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Los primeros recuerdos

Casi sin pensarlo, mis manos tropiezan con el álbum apaisado, de hojas grises, donde las fotos de hace muchos años se conservan a pesar del paso del tiempo. Son trozos de cartulina amarillenta, con los bordes recortados en ondulaciones asimétricas, todas en blanco y negro, pero luminosas como consecuencia de los grandes focos del estudio en donde fueron hechas. Entre ellas, una golpea mis sentidos. Hace mucho que no miraba estas fotos, y de pronto se abre el baúl de los recuerdos.

Comienzan con la imagen de una pequeña, de apenas tres años, ante una mesa de colegio, delante de un mapa de España. Un libro enorme entre sus manos. De repente fluyen como las llamas de un volcán en erupción. Unos llevan a otros, toda una vida desfila por mi mente, siento que me reconforta, y las teclas de mi PC se ponen en marcha:


La primera infancia

Corre el año 1952. Una casa humilde, de blancas paredes encaladas. Un patio lleno de geranios y rosales, en donde un pilón es el punto prohibido y la calle, mezcla de arena y piedras por donde corre el agua cuando llueve y abre una profunda brecha en forma de V.
La pequeña de la foto tiene pocos recuerdos de esos días. Sus apenas dos años poco pueden retener, pero sus pupilas se fijan en esas piedras que parecen la trinchera de los trenes en los que viaja a menudo para ver su familia en otro pueblo cercano.
Los apenas 40 o 50 centímetros de profundidad, se convierten en metros insalvables a sus ojos temerosos. Pero siente un desafío que los graba en su recuerdo. Quizás ya, en tan temprana infancia, esté comenzando a sentir su amor por las montañas que más tarde marcarán su vida. Y día tras día se asoma al precipicio curiosa, preguntándose por qué ella no puede bajar allí.
Vestidos airosos, lazos y colores, envuelven un cuerpecito que se siente aprisionado. Le apasiona mirar las flores del patio, la imagen de ellas es nítida en el recuerdo. Se acerca con recelo al pilón lleno siempre de agua, en donde sabe que puede caer si no está alerta.
A su alrededor ronronea un gato anaranjado, su amigo inseparable. Corre tambaleándose a buscar un cinturón cuya hebilla arrastrará por el suelo de pequeñas piedras para que su gatito la siga atraído por el ruido.
La familia es humilde, muy humilde, tanto que las habitaciones sin puertas, se ocultan detrás de unas cortinas de papel a tiras, que su madre, mujer habilidosa donde las haya, ha confeccionado cortándolas con tijeras de tan impecable forma que parece que ha medido la distancia centímetro a centímetro.
No dura mucho su estancia en este lugar. Un año después de su primer recuerdo, cambian de domicilio. Ahora es una ruinosa casa, único refugio que pueden comprar con los ahorros que el esfuerzo ha conseguido. Solo hay dos habitaciones en pie. Las bombas de la pasada guerra destruyeron lo que alguien construyó quizás con ilusión, o simplemente con la necesidad de la supervivencia.
Nunca supo quienes fueron sus antiguos dueños ni qué pasó cuando los obuses cayeron.
Ahora, el recuerdo la transporta a una habitación con baldosas blancas y negras, la única que tiene este lujo, en donde sus padres agrupan cada noche las seis sillas de las que disponen, y sobre ellas colocan un colchón mullido de cariño en donde la niña duerme. Durante el día, la luz del sol penetra por la enrejada ventana, y en la habitación vacía da rienda suelta a su imaginación y a sus juegos.
La otra habitación, la de enfrente, está oscura, las contraventanas entornadas. La cama de sus padres, enorme a sus ojos infantiles, sobre un suelo de tierra, en donde, de vez en cuando, juega con otras niñas vecinas a las casitas. Allí tiene arena para echar en los cacharritos de latón. Solo cuando ellas vienen tiene esa suerte. Pero es feliz. Salta y corre de un lado para otro. Y mira las estrellas por la noche.
No tardó mucho en tener su propia cama. Una cama de tubos que su padre pintó de color azul. Probablemente comprada en alguna chatarrería, y reparada por esas manos amorosas que la acariciaban con ternura.
Los recuerdos no se detienen, ni sopesan cada minuto. Dan un salto y la encuentran al pie de una mesa de madera. Es un colegio, o lo que entonces se había habilitado para semejante menester. La habitación de una casa grande, en forma de L, con una gran ventana igualmente enrejada. La miseria de la posguerra ha llevado a su dueña a alquilar las dos mejores estancias de su casa para uso de clases de primaria. Ella recuerda muy bien a esa mujer. Siempre atareada en sus faenas, junto a una hija ya jovencita, que le ayuda todo el día. Nunca vio al padre de familia. Ahora, con la experiencia de los años, puede imaginar mil cosas, entre otras que la guerra destruyera esta familia y ese fuera el motivo del alquiler de las habitaciones.
Años difíciles para todos, salvo para los ganadores de la contienda. Es posible que su imaginación infantil alcanzara a ver algo que quedara en su inconsciente. Algo que ha marcado su comportamiento el resto de su vida. ¿Quién sabe?
Pero volvamos a la imagen primera, donde aún escucha la voz de una mujer, que con tono amable rechaza su escolaridad "porque solo tiene tres años"
Sus ojos pequeños, se abren enormemente.
-Pero si ya soy mayor…
Eso pensó el día que cumplió tres años, ese maravilloso cumpleaños en el que pensaba que la vida cambiaría.
Su recuerdo no registra la conversación que siguió, pero sí la alegría de oír la frase soñada.
-Bueno, que venga si trae una sillita para sentarse. No tengo plazas, pero me gusta, parece que vayamos a llevarnos bien.
Y ¡que bien se llevaron! Doña Pura... Su primera maestra. Su querida maestra.
Era una mujer dulce y cariñosa.
Puso su silla al extremo de una mesa de cuatro plazas, le dio un papel y un lápiz, y le dijo
-Pinta
Es lo que hacemos a todos los niños cuando queremos que se entretengan.
Miraba perpleja los cuadernos de las otras niñas. Eran mayores… por eso tenían cartillas con dibujos y signos que llamaban letras.
Trataba de imitarlas, haciendo garabatos que parece que resultaban coherentes. Ellas corrían a la mesa
-Doña Pura, doña Pura… mire lo que ha pintado
Era el entretenimiento de las otras.
Un día no muy lejano al comienzo de esta etapa, la maestra llamó a su madre.
-Tiene que comprarle una cartilla. No deja nada en paz. Trae en jaque a las demás. Hay que empezar a enseñarle a leer. Así estará ocupada y dejará a las otras aprender.
Palabras maravillosas que iluminaron sus ojillos con intensa alegría. Iba a aprender a leer…
Cada día llevaba y traía su sillita de madera torneada, con asiento de enea, pintada de rojo. Al principio la acompañaba su madre, pero pronto comenzó a ir sola.
En aquellos tiempos la vida era sencilla, las calles solitarias, sin coches que supusieran un peligro.
Dejaba su casa en donde su madre, asomada a la puerta le gritaba:
-¡No corras¡
Caminaba despacio el tramo corto que su madre podía ver y giraba la esquina. Aquí daba rienda suelta a sus deseos. Corría como alma que lleva el diablo, la sillita moviéndose al aire bajo sus bracitos, y en un decir amén estaba ante su mesa de la escuela.
La clase era bulliciosa, casi imposible mantener un poco de orden. En ella se mezclaban niñas y niños, cosa impensable en la etapa de primaria, en donde tenían clases separadas. Aquí estaban separadas las mesas. En la parte más larga de la L, un banco de castigados, donde se sentaban aquellos que la maestra no podía controlar.
Solo una vez se sentó en aquel banco de castigo, aún recuerda el sentimiento de la mayor de las vergüenzas.

Pasaban los días. Sus amigas, escolarizadas en el colegio de las monjas, no tenían clases la tarde los jueves. ¿Por qué ella no? No hubo problema, al poco de llegar a la escuela, se escurrió cual lagartija de verano, su sillita bajo el brazo, y se fue a jugar a la habitación de arena.
-¿Como es posible? -decía su madre cogiéndola de la mano-
Y ambas, con la sillita bajo el brazo, volvieron a la escuela donde la maestra ni siquiera se había percatado de su ausencia.
-¿Por donde se ha escapado este bichillo?
Nunca más volvería a hacerlo. Aprendió pronto lo que significa el deber, que no todos somos iguales, que hay clases, niñas y colegios…
Cuando pasaron las Navidades, cumplió los cuatro años de rigor. ¡Qué feliz! Ya era como las otras niñas, sin plaza propia, pero con cuatro años…
Las letras eran una maravilla. Se podían combinar y se leían palabras. Era feliz. Devoraba las hojas de las cartillas. aprendió rápidamente y pudo entrar en el grupo de las mayores.
Desde este momento su pasión por el estudio se desató. Devoraba cuentos, libros infantiles, relatos de todo tipo.
Deseaba leer por encima de todo. Le encantaban las historias.
Pasaron dos años. Cambió la clase de párvulos por la de primaria. La habitación de enfrente.
Su espíritu seguía siendo inquieto. No podía estar en calma. Sacaba brillo a los tinteros de plomo con tiza y bayeta. Eran los más relucientes. Y su pobre compañera… Maria Teresa, de largas trenzas doradas… ¡pobrecilla! Era paciente como nadie.
Ella cogía sus trenzas y las volteaba como cuerdas de saltar. ¡Pobre Maria Teresa! Nunca se quejó. Ambas se querían con locura. Todo se lo perdonaba. Pero un mal día se tuvieron que separar.
Pasaba las horas coloreando cuadernos, o leyendo cuentos, sentada a la mesa del comedor en donde su madre cosía o cocinaba, y su padre y abuelo fumaban mientras escuchaban la radio.




