Navacerrada-Camorritos (Por Siete Picos y los Miradores de la Fuenfría) Nada tendría esta ruta de especial, si no consideramos que la hicimos dos amigas, con más intuición que conocimientos. De nuevo vamos dependiendo de un plano, en el que encontramos una serie de puntos de colores que vistos en él nos dan una idea muy clara de la ruta que queremos seguir. Otra cosa es en la realidad, cuando los puntos que se supone vamos a encontrar se han borrado, o no han existido nunca. El sendero que en el plano está muy bien trazado se vuelve borroso, los hitos se han caído y las marcas de ruta, como suele ocurrir siempre, están generalmente en los sitios menos conflictivos, allí donde hay bifurcaciones que no sabes cual tomar, brillan por su ausencia. Pero eso es lo más divertido, y, aunque no es lo que deseamos, al final nos deja una sensación de superación que nos hace sentir que el recorrido ha merecido la pena, amén de las vistas y parajes de los que hemos disfrutado.
Comenzamos en la estación de Navacerrada, subimos la cuesta que nos deja en la base del Alto del Telégrafo y acometemos la primera subida. No es dura, aunque a mí todo lo que sea subir me cuesta, por mucho que me esfuerce, es algo que no puedo superar. Por fin llegamos al final, donde, sobre las piedras, se alza una estatua de la Virgen de las Nieves. Pero al fondo está la ladera del último de los Siete Picos. La miro una y otra vez. La desafío, me digo a mí misma que no es la primera vez que la subo, y mi subconsciente me responde "eso, y ya sabes lo que te espera" "pero recuerda lo que te dijo un compañero el día del Purgatorio, no pienses en la pendiente, solo mira al suelo y camina"
Yo la miro, pero vuelvo la cabeza y miro atrás, a las cumbres de Peñalara, a La Bola, las Cabezas de Hierro, Maliciosa, la hermosa Maliciosa. -Un día iremos a Maliciosa, comenta mi amiga. -Si, claro. Pero en el fondo pienso que no seré capaz, y recuerdo aquellos días en que bajábamos por los tubos, incluso con nieve, en aquellos días que me enseñaron la peligrosidad de la nieve cuando forma cornisas en falso y puede romperse. Recuerdos mis maestros y amigos, y la miro una y otra vez. ¿Qué tiene Maliciosa? ¿Por qué nos atrae tanto a casi todos? Será su forma redondeada, o será saber que ese hueco que nos muestra en su cumbre fue un glaciar, o simplemente porque es preciosa.
Comenzamos a subir pensando en tiempos pasados, y miro al suelo, las piedras, la senda, las pinazas, mi boca se va secando, me baja la glucosa y comienzo a temblar. Paramos. Me siento mal, mal emocionalmente. Me da rabia mi poca capacidad al subir. Y me gustaría ser como las aves. Tengo que ser como ellas y sigo subiendo. Nos alcanza un grupo con perros. Los animales no quieren subir. Les pasa como a mí.
-Es que son jóvenes, me comenta su dueño. Los pobres, fatigados se sientan y se niegan a continuar. -Ellos no suben porque son jóvenes, pienso, y yo porque ya pasé la barrera de los cincuenta y dejé de salir. Ya no tengo fondo. Poco a poco, después de dos paradas inevitables, llegamos a la cumbre del séptimo pico. Respiro hondo, se acabó mi pesadilla. Ahora a disfrutar.
Realmente comienzo a disfrutar, olvido la subida, y la pila de piedras amontonadas vista tantas veces me invade los sentidos.
Nunca me canso de mirarla. Los Siete Picos son algo increíble. Moles de rocas amontonadas, unas sobre otras, como si alguien las hubiera puesto ahí a propósito. Entre cada pico, un collado nos muestra la otra vertiente, la que mira al valle de Cercedilla. Es un horizonte lejano, brumoso, la mirada se pierde sin ver el fin. Al fondo el pueblo, las urbanizaciones, las piscinas, el bullicio, y aquí mi huida... Junto a nosotras, un profundo cortado, un precipicio por donde las piedras se asoman al valle, por donde dejo bajar mi imaginación...
Caminamos por el sendero hasta llegar a un punto en que debemos salvar unas rocas, en donde tenemos que poner atención. La bota agarra bien, y de nuevo los recuerdos, las antiguas lecciones vienen a la mente. Mis miedos, mis tendencias a sentarme antes que saltar, pero esta vez quiero hacerlo como es debido y bajo sin problemas, buscando el punto donde poner los pies y haciendo equilibrio. Es demasiado fácil, pienso, pero siempre le he tenido respeto, quizás miedo a caer, aunque lo he superado. Esa es una de las partes que me atraen de mis caminatas, la sensación de superarme a mi misma, aunque sea poca cosa. Puede que esto sea una bobada, una cosa muy simple, pero ¿donde está el grado de dificultad de las cosas? ¿no depende del esfuerzo que cueste a cada uno? Y creo que lo más importante es realizar ese esfuerzo, por simple que sea la dificultad. Vuelvo a mi caminar y procuro no pensar, solo disfrutar del entorno, pero hoy es imposible.
