La Cuenca Alta del Manzanares
Generalmente, a esta excursión se le denomina Los Chorros del Manzanares, y pone como meta el gran chorro o cascada que se forma en su parte alta, bajo el cerro de Las Barreras, y próximo a la Maliciosa Baja. No quiero quitar importancia a tan espectacular caída, pero debo deciros que a mi gusto particular le deleita mucho más la aproximación a esta chorrera que ella en si. La chorrera, o Cascada de los Chorros, como se le llama en los planos oficiales, es una impetuosa caída encajonada entre dos enormes rocas rodeadas de vegetación, con un acceso a la misma no apto para senderistas temerosos, como es mi caso. En este día, el segundo intento de llegar a su base, el tiempo es un aliado magnífico, sol luminoso, nada de frío ni viento, no hay placas de hielo como la vez anterior, ni nieve que oculte el sendero que lleva teóricamente al pie de la cascada.
Acometemos la bajada por una empinada cuesta cubierta de helechos moribundos, por donde un reptil nos sale al paso, posiblemente una culebra pequeña, o eso queremos pensar, por su porte bien podría ser una víbora. Escurridiza y asustada, se aleja de nosotros y deja paso libre. Llegamos a una roca lisa y resbaladiza que nos hace buscar camino más seguro, pero vemos que en este lugar no hay demasiada seguridad. Miramos alrededor y no vemos la cascada, aunque sí la oímos. Está debajo, encajonada entre esta roca lisa y la de enfrente.
Puede que lo que consideramos prudencia sea cobardía, el caso es que desistimos, y regresamos a las dos piedras del camino que, como portilla de expectación, nos permiten ver el salto a más o menos distancia. Suficiente para contemplarlo y disfrutar de él. Pero esta no es la forma más lógica de comentar una ruta. Sirva esta introducción como aclaración y ahora sí, vamos a lo que importa, el camino.
Comenzamos en el último aparcamiento de la pista de Canto Cochino, donde la barrera corta el asfalto y ya no es posible continuar en coche. Podríamos haber comenzado en la pasarela de Canto Cochino, junto a la Escuela Taller y bordeado el río por su orilla izquierda hasta llegar a la Charca Verde, pero hace una semana que lo hicimos y no nos apetece repetir senda. El comienzo es un paseo por la llana pista, hasta que encontramos el primer desvío hacia el río que nos lleva al puente de Cola Caballo. Las vistas del río son tan hermosas que abandonamos la pista y continuamos por la senda hasta la Charca Verde. Vamos sin prisas. El día es largo, la ruta corta, y nosotras solo deseamos deleitarnos con esta maravilla que es la Pedriza y sus alrededores.
Retornamos a la pista por el Puente del Vivero y seguimos por ella contemplando la cuerda donde se dibuja el Cáliz, el Collado del Cabrón y el laberinto rocoso del Pajarito y sus aledaños.
No nos atrae en exceso caminar por la pista, acortamos campo a través a la menor oportunidad y decidimos que la vuelta la haremos por la senda cercana al río. Al poco llegamos al Puente de los Franceses. Nos detenemos a contemplar el bravío Manzanares, y continuamos por unas escaleras de piedra que aparecen a nuestra izquierda, y que son el comienzo del sendero que nos lleva a La Cascada.
Esta subida por la umbría ladera es una delicia. Caminamos por sendero bien marcado, en suave pendiente, entre pinos, jaras y brezos, aún sin florecer. Las praderas están verdes, y algunos azafranes malvas y blancos despuntan entre la hierba. Junto a nosotros el Manzanares ruge, se rompe en las rocas, se vuelve espuma o cristal, según se le antoja, ya sea en saltos o pozas. A lo lejos corta la ladera un chorreante arroyo que se abre camino entre los pinos. Buscamos el punto donde verlo al completo pero los árboles ocultan parte de su caída. Solo lo contemplamos a tramos, imposible fotografiarlo al completo, aunque lo que ve el ojo es todo un espectáculo.
