, ni cascadas y saltos de ríos. Pero sí destaca por su serena belleza, su paz y la vida que en ella encontramos.

Nos dirigimos a la localidad serrana de Guadarrama y de allí al embalse de La Jarosa. Se rodea de pinares entre los que abundan los jarales, de ahí el nombre del arroyo que forma el pantano. En esta época del año, inundan de aroma el aire, y sus flores blancas sustituyen la nieve que ya se ido.

 

Vista del embalse de La Jarosa

 

Comenzamos a subir por una pista cerrada al tráfico que arranca junto al muro del embalse. Es cómoda, asciende entre pinos, poco a poco, con firme de asfalto. En sus bordes aparecen ya las jaras. Llegamos a un lugar donde hay unas construcciones que dan la idea de ser, la una un contenedor de agua por su forma cuadrada, no muy alta, la otra una caseta para no sé que uso.

Dejamos la carretera en este punto y seguimos un sendero, el primero que surge a la izquierda.

 

 

Flores de jaras

En este lugar aparecen varios, el que tomamos, otro que sube, otro que baja a la derecha... el nuestro baja junto a un arroyuelo y se dirige al arroyo de La Jarosa, el único que veremos con abundante caudal y donde encontraremos el único lecho de piedras que nos permitirá ver saltar el agua alegremente en esta jornada.

Cruzamos el arroyo y subimos por una cómoda pista entre pinares, hasta llegar a la loma donde un senderillo, poco visible en el comienzo, nos indica por donde subir.

Sale este sendero detrás de unos terraplenes no muy elevados, cercanos a la pista, a nuestra derecha. Hay que poner atención y mirar a lo lejos para encontrar la línea que dibuja y así guiarnos.

 

 

Panorámica desde la subida

Subimos hasta coronar la loma. Allí nuestro sendero toma dos direcciones, sube y baja. Nosotros subimos por la que se dirige a la izquierda, y comenzamos a disfrutar de los jarales cada vez más abundantes. Poco a poco el suelo se va cubriendo de hierba. En los troncos de los pinos se acomodan los líquenes y las piedras se visten de musgo, lo que nos confirma como es la climatología de la zona.

La ascensión no es dura, pero apenas forma zigzags, sube recta al comienzo, cuando abandonamos la pista. Ahora, al dividirse en dos, va casi horizontal, y de nuevo, gira y sube casi recta, hasta llegar a una pradera.

Desde que cogimos el sendero hasta esta pradera hemos empleado unos veinte minutos.Aquí todo es más hermoso. Está cubierta de flores. Se mezclan las margaritas con los ranúnculos de montaña. Es una alfombra verde de hierba y helechos, dibujada de blancos y amarillos.

Flor femenina del pino de montaña

 

Cruzamos la pradera en la que el senderillo se desdibuja, y nos dirigimos a un cortafuegos. Siempre orientados a la izquierda, subimos por él. Por su centro baja un sendero muy visible que nos sube entre hierbas y flores hasta unas rocas que parecen coronar el cortafuegos.

Llegados a ellas, el suelo se hace terregoso. No dejamos el sendero, ahora más ancho, y entre rocas y pinos continuamos subiendo otra media hora aproximadamente. Al fin, una pista engravillada se cruza en nuestro camino. Es la que seguiremos el resto de la caminata. Frente a nosotros un pelado y empinado cerro sube a La Salamaca.

Nosotros tomamos de nuevo la izquierda, y ascendiendo un trecho entramos en la zona más bonita de la excursión.

Estamos en el Cerro del Cebo de los Lobos. Si en nuestra subida hemos vuelto la vista atrás, hemos podido disfrutar de la amplia panorámica del pinar en primer plano y al fondo el valle donde se encuentra el pueblo y el embalse. Ahora el pinar y las flores serán quienes nos acopañen.

La gayuba cubre las rocas

Los pinos nos tapan la panorámica pero pronto empezaremos a olvidar la lejanía atraídos por las verdes laderas en las que las flores son cada vez más abundantes.

Sin esperarlo, un claro en el pinar nos descubre la preciosa vista de las cumbres de Guadarrama. Es una grata sorpresa, como por encanto aparece algo precioso. La Pedriza se enorgullece del Yelmo y enseña sus picachos hasta la base de la Maliciosa, que no le va a la zaga a la hora de mostrarse. También lo hace la Bola y detrás se asoma la cumbre de Cabeza de Mayor. Según caminamos aparecen Siete Picos, todos alineados, parecen darnos una lección de geografía. No puedo dejar de mirarlos, me atraen. Nunca los ví todos tan juntos. Parecen saludarme y me inunda una gran alegría. Y algo más adelante, La Peñota se une a ellos. !Están todos¡, desde El Yelmo hasta La Peñota. !Es una delicia verlos juntos¡

 

Siguen las praderas cada vez mas tupidas, y algo sorprendente, a la derecha no hay hierba, hay una tupida alfombra de gayubas de brillantes hojas, entre las que surgen orquídeas silvestres. El camino se bordea de brezos blancos, de ramilletes de morado cantueso, de rodales de botones de oro, de margaritas blancas... No faltan las jaras, ahora no tan tupidas, los ranúnculos... y el ambiente tiene un fresco olor a brezo y lavanda. Hay infinidad de flores, blancas, moradas, amarillas, malvas, azules...

Peonía

...Pero entre todas destaca una en medio de la pradera. Sobresale su largo tallo entre verdes hojas, erguido, rematado de una corola rosada, el botón de su centro amarillo, diferente a todas. Es una peonía, poco común, lo que me sorprende y me alegra, porque además de rara es preciosa. Es una planta en vias de extinción en esta zona, difícil de encontrar en estado silvestre debido a una recolección masiva en el pasado. De ahí que me alegre tanto su presencia, y pienso en cómo debemos respetar la naturaleza para no acabar con tanta belleza.

Continuamos caminando. Es un paseo por lomas cubiertas de pinos, de laderas verdes salpicadas de colores, gargantas que bajan a la hondonada donde se ubica el pantano, y por las que corren mil y un arroyuelos. Cristalinos hilos de agua que se precipitan cuesta abajo. No faltan las rocas graníticas de caprichosas formas. Tampoco las vacas, que pastan a su antojo.

Pierdo la noción del tiempo. De pronto miro el reloj y es hora de parar para reponer fuerzas. Lo hacemos en un grupo de rocas junto a la pista, y continuamos después bajando hacia el pantano.

 

El Picazuelo

En primer lugar nuestra mirada descubre a lo lejos, a la izquierda, un cerro rocoso, El Picazuelo, en cuya cima se levanta la ermita del Altar Mayor. Forma parte del Vía Crucis del Valle de los Caídos.

Algo más adelante vemos la enorme cruz de este Valle que nos acompañará durante un rato.

La pista hace un giro a la izquierda justo en el momento en que otra de tierra sube hasta la cruz y recorre el Via Crucis. Nosotros continuamos bajando entre pinos, hasta llegar al embalse.

Rodeamos este durante un rato. El paseo es agradable. Las aguas embalsadas proyectan paz, y en el camino se mezclan los pinos con los fresnos y robles.

 

La cruz desde el embalse

 

Hay jaras junto al pantano, y en la otra orilla de la pista se suceden los rosales uno tras otro, ahora en flor. Cruzamos el arroyo de La Jarosa, de abundante caudal, y llegamos a un pinar donde descansamos un rato de nuestro paseo, para poco después volver al coche y regresar.

 

 

 

 

Mayo, 2.003

M.R.B.M.