Los
primeros recuerdos
Casi sin pensarlo, mis manos tropiezan
con el álbum apaisado, de hojas grises, donde las fotos
de hace muchos años se conservan a pesar del paso del
tiempo. Son trozos de cartulina amarillenta, con los bordes
recortados en ondulaciones asimétricas, todas en blanco
y negro, pero luminosas como consecuencia de los grandes focos
del estudio en donde fueron hechas. Entre ellas, una golpea
mis sentidos. Hace mucho que no miraba estas fotos, y de pronto
se abre el baúl de los recuerdos.
Comienzan con la imagen de una pequeña,
de apenas tres años, ante una mesa de colegio, delante
de un mapa de España. Un libro enorme entre sus manos.
De repente fluyen como las llamas de un volcán en erupción.
Unos llevan a otros, toda una vida desfila por mi mente, siento
que me reconforta, y las teclas de mi PC se ponen en marcha:
La primera infancia
Corre el año 1952. Una casa humilde, de blancas
paredes encaladas. Un patio lleno de geranios y rosales,
en donde un pilón es el punto prohibido y la
calle, mezcla de arena y piedras por donde corre el
agua cuando llueve y abre una profunda brecha en forma
de V.
La pequeña de la foto tiene pocos recuerdos de
esos días. Sus apenas dos años poco pueden
retener, pero sus pupilas se fijan en esas piedras que
parecen la trinchera de los trenes en los que viaja
a menudo para ver su familia en otro pueblo cercano.
Los apenas 40 o 50 centímetros de profundidad,
se convierten en metros insalvables a sus ojos temerosos.
Pero siente un desafío que los graba en su recuerdo.
Quizás ya, en tan temprana infancia, esté
comenzando a sentir su amor por las montañas
que más tarde marcarán su vida. Y día
tras día se asoma al precipicio curiosa, preguntándose
por qué ella no puede bajar allí.
Vestidos airosos, lazos y colores, envuelven un cuerpecito
que se siente aprisionado. Le apasiona mirar las flores
del patio, la imagen de ellas es nítida en el
recuerdo. Se acerca con recelo al pilón lleno
siempre de agua, en donde sabe que puede caer si no
está alerta.
A su alrededor ronronea un gato anaranjado, su amigo
inseparable. Corre tambaleándose a buscar un
cinturón cuya hebilla arrastrará por el
suelo de pequeñas piedras para que su gatito
la siga atraído por el ruido.
La familia es humilde, muy humilde, tanto que las habitaciones
sin puertas, se ocultan detrás de unas cortinas
de papel a tiras, que su madre, mujer habilidosa donde
las haya, ha confeccionado cortándolas con tijeras
de tan impecable forma que parece que ha medido la distancia
centímetro a centímetro.
No dura mucho su estancia en este lugar. Un año
después de su primer recuerdo, cambian de domicilio.
Ahora es una ruinosa casa, único refugio que
pueden comprar con los ahorros que el esfuerzo ha conseguido.
Solo hay dos habitaciones en pie. Las bombas de la pasada
guerra destruyeron lo que alguien construyó quizás
con ilusión, o simplemente con la necesidad de
la supervivencia.
Nunca supo quienes fueron sus antiguos dueños
ni qué pasó cuando los obuses cayeron.
Ahora, el recuerdo la transporta a una habitación
con baldosas blancas y negras, la única que tiene
este lujo, en donde sus padres agrupan cada noche las
seis sillas de las que disponen, y sobre ellas colocan
un colchón mullido de cariño en donde
la niña duerme. Durante el día, la luz
del sol penetra por la enrejada ventana, y en la habitación
vacía da rienda suelta a su imaginación
y a sus juegos.
La otra habitación, la de enfrente, está
oscura, las contraventanas entornadas. La cama de sus
padres, enorme a sus ojos infantiles, sobre un suelo
de tierra, en donde, de vez en cuando, juega con otras
niñas vecinas a las casitas. Allí tiene
arena para echar en los cacharritos de latón.
Solo cuando ellas vienen tiene esa suerte. Pero es feliz.
Salta y corre de un lado para otro. Y mira las estrellas
por la noche.
No tardó mucho en tener su propia cama. Una cama
de tubos que su padre pintó de color azul. Probablemente
comprada en alguna chatarrería, y reparada por
esas manos amorosas que la acariciaban con ternura.
Los recuerdos no se detienen, ni sopesan cada minuto.
Dan un salto y la encuentran al pie de una mesa de madera.
Es un colegio, o lo que entonces se había habilitado
para semejante menester. La habitación de una
casa grande, en forma de L, con una gran ventana igualmente
enrejada. La miseria de la posguerra ha llevado a su
dueña a alquilar las dos mejores estancias de
su casa para uso de clases de primaria. Ella recuerda
muy bien a esa mujer. Siempre atareada en sus faenas,
junto a una hija ya jovencita, que le ayuda todo el
día. Nunca vio al padre de familia. Ahora, con
la experiencia de los años, puede imaginar mil
cosas, entre otras que la guerra destruyera esta familia
y ese fuera el motivo del alquiler de las habitaciones.
Años difíciles para todos, salvo para
los ganadores de la contienda. Es posible que su imaginación
infantil alcanzara a ver algo que quedara en su inconsciente.
Algo que ha marcado su comportamiento el resto de su
vida. ¿Quién sabe?
Pero volvamos a la imagen primera, donde aún
escucha la voz de una mujer, que con tono amable rechaza
su escolaridad "porque solo tiene tres años"
Sus ojos pequeños, se abren enormemente.
-Pero si ya soy mayor
Eso pensó el día que cumplió tres
años, ese maravilloso cumpleaños en el
que pensaba que la vida cambiaría.
Su recuerdo no registra la conversación que siguió,
pero sí la alegría de oír la frase
soñada.
-Bueno, que venga si trae una sillita para sentarse.
No tengo plazas, pero me gusta, parece que vayamos a
llevarnos bien.
Y ¡que bien se llevaron! Doña Pura... Su
primera maestra. Su querida maestra.
Era una mujer dulce y cariñosa.
Puso su silla al extremo de una mesa de cuatro plazas,
le dio un papel y un lápiz, y le dijo
-Pinta
Es lo que hacemos a todos los niños cuando queremos
que se entretengan.
Miraba perpleja los cuadernos de las otras niñas.
Eran mayores
por eso tenían cartillas con
dibujos y signos que llamaban letras.
Trataba de imitarlas, haciendo garabatos que parece
que resultaban coherentes. Ellas corrían a la
mesa
-Doña Pura, doña Pura
mire lo que
ha pintado
Era el entretenimiento de las otras.