Continuamos con la mirada puesta tanto en el río como en el suelo para no tropezar y perder el sendero hasta llegar a un puente recientemente reconstruido. Es el Puente del Retén. Las desvencijadas traviesas que la vez anterior estaban cubiertas de hielo, hoy son troncos bien cortados y nuevos, secos, seguros, por donde pasar en la mayor comodidad. Bajo él, el río sigue su estrepitosa bajada.
En este punto debemos buscar los hitos que marcan el sendero. Es un revoltijo de piedras por el que solo es necesario subir un trecho corto hasta el sendero bien marcado que se empina de repente para superar un desnivel que hasta ahora había sido casi nulo. Buscamos la Cascada de los Chorros en vano. No podemos verla, a pesar de que el rugido de las aguas al fondo es cada vez más intenso. Llegamos a dos rocas redondeadas con un pasadizo entre ellas y es este el punto en donde la cascada se presenta como por sorpresa.
Nos volvemos a nuestra derecha buscando el origen de un sonido de agua cayendo y nos percatamos que es la roca que devuelve los sonidos del río. Es en este punto donde intentamos bajar al pie de la cascada sin lograrlo Puede que haya algún modo, pero no lo conozco. Decidimos volver, hacemos un alto en una praderita junto al río, sin ganas de alejarnos de él. El sol tibio, la hierba fresca, los sauces desprovistos de hojas, y entre ellos el cauce retorciéndose en mil figuras.
De nuevo llegamos al puente de Los Franceses y decidimos no tomar la pista. Nos adentramos en la extensa pradera y tomamos el sendero que se dirige a la Charca Verde. Es un sendero liso y bien marcado, aunque a veces atraviesa alguna roca sin importancia. No tiene pérdida alguna, y es delicioso. El Manzanares camina cerca de nosotros. Forma saltos espectaculares, unos mas anchos que otros, y a sus pies hermosas pozas esmeraldas. El granito pulido se muestra en una gama de coloridos impresionante. Pasa del negro al blanco, al rosado y al gris. Mojado por la torrencial caída del Manzanares, brilla como mármol pulido.
Llegamos de nuevo a La Charca Verde, muy conocida, pero no única. Hemos visto a lo largo de este tramo de bajada otras muy similares, igual de verdes, igual de hermosas. Bajamos de nuevo a sus orillas. El torrente que se despeña entre rocas está en todo su esplendor. Las gotas que salpica llegan hasta nosotros, tal es la fuerza con la que baja. Pensamos que hemos cogido el día ideal para ver esta maravilla. Intento acercarme a fotografiarlo y casi acabo en el río. La piedra está tan pulida que, ayudada por el agua que la empapa, es una pista de patinaje. El rosa de las piedras mojadas es precioso. A veces el agua abandona el cauce y sube por la roca ayudado por la fuerza con la que desciende.
Reconozco que si lo comparamos con los grandes ríos, esto puede ser una pequeñez, pero pensemos que el Manzanares es un subafluente, un pequeño río que nace allá arriba, en el Ventisquero de la Condesa, o al menos eso dicen, porque realmente se forma por la confluencia de dos arroyos, el de La Condesa y el de Valdemartín. Poco tiene que ver con el Manzanares que veo todos los días desde mi ventana, en el corazón de este Madrid caótico, estresante, por el que el río pasa encajonado en trincheras artificiales, juguete o castigo de unos y otros que intentan mejorar su calidad sin conseguirlo. Aquí es libre, salvaje, deliciosamente salvaje.
Seguimos junto a él hasta llegar al final, al aparcamiento que me muestra que se ha terminado la excursión. Ha sido relajante, cómoda, preciosa, no os la perdáis en algún día soleado después de las nevadas en Cuerda Larga, cuando el Manzanares rebosa y grita como lo hacen nuestras aprisionadas almas cuando se encuentran en libertad en esas maravillosas montañas que tienen el poder de sacar lo mejor de todos nosotros.
Febrero 2.007 M.R.B.M.
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