Los vecinos más cercanos

Cada noche traía unas horas de reunión que invariablemente se repetían día tras día. No estaban solos, una vecina venía a hacerles compañía. ¡Pobre mujer! Se había quedado viuda siendo muy joven. Y toda su obsesión era jugar a la lotería. No debía tener muchos recursos, la forma de escuchar la radio era en casa de los vecinos, que dicho sea de paso, ya habían conseguido mejorar su estado económico.
-Esta vez me va a tocar. Me pica la mano derecha…
Ella sonreía disimuladamente. Ya empezaba a tener edad suficiente para distinguir la sabiduría de la idiotez. Cada vez que podía, dejaba que una moneda girase de canto, y rodara hacía la vecina supersticiosa. Creía que si la moneda se iba hacía ella le tocaría la ansiada lotería. Y la niña era feliz viéndola ilusionada. ¡Pobre mujer! Con los años perdió la cabeza, quizás de tanto pensar en la lotería.
El vecindario era de lo más variopinto. Al final de la calle, casi donde se ocultaban las trincheras del tren, la última casa estaba habitada por un matrimonio infeliz. Él siempre con la botella de vino malo en la mano y la embriaguez en el cuerpo. Ella, menuda, vestida de negro de pies a cabeza, encorvada, subía y bajaba la calle con el líquido infernal, causa de todos sus males. ¿Como puede una mujer resistir tal humillación? Eran tiempos duros. Te has casado y tu marido es tu dueño. Por eso Catalina subía con la botella llena, para bajar al poco con ella vacía y vuelta a empezar. Él siempre sentado a la puerta, desde que volvía del trabajo al mediodía, con sus galgos junto a él. Gritaba ¡Catalinaaaa!!! A veces cambiaba de estilo y la llamaba de otro modo ¡niñaaaa!!!
La pequeña de la historia sentía miedo. Evitaba pasar por ese lugar cuando él estaba. Eran muchos los miedos que sentía.
Aquellos años el orden era impuesto por la llamada "Benemérita". Siempre iban en parejas, dos hombres altos, ¿Por qué siempre eran altos? Sería su tricornio reluciente, de charol negro, las verdes capas ondeando al viento y ese aire de superioridad con el que se paseaban por las calles. El caso es que ella sentía mucho miedo al verlos. No era ya tan pequeña cuando aún se cambiaba de acera para no pasar a su lado.
La calle era amplia, con aceras de baldosas en las que habían plantado acacias que todas las primaveras se cubrían de flores blancas. La calzada de piedras de río, lisas, pulidas por la lluvia que corría a raudales los días de tormenta.
También las pulió el paso los carros. Aún los carros circulaban por las calles. Eran pocos los coches y estos no pasaban por las afueras. Lo que pasaba todos los días era la lechera, con una borrica gris, cargada con cuatro cántaras llenas de leche recién ordeñada, blanca y espumosa.
Su madre hervía la leche, la dejaba enfriar y en la merienda le daba una rebanada de pan con una gruesa capa de nata consistente, que solo las leches puras pueden formar, dulce de azúcar y chocolate picado.
Entre las piedras de la calle crecía la hierba, y unas preciosas flores malvas, pequeñas, diminutas, que aún le siguen encantando.
Frente a su casa las paredes del viejo y abandonado cementerio. Y junto a ella, formando mediana, las tapias traseras de dos hermosos chalets, de esos que dan envidia a cualquiera.
A ella le gustaba dar la vuelta a la manzana. Era por donde estaban los jardines con las verjas cuajadas de rosales olorosos. Y miraba al interior donde lucían macizos de flores multicolores.
Llegaba el mes de mayo y con él la festividad de la Santa Cruz. En su conmemoración se levantaban altares en las casas.
Los años de la posguerra, en donde el catolicismo era una imposición, volvieron a la gente creyente y piadosa. Todos levantaban su altar, varias cajas de distintos tamaños apiladas, formando plataformas a modo de escalera, cubiertas de sábanas blancas, a ser posible bordadas o con encajes. En el más alto la Cruz, rodeada de ramos de flores metidas en jarrones, o botellas quienes no tenían jarrones, como era el caso de su familia. Las velas se colocaban a distintos niveles, entre las flores y las estampas de Vírgenes y Santos.
Ella salía al campo a buscar amapolas y margaritas. Pero sus ojos se iban sin remedio a los rosales de los chalets. Fue afortunada. Un día, mientras miraba absorta las rosas de la verja, se abrió la puerta. La señora que salió la miró sonriendo.
-¿Te gustan?
-Mucho, me gustaría ponerlas en la Cruz con las amapolas. Pero no son mías.
La señora sonrió mucho más amable.
-Pasa.
Cruzaron la puerta del jardín añorado, y dirigiéndose a un punto la señora cogió unas tijeras.
-¿Te gusta esta?
Una tras otra, cortaba las rosas más hermosas. La niña no salía de su asombro. No podía reaccionar cuando la señora puso en sus brazos un enorme ramo de rosas y otras flores.
Fue el comienzo de una amistad profunda y hermosa.
Eran varias hermanas, todas solas, solteras. Vivían de sus rentas, y algo de dinero que sacaban con sus bordados. Desde el cuarto de estar del primer piso, la veían todos los días jugar en su patio, entre los geranios, con el gato negro de brillante pelo que se había convertido en su mejor aliado.
La señora del jardín le pidió algo a cambio de su ramo de flores. Algo tan sencillo
como que fuera a verlas de vez en cuando. Saltaba de alegría. Podría ir al jardín de sus sueños, y las dueñas eran sus amigas. Le enseñaban a bordar, le contaban historias, y sobre todo la trataban con un cariño y bondad especial.

La primavera en Andalucía dura poco. Pero esos días el campo se cubre de verdes trigos, entre los que crecen las varetas de gladiolos y las amapolas.
Cada tarde, acompañaba a su madre hasta un acueducto sobre la vía del tren, una tubería enorme, fría, que transportaba el agua de los depósitos al pueblo.
Desde esta atalaya se dominaba la llanura cubierta de cereal que rodeaba al pueblo. Verde en primavera, amarilla en verano y parda en otoño. Día tras día, ambas esperaban ver aparecer una silueta alta y delgada por el sendero que rodeaba los campos.
Aquel hombre, que dejaba la fábrica de papel y se encaminaba ligero al encuentro de sus dos niñas, subía a la fría tubería y las abrazaba con cariño.
Dejaban pasar el tiempo sentados los dos contemplándola jugar con las piedras y las margaritas hasta que anochecía y regresaban a casa, con el abuelo y la vecina.


