La Lagunilla del Yelmo (Pedriza)

El Alcornocal

 

La Pedriza de Madrid es un lugar singular. Es una de las espinitas que he llevado siempre clavada. Pocas han sido las oportunidades de visitarla, y sin embargo, cada encuentro con estas inusuales piedras ha sido como el contacto con la miel, que se pega a los labios y los endulza deseando volver a probar el delicioso manjar.

La ruta de hoy ha sido especial por varias razones. La más importante, mi primera salida con Juan y Encarnita, un encuentro con futuro prometedor. A una agradable compañía se une la experiencia de Juan, quien nos guió con acierto toda la ruta. Es cierto que la ruta está marcada con señales blancas y amarillas, pero a veces hay que saber donde debemos buscar estas señales y en que momento tomar los desvíos.

 

Una de las mil y muchas formas de La Pedriza

 

En La Pedriza son muchos los senderos y muchas las alternativas, y es extremadamente fácil perder las marcas y los hitos si es la primera vez que vamos por ellos. Ese es uno de los atractivos de La Pedriza, el laberinto de rocas en donde puedes dar rienda suelta a tu imaginación a la vista de cada forma y cada piedra. Es un caos de granito, salpicado de jaras en su mayor parte, que te atrapa sin poder evitarlo.

Decidimos salir de Manzanares el Real, sin llegar al Tranco. He visitado recientemente esa zona y queremos evitar repetir el camino durante el mayor tramo posible. A pesar de que los pronósticos meteorológicos aseguraban un día soleado, ha amanecido gris, encapotado, sin trazas de mejorar. Cuando llegamos a Manzanares, el pueblo está envuelto en una capa blanquecina que nos impide ver la parte más alta del macizo. Aún así, comenzamos a subir por un sendero bien marcado entre jarales, praderas y granitos.

 

El Caracol

 

Estamos remontando El Alcornocal, la parte menos nombrada de la Pedriza y que la une al pueblo. El sendero serpentea bordeando un arroyo y a veces incluso debemos caminar sobre sus aguas.

No podemos pretender un sendero llano, eso sería lo inusual en la Pedriza. Volvemos la vista atrás y vemos entre brumas el pueblo y el embalse. Estamos en pleno mes de enero. Los días son cortos y fríos, y las nieblas en esta época son habituales. Por otra parte, ese manto semitransparente le da al ambiente un cierto aire de magia que me encanta.

 

El Alcornocal

 

 

Uno de los mayores atractivos de la Pedriza es su laberinto de callejones estrechos y formas extrañas, descartando el más importante, la escalada, para aquellos que han hecho de este lugar su escuela. No es mi caso. No me siento capacitada para tales envergaduras, que realmente son la preparación para acometer las grandes ascensiones a los magníficos picos de nuestro planeta..

 

 

La Gran Cañada entre nieblas.

 

 

Pero yo aprecio las cosas pequeñas, y este ir y venir por las piedras empapadas de niebla, pisar los pantanosos senderos, buscar formas en los granitos, aquí una especie de cara del hombre primitivo, allí un perrito de las praderas, en otro punto un yunque... mil formas que yo bautizo, no tienen nombre, las que lo tienen son perfectamente reconocibles, y estas son "las mías" y mientras caminamos comentamos una y otra vez lo hermoso del lugar.

 

 

Al fondo Maliciosa

 

Poco a poco, las piedras se van uniendo llegando a perder la visibilidad del horizonte. Entramos en un laberinto de grandes moles hasta llegar a la parte alta de El Arcornocal. Aquí las vistas son estupendas, si la niebla nos dejase verlas con nitidez... Pero aún así, vemos El Tranco junto al río Manzanares y de telón de fondo las Camorzas con las cumbres tapadas por las nubes.

 

 

 

El Yelmo

 

Pronto llegamos al Collado de la Cueva. No muy lejos de este lugar se encuentra la Cueva del Ave María. Decidimos buscar a la vuelta el camino que nos lleve a ella y continuamos entre grandes piedras aunque pronto el sendero se vuelve liso, con lijera ascensión.