Un día no muy lejano al comienzo de esta etapa,
la maestra llamó a su madre.
-Tiene que comprarle una cartilla. No deja nada en paz.
Trae en jaque a las demás. Hay que empezar a
enseñarle a leer. Así estará ocupada
y dejará a las otras aprender.
Palabras maravillosas que iluminaron sus ojillos con
intensa alegría. Iba a aprender a leer
Cada día llevaba y traía su sillita de
madera torneada, con asiento de enea, pintada de rojo.
Al principio la acompañaba su madre, pero pronto
comenzó a ir sola.
En aquellos tiempos la vida era sencilla, las calles
solitarias, sin coches que supusieran un peligro.
Dejaba su casa en donde su madre, asomada a la puerta
le gritaba:
-¡No corras¡
Caminaba despacio el tramo corto que su madre podía
ver y giraba la esquina. Aquí daba rienda suelta
a sus deseos. Corría como alma que lleva el diablo,
la sillita moviéndose al aire bajo sus bracitos,
y en un decir amén estaba ante su mesa de la
escuela.
La clase era bulliciosa, casi imposible mantener un
poco de orden. En ella se mezclaban niñas y niños,
cosa impensable en la etapa de primaria, en donde tenían
clases separadas. Aquí estaban separadas las
mesas. En la parte más larga de la L, un banco
de castigados, donde se sentaban aquellos que la maestra
no podía controlar.
Solo una vez se sentó en aquel banco de castigo,
aún recuerda el sentimiento de la mayor de las
vergüenzas.
Pasaban los días. Sus amigas, escolarizadas
en el colegio de las monjas, no tenían clases
la tarde los jueves. ¿Por qué ella no?
No hubo problema, al poco de llegar a la escuela, se
escurrió cual lagartija de verano, su sillita
bajo el brazo, y se fue a jugar a la habitación
de arena.
-¿Como es posible? -decía su madre cogiéndola
de la mano-
Y ambas, con la sillita bajo el brazo, volvieron a la
escuela donde la maestra ni siquiera se había
percatado de su ausencia.
-¿Por donde se ha escapado este bichillo?
Nunca más volvería a hacerlo. Aprendió
pronto lo que significa el deber, que no todos somos
iguales, que hay clases, niñas y colegios
Cuando pasaron las Navidades, cumplió los cuatro
años de rigor. ¡Qué feliz! Ya era
como las otras niñas, sin plaza propia, pero
con cuatro años
Las letras eran una maravilla. Se podían combinar
y se leían palabras. Era feliz. Devoraba las
hojas de las cartillas. aprendió rápidamente
y pudo entrar en el grupo de las mayores.
Desde este momento su pasión por el estudio se
desató. Devoraba cuentos, libros infantiles,
relatos de todo tipo.
Deseaba leer por encima de todo. Le encantaban las historias.
Pasaron dos años. Cambió la clase de párvulos
por la de primaria. La habitación de enfrente.
Su espíritu seguía siendo inquieto. No
podía estar en calma. Sacaba brillo a los tinteros
de plomo con tiza y bayeta. Eran los más relucientes.
Y su pobre compañera
Maria Teresa, de largas
trenzas doradas
¡pobrecilla! Era paciente
como nadie.
Ella cogía sus trenzas y las volteaba como cuerdas
de saltar. ¡Pobre Maria Teresa! Nunca se quejó.
Ambas se querían con locura. Todo se lo perdonaba.
Pero un mal día se tuvieron que separar.
Pasaba las horas coloreando cuadernos, o leyendo cuentos,
sentada a la mesa del comedor en donde su madre cosía
o cocinaba, y su padre y abuelo fumaban mientras escuchaban
la radio.
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Los vecinos más cercanos
Cada noche traía unas horas de reunión
que invariablemente se repetían día tras
día. No estaban solos, una vecina venía
a hacerles compañía. ¡Pobre mujer!
Se había quedado viuda siendo muy joven. Y toda
su obsesión era jugar a la lotería. No
debía tener muchos recursos, la forma de escuchar
la radio era en casa de los vecinos, que dicho sea de
paso, ya habían conseguido mejorar su estado
económico.
-Esta vez me va a tocar. Me pica la mano derecha
Ella sonreía disimuladamente. Ya empezaba a tener
edad suficiente para distinguir la sabiduría
de la idiotez. Cada vez que podía, dejaba que
una moneda girase de canto, y rodara hacía la
vecina supersticiosa. Creía que si la moneda
se iba hacía ella le tocaría la ansiada
lotería. Y la niña era feliz viéndola
ilusionada. ¡Pobre mujer! Con los años
perdió la cabeza, quizás de tanto pensar
en la lotería.
El vecindario era de lo más variopinto. Al final
de la calle, casi donde se ocultaban las trincheras
del tren, la última casa estaba habitada por
un matrimonio infeliz. Él siempre con la botella
de vino malo en la mano y la embriaguez en el cuerpo.
Ella, menuda, vestida de negro de pies a cabeza, encorvada,
subía y bajaba la calle con el líquido
infernal, causa de todos sus males. ¿Como puede
una mujer resistir tal humillación? Eran tiempos
duros. Te has casado y tu marido es tu dueño.
Por eso Catalina subía con la botella llena,
para bajar al poco con ella vacía y vuelta a
empezar. Él siempre sentado a la puerta, desde
que volvía del trabajo al mediodía, con
sus galgos junto a él. Gritaba ¡Catalinaaaa!!!
A veces cambiaba de estilo y la llamaba de otro modo
¡niñaaaa!!!
La pequeña de la historia sentía miedo.
Evitaba pasar por ese lugar cuando él estaba.
Eran muchos los miedos que sentía.
Aquellos años el orden era impuesto por la llamada
"Benemérita". Siempre iban en parejas,
dos hombres altos, ¿Por qué siempre eran
altos? Sería su tricornio reluciente, de charol
negro, las verdes capas ondeando al viento y ese aire
de superioridad con el que se paseaban por las calles.
El caso es que ella sentía mucho miedo al verlos.
No era ya tan pequeña cuando aún se cambiaba
de acera para no pasar a su lado.
La calle era amplia, con aceras de baldosas en las que
habían plantado acacias que todas las primaveras
se cubrían de flores blancas. La calzada de piedras
de río, lisas, pulidas por la lluvia que corría
a raudales los días de tormenta.
También las pulió el paso los carros.
Aún los carros circulaban por las calles. Eran
pocos los coches y estos no pasaban por las afueras.
Lo que pasaba todos los días era la lechera,
con una borrica gris, cargada con cuatro cántaras
llenas de leche recién ordeñada, blanca
y espumosa.
