Al Tolmo de la Pedriza

El Tolmo, al fondo el Pájaro

 

La Pedriza de Guadarrama es de los lugares más frecuentados y conocidos por los madrileños. Todo tipo de excursionistas acaban tarde o temprano en ella. Los fines de semana y festivos es un hervidero de gente y son numerosos los coches que tienen que dar la vuelta ante la imposibilidad de entrar en ella.

Por suerte tenemos un día libre, un jueves de mayo en el que sabemos que podremos disfrutar de este lugar sin agobios.

Amanece nublado, el pronostico del tiempo no es muy halagüeño, puede llover, pero eso no nos hace desistir de nuestra idea. Al contrario, pensamos que es el día ideal para dar este paseo. Sin gente, sin coches, sin calor... y allá nos vamos.

El aparcamiento de Canto Cochino, a pesar del día laborable y nublado, ya está a media capacidad. Pero podemos bajar al que se encuentra junto al río, en donde solo encontramos otros dos coches. ¡Es una delicia...!

Al comenzar a caminar, también comienza la lluvia, menuda, fina y fría. Pero los chubasqueros están para eso.

No queremos hacer nada complicado, solo caminar por senderos de arena y alguna piedra, de lo contrarío habría que pensarlo, las piedras mojadas son peligrosas, pero nosotras, dicho sea de paso, no es que no queramos hacer "cosas fuertes", es que no podemos ni sabemos... Somos senderistas de caminos cómodos. Aunque nos pese.

 

El Cancho de los Muertos

 

La Pedriza es esa espina que siempre alguien lleva clavada. Es mi espina. En los años de juventud, cuando comenzaba a conocer la montaña, el club al que pertenecía tenia dos parcelas bien diferenciadas, los "marchistas"( hoy senderistas) en los que me incluía, y los escaladores. Todos éramos amigos, pero cada uno se dedicaba a lo que le gustaba o sus fuerzas le permitían, en mi caso las escaladas eran "palabras mayores".

A veces subía a La Pedriza con alguna amiga que se ofrecía a enseñarme algún rincón. Ella era maestra en nombres, senderos, recodos y llambrías. Pero en mi recuerdo poco quedó de aquello, salvo la imagen hermosa del Yelmo, el Tolmo y poco más.

Ahora, a veces me adentro en ella, ¡inconsciente! sin pensar lo que tengo más que sabido, que la Pedriza es el lugar donde mejor pierdes el camino que debes tomar.

Hoy, con dos amigas igual de aventureras, nos disponemos a llegar al Tolmo por la margen izquierda del Arroyo de la Majadilla.

- Eso es un paseo. Todo el mundo sabe llegar al Tolmo... Y si podemos llegaremos a la base del Pájaro.

Y aquí estamos, con un libro que nos indica el camino, con más ilusión que conocimientos, y unas ganas locas de trepar a alguna piedra.

Cruzamos el puente de madera que salva las aguas del turbulento Manzanares, y atravesamos la Majadilla por otro puentecillo. Ya estamos orientadas. Llegamos a la Pradera del Pradillo, según nos indica el libro, y al fondo vemos la silueta de Peña Sirio. Estoy orgullosa de saber que esa mole, inclinada y lisa, es Peña Sirio. Parece que doy lecciones. (Maestra Quiñones)

Cuerda de los Porrones

Nos volvemos una y otra vez a contemplar la cuerda de los Porrones. Está preciosa, recortada, con subidas y bajadas que se perfilan en el fondo gris de las nubes.

Las jaras por esta zona aún no han abierto sus botones, pero poco les queda, están enormes, a punto de eclosionar. El olor es penetrante, y poco a poco, según avanzamos por el sendero que cada vez se va cerrando más, el roce de nuestras mochilas hace que el ambiente se llene de su fragancia.

Aparecen los brezos, aún pocos, los cantuesos, hermosos, de flores moradas, nuevas, todas abiertas como un ramillete que nos diera la bienvenida. Entre las rocas, las pequeñas jarillas blancas, y las margaritas amarillas por todas partes.