Es un placer esta especie de autopista en medio de tanta roca. Estamos rodeados de fresca hierba entre la que crecen matorrales de jara. El olor de la jara de la Pedriza me trae viejos recuerdos. Mis primeras salidas, ese perfume pegado a la ropa a fuerza de rozarlas nos acompañaba en el regreso y era como alargar un poco más nuestra excursión. Ahora ese olor penetrante queda impregnado en el macuto y cada vez que en casa tropiezo con él, me transporta a este lugar.

 

Mar de nubes bajo Maliciosa

 

Una silueta muy definida me hace volver a la realidad. Es El Caracol, el de verdad, no el que yo he bautizado bromeando. Realmente es un precioso caracol, al que le han puesto unos hitos sobre la cabeza a modo de cuernos para acabar de asemejarlo. Lo pasamos y entramos de nuevo en paredes graníticas limitando el sendero que vuelve a ser pedregoso, escalonado, divertido... Estamos atravesando la zona del Risco del Ofertorio. En este caso no encuentro explicación al nombre, ¡ ignorante de mí...! Seguro que la hay.

 

 

La Lagunilla

 

De pronto salimos de este laberinto y la Gran Cañada nos sale al paso. Por ella corre el arroyo Cortecero que más que arroyo parece un pantanal. Se ha ensanchando con las nieves de los días pasados, lo que hace que el cauce se mezcle con la pradera empapada en agua que salpica a nuestro paso.

Apenas podemos distinguir en la distancia la silueta del macizo. Atravesamos la hermosa pradera que se vuelve cada vez más blanca por la nieve hasta el punto de llegar a ser una lisa alfombra de espuma crujiente en medio de una espesa niebla. Me cuesta hacerme a la idea del lugar en que me encuentro. En nada se parece a la pradera despejada y soleada que he visto otras veces. Hoy está maravillosamente hermosa.

 

Riscos junto al Yelmo

Las marcas amarillas y blancas que nos marcan el camino se alejan hacia el este. Nosotros no las seguimos y continuamos por la Gran Cañada camino del Mirador del Tranco en donde tomaremos el sendero más habitual para subir al Yelmo.

Esta zona está llena de gente. Hoy más que nunca. Son los que como nosotros piensan si suben o abandonan por culpa de la espesa niebla. A pesar de los comentarios dudosos, hacemos caso a Juan que insiste en que hoy va a salir el sol.

-He encargado una empanada y un día de sol. La empanada ya la llevo, el sol ya vendrá, no lo dudo.

 

La Lagunilla

 

Bromas aparte, decidimos continuar porque el sendero está despejado. No hay peligro de perderlo. Y así acometemos una pronunciada subida entre canchales y jaras, zigzagueando, observando la cantidad de gente que regresa, sin atrevernos a preguntar como está arriba.

Bordeamos una mole recortada que me recuerda un tronco desgajado. Sigo buscando parecidos a las rocas mientras que remonto la acusada pendiente, una piedra tras otra, por un estrecho camino empapado en el agua del fresco arroyo.

 

Siento el peso del macuto demasiado cargado de ropa. A pesar de la niebla la temperatura es muy agradable, y he ido guardando una tras otra mis prendas de abrigo.

Torre de La Valentina

 

Vamos entrando en la zona alta, cercana al Yelmo. Un señor que baja nos anuncia que arriba hace sol y calor. Esto nos da ánimos y no tardamos mucho en ver como la espesa niebla se vuelve un suave vapor que sube del valle a cubrir los riscos. Pronto avistamos la gran mole. Estamos muy contentos. Por fin han hecho caso a Juan y han servido el sol.

Pero lo más hermoso es ese mar de nubes que cubre el valle. Es de esta espesura de vapor de donde venimos. No podemos ver nada a lo lejos, solo esa blanca capa que invita a tumbarnos sobre ella. Y por unos momentos me siento como una niña y aunque mis pies están en el suelo, mi subconsciente salta en el mullido colchón como si tuviera alas que le impidieran caer.

Nubes sobre el embalse de Santillana

 

Ahora se trata de encontrar el sendero a La Lagunilla. Como todo el día, Juan va delante. Se desvía entre la hierba y las piedras, busca el camino y lo encuentra. Bajo la vigilante mole del Yelmo, giramos hacia el río y a través de una gran ventana abierta entre moles de piedra aparece Maliciosa. Es una maravilla verla. Emerge blanca de nieve sobre laderas oscuras con un mar de nubes al fondo.