Otros vecinos


La casa de la niña del relato fue creciendo poco a poco. Cada año, con los ahorros conseguidos, le agregaban un cuerpo. Una habitación… un comedor… una cocina preciosa en la que una ventana de visillos rizados dejaba ver las dalias del patio y el naranjo de hojas brillantes y olorosas…
Cada año, su padre ayudaba al maestro albañil para ahorrarse el jornal de un peón. Curioso este maestro albañil. Tristemente curioso. Debe ser que la miseria de la posguerra también en este caso hizo su mella. Padre de varios hijos, trabajaba en los ratos libres para sacar adelante a la familia numerosa. A veces celebraba no sé que macabra historia, porque no creo que fuera la suerte el motivo de su celebración, y llegaba a casa tambaleándose. Era un buen hombre, a pesar de todo.
Vivía unas casas más abajo de la suya. Un día, cuando aún nuestra niña era pequeña, alguien llegó diciendo que "Había venido con una mona enorme" Trabajo le costó a su madre disuadirla para que no fuera a ver la mona. ¿Cómo explicar a una niña de sus años qué era la mona del pobre hombre?
Muchas veces ha pensado en aquello y en el apodo con el que le habían bautizado. Parece que todo estaba relacionado, pero entonces, eran palabras que no comprendía.
-¡Que hombre más extraño! Hoy trae una mona, el otro día una merluza, y a mí nunca me dejan verlas.
Solo alcanzaba a ver los enormes ojos de aceituna negra de la hija pequeña de esta familia. Admiraba la luz que desprendían. Era mucho más pequeña que ella. La conoció siendo un bebé y ya brillaban sus ojos. Solía estar siempre en brazos de su madre. El pelo negro azabache, cayendo en rizos sobre su frente, la sonrisa en los labios y los ojos de escarabajo.
Es increíble como una imagen puede quedar grabada en nuestra mente al cabo de tantos años. La pequeña no ha crecido en su recuerdo. Siempre está igual, sonriendo y mirándola fijamente.
La calle no era larga. Las casas generalmente encaladas, con un zócalo gris hasta la altura de las ventanas, desiguales, unas más grandes que otras, cada ventana a gusto de sus dueños, pequeñas, medianas o más grandes, todas con reja, lisas o con filigranas, pero eso sí, todas pintadas de negro.
Cada vecino formaba un mundo. Sabía la historia de todos. Cosa de los pueblos…
En aquella casa pequeña, la de la esquina, recuerda principalmente a la madre con tres hijos de más o menos sus años. Junto a ella un matrimonio sin hijos, Celia y Antonio, siempre cariñosos con ella, compañeros de su padre, que tenían dos sobrinos rubios, de piel muy blanca, muy calladitos ellos… y un hermoso perro de pelo anaranjado, delgado, con el que a veces jugaba.
En esta casa la ventana era muy pequeña, un ventanuco estrecho, excepcionalmente sin reja, por el que le contaron que se habían escapado unas mocitas huyendo de los moros cuando la guerra. ¡Era casi imposible que por aquel agujero se pudiera colar una persona…!
Más abajo dos niñas algo mayores que ella, con un apellido que le resultaba muy chocante: Cornejo, y con las que jugaba a menudo.
Y aquel señor, Blás, que tenía una gramola y que un día se la enseñó orgulloso. Era una caja de madera oscura, con una bocina enorme y brillante. El vecino colocó un disco negro y comenzó a sonar la música. Lo escuchaba boquiabierta. Era como un milagro.
Por la noche, cuando bajaba la calle para ver a sus abuelos, en la casa junto a la de ellos, siempre encontraba a un hombre mayor, José, sentado en una mecedora. Era un hombre amable. Le hablaba cariñoso. Había tenido la extraña idea de llamar a una de sus hijas Amberes. Para ella era un nombre normal, como María, acostumbrada que estaba a oírlo desde niña. Cuando tuvo que estudiar geografía, supo el origen de este nombre. ¡Que suerte! Una palabra menos que memorizar…
Decían las malas lenguas que este hombre era comunista. ¡Que delito! Eso lo decían muy bajito, entre dientes, para que si había espías por los alrededores no lo oyeran. "Y por eso le había puesto Amberes" "Pero no puede ser ese nombre solo, debe llevar delante el de María, si no el cura no la habría bautizado"
¿Qué era eso tan peligroso de "comunista"?
-Chsssss, eso no se dice… Te pueden llevar a la cárcel.
La otra casa junto a sus abuelos la ocupaban un padre y una hija. Ella, Isabelita, se ganaba la vida bordando en una máquina en donde un día se cosió el dedo. Para la niña este hecho fue impactante. Imaginaba la aguja taladrando el dedo y le daban escalofríos. Fue esta mujer quien la enseñó a hacer cadenetas cuando aún apenas levantaba del suelo. Con hilo rosa enlazaba uno tras otro los arcos que se iban incrustando en la tela formando una preciosa cadena con la que se podía hacer infinidad de dibujos.
Junto a esta casa encontraba a Emilia, una mujer ciega y sola, que hacía encajes de ganchillo preciosos. Le sorprendía que pudiera salir de sus manos semejante belleza.
Algo más arriba una señora mayor vivía con su hija, abuela de dos niños amigos suyos. Matilde y Manuel. "Tilita y Manolín"
Y otros muchos que subían y bajaban, algo más alejados, por lo que sus conocimientos sobre ellos eran menores.
Pero la guinda del pastel era la casa de los gitanos. Cuando llegaba la noche y se cerraban las puertas, a simple vista nadie notaría nada anormal en esta casa, a no ser que pasara junto a ella y un fuerte olor a pajar y caballería no dejaba dudas de quienes vivían en ella. No eran conflictivos, pero todo el mundo los evitaba. Salvo cuando se trataba de contratarlos para trabajar, ¡y ahora pensamos que hemos inventando a las chachas baratas!
En una casa pequeña, oscura, se amontonaban incontables personas. Las mujeres con sus moños caídos sobre la nuca, y casi todas con vestidos negros. Ellos con sombreros de ala ancha, igualmente negros. Es posible que en esta familia ocurriera algo parecido a la de Bernarda Alba, que una muerte familiar diera paso a otra, y de ahí el constante luto de los mayores. Pero aún así a veces se reunían a cantar alegremente. Debían estar celebrando algo. Puede que esta casa fuera el motivo por el que siempre subía por la acera opuesta. En esta acera estaban los jardines, entre ellos los de su amiga, y el olor de las rosas y los pinos era mucho más agradable que el de las cuadras de los gitanos.
Otro olor característico provenía de un almacén de ultramarinos. Era una mezcla de olor a galletas y cartón que aún lo percibe.
Al final de la calle, la barbería, y en frente la tienda de Antonio, donde iba a comprar a veces los recados de su madre, y de la que ha quedado la imagen de los grandes frascos de caramelos, en los que metia la mano un señor joven, alto y delgado, y sacaba la dulzura envuelta en papel transparente.
Con el tiempo, cuando ya pasaba de los diez años, en la esquina cercana a su casa pusieron una academia. ¡Que horror! No podía soportarlo. Había una razón. A los doce años dejó la escuela. Sus medios económicos y su madre enferma no le permitían realizar estudios. Ella, no podría ir a este lugar y eso la deprimía.
Afortunadamente, pusieron en el pueblo un Instituto oficial y quitaron la academia. Pero más afortunadamente aún, ella, a fuerza de rogar, consiguió asistir a ese Instituto y sentirse la persona más feliz del mundo.
Pero entramos en la adolescencia. Esa época difícil que acaba con la inocencia y las alegrías de la infancia, en donde se mezclan las ilusiones con los desengaños y descubrimos que la vida no es tan hermosa.

Sancho Dávila 86

A primera vista nada tiene de especial un nombre y un número de una calle. Pero para ella son un recuerdo imborrable. Era la casa de los abuelos, de su padre, donde nació…
Las primeras imágenes que acuden a su mente son de un patio donde crecía un árbol oloroso, la hierba luisa, el sumidero de hierro por donde corría el agua de los riegos, la tortuga, las tardes de verano, cuando la humedad de las macetas y el arriate refrescaba el ambiente, y las baldosas grises, acanaladas para que el agua corriera sin obstáculos, siempre limpias, brillando con la humedad refrescante.
El acceso al patio era una puerta oscura, de cristales, en cuyo fondo dos traviesas le servían de columpio. Subidos los piececillos en estos improvisados peldaños, la balanceaba una y otra vez. A veces sola, otras con sus primos que venían de Azuaga. Como es lógico, más de una regañina le costó semejante acción.
Cerca de la puerta, junto a los cristales, la abuela, la prima y a veces la tía, cosían o bordaban. Su prima bordaba el ajuar mientras en la radio sonaban baladas dulzonas que llegaban al alma de los jóvenes.
La abuela era una mujer enjuta, vivaracha, siempre vestida de negro, que a veces le contaba historias de otros tiempos, "de cuando la guerra" o de cuando ella nació. La escuchaba boquiabierta, le encantaba oírla, a veces le pedía que le contara "antigüedades" y la abuela accedía encantada. A veces las historias estaban acompañadas de versos muy rudimentarios, muy sencillos y bien rimados. Obra de un talento desaprovechado, de una poeta nata que sin saber escribir, hacía hermosas estrofas.
Contrastaba el abuelo, tranquilo, reposado, muy grueso, algo socarrón. Se sentaba en una mesa de zapatero, su oficio, y mientras clavaba las suelas, cantaba cadenciosamente, con ironía. Ella quería mucho a sus abuelos. Eran especiales. Y por encima de todo, muchas veces pensaba en el contraste de ambos, tan distintos… y contaba la abuela que se marchó de casa para poder casarse con él. Era un hecho romántico y heroico para aquellos tiempos. Era un hecho apropiado en esa mujer que escribía versos, o más bien los recitaba, a pesar de su escasa cultura.
Con ellos vivían sus tíos, la tía, viuda desde muy joven, con su hija, la joven que bordaba o estudiaba.
Y su tío, el más joven, que no tardó mucho en marcharse de la casa. Se casó. Y el recuerdo que de él conserva, en aquellos lejanos días, se traslada a una calle de Peñarroya, a una casa cuyas baldosas sonaban al pisarlas, y en la que siempre les recibía la suegra, en un cuarto con mesa camilla, la jarra de cristal llena de agua y el vaso junto a ella. A veces, su tío venía con una moto preciosa, y todos salían a verle marchar sobre ella.
Más tarde se vinieron a vivir a su pueblo. Su recuerdo de él está lleno de ternura. Era un hombre cariñoso, tan bueno que escondía su rostro para ocultar los ojos humedecidos cuando algún sentimiento le impactaba profundamente, lo cual era bastante frecuente.
La tía, al igual que la abuela, era delgada, siempre vestida de negro, ese luto perenne que llevaba en la ropa y en todo su ser. Era una mujer cariñosa, pero no parecía feliz. La vida le arrebató el esposo y el hijo. Ese fardo es difícil de llevar.
Parecía que vivía para el trabajo. No era suficiente su jornada fuera para ganar el sustento, en casa siempre estaba trajinando. Puede verla limpiando la lámpara de cilindros de cristal, esa que tanto le llamaba la atención. Colgaban como los pedazos del hielo que chorrean de los tejados en los fríos inviernos. O limpiando las alacenas, siempre relucientes, llenas de la vajilla y la cristalería brillando al reflejo de la luz. Y su tía, la bayeta en la mano, el barreño jabonoso, y el cristal impecable.
Era una casa de gente hacendosa. Limpia como los chorros del oro. Dejó impronta en su recuerdo, algo muy peculiar, muy ligado a su padre, como parte de él.
Allí estaba la primera radio. En medio del salón, sobre una mesita de madera tallada, como si fuera el tesoro de la casa, al menos para ella. Una caja de madera reluciente, de donde salían canciones de la época. ¡Todo un adelanto!
Pero si algo llamaba su atención en esta casa, era la cama de la abuela. De hierro negro, remataba las columnas de pies y cabecera una bola dorada en donde su cara se reflejaba distorsionada. Le encantaba acariciar la brillante y fría bola cuando su abuela se encontraba en la cama por alguna enfermedad pasajera. Y pasaba sus dedos por el negro tubo deslizante hasta llegar a la bola central. Se sentía transportada a otro mundo de sueños extraños, tal era la sensación que el dorado brillo le producía.
Frente a la cama un baúl. En él había ropas que nunca supo como eran. Era algo lleno de misterio.
Pero un día todo acabó. Dejó su pueblo, su calle, sus abuelos y la casa donde pasó tantos ratos de su infancia. A pesar de todo, aquellas paredes, aquella cama y el olor a hierba luisa seguirán siempre en su recuerdo.