Su madre hervía la leche, la dejaba enfriar y
en la merienda le daba una rebanada de pan con una gruesa
capa de nata consistente, que solo las leches puras
pueden formar, dulce de azúcar y chocolate picado.
Entre las piedras de la calle crecía la hierba,
y unas preciosas flores malvas, pequeñas, diminutas,
que aún le siguen encantando.
Frente a su casa las paredes del viejo y abandonado
cementerio. Y junto a ella, formando mediana, las tapias
traseras de dos hermosos chalets, de esos que dan envidia
a cualquiera.
A ella le gustaba dar la vuelta a la manzana. Era por
donde estaban los jardines con las verjas cuajadas de
rosales olorosos. Y miraba al interior donde lucían
macizos de flores multicolores.
Llegaba el mes de mayo y con él la festividad
de la Santa Cruz. En su conmemoración se levantaban
altares en las casas.
Los años de la posguerra, en donde el catolicismo
era una imposición, volvieron a la gente creyente
y piadosa. Todos levantaban su altar, varias cajas de
distintos tamaños apiladas, formando plataformas
a modo de escalera, cubiertas de sábanas blancas,
a ser posible bordadas o con encajes. En el más
alto la Cruz, rodeada de ramos de flores metidas en
jarrones, o botellas quienes no tenían jarrones,
como era el caso de su familia. Las velas se colocaban
a distintos niveles, entre las flores y las estampas
de Vírgenes y Santos.
Ella salía al campo a buscar amapolas y margaritas.
Pero sus ojos se iban sin remedio a los rosales de los
chalets. Fue afortunada. Un día, mientras miraba
absorta las rosas de la verja, se abrió la puerta.
La señora que salió la miró sonriendo.
-¿Te gustan?
-Mucho, me gustaría ponerlas en la Cruz con las
amapolas. Pero no son mías.
La señora sonrió mucho más amable.
-Pasa.
Cruzaron la puerta del jardín añorado,
y dirigiéndose a un punto la señora cogió
unas tijeras.
-¿Te gusta esta?
Una tras otra, cortaba las rosas más hermosas.
La niña no salía de su asombro. No podía
reaccionar cuando la señora puso en sus brazos
un enorme ramo de rosas y otras flores.
Fue el comienzo de una amistad profunda y hermosa.
Eran varias hermanas, todas solas, solteras. Vivían
de sus rentas, y algo de dinero que sacaban con sus
bordados. Desde el cuarto de estar del primer piso,
la veían todos los días jugar en su patio,
entre los geranios, con el gato negro de brillante pelo
que se había convertido en su mejor aliado.
La señora del jardín le pidió algo
a cambio de su ramo de flores. Algo tan sencillo
como que fuera a verlas de vez en cuando. Saltaba de
alegría. Podría ir al jardín de
sus sueños, y las dueñas eran sus amigas.
Le enseñaban a bordar, le contaban historias,
y sobre todo la trataban con un cariño y bondad
especial.
La primavera en Andalucía dura poco. Pero esos
días el campo se cubre de verdes trigos, entre
los que crecen las varetas de gladiolos y las amapolas.
Cada tarde, acompañaba a su madre hasta un acueducto
sobre la vía del tren, una tubería enorme,
fría, que transportaba el agua de los depósitos
al pueblo.
Desde esta atalaya se dominaba la llanura cubierta de
cereal que rodeaba al pueblo. Verde en primavera, amarilla
en verano y parda en otoño. Día tras día,
ambas esperaban ver aparecer una silueta alta y delgada
por el sendero que rodeaba los campos.
Aquel hombre, que dejaba la fábrica de papel
y se encaminaba ligero al encuentro de sus dos niñas,
subía a la fría tubería y las abrazaba
con cariño.
Dejaban pasar el tiempo sentados los dos contemplándola
jugar con las piedras y las margaritas hasta que anochecía
y regresaban a casa, con el abuelo y la vecina.
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Otros vecinos
La casa de la niña del relato fue creciendo poco
a poco. Cada año, con los ahorros conseguidos,
le agregaban un cuerpo. Una habitación
un comedor
una cocina preciosa en la que una ventana
de visillos rizados dejaba ver las dalias del patio
y el naranjo de hojas brillantes y olorosas
Cada año, su padre ayudaba al maestro albañil
para ahorrarse el jornal de un peón. Curioso
este maestro albañil. Tristemente curioso. Debe
ser que la miseria de la posguerra también en
este caso hizo su mella. Padre de varios hijos, trabajaba
en los ratos libres para sacar adelante a la familia
numerosa. A veces celebraba no sé que macabra
historia, porque no creo que fuera la suerte el motivo
de su celebración, y llegaba a casa tambaleándose.
Era un buen hombre, a pesar de todo.
Vivía unas casas más abajo de la suya.
Un día, cuando aún nuestra niña
era pequeña, alguien llegó diciendo que
"Había venido con una mona enorme"
Trabajo le costó a su madre disuadirla para que
no fuera a ver la mona. ¿Cómo explicar
a una niña de sus años qué era
la mona del pobre hombre?
Muchas veces ha pensado en aquello y en el apodo con
el que le habían bautizado. Parece que todo estaba
relacionado, pero entonces, eran palabras que no comprendía.
-¡Que hombre más extraño! Hoy trae
una mona, el otro día una merluza, y a mí
nunca me dejan verlas.
Solo alcanzaba a ver los enormes ojos de aceituna negra
de la hija pequeña de esta familia. Admiraba
la luz que desprendían. Era mucho más
pequeña que ella. La conoció siendo un
bebé y ya brillaban sus ojos. Solía estar
siempre en brazos de su madre. El pelo negro azabache,
cayendo en rizos sobre su frente, la sonrisa en los
labios y los ojos de escarabajo.
Es increíble como una imagen puede quedar grabada
en nuestra mente al cabo de tantos años. La pequeña
no ha crecido en su recuerdo. Siempre está igual,
sonriendo y mirándola fijamente.
La calle no era larga. Las casas generalmente encaladas,
con un zócalo gris hasta la altura de las ventanas,
desiguales, unas más grandes que otras, cada
ventana a gusto de sus dueños, pequeñas,
medianas o más grandes, todas con reja, lisas
o con filigranas, pero eso sí, todas pintadas
de negro.
Cada vecino formaba un mundo. Sabía la historia
de todos. Cosa de los pueblos
En aquella casa pequeña, la de la esquina, recuerda
principalmente a la madre con tres hijos de más
o menos sus años. Junto a ella un matrimonio
sin hijos, Celia y Antonio, siempre cariñosos
con ella, compañeros de su padre, que tenían
dos sobrinos rubios, de piel muy blanca, muy calladitos
ellos
y un hermoso perro de pelo anaranjado, delgado,
con el que a veces jugaba.