 

 

En este punto las rocas son todas enormes. Caminamos sobre una buena capa de nieve blanda, sin saber muy bien a donde voy. Solo veo su hermosura y las paredes rocosas que me rodean. Subimos y bajamos repechitos cortos hasta que aparece El Cancho de la Lagunilla. Son dos moles bajo las que se encuentra la laguna. No es fácil verla hasta no estar cerca de ella. Pero allí está, sorprendentemente hermosa. No es grande. Pero es deliciosa.

Praderas de El Yelmo

 

La bordeo por su orilla derecha y vuelvo la vista atrás. Lo que veo es precioso. El reflejo de las rocas en las azules aguas que se llenan de rayos de sol. Estas imágenes y sensaciones son la recompensa de la subida, de la decisión de no abandonar por la niebla, el premio a la tenacidad y confianza que puso Juan en su encargo a la naturaleza de un día de sol. Pasamos un buen rato junto a ella, reponiendo fuerzas y disfrutando de tanta belleza. Como los diamantes, es pequeña pero grandiosa. Estos son mis más preciados diamantes.

 

 

Comenzamos lo que ya es regreso, bajo la mole del Yelmo, por las praderas encharcadas de la nieve derretida y nos dirigimos a la vertiente norte. Aquí la nieve sigue intacta, una buena capa que podría incluso superar los 50 centímetros.

 

Cambiando de dirección

 

Bordeamos el Yelmo y nos dirigimos al canchal de la derecha, atravesando una chimenea, guiados por unas marcas amarillas poco visibles. De no ser por ellas, difícilmente podríamos imaginar que entre esas piedras estuviera el paso a la otra vertiente, y menos aún si venimos en dirección contraria en donde aparece como un pequeño hueco entre grandes peñascos. Estamos entrando en la Senda Maeso.

Ahora comienza una bajada con pasos no muy complicados, pero algo inusuales para mi, acostumbrada a caminos de bosques en donde solo a veces hay que salvar algún escollo sin importancia.

Hoy toda la bajada es ir de piedra en piedra, con cuidado de donde poner los pies, buscando las zonas más seguras, sin que esto impida mirar a los alrededores. Es un montón de grandes rocas entre las que algunos robles se abren paso. Hierba mojada entre ellas, barro a veces, nieve la mayor parte del tiempo. Hace cornisas heladas sobre la que se depositan nuevas capas. En sus bordes el hielo transparente forma una filigrana preciosa. Manchas blancas sobre las rocas que en ocasiones se amontonan al resguardo de las lisas piedras. Parece que la cantidad acumulada es considerable, y sobretodo, tan pura que la superficie es totalmente lisa, sin una huella que la rompa.

En la bajada

 

El sol ya está bastante bajo y molesta a los ojos. No nos deja ver tan lejos como quisieramos, pero el reflejo sobre las rocas, allí donde debe ser lo que llaman "Peñas Cagás" como consecuencia de los excrementos que los buitres han depositado en ellas, ese reflejo es maravilloso, anaranjado, las cubre de fuego.

Casi abajo, una lisa roca deja correr el agua en una fina chorrera. Todo el día nos ha acompañado el agua, pero ahora más aún. No dejamos de oirla saltar de piedra en piedra y verla correr entre sus fisuras.

Pasamos junto a unas piedras que podrían ser un refugio en un momento determinado y pronto giramos a nuestra derecha para tomar el camino que nos lleva de nuevo a la Gran Cañada.

Chorrera

 

La niebla ha desaparecido por completo. La Gran Cañada está despejada y precisosa. No queremos detenernos. La tarde está cayendo y no queremos que se nos haga de noche. Otra vez queda la visita a la cueva del Ave María relegada para otro día.

Regresamos por el mismo empinado sendero de esta mañana que nos lleva de nuevo a través del Risco del Ofertorio, El Caracol y El Alcornocal hasta Manzanares. Cuando llegamos al pueblo el sol ya se ha ido y comienza a oscurecer. Hemos aprovechado hasta la última hora del día y me siento muy bien.

Queda pendiente la visita de la Cueva del Ave María.

 

 

Enero 2.006

M.R.B.M