El Pájaro

Por El Yelmo y El Collado de la Dehesilla

La Pedriza es un macizo rocoso situado en la sierra de Guadarrama, bajo la llamada Cuerda Larga. Es un conjunto granítico, laberinto de grandes moles de lisas paredes mezcladas con otras de afiladas puntas y profundas grietas.

 

 

 

El Cancho de los Muertos

 

Entre ellas se intercalan praderas, canchales, barrancos y sobre todo hitos marcando las mil y una rutas que la cruzan.

Es un lugar donde todos encuentran acomodo. Su proximidad a la capital, Madrid, la hace accesible en corto espacio de tiempo, lo que no es realmente cierto, pues en días festivos la carretera suele cargarse de vehículos que abandonan la ciudad, lo que alarga enormemente el tiempo empleado en la relativamente corta distancia.

 

 

 

Escalando

 

 

La Pedriza es la escuela de los escaladores, y el lugar donde suelen entrenarse para las grandes escaladas aquellos que han superado el aprendizaje, así como el sitio ideal para pasar un fin de semana en épocas en las que no hay grandes metas .

También los senderistas tenemos cabida en este intrincado paraje.

Es cierto que todos están perfectamente señalizados, y aunque parezca una paradoja, nada es más fácil ni más difícil que perderse en La Pedriza.

 

Amplio valle tras las moles rocosas

 

Infinidad de senderos parten de la base de la mole, marcados por hitos de piedra, y es necesario un gran conocimiento de la ruta que queremos realizar para no confundirla con otra.

Esto nos lleva a lo fácil que resulta perderse, o mejor dicho, perder la ruta que nos habíamos marcado, aunque siempre encontramos otro hito que nos va a llevar a la cumbre del Yelmo, sin saber que sorpresa nos deparará, ni si habremos evitado o añadido dificultad a nuestro caminar.

Algo así nos sucedió el día que decidimos subir al Yelmo por la Gran Cañada, el camino más cómodo, perdiendo nuestra senda, y acabando en otra ruta en la que la subida era mas dura.

Ya sé que es difícil perder la ruta de la Gran Cañada, pero no es una zona a la que hayamos subido demasíado, hace muchos años que no la visitamos, y entonces no tenía que preocuparme de la senda que debía tomar, los expertos me llevaban sin problema alguno.

 

El Yelmo

 

Sin embargo, el hecho de perder la senda nos proporcionó la delicia de ver lugares intrincados, con rellanos cubiertos de narcisos y jaras, en las que un grupo numeroso de cabras ramoneaban tranquilas sin que nuestra presencia les incomodara lo más mínimo.

No fue este el único ejemplo faunístico que encontramos a nuestro paso. En el cielo los buitres revoloteaban, y en el suelo una tranquila víbora cruzó nuestro camino. Contemplé curiosa su greca de rombos que se contorneaba acorde con los movimientos de su cuerpo, la perfecta cabecita triangular, de afilado morro, la delicada cola más ágil que el resto, y me pareció un animal precioso.

 

La pequeña cabra observa el precipicio

 

Me sorprendió la naturalidad de estos animales ante nuestra presencia. Están acostumbrados a que los hombres les contemplen sin molestarles.

Las cabras nos miraban serenas, unas caminaban, otras "desayunaban" los tiernos brotes de las jaras, y otras pedían a gritos que disparara mi cámara situandose en el precioso perfil de una roca.

 

 

Cabras entre jarales

 

Junto a una piedra recuperamos fuerzas, mientras, contemplaba las múltiples formas de las rocas, y cada una de ellas me devolvía la imagen de algo conocido, pero sobre todas ellas no podía dejar de mirar la que semejaba la parte trasera de un elefante. No conozco los nombres de estas piedras, por otra parte infinitos, todos han sido bautizados por los escaladores, y creo que este debe ser el llamado "elefantito del Yelmo" pero no podría asegurarlo. Me hago el propósito de aprender más sobre estas piedras y cambio de pensamientos.

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Al fondo Maliciosa

 

 

Al fondo, entre paredes graníticas, La Maliciosa destaca lejana, su cumbre cubierta aún de nieve, sus laderas tupidas de pinos.

Y pienso en una ruta que me llevaría a través de ellos, por la zona de La Barranca, desde donde puedo contemplar esta masa granítica, y ya me veo ascendiendo por ese pinar que me está llamando.

 

 

 

Estamos al pié del Yelmo. La roca enorme, lisa que se contempla desde cualquier punto cuando nos aproximamos a la Pedriza, y que se esconde cuando entramos en ella.

El Yelmo

Está rodeada de praderas, ahora llenas de narcisos y campanillas amarillas. Es una preciosa alfombra de flores por donde un corzo corre a subirse a una roca.

Reconfortados por el descanso, reemprendimos la marcha. Nos dirigimos a una masa rocosa que destaca entre todas las que la rodean, El Acebo.

Frente a él una curiosa forma sobresale de un tupido jaral. El olor de esta planta es penetrante, sobre todo al rozarlas a nuestro paso, y queda impregnando la ropa. Es el mismo olor de hace años, el mismo olor que me acompañaba al llegar a casa y que habría querido conservar en un frasco de esencias. Es el olor de mi juventud y me encanta...

 

 

Al iniciar la bajada

 

La bajada es algo complicada, necesitando a veces ayudarnos de las manos. Entre las rocas, la gayuba y el brezo se adueñan del terreno fértil y se extienden por cualquier rincón que le permite arraigar.

El brezo se amontona en las zonas más abiertas mientras que la gayuba se arrastra trepando a veces por la base de las rocas.

 

 

 

El Collado de la Dehesilla

 

 

No sin esfuerzo, llegamos al Collado de la Dehesilla. Es un precioso paraje.

Bajo el fondo de rocas una masa de abetos dan sombra a una deliciosa pradera en la que de nuevo las gayubas se mezclan con el césped, los brezos y las jaras.

 

 

 

El Tolmo

 

Comenzamos el descenso junto al arroyo, por un camino inundado de agua, y entre jaras y brezos llegamos al Tolmo.

Desde aquí El Pájaro parece esperar el momento de echar a volar. Tras rellenar nuestras cantimploras en la fuente que se sitúa algo más abajo de esta mole, continuamos hasta el refugio Giner de los Rios, cruzamos el arroyo de la Majadilla por un puente de madera, y seguimos por cómodo camino, contemplando el precioso discurrir del arroyo, hasta nuestro inicio, en Canto Cochino.

Tengo que reconocer que me sentía algo cansada, pero feliz por la caminata y por haber vivido momentos llenos de recuerdos.

 

ABRIL 2003

M.R.B.M.