Al fondo el río, que poco a poco se va alejando. Hay infindad de senderos que bajan a él, pero pensamos que son los que llevan a las pozas en donde se deben bañar los domingueros en verano. No les hacemos caso y seguimos subiendo. Subimos poco a poco, alejándonos del cauce. En un momento vemos a lo lejos unas cascaditas preciosas y no le ponemos más atención que la de admirarlas y comentar "lo bonitas que están".

Vaguada del Arroyo de la Majadilla

Primer error. Es allí a donde deberíamos haber bajado. ¿O no, Maestra Quiñones?

-Bueno, mientras sepamos volver no hay peligro...

Y continuamos subiendo, a lo que creemos es la base de Peña Sirio. ¿O es otra cosa?

-Pero no es nuestra intención llegar a Peña Sirio. Queremos ir al Refugio Giner. ¡Vale!

La dirección es correcta. Y seguimos subiendo.

- El libro dice que este camino no se utiliza ya casi. Por eso está tan desdibujado.

Ahora hay un escollo que salvar, una piedra lisa y húmeda que no deja que la bota se adhiera.

-Pero eso es normal, la Pedriza es así.

Y continuamos subiendo... después de arañarnos los brazos con los troncos de las jaras y los brezos, ya sin chubasqueros ni sudaderas. No llueve, incluso ha salido el sol, y el cielo es una hermosura de nubes agrisadas y retazos azules.

Miramos al frente, al laberinto rocoso del Cancho de los Muertos.

-Allí tenemos que ir otro día.

Y miramos hacia arriba, a la enorme roca que suponemos Peña Sirio, y nos preguntamos cómo se llamará esa otra que se extiende junto a ella, hacia el Collado de la Dehesilla. (Te han pillado Maestra Quiñones). ¿Será la Cueva de la Mora? Ufff.

¿Podría ser El Hombre Sentado?

 

Estamos en un laberinto de piedras y jaras en donde no podemos asegurar el camino andado ni el que nos queda.

-Tenemos que pasar el Yoyó.

-Y eso ¿qué es?

-Pues otra roca... pero ¿cual?

-Pues sigamos subiendo. Aquí hay un hito, y allí otro. A algún sitio nos llevarán.

Las piedras lisas rodeadas de jaras son cada vez más frecuentes.

Subimos una y otra por un hipotético camino que serpentea o que nosotras hacemos serpentear buscando los esquivos hitos. Hay retazos de senderos de vez en cuando y en uno de ellos la excusa para pararnos un buen rato. Un sapo enorme, asomando de su refugio de arena. Le hacemos unas fotos, le obligamos a salir de su escondite hacia la lisa roca y nos encanta. ¿Quien dice que los sapos son feos? Estamos un rato contemplándole Parece sentirse bien con nuestra presencia. Y nosotras con la suya.

Seguimos subiendo, ya convencidas de que hemos equivocado el camino. Estamos demasiado arriba. Casi en la base de esas grandes paredes que no sabemos como se llaman. (¡Serás ignorante Maestra Quiñones!)

- Bueno, no importa, me encanta todo esto. Y el esfuerzo de la subida me está sentando muy bien. ¡Mira! eso debe ser el Hombre Sentado. Lo he visto en algunas fotos. La verdad es que parecer realmente la espalda de un hombre sentado. (Pues no, no lo es, alguien más entendido me ha enseñado el verdadero, y se parece pero no es... Ufff, Maestra Quiñones....)

El sapo

Siento que vuelvo treinta años atrás, a aquel primer día, una de mis primeras salidas a la montaña, cuando mi amiga, la experta, me hizo trepar a la cumbre del Yelmo. ¡Que feliz me sentía entonces! ¿Donde estás ahora querida amiga? ¿Por qué la vida separa a las personas que se quieren? Son preguntas sin respuesta. Y empiezo a pensar mientras caminamos en silencio. A añorar aquellos días, a no entender de por qué nos separamos y perdimos el contacto.

Busco en el libro otra ruta alternativa, alguna que se separe de la que queríamos tomar y la encuentro. Hay una que sube al pié de Peña Sirio y que se bifurca en un punto para dirigirse al refugio. Según cuenta era la que antes se empleaba para ir al Rocódromo. Es probable que sea esta la que hemos cogido. Si es así puede que la mole que se acerca a Peña Sirio sea la Cueva de la Mora.