Las primeras amigas

Van pasando los años, saltos de escasos segundos en el recuerdo que aparecen como arrastrados por un fuerte vendaval.
La infancia fue principalmente compartida con sus padres hasta los seis o siete años.
A partir de entonces, a veces, jugaba con otra niña de su misma edad. Vivía unas casas más abajo. En un jardín adosado. Era un lujo tener semejante amiga. Sin hermanos como ella, había tenido la suerte de nacer en familia acomodada.
La casa de su amiga, además de jardín, tenía dos plantas y azotea. Pero sobre todo, tenía una habitación ¡solo para sus juguetes!
Lo mejor de esta familia no era la casa, ni su situación económica mas holgada que la suya. Lo mejor era el cariño con que la trataban. Cada vez que la veía aparecer, Luisi, la amiguita, salía corriendo en su busca. Juntas jugaban en el jardín a la sombra de un enorme pino, entre rosales y margaritas. Cuando fueron algo mayores aprendieron a jugar a las tabas, ese hueso en forma de S que se aloja en las piernas de cordero, y que iban pidiendo a todo el mundo hasta reunir cinco cada una para completar el juego.
La laca de uñas de la madre de Luisi servía para pintar los huesos y colorearlos.
Con tan preciado juguete pasaban horas y horas. Los echaban al suelo a modo de dados y había que pasarlos por el hueco de la mano con rapidez y destreza. Al fondo de la casa quedaba solitario el cuarto de juguetes inundado de muñecas, cocinitas y salones diminutos. Ellas preferían estar en el jardín jugando con sus tabas, a la sombra del pino, contando sus historias infantiles de colegios y papás.
Y crecieron unidas, muy unidas hasta que el destino las separó. Han pasado treinta años largos desde la última vez que se vieron. Y el destino ha vuelto a unirlas a través de un cable de teléfono. Pasaron largo rato contándose sus vidas. En muchas cosas similares, como si no se hubieran separado nunca y siguieran haciendo lo mismo, como siempre. Ambas tienen dos hijos y ambas se quedaron solas casi al tiempo. La distancia las separa pero el recuerdo las une. Y se siguen viendo jugando a las tabas a la sombra del pino.
Más tarde aparecieron otras niñas que se unieron a ellas, Mª Carmen, Conchi, Juani, Marimer… cuando la infancia empezaba a desvanecerse.
Rozando los diez u once años, comenzaron las salidas sin los padres. Las primeras al Casino. El Casino era uno de los lugares emblemáticos del pueblo. Un punto de reunión en donde no todo el mundo podía entrar. Solo a los socios les estaba permitido. En él aún se podía charlar en salas dedicadas a tal fin, tomar café en salones más o menos lujosos, y bailar los días de fiesta, sobretodo las fiestas más importantes, en los que había que reservar plaza.
Ni que decir tiene que ella no era de las personas a quienes se les permitiera entrar mostrando la tarjeta de su padre. Para eso estaba su amiga Conchi.
En estas primeras escapadas, la gran aventura consistía en subir a la sala de televisión, en aquellos tiempos recién concebida, con horarios muy restringidos, y por supuesto en blanco y negro.
La cita solía ser a las tres de la tarde, más o menos. Ambas caminaban hasta el lujoso edificio, y, tras mostrar la milagrosa tarjeta, subían al primer piso y allí estaba la televisión, en una pared para ella sola, en un nivel superior al resto de la sala, sobre una mesa de madera, encendida, esperando a que los niños, hijos y amigos de los socios, ocuparan sus sillas muy serios, como señores concienzudos y responsables, mirando la pantalla en la que durante largo rato se veían solo rayas que iban del blanco al negro, pasando por todas las tonalidades del gris.
-Es la carta de ajuste…
Eso lo sabían todos muy bien. Había que esperar, y esperaban pacientes. Miraban y miraban la carta de ajuste, esperando el cambio. Algunos más intranquilos se subían a las sillas, o correteaban por el salón, pero ellas no se movían, Habían llegado las primeras, estaban en primera fila, y si se movían les quitaban el sitio…
Las emisiones infantiles duraban hasta las seis aproximadamente. En ellas aparecía una señora muy bien arreglada, delgada, con acento muy extraño y una perrita blanca, de largas orejas y pelo rizado. Hablaba y hablaba con su perrita. Nada de lo que decía ha quedado en su recuerdo. Solo la imagen de la señora (cursi y repipi a sus ojos) con acento extraño y la perrita que más bien se diría de cartón. Era un animal tan dócil que no movía una pata, ni el rabo… a no ser que la señora se lo pidiera.
Después venía Rin Tin Tin. El perro opuesto al anterior. ¿O quizás era al revés? Cual se emitiera primero poco importa. El caso es que Rin Tin Tin era otra cosa. Era un perro grande, resuelto, amigo de policías, que siempre resolvía todos los problemas. Era un animal a su gusto. Corría libre, se metía en todos los rincones, y¡ hasta era inteligente!. Sabía lo que los hombres ignoraban. Era él quién descubría aquello que la policía, pobre ignorante, no sabía encontrar.
La imagen de estas emisiones quedó muy vaga en su recuerdo. No era lo que más le gustaba, pero allí pasaban las horas, pacientes hasta que anunciaban que había terminado la emisión infantil. En ese momento se marchaban a su casa.
Con el paso del tiempo, el grupo se hizo más numeroso. Ahora se reunían por las tardes a la puerta de las casas, jugaban al truque, a la comba, a la pelota, a policías y ladrones… Corrían incansables, saltaban y hasta bailaban la yenca o el twist, los bailes de moda.
Las tardes de invierno, la cita era en la casa de alguna de ellas donde el parchís era el dueño de la situación. Antes visitaban el puesto de las chucherías, compraban pipas y camarones y pasaban las horas alrededor de la mesa camilla, al calor del brasero de picón, que había que mover con la paleta de vez en cuando para que calentara las frías piernas.
-¡Cuidado! No os acerquéis mucho, os saldrán cabrillas.
Las odiosas cabrillas, esas venas gruesas que salían en las espinillas, abultadas por el calor cercano del brasero que compartían las piernas con sus opuestas, los sabañones. Estos ocupaban la parte trasera. Se abultaban como canicas rojas y molestas, picaban, dolían… Era el fruto del invierno.
Pero después, la primavera traía la alegría y los juegos.
Según crecían, las salidas iban siendo más largas y lejanas. Ahora ya no se limitaban a las aburridas tardes del casino. Ahora se alejaban de las calles, corrían por entre los chalests de los franceses y llegaban a un bosquecillo de eucaliptos alfombrado de hojarasca gris que olía intensamente cuando se pisaba. Allí jugaban al escondite, tras los grandes troncos aliados.
No muy lejos, un recinto abierto, con arriates y grandes árboles, rodeado de edificios, les acogía en las tardes soleadas.
Era La Dirección. El lugar donde trabajaban los directivos de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, de origen francés, y que regentaba la explotación de las minas.
Desde este punto fueron ganando terreno y poco a poco se trasladaron al parque donde iban todos a pasear, padres, niños, jóvenes y adolescentes. El Llano, situado frente a la iglesia, y en cuyo centro se alzaba un quiosco en donde todos los domingos tocaba la banda de música. En la calle principal, donde se levantaba la iglesia, tiendas de ropas, tejidos, zapatos y todo lo que debe ser bien mostrado, lucían sus escaparates para atraer a la clientela.
Era el primer paso a la adolescencia.
Cerca de su casa estaba el barrio de los franceses. Todo chalets cargados de árboles y flores. Nunca se les veía, parecían esconderse detrás de las floridas vallas.
A veces los hijos de estos directivos pasaban por su calle. Iban impecables, con blancos pantalones ajustados a la moda, las chicas con largas melenas rubias y lisas… pero ella no sentía envidia, eran otra raza…
El colegio de las monjas se dividía en dos zonas, o mejor en tres. Una, la más señorial, donde todas las monjas eran francesas. Allí iban las hijas de estos franceses y las de las familias más acomodadas del pueblo. Otra, la de español, donde iban las hijas de la clase media, y una tercera dentro de esta última, donde iban las niñas de padres humildes, que no podían pagar las mensualidades. A estas últimas se las conocía como "las de las pobres". Llevaban uniforme diferente. Gritaban a los cuatro vientos que no podían pagar las clases de élite de las demás. Ella odiaba esta circunstancia. Estaba feliz en su escuela pública, donde todas eran iguales.
Con el paso de los años, ya jovencita, encontró a cuatro de estas niñas de élite. Fueron sus compañeras, sus amigas, y le parecieron maravillosas. Otra lección aprendida, las apariencias engañan.


