Los Tejos de Valhondillo
Como el verano alcanza su cenit, aprieta el sol y cuesta respirar, el pensamiento despierta y busca rincones donde mitigar tal desasosiego. Y el mío se pregunta ¿hay algo más inteligente en el mundo que la vida silvestre? No lo creo, a pesar de que pensemos que el ser humano es el vértice de la pirámide de la sabiduría. Y tenemos un ejemplo en los tejos, buscando el lugar apropiado para sobrevivir, la frescura, la humedad, justo lo que yo necesito estos sofocantes días de finales de julio, y ahí es donde el ser humano, aprovecha lo que la naturaleza el enseña y por ello se cree más inteligente, porque va a buscar aquello que ya está descubierto por seres inanimados, como las plantas.
Y pensaréis con razón que las plantas se mueren cuando el clima no les es propicio. Cierto, siempre que no tengan espacio para huir, porque las plantas huyen buscando acomodo en lugares apropiados. Esto ocurre con el tejo. Es un árbol de climas húmedos, frescos, amigo de nieblas y nieves. Y en nuestro país debió haber por zonas mucho más meridionales de las que hoy los encontramos, aunque, en su "huida", solo hallaron refugio en la mitad septentrional. En la comunidad de Madrid, por donde me muevo, pocos tejos podemos encontrar, algunos pequeños junto a la Ducha de los Alemanes, en la zona de Cercedilla, y según parece algunos dispersos por Somosierra, Canencia y algún que otro punto más. Por eso estos que hemos decidido visitar hoy tienen una importancia singular. Comenzamos a caminar a unos siete kilómetros de Rascafría, en la carretera que la une al Puerto de los Cotos, en un lugar de recreo conocido como la Presa del Pradillo.
Es relativamente pronto y ya encontramos coches en el aparcamiento. A pesar de todo, la zona está deliciosamente solitaria. Tomamos un sendero que surge a nuestra izquierda y se aleja de la pista que corre paralela a la carretera. Discurre junto al río, y se interna en un pinar en el que los robles luchan entre ellos por sobrevivir. No tardamos mucho en ver el desagüe de la presa que como una cortina fina se precipita al vacío.
Proseguimos por el sendero, dejando que la imagen del agua nos llene de la frescura tan deseada. Subimos y bajamos al antojo del suelo mientras el río salta bullicioso y se remansa en pozas que esta tarde estarán mancilladas por bañistas. Ahora, en su magnifica soledad, en su silencio, en la penumbra de los pinos, parecen gritarnos que no prosigamos, a los pies les cuesta caminar y a los ojos dejar de mirarlas. Remontamos unos metros guiados por el sendero y acabamos en una pista que nos permite salvar las aguas encajonadas del Lozoya (por aquí aún Angostura) A pesar de que la imagen del río sigue siendo preciosa, caminar por la pista es menos agradable.
Llegamos al Puente de la Angostura, bien bautizado por cierto, por donde el río se cuela entre peñas redondeadas que fueron aprovechadas por Felipe V para edificar un paso que le permitiera llegar al Palacio de la Granja. Hoy, la carretera le ha dado descanso y sus piedras envejecidas, escondidas entre ramas de robles, zarzas y rosales silvestres, parecen querer ocultar el abandono y el paso de los años, sin darse cuenta que esa pátina que lo cubre es el mejor adorno a su vejez. Merodeamos un rato en sus alrededores, buscado cada rincón en donde el río forme alguna cascada o salto, los robles que se asoman al precipicio y la multitud de rosales y zarzas que lo rodean.
Junto al puente, dos pistas de tierra se unen en V. Tomamos la de la izquierda, la que sube y se aleja del río para ir a buscar el valle del arroyo de Valhondillo. Cuando aparece a nuestra izquierda una nueva pista, con una valla de hierro pintada de verde, abandonamos la pista principal y tomamos la que nos llevara a los tejos. Seguimos por el bosque de pinos que nos ofrece agradable sombra, y entre ellos ahora son acebos, brillantes, lustrosos los que llaman nuestra atención. Cruzamos dos veces el cauce por sendos puentes, contemplamos el agua que se precipita desde las cumbres de Cabezas arrastrando piedras y sorteando otras, y encontramos junto a uno de ellos un chorro de agua fresca proveniente de una fuente inesperada.