Ya no hay gente, solo un caminante o dos se cruzan en nuestro camino. He vuelto a Guadarrama, a mi juventud, a mi lugar predilecto. Me siento bien en lo conocido aunque olvidado. Inmersa en pensamientos y recuerdos tomamos el sendero que nos debe llevar al Collado Ventoso. No queremos bajar campo a través, no queremos ir por ese arroyo seco que a veces nos sirvió de camino, y cuando nos damos cuenta estamos subiendo. -No importa, por aquí rodeamos el Majalasna y llegamos a nuestro destino. Me ilusiona rodear el Majalasna. Nunca lo había hecho. Por otra parte me intriga. Siempre tuve deseos de acercarme a él. Siempre se quedaba descolgado, parecía que los Siete Picos solo fueran seis. Feliz con la nueva propuesta acometemos un repecho. Esta subida es muy cómoda, no es muy seguida, alterna subidas con llanos, no es de las que me cuestan. La ruta está muy bien marcada con hitos de piedra.
La gente ha desaparecido, estamos solas en medio de los pinos y las rocas, disfrutando del lugar. Entre ellos a veces se asoman montones de piedras, que podrían ser estribaciones del Majalasna. Giramos en dirección a Cercedilla, algo despistadas. Desde aquí podemos ver la cuerda que forma el collado de Marichiva y Peña del Águila. Al fondo el valle de la Fonfría y el refugio del Club Peñalara. De nuevo los recuerdos me asaltan. La subida desde Cercedilla por el refugio hasta el collado Marichiva, una marcha federada del club Grumbe, aquel día en que nos dieron sangría en las proximidades de la Boca del Asno y el final, la subida a Cotos, aún recuerdo mi esfuerzo, casi no llegamos a tiempo por mi culpa. Mariano, el que después sería mi marido, a mi lado, nunca me dejaba atrás, y me obligo a cambiar de pensamiento.
Los hitos a veces se pierden y el camino no está muy marcado, no debe haber mucha gente que se aventure a venir por aquí. Eso me encanta. Disfruto en los lugares solitarios en donde solo estamos nosotros y la naturaleza. Llega un momento en que los hitos se pierden, seguimos guiadas por la intuición y acabamos encontrado puntos amarillos. Me lleno de alegría, este es el camino correcto, el que nos llevará a los miradores. Estamos bajo los canchales del Majalasna, aunque no vemos la cumbre. Creo que nos encontramos en la Senda de los Alevines. Atravesamos las rocas guiadas por los puntos, pasamos por un hueco estrecho, y continuamos hasta que de nuevo perdemos los puntos amarillos. No sabemos si realmente no existen o no los vemos. A poca distancia aparecen de nuevo los hitos, nos parece esa la explicación de la desaparición de los puntos y los seguimos.
Nos bajan sin dudarlo a buscar la carretera de la República. No es lo que más me alegra, pero no conocemos en qué condiciones está el camino si continuamos bajo los canchales del Majalasna. Vamos las dos solas, no debemos aventurar demasiado y decidimos bajar a la carretera. En el camino encontramos el cuello de una botella rota, con tapón incluido, y un trozo de crital. Me indigno, y lo único que hago es enterrarlo profundo. No me atrevo a meterlo en la basura de mi macuto. Es un filo cortante y peligroso. Quiero pensar que ha sido un accidente, que bajó rodando y se ha roto.. No puedo aceptar que haya "montañeros" que hagan semejante barbaridad. Y pienso en los incendios que pueden provocar estos cristales.
Continuamos bajando por el sendero que nos lleva a unos arroyos de poco cauce, muy repentinos y empinados. Al llegar a la carretera el sol cae de lleno, es un tramo sin árboles. Al poco encontramos pinos que dan buena sombra y se agradece. Se nos está terminando el agua. Hemos hecho una ruta distinta a la planificada. Pero queremos llegar a nuestra meta, los Miradores de los Poetas. Es algo tarde, podríamos bajar por la senda que se separa de la carretera, pero no lo hacemos.
De nuevo en marcha seguimos la pista y
llegamos al Reloj de Cela y algo más adelante a los Miradores de
los Poetas. No me importa, se qué contienen, ya lo he leído en www.trotamontes.org. Agradezco a Carlos su tarea. Cada mes sube y copia lo escrito, lo ha recopilado y nos lo ofrece en esta página. Buena labor.
Agosto, 2.005 M.R.B.M. |