En esta casa la ventana era muy pequeña, un ventanuco
estrecho, excepcionalmente sin reja, por el que le contaron
que se habían escapado unas mocitas huyendo de
los moros cuando la guerra. ¡Era casi imposible
que por aquel agujero se pudiera colar una persona
!
Más abajo dos niñas algo mayores que ella,
con un apellido que le resultaba muy chocante: Cornejo,
y con las que jugaba a menudo.
Y aquel señor, Blás, que tenía
una gramola y que un día se la enseñó
orgulloso. Era una caja de madera oscura, con una bocina
enorme y brillante. El vecino colocó un disco
negro y comenzó a sonar la música. Lo
escuchaba boquiabierta. Era como un milagro.
Por la noche, cuando bajaba la calle para ver a sus
abuelos, en la casa junto a la de ellos, siempre encontraba
a un hombre mayor, José, sentado en una mecedora.
Era un hombre amable. Le hablaba cariñoso. Había
tenido la extraña idea de llamar a una de sus
hijas Amberes. Para ella era un nombre normal, como
María, acostumbrada que estaba a oírlo
desde niña. Cuando tuvo que estudiar geografía,
supo el origen de este nombre. ¡Que suerte! Una
palabra menos que memorizar
Decían las malas lenguas que este hombre era
comunista. ¡Que delito! Eso lo decían muy
bajito, entre dientes, para que si había espías
por los alrededores no lo oyeran. "Y por eso le
había puesto Amberes" "Pero no puede
ser ese nombre solo, debe llevar delante el de María,
si no el cura no la habría bautizado"
¿Qué era eso tan peligroso de "comunista"?
-Chsssss, eso no se dice
Te pueden llevar a la
cárcel.
La otra casa junto a sus abuelos la ocupaban un padre
y una hija. Ella, Isabelita, se ganaba la vida bordando
en una máquina en donde un día se cosió
el dedo. Para la niña este hecho fue impactante.
Imaginaba la aguja taladrando el dedo y le daban escalofríos.
Fue esta mujer quien la enseñó a hacer
cadenetas cuando aún apenas levantaba del suelo.
Con hilo rosa enlazaba uno tras otro los arcos que se
iban incrustando en la tela formando una preciosa cadena
con la que se podía hacer infinidad de dibujos.
Junto a esta casa encontraba a Emilia, una mujer ciega
y sola, que hacía encajes de ganchillo preciosos.
Le sorprendía que pudiera salir de sus manos
semejante belleza.
Algo más arriba una señora mayor vivía
con su hija, abuela de dos niños amigos suyos.
Matilde y Manuel. "Tilita y Manolín"
Y otros muchos que subían y bajaban, algo más
alejados, por lo que sus conocimientos sobre ellos eran
menores.
Pero la guinda del pastel era la casa de los gitanos.
Cuando llegaba la noche y se cerraban las puertas, a
simple vista nadie notaría nada anormal en esta
casa, a no ser que pasara junto a ella y un fuerte olor
a pajar y caballería no dejaba dudas de quienes
vivían en ella. No eran conflictivos, pero todo
el mundo los evitaba. Salvo cuando se trataba de contratarlos
para trabajar, ¡y ahora pensamos que hemos inventando
a las chachas baratas!
En una casa pequeña, oscura, se amontonaban incontables
personas. Las mujeres con sus moños caídos
sobre la nuca, y casi todas con vestidos negros. Ellos
con sombreros de ala ancha, igualmente negros. Es posible
que en esta familia ocurriera algo parecido a la de
Bernarda Alba, que una muerte familiar diera paso a
otra, y de ahí el constante luto de los mayores.
Pero aún así a veces se reunían
a cantar alegremente. Debían estar celebrando
algo. Puede que esta casa fuera el motivo por el que
siempre subía por la acera opuesta. En esta acera
estaban los jardines, entre ellos los de su amiga, y
el olor de las rosas y los pinos era mucho más
agradable que el de las cuadras de los gitanos.
Otro olor característico provenía de un
almacén de ultramarinos. Era una mezcla de olor
a galletas y cartón que aún lo percibe.
Al final de la calle, la barbería, y en frente
la tienda de Antonio, donde iba a comprar a veces los
recados de su madre, y de la que ha quedado la imagen
de los grandes frascos de caramelos, en los que metia
la mano un señor joven, alto y delgado, y sacaba
la dulzura envuelta en papel transparente.
Con el tiempo, cuando ya pasaba de los diez años,
en la esquina cercana a su casa pusieron una academia.
¡Que horror! No podía soportarlo. Había
una razón. A los doce años dejó
la escuela. Sus medios económicos y su madre
enferma no le permitían realizar estudios. Ella,
no podría ir a este lugar y eso la deprimía.
Afortunadamente, pusieron en el pueblo un Instituto
oficial y quitaron la academia. Pero más afortunadamente
aún, ella, a fuerza de rogar, consiguió
asistir a ese Instituto y sentirse la persona más
feliz del mundo.
Pero entramos en la adolescencia. Esa época difícil
que acaba con la inocencia y las alegrías de
la infancia, en donde se mezclan las ilusiones con los
desengaños y descubrimos que la vida no es tan
hermosa.
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Sancho Dávila 86
A primera vista nada tiene de especial un nombre y
un número de una calle. Pero para ella son un
recuerdo imborrable. Era la casa de los abuelos, de
su padre, donde nació
Las primeras imágenes que acuden a su mente son
de un patio donde crecía un árbol oloroso,
la hierba luisa, el sumidero de hierro por donde corría
el agua de los riegos, la tortuga, las tardes de verano,
cuando la humedad de las macetas y el arriate refrescaba
el ambiente, y las baldosas grises, acanaladas para
que el agua corriera sin obstáculos, siempre
limpias, brillando con la humedad refrescante.
El acceso al patio era una puerta oscura, de cristales,
en cuyo fondo dos traviesas le servían de columpio.
Subidos los piececillos en estos improvisados peldaños,
la balanceaba una y otra vez. A veces sola, otras con
sus primos que venían de Azuaga. Como es lógico,
más de una regañina le costó semejante
acción.
Cerca de la puerta, junto a los cristales, la abuela,
la prima y a veces la tía, cosían o bordaban.
Su prima bordaba el ajuar mientras en la radio sonaban
baladas dulzonas que llegaban al alma de los jóvenes.