No tarda en acabarse la pista, ahogada por la empinada ladera de Cabeza Mayor. Junto a ella el vado del Valhondillo, pedregoso y frío por donde cruzamos para buscar los deseados tejos. Junto al vado surge un sendero que gira a la izquierda y sube a buscar el primer tejo que se agarra a la roca con multitud de raíces como si quisiera aprisionarla, no dejarla escapar, crear simbiosis en la que la roca no se precipitara y él encontrara apoyo. No nos detenemos, nuestro objetivo está mas adelante, a unos cien metros, por un senderillo muy salvaje, muy serrano, en donde las piedras nos ayudan a salvar el suelo pantanoso, mullido de césped que a duras penas consigue no ser arrancado por las aguas.
Allí están, a lo lejos, los tejos milenarios. El más grande de todos, el abuelo, 10 metros de diámetro, las raíces extendidas quieren abarcarlo todo. Su tronco muy fibroso, grueso... o no, no es grueso. Es... es curioso. Está hueco por dentro, solo un retorcido tronco en el centro, liso, suave, mas claro que el resto, como la médula de un hueso, y una corteza que lo rodea dejando un vacío entre ellos. Por un trozo libre podemos ver su interior. ¡Ya sabemos de donde sacan la inspiración los creadores de cuentos cuando buscan casitas para los gnomos!
Todo tiene una explicación. Los tejos presumen de ser los árboles más antiguos de la tierra. De hecho, en Palencia, una tejeda famosa, la de Toxande, parece ser que se originó en el terciario, y ahí sigue, rodeada de hayas, que morirán y ellos seguirán viviendo. En mis lecturas precipitadas, de ahí que olvide las fuentes, he sabido que el tejo tiene un mecanismo de defensa que es el artífice de su longevidad. Cuando por alguna razón su tronco comienza a morir, el tejo brota de sus raíces, junto a este tronco, y se une al resto alimentando al árbol. El tronco enfermo puede morir en paz, todo está resuelto, hay un nuevo tronco que sustente sus ramas.
Otra característica del tejo es su toxicidad. Todas sus hojas y tallos son tóxicas. Solo sus bayas se libran de ese veneno que también es selectivo. No afecta a todos los animales, pero sí a los humanos, por lo que debemos tenerlo muy en cuenta. Últimamente, se está investigando en medicina y parece ser que es uno de los mejores aliados en la lucha contra el cáncer, sin que esto esté todavía totalmente probado.
Por otra parte, su porte es espectacular. De tronco bajo, la copa cónica de ramas extendidas parece desproporcionada en cuanto al tronco. Es un placer sentarse a sus pies, sobre sus raíces que asoman al exterior como si fueran troncos, o quizás lo sean... Por fin decidimos continuar caminando. Retrocedemos a buscar la pista principal y en nuestro regreso descubrimos bastantes más diseminados por el bosque, aunque mucho más jóvenes.
De nuevo en la pista principal, seguimos la misma dirección que traíamos. La subida es un poco aburrida, solo cuando las cumbres de Peñalara y sus colindantes asoman por entre los pinos el animo despierta. Hay momentos en los que los arroyos nos sacan de nuestro mundo interior, y en otros son las mariposas que proliferan por todas partes.
Decidimos acortar la marcha prevista y bajar por una pista junto al arroyo de Peña Mala. Creo que es un acierto. El camino está poco transitado, y es una maraña de mariposas y flores. Podría llamar a esta la caminata de hoy la ruta de las mariposas, por tantas como hemos encontrado. El arroyo de Peña Mala es un arroyo montañero, rápido y saltarín que acaba desembocando en el de La Angostura, no muy lejos, cuando acaba esta bajada y encontramos de nuevo la pista principal.
A partir de aquí serán muchas las pozas y saltos que encontraremos, todas ellas con visitantes que disfrutan de la paz y del baño. Llegamos a terreno ya conocido, el puente de La Angostura, y buscamos de nuevo las orillas del río para refrescar los pies en sus aguas turbulentas. Sentados en las piedras, dejamos que las rápidas aguas nos den masajes naturales, para después refrescarnos en la poza tranquila.
Este lugar, solitario, lleno de encanto esta mañana, ahora está bullicioso y alterado por todos aquellos que han venido a pasar el día. Nosotros, esta mañana, hemos sido afortunados.
Julio 2.006 M.R.B.M.
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