El tío Teodoro

A veces no es el parentesco más cercano lo que hace sentir el cariño de las personas. No es un vínculo familiar allegado lo que te une ellas, sino la forma de ser o de comportarse. Este era el caso del tío Teodoro. Primo de su madre, casi hermano, hacía cierto este lema.
En su recuerdo aparece con edad madura, alto, delgado, algo canoso, imagen que ella asociaba a D. Quijote, por lo de enjuto. Nada que ver con este personaje. Era amable, serio, y sobre todo muy cuerdo, lo que le desvía indudablemente del caballero andante.
Llegaba cada otoño con una carga de picón sobre el borrico sumiso. Él caminaba lento, acompasando su paso al del animal. Cuando la puerta se abría, era un alborozo en toda la familia. Corría a abrazarle mientras él la subía por los aires sonriendo. Descargaba los sacos ennegrecidos, y los llevaba al fondo de la casa, a la carbonera, un lugar preparado para estos menesteres. En este lugar se amontonaba el carbón de piedra, el más duro, el mejor para las cocinas, tarda en arder y calienta muy bien. Trozos pequeños de piedra dura, brillante, extraídos de las minas de los alrededores de su pueblo. Muchas veces cogía una de estas piedras en sus manos y contemplaba ensimismada las irisaciones del mineral. Así de negro debía ser el azabache del cuento de Blanca Nieves. Miraba una y otra vez el brillo de plata que se reflejaba con el sol, cambiante según lo orientaba. Y pasaba las horas volando en alas de la piedra. Recordaba aquel otro, el vegetal, el que veía a casa de su abuela, cuando viajaba con sus padres al pueblo vecino. Los hornillos pequeños, de hierro, con tres pequeñas patas y un receptáculo en donde el carbón ardía chispeando. Olía a gloria, a madera de encinares, a garbanzos, a hierbabuena…
Los trozos pequeños, las ramas finas, servían para hacer el picón. Calentarían en el brasero los días fríos del invierno, y al revolver las brasas, ella recordaba las otras del hornillo de su abuela. En ese brasero se asaban las castañas y las bellotas, sobre la alambrera que le cubría para protegerles del fuego, y a veces, cuando los catarros impedían respirar, su madre calentaba pañuelos que los aplicaba después sobre la nariz, y se realizaba el milagro. La compresa caliente devolvía el bienestar. Y todo esto, gracias al picón del tío Teodoro.
Descargados los fardos, se sentaban un rato a charlar de la familia, el campo, el trabajo…
Al terminar, él la subía a lomos del borrico y la llevaba hasta el final de la calle. Era maravilloso sentir el trote del borriquillo, y la mano cariñosa de su tío que la miraba sonriendo. Al cabo de la calle, un abrazo, y ambos se separaban, borrico y tío otra calle abajo, ella corría cuesta arriba, a su casa…
Siendo algo mayor, cuando ya no bajaba subida en el borrico, recogiendo de la calle los restos caídos del picón, algo que se movía la hizo saltar asustada y correr hasta la otra acera. Más calmada se acercó a la escoba arrojada con espanto y vio el motivo de su susto: un ciempiés enorme se retorcía caminando sobre hilillos doblados. Aún existe en su memoria. Lo contempló un rato. Nunca había visto nada igual. Dejaba un rastro de patitas en el polvo negro, una, otra, muchas… y parecía sacudirse para mostrar su piel.
El tío hoy había traído algo especial. Le dejó marchar. ¡Pobre animal! Estaba perdido. Fuera de lugar. Le vio atravesar las piedras de la calle y dirigirse a las tapias caídas del viejo cementerio. Era un buen sitio. Allí volvería a estar libre y seguro.
El tío Teodoro, aquel que visitaban cada feria, en la casa de Peñarroya, donde venía a pasar unas minivacaciones, solía vivir en el campo con su familia. Eran guardeses en la finca de una familia acomodada. A veces, ellos iban a verles. El cortijo, una dehesa de encinares que se perdían a los lejos, la fresca hierba y, en medio, la casa blanca de cal y tejado rojo. Se sentaban a la sombra de la fachada principal, sus padres, sus tíos, sus primos, el perro, el gato… y el botijo del agua fresca.
Un día fue especial. La llevó a ver el huerto. Aquel día las habas estaban en flor. Unas flores pequeñas, blanquecinas, puede que con algo de color, pero en su recuerdo se difuminan vagamente. Percibe una fragancia especial, que bien podía ser la mezcla de todo el huerto. Pero ella lo asocia a las pequeñas flores de las habas. Caminaba junto a ellas, rozando con su mano las hojas húmedas, casi escondiéndose entre las matas que le llegaban a la cintura.
El día en el cortijo era apacible. Comían el gazpacho que preparaba su tía, la tortilla de patatas y las ciruelas o los higos del huerto.
En aquel cortijo no todo eran pastos de hierba. El cereal también se cosechaba, y era su tío el encargado de transportarlo al silo. Una tarde de verano, cuando ella solo tendría cuatro o cinco años, por una circunstancia ignorada, no pudo llevar el trigo al silo. Tenía que esperar unos días.
Allí estaba el carro lleno de sacos, esperando ser descargado, y sin otra solución que volver al campo con él. Desde que sus padres comenzaron a construir la casa, tuvieron intención de que fuera de dos plantas. En la planta superior solo había oscuridad. Por unos huecos circulares entraba el aire desde la calle, el resto pared viva, sin enlucir, el suelo de tierra, y cajas amontonadas con objetos inservibles o poco usuales. Se subía a ella por una escalera de madera. Puede que esto fuera el origen de ese sueño repetitivo que tantas veces le acompaño en su infancia, la larga escalera suspendida en el aire que acababa en el vacío al que estaba a punto de caer cuando despertaba.
Como es lógico, sus padres se ofrecieron a guardar la valiosa carga durante unos días en el "doblao" , la cámara oscura que algún día sería la segunda planta de la casa. Durante casi todo el día estuvo el carro en la calle, cargado de sacos, pregonando el preciado contenido. Cuando al atardecer su padre regresó del trabajo, entre todos subieron los sacos y su tío se despidió de ellos.
A la mañana siguiente algo raro estaba pasando. Era un ir y venir de vecinos, su madre hablaba a espaldas suyas, salían a la calle, miraban al tejado, señalaban, cuchicheaban… ¿Qué estaría pasando? La respuesta era la siempre:
-Son cosas de mayores, no pasa nada, que los gatos han movido las tejas y están rotas…
Pero sabía bien que había ocurrido. Alguien quiso entrar por el tejado y sacar los sacos de trigo. No lo consiguió, pero dejó huella en su niñez. A partir de aquel día temblaba cada vez que su padre la mandaba ir a la despensa, al lugar donde estaba la escalera que subía al oscuro "doblao".
Cuando al otro día volvió su tío acabó de comprender lo ocurrido. Volvieron a bajar los sacos y volvió la calma, la tranquilidad de la no responsabilidad y la satisfacción del favor cumplido.
Pasaron años, dejaron de ser guardeses y se establecieron en el otro extremo del pueblo. Fueron muchas las idas y venidas por la carretera rodeada de jardines que unía ambas casas.
El patio del tío Teodoro era especial para ella. Nada fuera de lo habitual, sin embargo, pero en su recuerdo aún crece junto a él una planta de flores azuladas, pequeñas, que al ponerla sobre la ropa se pegaba a ella. Siempre acababa con los vestidos llenos de flores azules, sentada bajo las enredaderas que cubrían las paredes donde jugaba con sus primos. La imagen de aquellos días está llena de luz, sol y alegría.
Pero el destino los separó, y ahora solo viven en su recuerdo, rodeados de olor a picón, del trotar del borriquillo, de las habas en flor, las verdes praderas de las dehesas y las azules flores prendidas en su ropa.
Un abrazo muy fuerte querido tío, donde quiera que estés en ese mundo desconocido del más allá.