La abuela era una mujer enjuta, vivaracha, siempre vestida
de negro, que a veces le contaba historias de otros
tiempos, "de cuando la guerra" o de cuando
ella nació. La escuchaba boquiabierta, le encantaba
oírla, a veces le pedía que le contara
"antigüedades" y la abuela accedía
encantada. A veces las historias estaban acompañadas
de versos muy rudimentarios, muy sencillos y bien rimados.
Obra de un talento desaprovechado, de una poeta nata
que sin saber escribir, hacía hermosas estrofas.
Contrastaba el abuelo, tranquilo, reposado, muy grueso,
algo socarrón. Se sentaba en una mesa de zapatero,
su oficio, y mientras clavaba las suelas, cantaba cadenciosamente,
con ironía. Ella quería mucho a sus abuelos.
Eran especiales. Y por encima de todo, muchas veces
pensaba en el contraste de ambos, tan distintos
y contaba la abuela que se marchó de casa para
poder casarse con él. Era un hecho romántico
y heroico para aquellos tiempos. Era un hecho apropiado
en esa mujer que escribía versos, o más
bien los recitaba, a pesar de su escasa cultura.
Con ellos vivían sus tíos, la tía,
viuda desde muy joven, con su hija, la joven que bordaba
o estudiaba.
Y su tío, el más joven, que no tardó
mucho en marcharse de la casa. Se casó. Y el
recuerdo que de él conserva, en aquellos lejanos
días, se traslada a una calle de Peñarroya,
a una casa cuyas baldosas sonaban al pisarlas, y en
la que siempre les recibía la suegra, en un cuarto
con mesa camilla, la jarra de cristal llena de agua
y el vaso junto a ella. A veces, su tío venía
con una moto preciosa, y todos salían a verle
marchar sobre ella.
Más tarde se vinieron a vivir a su pueblo. Su
recuerdo de él está lleno de ternura.
Era un hombre cariñoso, tan bueno que escondía
su rostro para ocultar los ojos humedecidos cuando algún
sentimiento le impactaba profundamente, lo cual era
bastante frecuente.
La tía, al igual que la abuela, era delgada,
siempre vestida de negro, ese luto perenne que llevaba
en la ropa y en todo su ser. Era una mujer cariñosa,
pero no parecía feliz. La vida le arrebató
el esposo y el hijo. Ese fardo es difícil de
llevar.
Parecía que vivía para el trabajo. No
era suficiente su jornada fuera para ganar el sustento,
en casa siempre estaba trajinando. Puede verla limpiando
la lámpara de cilindros de cristal, esa que tanto
le llamaba la atención. Colgaban como los pedazos
del hielo que chorrean de los tejados en los fríos
inviernos. O limpiando las alacenas, siempre relucientes,
llenas de la vajilla y la cristalería brillando
al reflejo de la luz. Y su tía, la bayeta en
la mano, el barreño jabonoso, y el cristal impecable.
Era una casa de gente hacendosa. Limpia como los chorros
del oro. Dejó impronta en su recuerdo, algo muy
peculiar, muy ligado a su padre, como parte de él.
Allí estaba la primera radio. En medio del salón,
sobre una mesita de madera tallada, como si fuera el
tesoro de la casa, al menos para ella. Una caja de madera
reluciente, de donde salían canciones de la época.
¡Todo un adelanto!
Pero si algo llamaba su atención en esta casa,
era la cama de la abuela. De hierro negro, remataba
las columnas de pies y cabecera una bola dorada en donde
su cara se reflejaba distorsionada. Le encantaba acariciar
la brillante y fría bola cuando su abuela se
encontraba en la cama por alguna enfermedad pasajera.
Y pasaba sus dedos por el negro tubo deslizante hasta
llegar a la bola central. Se sentía transportada
a otro mundo de sueños extraños, tal era
la sensación que el dorado brillo le producía.
Frente a la cama un baúl. En él había
ropas que nunca supo como eran. Era algo lleno de misterio.
Pero un día todo acabó. Dejó su
pueblo, su calle, sus abuelos y la casa donde pasó
tantos ratos de su infancia. A pesar de todo, aquellas
paredes, aquella cama y el olor a hierba luisa seguirán
siempre en su recuerdo.
|
Las primeras amigas
Van pasando los años, saltos de escasos segundos
en el recuerdo que aparecen como arrastrados por un
fuerte vendaval.
La infancia fue principalmente compartida con sus padres
hasta los seis o siete años.
A partir de entonces, a veces, jugaba con otra niña
de su misma edad. Vivía unas casas más
abajo. En un jardín adosado. Era un lujo tener
semejante amiga. Sin hermanos como ella, había
tenido la suerte de nacer en familia acomodada.
La casa de su amiga, además de jardín,
tenía dos plantas y azotea. Pero sobre todo,
tenía una habitación ¡solo para
sus juguetes!
Lo mejor de esta familia no era la casa, ni su situación
económica mas holgada que la suya. Lo mejor era
el cariño con que la trataban. Cada vez que la
veía aparecer, Luisi, la amiguita, salía
corriendo en su busca. Juntas jugaban en el jardín
a la sombra de un enorme pino, entre rosales y margaritas.
Cuando fueron algo mayores aprendieron a jugar a las
tabas, ese hueso en forma de S que se aloja en las piernas
de cordero, y que iban pidiendo a todo el mundo hasta
reunir cinco cada una para completar el juego.
La laca de uñas de la madre de Luisi servía
para pintar los huesos y colorearlos.
Con tan preciado juguete pasaban horas y horas. Los
echaban al suelo a modo de dados y había que
pasarlos por el hueco de la mano con rapidez y destreza.
Al fondo de la casa quedaba solitario el cuarto de juguetes
inundado de muñecas, cocinitas y salones diminutos.
Ellas preferían estar en el jardín jugando
con sus tabas, a la sombra del pino, contando sus historias
infantiles de colegios y papás.
Y crecieron unidas, muy unidas hasta que el destino
las separó. Han pasado treinta años largos
desde la última vez que se vieron. Y el destino
ha vuelto a unirlas a través de un cable de teléfono.
Pasaron largo rato contándose sus vidas. En muchas
cosas similares, como si no se hubieran separado nunca
y siguieran haciendo lo mismo, como siempre. Ambas tienen
dos hijos y ambas se quedaron solas casi al tiempo.
La distancia las separa pero el recuerdo las une. Y
se siguen viendo jugando a las tabas a la sombra del
pino.
Más tarde aparecieron otras niñas que
se unieron a ellas, Mª Carmen, Conchi, Juani, Marimer
cuando la infancia empezaba a desvanecerse.
Rozando los diez u once años, comenzaron las
salidas sin los padres. Las primeras al Casino. El Casino
era uno de los lugares emblemáticos del pueblo.