Sin ninguna seguridad en lo que estamos haciendo, llegamos a un punto en donde aparece claramente un sendero que baja. ¿Donde estamos? ¿Quien lo sabe?

-Pero este baja al refugio, ¡seguro!

El Pájaro y Los Guerreros

 

Allá vamos, felices, casi corriendo por esta senda que parece una autopista por su buen trazado. Ya no hay problema ninguno. Disfrutamos del entorno. Ahora los brezos son altos, cuajados de flores blancas. Hay serbales que empiezan a brotar, y jaras, muchas jaras. Allí al frente una silueta no muy clara parece ser la cola del Pájaro.

Muy contenta , la Maestra Quiñones, lo señala orgullosa. -¡Ya estamos cerca!

Y continuamos bajando hacia unas rocas muy definidas, muy lisas como todas las de la Pedriza. Podría ser el Rocódromo. No me atrevo ni a insinuarlo. La Maestra Quiñones ha perdido su confianza.

No hay duda. El Pájaro se va perfilando cada vez más. Al fondo el tejado del refugio se asoma entre los árboles. Ya hemos llegado. Me siento muy bien. Hemos hecho lo que no estaba previsto y nos ha gustado. Hemos visto un sapo, y allá arriba, en esas rocas que vete a saber como se llaman, las cabras nos miraban y se reían de nosotras. ¡Ya quisiéramos nosotras verlas a ellas en el laberinto de Madrid, a ver quién se reía de quién!

El Pajarito y La Campana, cerca del Collado del Cabrón

 

Bebemos agua de la fuente del refugio. Limpia. fresca, dulce. Agua de manantial deliciosa. Frente a nosotros el Collado del Cabrón, separando el Cancho de los Muertos, del Pájarito y de La Campana. (Pues algunos nombres sí los conozco)

Más arriba, siguiendo el camino del Tolmo llegamos al Collado de la Dehesilla, el que separa las dos Pedrizas, y por el que se accede a la Hoya de San Blas. Ufff, palabras mayores...

Y comenzamos a dirigirnos hacia el Tolmo. Ya no hay duda. Es terreno conocido.

El Pájaro desde el Tolmo parece que quisiera empezar a volar. En la pradera junto a él hacemos un alto para comer y charlar. El cielo se está cubriendo demasiado y hace un vientecillo un poco sospechoso.

-Ahí, bajo la bóveda del Tolmo pasé una tormenta y no nos mojamos ni una gota. Es un buen refugio si fuera necesario que nos cubriéramos.

Es curioso el Tolmo. ¿De donde ha caído esta piedra?. Toda la Pedriza es un enigma. Es algo increíble cómo se han formado figuras casi perfectas. Cada nombre se acomoda a su roca como si hubiera estado allí esperando su bautizo.

Las jaras y el cantueso

 

Comemos tranquilas, felices, decidiendo que hacer, si volver por el camino que debíamos haber tomado y así descubrir cual era el correcto o cruzar el río y seguir la llamada Autopista de la Pedriza. Pero el vientecillo trae nubes negras, muy tupidas, y se está oscureciendo mucho. No es aconsejable aventurarse en lo desconocido, por sencillo que sea. Decidimos no demorarnos y volver por la Autopista.

El regreso es cómodo. Miro una y otra vez a la otra orilla, a las piedras que me intrigan, buscando algo que me de una base para reconocer y saber cuales son. Pero no lo encuentro. Empiezo a sentir ese gusanillo que despierta el deseo de saber el nombre de cada cosa, y me propongo buscar y revolver hasta encontrar algo que me diga el nombre de todo esto que no conozco. Alguien dijo un una ocasión que para conocer algo, hay que saber lo primero su nombre. Y no pararé hasta encontrar algo que me lo diga.

Comienza a chispear. Pero pronto deja. Llegamos a Canto Cochino y volvemos a Manzanares. Hacemos un alto en el pueblo, y vemos que está completamente mojado. Ha llovido bastante. Nos hemos librado por pura suerte. Estamos contentas. Ha sido un día precioso.

Mayo 2.005

M.R.B.M.