Las Navidades

La vida de los pueblos es muy sencilla, casi sin lugares donde divertirse, salvo los ricos en el Casino y los cines de fin de semana, la vida social se centra en paseos y visitas a conocidos.
Pero hay una salida, la religiosa. Cada domingo es obligado bajo pecado mortal ir a Misa. Los más religiosos prefieren la de las ocho, muy temprano, "oficio hecho quita cuidado". Cumplida la obligación el día queda libre.
A las diez es la de los niños, donde acuden los maestros con su colegio al completo, solo falta pasar lista, pero no es necesario. Ellos saben quien falta y al día siguiente le recuerdan que ha cometido un gran pecado…
La de las doce, la Misa Mayor. A ella acude la plana mayor del pueblo. El alcalde, los concejales, los cuerpos del orden y los ricos y menos ricos que empiezan el día celebrando la Misa, a la que sigue el vermú en los bares del paseo.
Por la tarde hay otra a las siete. A ella van los retrasados. Aquellos que han tenido obligaciones, otro pecado, en domingo no se trabaja, pero bueno, se confesarán, dirán que lo necesitaban, que no volverán a hacerlo (hasta el domingo siguiente) y todos felices, el cura también, porque otra vez tendrá a quién confesar del gran pecado de trabajar en domingo. Así no se agota la clientela.
El año de fiestas religiosas lo podríamos comenzar en Navidades. Es una paradoja porque la Navidad se celebra cuando acaba el año. Pero es en Navidad cuando nace el Niño.
Comienzan a primeros de diciembre, cuando las madres ya se dedican a hacer la llamada "fruta sartén". Ese nombre se daba a la bollería casera, deliciosa, típica de estas fechas y Semana Santa. Los roscos de limón y vainilla, algo mayores que las vulgares rosquillas, los roscos blancos, como brazaletes anchos bañados de una pasta hecha con clara de huevo y azúcar que se desprendía al comerlo. Las flores, fritas en abundante aceite donde se depositaban con un molde de hierro que luego se bañaban de miel, igual los pestiños y gañotes. Los mantecados y polvorones, con formas preciosas, corazones, triángulos, estrellas…
Ella ayudaba en estos menesteres, metiendo el dedillo en la masa y haciendo agujeros que servían para llevarse la reprimenda.
Eran días felices. Cuando las navidades estaban cercanas venían los mejores días del año. Una semana antes, cuando daban las vacaciones en el colegio, marchaba con su familia a Azuaga, el pueblo de sus padres, donde encontraba a todos sus primos, mayores que ella y que la mimaban en exceso. Allí estaba su abuela materna, siempre sentada en el gran sillón, junto a la enorme mesa camilla, donde se reunían todos los nietos al anochecer.
En esta época navideña era costumbre al atardecer, alrededor de los braseros o fuegos de leña, celebrar los "zambobeos" Se trataba de cantar villancicos y otras canciones populares acompañados de las zambombas y panderetas, de ahí su nombre. Eran momentos muy dichosos, alegres, donde toda la familia estaba unida.
La tarde de Navidad, al anochecer, antes de la gran cena, los chiquillos y adolescentes quemabas las "jachas". Eran manojos de gamones secos, a modo de gavilla, atados con cuerdas. Los mejores eran los más largos y apretados. Ya el hecho de ir a buscarlos al campo suponía una fiesta, a ver quién encontraba los mejores… Esa noche, a las ocho aproximadamente empezaba la quema. Cada uno prendía el suyo por la parte más alta, el final de la vareta, más fino y que ardía mejor, todos al tiempo, formaban corros con la tea en la mano, cantaban y corrían al unísono hasta que el fuego casi les llegaba a las manos, de ahí que los largos y prietos fueran los mejores. Cuando esto ocurría se arrojaban al centro del corro, formando una hoguera a la que más tarde se añadían los trastos y ropas viejas que estorbaban en las casas.
Cuando ya no quedaban gamones en las manos, solo en el centro, todos lo rodeaban cantando y bailando. A veces los mayores se les unían. Ya estaba montada la fiesta.
Su familia era bastante grande. Su abuela muy mayor y su tía, la mayor de los hermanos, no estaban para mucho jaleo. Se decidió, desde que lo recuerda, que la noche grande, cada cual cenara en su casa. Después se reunían todos en la de la abuela. Allí se cantaba con la zambomba, la pandereta y botella de anís labrado por la que se pasaba un tenedor o cuchillo y hacia un ruido de acompañamiento precioso.
Se tomaba anís dulce, vino de Málaga, café y por supuesto la preciada fruta sartén. Acompañaban a las canciones los chistes de los más animados, se reía y se disfrutaba hasta casi el amanecer.
Al día siguiente, Navidad, la cosa se ponía más seria. Iban a Misa, ellos no celebraban la Misa del Gallo, estaban muy a gusto todos reunidos… La gente vestía sus mejores galas, y se acostumbraba a visitar a la familia y amigos, que obsequiaban a los visitantes con anís y roscos o pestiños.
Al día siguiente se imponía el regreso a su pueblo. Con una mezcla de alegría y nostalgia, subían al tren de madera, y veía pasar la humareda de la máquina a través de los sucios cristales de las ventanillas.
Muy cerca estaba la otra fiesta, la Nochevieja. Pero esta no importaba. En su casa no se celebraba. Era cosa de ricos, que se reunían en el baile del Casino.
Debo aclarar que en aquellos tiempos, en el pueblo no había baile oficial. Estaba mal visto por la iglesia, y señor mío, con la iglesia hemos topado. Solo había baile esa noche en el Casino, las fiestas del pueblo, también en el Casino y en un recinto improvisado del paseo y las bodas que podían permitírselo, después del banquete.
Para ella, esa noche era otra más, como las demás. El día de Año Nuevo pasaba sin pena ni gloria.
Pocos días después venía la Cabalgata de Reyes. Los primeros años de su infancia iba a verla con sus padres. Carrozas engalanadas, en la que los Reyes viajaban, sin camellos…"Es porque estamos en Andalucía, y aquí lo mejor son los caballos"
Los pajes reales arrojaban caramelos. Pasaban ante sus ojos, con sus capas multicolores, relucientes, y sonreían, siempre sonreían.
Había escrito su carta. "No pidas mucho, los Reyes también han pasado la guerra y son pobres" Se ajustaba a lo que sus padres le decían, y al día siguiente allí estaban sus cuadernos de colorear y sus lápices de colores. La caja pequeña, la de seis, "¿para qué más…?"
No tardó mucho en perder la inocencia de este día. Iba a cumplir cinco años. Faltaban cuatro días para que este hecho ocurriera, y esa noche mágica la pasó soñando con una preciosa muñeca que había visto en un escaparate. A las cinco de la mañana su padre regresaba del trabajo. Esa semana estaba en turno de noche. Oyó abrirse la puerta y saltó de la cama para ver sus regalos. A los pies de esta, una caja enorme tenía su nombre. No lo podía creer, ¿sería su muñeca?
Aquel momento quedó grabado en su mente a fuego. Abrió la enorme caja y en su interior no estaba la ansiada muñeca, se trataba de una preciosa manta blanca, esponjosa con una franja azul celeste a juego con su cama.
-Así no pasarás frío en el invierno. ¡Es preciosa!
Y junto a ella los lápices y cuadernos de colorear.
No pudo articular palabra. Ni para bien ni para mal. Pero su garganta se cerró en apretada congoja. Pronto pasó, era cierto, es mucho más útil una manta calentita que la muñeca. Ya teníauna muñeca. Los Reyes habían sido muy inteligentes. Y se sintió feliz en unos segundos.
Al día siguiente, razonaba esta idea con una amiga mayor, que le descubrió el secreto.
-No seas boba, ¿tú crees que los ricos son más buenos y por eso le regalan mejores juguetes?
Cayó la primera venda de sus ojos, pero lo agradeció. Lo contó a su madre que no intentó ocultar la realidad, y desde entonces, no soñaba con imposibles, se reía de aquellos niños ricos, ignorantes que creían que los Reyes tenían distintas varas de medir. Ella sabía el secreto, nunca lo dijo a otros, pero estaba feliz. Agradecía sus lápices de colores, sus cuadernos y sus cuentos.