Un punto de reunión en donde no todo el mundo
podía entrar. Solo a los socios les estaba permitido.
En él aún se podía charlar en salas
dedicadas a tal fin, tomar café en salones más
o menos lujosos, y bailar los días de fiesta,
sobretodo las fiestas más importantes, en los
que había que reservar plaza.
Ni que decir tiene que ella no era de las personas a
quienes se les permitiera entrar mostrando la tarjeta
de su padre. Para eso estaba su amiga Conchi.
En estas primeras escapadas, la gran aventura consistía
en subir a la sala de televisión, en aquellos
tiempos recién concebida, con horarios muy restringidos,
y por supuesto en blanco y negro.
La cita solía ser a las tres de la tarde, más
o menos. Ambas caminaban hasta el lujoso edificio, y,
tras mostrar la milagrosa tarjeta, subían al
primer piso y allí estaba la televisión,
en una pared para ella sola, en un nivel superior al
resto de la sala, sobre una mesa de madera, encendida,
esperando a que los niños, hijos y amigos de
los socios, ocuparan sus sillas muy serios, como señores
concienzudos y responsables, mirando la pantalla en
la que durante largo rato se veían solo rayas
que iban del blanco al negro, pasando por todas las
tonalidades del gris.
-Es la carta de ajuste
Eso lo sabían todos muy bien. Había que
esperar, y esperaban pacientes. Miraban y miraban la
carta de ajuste, esperando el cambio. Algunos más
intranquilos se subían a las sillas, o correteaban
por el salón, pero ellas no se movían,
Habían llegado las primeras, estaban en primera
fila, y si se movían les quitaban el sitio
Las emisiones infantiles duraban hasta las seis aproximadamente.
En ellas aparecía una señora muy bien
arreglada, delgada, con acento muy extraño y
una perrita blanca, de largas orejas y pelo rizado.
Hablaba y hablaba con su perrita. Nada de lo que decía
ha quedado en su recuerdo. Solo la imagen de la señora
(cursi y repipi a sus ojos) con acento extraño
y la perrita que más bien se diría de
cartón. Era un animal tan dócil que no
movía una pata, ni el rabo
a no ser que
la señora se lo pidiera.
Después venía Rin Tin Tin. El perro opuesto
al anterior. ¿O quizás era al revés?
Cual se emitiera primero poco importa. El caso es que
Rin Tin Tin era otra cosa. Era un perro grande, resuelto,
amigo de policías, que siempre resolvía
todos los problemas. Era un animal a su gusto. Corría
libre, se metía en todos los rincones, y¡
hasta era inteligente!. Sabía lo que los hombres
ignoraban. Era él quién descubría
aquello que la policía, pobre ignorante, no sabía
encontrar.
La imagen de estas emisiones quedó muy vaga en
su recuerdo. No era lo que más le gustaba, pero
allí pasaban las horas, pacientes hasta que anunciaban
que había terminado la emisión infantil.
En ese momento se marchaban a su casa.
Con el paso del tiempo, el grupo se hizo más
numeroso. Ahora se reunían por las tardes a la
puerta de las casas, jugaban al truque, a la comba,
a la pelota, a policías y ladrones
Corrían
incansables, saltaban y hasta bailaban la yenca o el
twist, los bailes de moda.
Las tardes de invierno, la cita era en la casa de alguna
de ellas donde el parchís era el dueño
de la situación. Antes visitaban el puesto de
las chucherías, compraban pipas y camarones y
pasaban las horas alrededor de la mesa camilla, al calor
del brasero de picón, que había que mover
con la paleta de vez en cuando para que calentara las
frías piernas.
-¡Cuidado! No os acerquéis mucho, os saldrán
cabrillas.
Las odiosas cabrillas, esas venas gruesas que salían
en las espinillas, abultadas por el calor cercano del
brasero que compartían las piernas con sus opuestas,
los sabañones. Estos ocupaban la parte trasera.
Se abultaban como canicas rojas y molestas, picaban,
dolían
Era el fruto del invierno.
Pero después, la primavera traía la alegría
y los juegos.
Según crecían, las salidas iban siendo
más largas y lejanas. Ahora ya no se limitaban
a las aburridas tardes del casino. Ahora se alejaban
de las calles, corrían por entre los chalests
de los franceses y llegaban a un bosquecillo de eucaliptos
alfombrado de hojarasca gris que olía intensamente
cuando se pisaba. Allí jugaban al escondite,
tras los grandes troncos aliados.
No muy lejos, un recinto abierto, con arriates y grandes
árboles, rodeado de edificios, les acogía
en las tardes soleadas.
Era La Dirección. El lugar donde trabajaban los
directivos de la Sociedad Minera y Metalúrgica
de Peñarroya, de origen francés, y que
regentaba la explotación de las minas.
Desde este punto fueron ganando terreno y poco a poco
se trasladaron al parque donde iban todos a pasear,
padres, niños, jóvenes y adolescentes.
El Llano, situado frente a la iglesia, y en cuyo centro
se alzaba un quiosco en donde todos los domingos tocaba
la banda de música. En la calle principal, donde
se levantaba la iglesia, tiendas de ropas, tejidos,
zapatos y todo lo que debe ser bien mostrado, lucían
sus escaparates para atraer a la clientela.
Era el primer paso a la adolescencia.
Cerca de su casa estaba el barrio de los franceses.
Todo chalets cargados de árboles y flores. Nunca
se les veía, parecían esconderse detrás
de las floridas vallas.
A veces los hijos de estos directivos pasaban por su
calle. Iban impecables, con blancos pantalones ajustados
a la moda, las chicas con largas melenas rubias y lisas
pero ella no sentía envidia, eran otra raza
El colegio de las monjas se dividía en dos zonas,
o mejor en tres. Una, la más señorial,
donde todas las monjas eran francesas. Allí iban
las hijas de estos franceses y las de las familias más
acomodadas del pueblo. Otra, la de español, donde
iban las hijas de la clase media, y una tercera dentro
de esta última, donde iban las niñas de
padres humildes, que no podían pagar las mensualidades.
A estas últimas se las conocía como "las
de las pobres". Llevaban uniforme diferente. Gritaban
a los cuatro vientos que no podían pagar las
clases de élite de las demás. Ella odiaba
esta circunstancia. Estaba feliz en su escuela pública,
donde todas eran iguales.
Con el paso de los años, ya jovencita, encontró
a cuatro de estas niñas de élite. Fueron
sus compañeras, sus amigas, y le parecieron maravillosas.
Otra lección aprendida, las apariencias engañan.
