Miraflores-Rascafría (por el Aguilón)

En el Puerto de la Morcuera

 

Guadarrama es un lugar por el que corren infinidad de arroyos que poco a poco alimentan el Lozoya, el río más conocido y que forma un precioso valle. Pero todos estos arroyos, por sí mismos y sin tener renombre, constituyen una delicia para quienes los visitamos, sobretodo en épocas calurosas, en las que sus heladas aguas nos hacen retroceder al poco de entrar en ellas, y nos recuperan del agobiante calor de los meses de verano.

Hoy partimos de Miraflores, con muchos ánimos y algo de miedo en mi caso. Mis salidas no suelen ser duras, simples paseos senderistas que no incluyen grandes desniveles, por lo que no me asustan los 23 kilómetros previstos sino la subida al Puerto de la Morcuera, en la que tengo que superar alrededor de 500 metros de desnivel (todo un reto para mi).

 

El río Aguilón

 

Comienzo tranquila, controlando mis sentimientos, pensando que poco a poco llegaré, pero observo que el ritmo que se pone a la subida es un poco fuerte para mí. Procuro no pensar en ello, voy con otros andarines más experimentados y soy yo quien debe adaptarse.

Atravesamos el bosque, superamos el embalse y abandonamos la pista. Ahora es un sendero y a veces campo a través por una pendiente empinada, tanto que no me permite observar con detalle la vegetación que me rodea, eso debo dejarlo para momentos más tranquilos... Solo veo pinos a mi alrededor y retamas que ya han perdido la flor. Pero mis ojos se van sin poder evitarlo a los riscos recortados de las laderas del Najarra y la cuerda que rodea el valle.

La subida pesa, ellos van rápidos mientras que a mi me cuesta cada paso, pero sigo adelante, lamentando estar reteniendo la marcha sin poder evitarlo, aunque moralmente me siento realmente bien, es un esfuerzo reconfortante.

Por fin llegamos al puerto. Respiro hondo. El resto será más o menos cómodo. No espero subidas fuertes. Lo peor ya lo he pasado. Muy animada comienzo a disfrutar del entorno. El Puerto es un lugar precioso. Desde él podemos ver los picos tan conocidos como Peñalara, Cabezas de Hierro, la Mayor en este caso, La Najarra...

 

 

Risco del Purgatorio

 

Descansamos mientras cogemos agua en la fuente y nos encaminamos hacia la falda del Najarra para tomar un sendero que se dirige a Los Bailanderos. No tardamos mucho en abandonarlo para bajar por un claro del bosque con la imagen del Peñalara entre los pinos. Llegamos a la pista que sale del Albergue de la Comunidad de Madrid por la que caminamos durante un tramo hasta el refugio. Una fuente fresca, caudalosa, nos permite renovar nuestras reservas de agua, charlar un rato y observar los caballos que al frente disfrutan de la hierba fresca. Nos adentramos en el pinar en busca del Arroyo Aguilón, que nos acompañará una buena parte del día. Ya vemos a lo lejos los Riscos del Purgatorio, nuestro principal destino, y olvido el esfuerzo de la mañana con tan delicioso lugar.

Aquí el arroyo es pequeño aún, pero ya empieza a darnos una idea de lo que es. Comienza a saltar y a formar charcos entre las piedras que no tardan en convertirse en preciosas pozas, con hermosas chorreras. El sendero discurre muy cercano al cauce y nos permite admirar este curso revoltoso, juguetón como los niños, que lo mismo salta que se remansa. En un lugar privilegiado, donde las piedras, los chorros y las pozas se rodean de praderas. Nos detenemos para mojarnos, y reponer fuerzas. Los más valientes se bañan, los menos, se mojan los pies... Es una delicia este descanso, sobre la hierba, a la sombra de un gran majuelo escuchando el murmullo del agua y las amenas conversaciones de los compañeros.

 

Subiendo el Purgatorio

 

De nuevo en marcha, el sendero nos lleva por algo similar a lo anterior, piedras y río saltando, pozas y chorreras, hasta un punto en el que nos separamos algo del cauce y caminamos por la falda de los Riscos del Purgatorio. Tenemos que volver al cauce por una bajada pedregosa y de arena suelta, por lo que hay que bajar despacio y con cuidado. Pero compensa el lugar, la vegetación es frondosa, la típica de rivera y casi sin darnos cuenta, llegamos a la parte alta de la cascada, un estrecho en donde se unen los riscos, separados por el Aguilón. En este punto se podría haber bajado a la base de la cascada, pero no es nuestro destino en este día, alargaría en exceso la ruta, por lo que comenzamos a subir por la ladera del Risco del Purgatorio.