Carnavales

A finales de febrero se acercaba la segunda conmemoración religiosa que marcaba la vida de los pueblos: Semana Santa. El comienzo de esta etapa, arrancaba el día de la Ceniza.
El Miércoles de Ceniza estaba precedido de los Carnavales, fiesta tradicional en toda España, y que en época franquista estuvo prohibida. Pero en todos los rincones se encontraban formas de eludir esta prohibición y celebrar la fiesta. Siempre oí decir que con los carnavales de Cádiz no pudo ni Franco.
De este modo, en su pueblo también se celebraban los carnavales.
Alejados de la zona céntrica y más selecta, se concentraban en un barrio alto, al que llamaban El Cerro.
Ella conocía estas calles solo por subir en estas fechas. Eran casas pequeñas, con calles mal empedradas algunas, otras, las menos, con cemento en la calzada y a su mirada
extrañas por la infrecuencia con que las visitaba.
No era nada bien visto este tipo de manifestación. Solía ir acompañada de chistes subidos de tono, tanto moral como político, era (y sigue siendo) la fiesta carnal.
Como todo en estos años de posguerra, estaban marcados por la miseria y la escasez de medios. De ahí que los disfraces se realizaran con sábanas y cortinas viejas, a los que la imaginación popular ponía lo mejor, el ingenio.
Salían a la palestra los trajes de novia de las madres, ataviando a los hombres jóvenes maquillados con grandes ojeras y exagerados coloretes. Los labios rebosando carmín, y las formas del cuerpo enormemente pronunciadas. Hay que reconocer que no era muy elegante que digamos. A ella no le hacía demasiada gracia este tipo de destrozonas, como se les llamaba. Prefería aquel que se había disfrazado de momia, o a aquella que iba de payaso, o el que imitaba al señorito andaluz con sombrero de ala ancha, hecho de cartón y untado de betún, la chaquetilla corta y ajustada a consecuencia de habérsele quedado pequeña… y sobre todo los trajes de faralaes que llevaban las niñas y que podían ponerse sin reparos porque eso no estaba prohibido.
No alcanzaba su corta edad a entender las canciones que acompañaban a las comparsas, o las pancartas alusivas que hacían sonreír a sus padres. Hoy puede imaginar de qué se trataba.
Aún tenía pocos años, cinco o seis, aquel carnaval que quedó grabado en su recuerdo. Fue su primer desengaño y una de las lecciones más importantes de su vida.
Sabía que esos preciosos trajes de "gitana" de volantes airosos, llenos de lunares, que al dar vueltas se abrían como si fueran pavos reales, no estaban pensados para ella.
Pero le gustaba verlos en otras niñas, siempre bien combinados, rojos con lunares blancos, azules con lunares amarillos, verdes con lunares negros… los zapatitos de tacón iguales que el vestido, el mantón de flecos moviéndose airoso, y la peineta del color del vestido. Los claveles del moño de ambos colores, los collares de gruesas perlas de plástico de los mimos tonos, las pulseras, el abanico… todo muy conjuntado, todo muy alegre… todo para que se lo pusieran otras niñas y verlo ella. Pero esto no le importaba. Era así y nada más.
El domingo de piñata, primer día de carnaval, alguien la llamó, le enseño un precioso vestido rojo de lunares blancos y le dijo, póntelo.
Se miraba una y otra vez. Era precioso. A su medida.
-Te queda perfecto, ¿A que te gusta?
Daba vueltas una y otra vez mientras se sentía observada.
Por un momento pensó que era para ella.
-Te está muy bien. Bueno… ¡pues ya está! Quítatelo, no es para ti, es para otra niña.

Sintió una punzada en el corazón, deseó romper a llorar, pero contuvo las lágrimas, apretó los dientes, se despojó de su hermoso vestido y salió corriendo.
A los pocos pasos encontró a su madre que bajaba. Se abrazó a ella y toda su fuerza se escapó en un río de lágrimas.
-¡Vamos! no es para tanto... ¡Ven conmigo a casa de Loreto! Vamos a comprar fideos para la sopa.
Loreto era una mujer cariñosa, dueña de una tienda de ultramarinos cercana a su escuela. Casi siempre su madre iba allí a comprar fideos. En su recuerdo de la tienda queda el largo mostrador, muy alto, por el que casi no alcanzaba a ver los fideos y un depósito de aceite con un grifo por el que salía el líquido verdoso.
-No le des tan rápido al manubrio, que coge aire y luego merma…
Aquel día, llegaron a la tienda madre e hija, ella llorosa, con hipo y pena.
-¿Qué le pasa? -preguntó la tendera muy seria.
Al escuchar el relato, pasó a la trastienda y salió con unas cortinas de raso rojo, con madroños de seda en los bordes.
-Ven detrás del mostrador.
Ella no entendía que estaba pasando. La señora dobló la cortina varias veces a distintas alturas, y con una cinta la colocó en su cintura. Era un milagro, la cortina era un traje de gitana, perfecto y precioso. Sacó de la casa una peineta pequeña y roja y un mantoncillo negro de largos y sedosos flecos.
-Ya está. ¿Ves que guapa? Ya tienes vestido y peineta. La peineta te la regalo.
Aún, cincuenta años después, conserva la peineta.
¿Hay palabras para explicar sus sentimientos?
Por la tarde subió al Cerro, los ojos pintados de rabillos negros que los hacía parecer enormes, la peineta adornada de claveles rojos cogidos de su patio, el vestido de raso ondeando al ritmo de sus andares, y el mantón de brillantes flecos haciendo juego con la luz alegre de sus ojos.
Nunca olvidará este día.
Sabe que aquella mujer cariñosa, estará en el mejor lugar de la segunda vida, sea cual sea si es que existe, aunque el mejor premio a su bondad fue la satisfacción de haber hecho a una niña feliz.


La Cuaresma y la Semana Santa

Pasados los carnavales, comenzaba la época más triste. Era algo contagioso. La mañana del Miércoles de Ceniza, todo el colegio se encaminaba a la Iglesia. En su recuerdo aparece oscura, lúgubre y fría. El cura les imponía la Ceniza con el dedo pulgar, haciendo una cruz en la frente. Había que dejar la marca todo el día. ¿Por qué? ¿Era aquello necesario? A veces pensaba que la Ceniza en su frente tenía alguna razón. Haría un efecto especial en ella mientras permanecía sin caerse, pero eso no la convencía, y pensaba que podría ser para que todo el mundo se enterara de que había cumplido con ese deber.
El día discurría muy triste y serio. Parecía que todas las niñas de la clase se habían mentalizado que algo grave iba a ocurrir. En su recuerdo siempre está nublado. Es posible que esa fuera la imagen que le transmitiera tanto recogimiento.
Con la Ceniza comenzaba la Cuaresma. Cada viernes era necesario guardar vigilia. No se podía comer carne. ¡Vaya tontería! ¿Qué más daba? Pero era chocante. Todos sabían que la vigilia era para los pobres. Los ricos pagaban una bula a la Iglesia y podían comerla. Seguía sin entenderlo. Los viernes de Cuaresma siempre había potaje de garbanzos y bacalao. Odiaba el potaje. Pero había que hacer el sacrificio.
Las tardes de la Cuaresma eran distintas. A la salida del colegio, una vez a la semana, iban a la Iglesia a hacer los Ejercicios Espirituales. Era obligatorio. Les daban unas cartulinas en las que se firmaba la asistencia. Hacía frío, y solía llover. Desde que salían del colegio, sobre sus cabezas pendía un velo de tul sin el cual no podían entrar. Algunos eran preciosos, con blondas bordadas. Solían ser negros, aunque las niñas a veces los llevaban blancos. El suyo era muy sencillo, con motitas salpicadas de algo parecido al terciopelo. Lo prendían en el pelo con alfileres y lo llevaban todo el tiempo camino de Iglesia. Salían del colegio en fila, la maestra al final para que no se perdiera ninguna. A la cabeza una del grupo de las mayores, abriendo camino. Cruzaban la calle de la Luna, y llegaban al paseo. Esta calle era una de las más importantes. Había cambiado el nombre, ahora se llamaba Generalísimo Franco, pero todo el mundo la llamaba "la calle la Luna" En ella había tiendas de tejidos y zapaterías, una mercería, una joyería, una droguería…
Ellas caminaban por las aceras estrechas, y en algún momento se encontraban con otros colegios que también iban a la Iglesia.
Cuando estaban todos reunidos empezaban los Ejercicios. No recuerda nada de lo que se decía. No entendía nada. Solo que había que comportarse bien y ser buenos… eso ya lo sabía ¿para que todo esto? Pero la sensación de frío y tristeza que transmitía la Iglesia casi a oscuras ha quedado muy grabada en su recuerdo.
Lo más hermoso de la Semana Santa era el Domingo de Ramos. Aquella mañana todo el pueblo iba a la misa de doce, la Misa Mayor. Se llenaba de niños vestidos de blanco, todos con las hojas de palma altas, amarillas… Algunas eran preciosas. Trenzaban las hojas afiladas en dibujos curiosos, calados, entrelazados… Las más elaboradas se consideraban las mejores. Pero a ella le gustaban más las simples. Aquellas que no se habían trabajado y que se movían al caminar balanceándose como plumas al viento.
Al terminar la Misa, salía la procesión. Jesús triunfante, vestido de blanco rodeado de niños con largas ramas de blancas palmeras y ramos de olivo.
La tradición decía que había que estrenar algo. Algo que serviría para la primavera. Y aquella tarde, todos en el pueblo, salían a pasear con trajes nuevos. Todo era colorido. Parecían haberse olvidado de los Ejercicios Espirituales que pregonaban recogimiento y humildad.
Al día siguiente Lunes Santo, empezaban las vacaciones. Las visitas a las iglesias eran diarias. Todo oscuro, lúgubre, obreros preparando los Pasos que saldrían en las procesiones, las cofradías controlándolo todo, y en el aire ese ambiente triste, frío, espeluznante.
Se quitaba del Altar la capilla del Santísimo y todo se había cubierto de paños morados. La radio solo emitía música clásica, era algo extraño. Parecía que se paraba el tiempo.
Las procesiones del Jueves Santo eran muy tristes. Salían a altas horas de la noche. No solían ir a verlas. Era el Viernes Santo cuando el pueblo entero iba a ver la procesión.
Las cofradías formaban la gran hilera doble que protegía los Pasos de las imágenes. Nazarenos morados, negros, violetas,blancos... según la cofradía, con largos capiruchos que tapaban la cara. Dos agujeros para que los ojos pudieran ver y, en su recuerdo, la mano de guante blanco que sujetaba la tela que desde el capirucho caía sobre el pecho. En la otra mano la larga vela blanca encendida, y el paso muy cadente, muy lúgubre, acompasado. Nadie hablaba, silencio absoluto, solo roto por el retumbar de los tambores que la acompañaban. Un sonido profundo, seco, distante... marcaba cada paso del cortejo y el ritmo de la procesión. Cada paso un redoble, silencio, otro redoble y el paso al tiempo, silencio…
Detrás de los Nazarenos iban las mujeres vestidas de negro, con peinetas de concha labrada, sobre la que se colocaba la mantilla negra de encajes bordados. Era un lujo impresionante. El atuendo de estas mujeres era similar al que se utilizaba en las bodas, la madrina solía ir siempre vestida de este modo. A más poder económico, más blondas en las mantillas, mas terciopelos o bordados de seda en los trajes… Y ahora en Semana Santa, todos estos lujos salían a tomar el aire.
La costumbre era ver salir la procesión por la puerta de la Iglesia. Cuando los últimos tambores comenzaban a desaparecer, los jóvenes corrían a buscar las esquinas en donde sabían que alguien cantaría una saeta desde un balcón. Generalmente no se veía al cantante. En el fondo del salón donde estaba el balcón abierto, el sonido era mucho mejor que en la calle, la voz se engrandecía, y en el silencio de la noche, cuando el tambor golpeaba con cadencia de legión romana, una voz rompía el aire, lloraba cantando y hacía que el oyente se estremeciera, el vello erizado, la emoción en la garganta…