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El tío Teodoro
A veces no es el parentesco más cercano lo que
hace sentir el cariño de las personas. No es
un vínculo familiar allegado lo que te une ellas,
sino la forma de ser o de comportarse. Este era el caso
del tío Teodoro. Primo de su madre, casi hermano,
hacía cierto este lema.
En su recuerdo aparece con edad madura, alto, delgado,
algo canoso, imagen que ella asociaba a D. Quijote,
por lo de enjuto. Nada que ver con este personaje. Era
amable, serio, y sobre todo muy cuerdo, lo que le desvía
indudablemente del caballero andante.
Llegaba cada otoño con una carga de picón
sobre el borrico sumiso. Él caminaba lento, acompasando
su paso al del animal. Cuando la puerta se abría,
era un alborozo en toda la familia. Corría a
abrazarle mientras él la subía por los
aires sonriendo. Descargaba los sacos ennegrecidos,
y los llevaba al fondo de la casa, a la carbonera, un
lugar preparado para estos menesteres. En este lugar
se amontonaba el carbón de piedra, el más
duro, el mejor para las cocinas, tarda en arder y calienta
muy bien. Trozos pequeños de piedra dura, brillante,
extraídos de las minas de los alrededores de
su pueblo. Muchas veces cogía una de estas piedras
en sus manos y contemplaba ensimismada las irisaciones
del mineral. Así de negro debía ser el
azabache del cuento de Blanca Nieves. Miraba una y otra
vez el brillo de plata que se reflejaba con el sol,
cambiante según lo orientaba. Y pasaba las horas
volando en alas de la piedra. Recordaba aquel otro,
el vegetal, el que veía a casa de su abuela,
cuando viajaba con sus padres al pueblo vecino. Los
hornillos pequeños, de hierro, con tres pequeñas
patas y un receptáculo en donde el carbón
ardía chispeando. Olía a gloria, a madera
de encinares, a garbanzos, a hierbabuena
Los trozos pequeños, las ramas finas, servían
para hacer el picón. Calentarían en el
brasero los días fríos del invierno, y
al revolver las brasas, ella recordaba las otras del
hornillo de su abuela. En ese brasero se asaban las
castañas y las bellotas, sobre la alambrera que
le cubría para protegerles del fuego, y a veces,
cuando los catarros impedían respirar, su madre
calentaba pañuelos que los aplicaba después
sobre la nariz, y se realizaba el milagro. La compresa
caliente devolvía el bienestar. Y todo esto,
gracias al picón del tío Teodoro.
Descargados los fardos, se sentaban un rato a charlar
de la familia, el campo, el trabajo
Al terminar, él la subía a lomos del borrico
y la llevaba hasta el final de la calle. Era maravilloso
sentir el trote del borriquillo, y la mano cariñosa
de su tío que la miraba sonriendo. Al cabo de
la calle, un abrazo, y ambos se separaban, borrico y
tío otra calle abajo, ella corría cuesta
arriba, a su casa
Siendo algo mayor, cuando ya no bajaba subida en el
borrico, recogiendo de la calle los restos caídos
del picón, algo que se movía la hizo saltar
asustada y correr hasta la otra acera. Más calmada
se acercó a la escoba arrojada con espanto y
vio el motivo de su susto: un ciempiés enorme
se retorcía caminando sobre hilillos doblados.
Aún existe en su memoria. Lo contempló
un rato. Nunca había visto nada igual. Dejaba
un rastro de patitas en el polvo negro, una, otra, muchas
y parecía sacudirse para mostrar su piel.
El tío hoy había traído algo especial.
Le dejó marchar. ¡Pobre animal! Estaba
perdido. Fuera de lugar. Le vio atravesar las piedras
de la calle y dirigirse a las tapias caídas del
viejo cementerio. Era un buen sitio. Allí volvería
a estar libre y seguro.
El tío Teodoro, aquel que visitaban cada feria,
en la casa de Peñarroya, donde venía a
pasar unas minivacaciones, solía vivir en el
campo con su familia. Eran guardeses en la finca de
una familia acomodada. A veces, ellos iban a verles.
El cortijo, una dehesa de encinares que se perdían
a los lejos, la fresca hierba y, en medio, la casa blanca
de cal y tejado rojo. Se sentaban a la sombra de la
fachada principal, sus padres, sus tíos, sus
primos, el perro, el gato
y el botijo del agua
fresca.
Un día fue especial. La llevó a ver el
huerto. Aquel día las habas estaban en flor.
Unas flores pequeñas, blanquecinas, puede que
con algo de color, pero en su recuerdo se difuminan
vagamente. Percibe una fragancia especial, que bien
podía ser la mezcla de todo el huerto. Pero ella
lo asocia a las pequeñas flores de las habas.
Caminaba junto a ellas, rozando con su mano las hojas
húmedas, casi escondiéndose entre las
matas que le llegaban a la cintura.
El día en el cortijo era apacible. Comían
el gazpacho que preparaba su tía, la tortilla
de patatas y las ciruelas o los higos del huerto.
En aquel cortijo no todo eran pastos de hierba. El cereal
también se cosechaba, y era su tío el
encargado de transportarlo al silo. Una tarde de verano,
cuando ella solo tendría cuatro o cinco años,
por una circunstancia ignorada, no pudo llevar el trigo
al silo. Tenía que esperar unos días.
Allí estaba el carro lleno de sacos, esperando
ser descargado, y sin otra solución que volver
al campo con él. Desde que sus padres comenzaron
a construir la casa, tuvieron intención de que
fuera de dos plantas. En la planta superior solo había
oscuridad. Por unos huecos circulares entraba el aire
desde la calle, el resto pared viva, sin enlucir, el
suelo de tierra, y cajas amontonadas con objetos inservibles
o poco usuales. Se subía a ella por una escalera
de madera. Puede que esto fuera el origen de ese sueño
repetitivo que tantas veces le acompaño en su
infancia, la larga escalera suspendida en el aire que
acababa en el vacío al que estaba a punto de
caer cuando despertaba.
Como es lógico, sus padres se ofrecieron a guardar
la valiosa carga durante unos días en el "doblao"
, la cámara oscura que algún día
sería la segunda planta de la casa. Durante casi
todo el día estuvo el carro en la calle, cargado
de sacos, pregonando el preciado contenido. Cuando al
atardecer su padre regresó del trabajo, entre
todos subieron los sacos y su tío se despidió
de ellos.
A la mañana siguiente algo raro estaba pasando.