 

Esto no lo tenía previsto. Solo mirar hacia arriba me da escalofríos. Nunca había sentido tanto mis limitaciones, mi falta de entrenamiento, y esta subida larga y fuerte (desde mi punto de vista) desmonta mis previsiones. Es preciosa, tengo que reconocer que es preciosa a pesar de que me de miedo.

La cascada vista desde lejos

 

Desde aquí los riscos se abren y nos muestran el valle con Rascafría al fondo. Comenzamos la subida. No quiero pensarlo, solo me digo a mi misma que tengo que llegar arriba. Al principio no es incómoda, sube a media ladera y me permite disfrutar de este paisaje agreste, pero poco a poso se va haciendo más duro, aparecen las rocas, que dicho sea de paso, me encantan, pasamos entre ellas sin ningún problema, pero el calor me hace daño, y la pendiente me detiene. No lo pienso, intento desviar mi pensamiento a otras cosas, a la belleza del río, al precioso valle y subo y subo, y mi fatiga aumenta. Los compañeros me acompañan y me animan, pero poco a poco me voy distanciando. Julio acaba quedándose conmigo por si necesitara ayuda. Siento enormemente esta circunstancia, aunque la agradezco muchísimo. Cada uno debe llevar su ritmo y no esperar a los rezagados, y me empiezo a sentir mal. Ya no puedo cambiar mis pensamientos, solo me veo atrás, reteniendo a los demás y empiezo a lamentar no haber previsto mi falta de preparación. "No debiste haber venido" "Ahora tienes que superarlo y llegar" "No acobardes que puedes" "Esto es por no hacer esfuerzos con frecuencia" "Hay que hacer más subidas" "Te das a la vida fácil... " (Cállate conciencia, que ya voy bastante mal como para que me regañes...)

Ya están todos arriba esperando, solo Julio que me acompaña y yo vamos atrasados. Pero solo quedan dos o tres piedras y ya estoy arriba. ¡Por fin! Ahora bajaré rápido, os lo aseguro. Las bajadas no me dan miedo. ¿Ahora que me dices conciencia...?

 

 

Volvemos la vista atrás y allí está la cascada, lejos, tan lejos que apenas puede verse en la foto. Es una cascada que se hace rogar. No consigo llegar a ella. Muchas veces me lo he propuesto y siempre se aleja de mí esquiva y orgullosa, como si se burlara. Pero me prometo a mi misma que algún día me bañaré en su poza.

 

Panorámica del valle de Rascafría

 

Ya ha terminado el esfuerzo. La bajada la hacemos por el pinar, campo a través hasta encontrar de nuevo la pista que dejamos en el refugio. No estaremos mucho tiempo en ella, cortamos las curvas bajando por fuerte pendiente, pero en mi caso eso es una gozada, me encanta bajar pisando las agujas de los pinos y sentir crujir las piñas bajo mis pies, a pesar del riesgo de resbalar. Estoy en mi territorio, ahora puedo desquitarme y bajar rápido. Y recuerdo mis años jóvenes, cuando tomaba las bajadas sola, dejando a todos atrás, corriendo como los gamos, dando traspiés que no me hacían caer porque mi impulso me llevaba casi volando. Eran los mejores momentos, casi sin poner los pies en el suelo... Otros tenían problemas con las rodillas y les costaba bajar, lo sentía por ellos, me recordaban mi esfuerzo en las subidas, pero este era mi momento, mi disfrute, y hoy bajando estoy feliz, olvido las subidas que me han hecho sentir tan mal, y recuperamos mucho del tiempo perdido. Acabamos en Las Presillas y por el bosque de Finlandia llegamos a Rascafría. Aún nos ha dado tiempo a tomar un refresco en el bar de Las Presillas y otro en el pueblo mientras esperamos el autobús. Me siento muy muy bien. Pero en otra ocasión pensaré mucho en los desniveles a salvar. Lo mejor de todo es que no siento cansancio, solo una inmensa alegría de haber vivido estos buenos momentos.

JULIO 2.005

M.R.B.M.