Eran varias las procesiones que salían esos días. Toda la pasión estaba representada, desde la Última Cena, a la Resurrección, pasando por el Prendimiento, la Pasión y la Muerte.
El Sábado de Gloria todo cambiaba. A las doce de la noche un repiqueteo de campanas inundaba el pueblo. Se había terminado la tristeza. Y todo el mundo parecía volverse de repente feliz.
A ella todo esto le sorprendía mucho. ¿Cómo puede una persona estar muy triste en unos momentos y de repente ser la más feliz del mundo? La vida no había cambiado, todo era igual, salvo las celebraciones religiosas. No lo entendía.
Pero sabía que ese repiqueteo de campanas traía la Pascua. Eso significaba la cesta llena de tortillas, roscos y pestiños y la romería del día siguiente, el largo paseo hasta el río. Por la carretera que cruzaba la estación, salían al campo. Se encaminaban a través de las dehesas de encinares hasta la orilla del Guadiato que corría fresco y ancho. Era un hormiguero de gente, todos con cestas y pamelas, zapatillas de tela recién estrenadas y la risa y las canciones en los labios. Era un día feliz. Encontraban amigos y compartían los "hornazos" o mejor los "jornazos" que es como se les decía en su pueblo. Una torta de pan dulce con un huevo duro en el centro. Todos compartían las cestas, sentados bajo la sombra de las encinas, en mantas extendidas en el suelo, la suya, una manta gris con raya blanca, cosida por el centro. Había servido de capa a su padre cuando la guerra. Eso le gustaba, tenía historia aquella manta. El suelo cubierto de hierba, y los encinares como manchas oscuras adornando las dehesas. El río azul, corriendo manso, y los juegos con los otros niños. A la llamada de las madres que mostraban las tortillas acudían alborotados, todos sentados en corro, jugaban después de los roscos y pestiños a divertidos juegos. Momentos deliciosos, tan solo revividos en el recuerdo.

Por la tarde regresaban por la misma carretera, los mismos cantos y las mismas risas.
El lunes de Pascua había que trabajar y solo se podía hacer romería por tarde. Ese día y el siguiente, la salida era a puntos más cercanos, a la Charca de los Patos, o a la Fuente del Madroño, en donde un arbusto de brillantes hojas daba sombra y frescura a la fuente. Merendaban los dulces caseros hechos para esos días, y se despedían hasta el año siguiente.
Curiosamente, esos días aparecen en su recuerdo inundados de sol. ¿Habría cambiado realmente el tiempo?
De nuevo la rutina del colegio. Pero empezaba la primavera y las salidas al campo serían frecuentes, aunque no tan multitudinarias como en Semana Santa.


La primavera

Con el fin de la Semana Santa empezaba otra etapa. Ahora, preparaban el mes de María. Comenzaba con las Cruces en las casas, dispuestas para ser visitadas el día tres de mayo. Esos altares a los que hice referencia en otro punto.
En la escuela se colocaba la imagen de la Virgen, con túnica azul y manto blanco, sobre una repisa de la que pendía un paño rematado de encajes. Junto a ella los jarrones de vidrio llenos de flores. Cada día alguna de las niñas traía un ramo que servía para añadir a las antiguas o renovar las marchitas. Las más comunes eran rosas, de las que crecen casi sin cuidados. Eran las mejores, de un color rosa intenso, casi violeta, el capullo de suaves pétalos apiñados, de terciopelo. La fragancia transcendía, impregnaba todos lo rincones, y permanecía hasta después de que los pétalos se fueran desprendiendo de la rosa abierta y marchita. Ellas los guardaban entre las páginas de los libros, donde se volvían rígidos, finos como papel cebolla, más oscuros y frágiles. Pero ella los miraba una y otra vez, y parecía tener entre sus manos la rosa fresca a la que pertenecieron.
A veces eran blancas margaritas de largo tallo, que llenaban los patios de las casas rodeando las paredes en frescos arriates. O geranios de rojas y blancas flores.
Era hermosa la primavera. El calor en Andalucía llega temprano y la hierba de los campos desaparece pronto. Pero aún no ha llegado la sequía y se riegan las puertas de las casas, los jardines y los patios. Todo está lleno de olores, de esencias finas, sutiles. La dama de noche, penetrante, casi emborracha de puro intensa, el gran macetón en el zaguán, junto a la puerta, embalsama la noche y embruja al caminante que la cruza. Los pasillos de las casas se llenan de macetas de albahaca que ahuyentan los insectos. Ella mueve los finos tallos y lleva sus dedillos a la cara aspirando la dulce fragancia.
El patio huele a jazmín y a hojas de naranjo. Ese naranjo suyo que nunca dio flores ni frutos. Pero era hermoso, verdes hojas brillantes como verdes porcelanas.
-¿Será macho este naranjo?
-Puede que haya que injertarlo.
Pero ni aún con los injertos consiguieron que floreciera. Y sus hojas, esas hojas que tanto le atraían, brillantes, verdes, duras, crujientes entre sus dedos, dejaban en sus manos al partirlas un olor a naranja intenso, dulce, grabado en su recuerdo…
Al fondo del patio la madreselva se enreda en la pared. Se cubre de flores blancas y amarillas, y embriaga el aire.
A los pies del naranjo, un alcorque rodeado de fina hierbabuena. Largos tallos de rugosas hojas que formaban matorral entre las dalias. En los inviernos, cuando el frío se mete en los huesos, la sopa calentita cambia su sabor con la rama de hierbabuena. Al terminar de hervirla, la rama en infusión desprende sus aromas. Herencia árabe que tanto perdura en estas tierras. En primavera y verano, cuando tras las tormentas salen los caracoles, los cestos se llenan del ruido de sus conchas y las mujeres los ahogan en las cazuelas de agua hirviendo con su sal y sus ramitas de hierbabuena. Nunca le gustaron los caracoles, exquisito manjar para los entendidos, pero a ella no le llamaba el pequeño bichito que salía al sorber la blanca concha. Los caracoles de su tierra son pequeños, diminutos. No como los que ha visto luego en los bares de otros pueblos. Aquí son de concha blanca, con rayitas marrones remarcando las hendiduras que hace que parezcan torneadas por un alfarero. Y el bichito que saca la diminuta cabecita en donde se adivinan los pequeños