Era un ir y venir de vecinos, su madre hablaba a espaldas
suyas, salían a la calle, miraban al tejado,
señalaban, cuchicheaban
¿Qué
estaría pasando? La respuesta era la siempre:
-Son cosas de mayores, no pasa nada, que los gatos han
movido las tejas y están rotas
Pero sabía bien que había ocurrido. Alguien
quiso entrar por el tejado y sacar los sacos de trigo.
No lo consiguió, pero dejó huella en su
niñez. A partir de aquel día temblaba
cada vez que su padre la mandaba ir a la despensa, al
lugar donde estaba la escalera que subía al oscuro
"doblao".
Cuando al otro día volvió su tío
acabó de comprender lo ocurrido. Volvieron a
bajar los sacos y volvió la calma, la tranquilidad
de la no responsabilidad y la satisfacción del
favor cumplido.
Pasaron años, dejaron de ser guardeses y se establecieron
en el otro extremo del pueblo. Fueron muchas las idas
y venidas por la carretera rodeada de jardines que unía
ambas casas.
El patio del tío Teodoro era especial para ella.
Nada fuera de lo habitual, sin embargo, pero en su recuerdo
aún crece junto a él una planta de flores
azuladas, pequeñas, que al ponerla sobre la ropa
se pegaba a ella. Siempre acababa con los vestidos llenos
de flores azules, sentada bajo las enredaderas que cubrían
las paredes donde jugaba con sus primos. La imagen de
aquellos días está llena de luz, sol y
alegría.
Pero el destino los separó, y ahora solo viven
en su recuerdo, rodeados de olor a picón, del
trotar del borriquillo, de las habas en flor, las verdes
praderas de las dehesas y las azules flores prendidas
en su ropa.
Un abrazo muy fuerte querido tío, donde quiera
que estés en ese mundo desconocido del más
allá.
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Las Navidades
La vida de los pueblos es muy sencilla, casi sin lugares
donde divertirse, salvo los ricos en el Casino y los
cines de fin de semana, la vida social se centra en
paseos y visitas a conocidos.
Pero hay una salida, la religiosa. Cada domingo es obligado
bajo pecado mortal ir a Misa. Los más religiosos
prefieren la de las ocho, muy temprano, "oficio
hecho quita cuidado". Cumplida la obligación
el día queda libre.
A las diez es la de los niños, donde acuden los
maestros con su colegio al completo, solo falta pasar
lista, pero no es necesario. Ellos saben quien falta
y al día siguiente le recuerdan que ha cometido
un gran pecado
La de las doce, la Misa Mayor. A ella acude la plana
mayor del pueblo. El alcalde, los concejales, los cuerpos
del orden y los ricos y menos ricos que empiezan el
día celebrando la Misa, a la que sigue el vermú
en los bares del paseo.
Por la tarde hay otra a las siete. A ella van los retrasados.
Aquellos que han tenido obligaciones, otro pecado, en
domingo no se trabaja, pero bueno, se confesarán,
dirán que lo necesitaban, que no volverán
a hacerlo (hasta el domingo siguiente) y todos felices,
el cura también, porque otra vez tendrá
a quién confesar del gran pecado de trabajar
en domingo. Así no se agota la clientela.
El año de fiestas religiosas lo podríamos
comenzar en Navidades. Es una paradoja porque la Navidad
se celebra cuando acaba el año. Pero es en Navidad
cuando nace el Niño.
Comienzan a primeros de diciembre, cuando las madres
ya se dedican a hacer la llamada "fruta sartén".
Ese nombre se daba a la bollería casera, deliciosa,
típica de estas fechas y Semana Santa. Los roscos
de limón y vainilla, algo mayores que las vulgares
rosquillas, los roscos blancos, como brazaletes anchos
bañados de una pasta hecha con clara de huevo
y azúcar que se desprendía al comerlo.
Las flores, fritas en abundante aceite donde se depositaban
con un molde de hierro que luego se bañaban de
miel, igual los pestiños y gañotes. Los
mantecados y polvorones, con formas preciosas, corazones,
triángulos, estrellas
Ella ayudaba en estos menesteres, metiendo el dedillo
en la masa y haciendo agujeros que servían para
llevarse la reprimenda.
Eran días felices. Cuando las navidades estaban
cercanas venían los mejores días del año.
Una semana antes, cuando daban las vacaciones en el
colegio, marchaba con su familia a Azuaga, el pueblo
de sus padres, donde encontraba a todos sus primos,
mayores que ella y que la mimaban en exceso. Allí
estaba su abuela materna, siempre sentada en el gran
sillón, junto a la enorme mesa camilla, donde
se reunían todos los nietos al anochecer.
En esta época navideña era costumbre al
atardecer, alrededor de los braseros o fuegos de leña,
celebrar los "zambobeos" Se trataba de cantar
villancicos y otras canciones populares acompañados
de las zambombas y panderetas, de ahí su nombre.
Eran momentos muy dichosos, alegres, donde toda la familia
estaba unida.
La tarde de Navidad, al anochecer, antes de la gran
cena, los chiquillos y adolescentes quemabas las "jachas".
Eran manojos de gamones secos, a modo de gavilla, atados
con cuerdas. Los mejores eran los más largos
y apretados. Ya el hecho de ir a buscarlos al campo
suponía una fiesta, a ver quién encontraba
los mejores
Esa noche, a las ocho aproximadamente
empezaba la quema. Cada uno prendía el suyo por
la parte más alta, el final de la vareta, más
fino y que ardía mejor, todos al tiempo, formaban
corros con la tea en la mano, cantaban y corrían
al unísono hasta que el fuego casi les llegaba
a las manos, de ahí que los largos y prietos
fueran los mejores. Cuando esto ocurría se arrojaban
al centro del corro, formando una hoguera a la que más
tarde se añadían los trastos y ropas viejas
que estorbaban en las casas.
Cuando ya no quedaban gamones en las manos, solo en
el centro, todos lo rodeaban cantando y bailando. A
veces los mayores se les unían. Ya estaba montada
la fiesta.
Su familia era bastante grande. Su abuela muy mayor
y su tía, la mayor de los hermanos, no estaban
para mucho jaleo. Se decidió, desde que lo recuerda,
que la noche grande, cada cual cenara en su casa. Después
se reunían todos en la de la abuela. Allí
se cantaba con la zambomba, la pandereta y botella de
anís labrado por la que se pasaba un tenedor
o cuchillo y hacia un ruido de acompañamiento
precioso.
Se tomaba anís dulce, vino de Málaga,
café y por supuesto la preciada fruta sartén.
Acompañaban a las canciones los chistes de los
más animados, se reía y se disfrutaba
hasta casi el amanecer.
Al día siguiente, Navidad, la cosa se ponía
más seria. Iban a Misa, ellos no celebraban la
Misa del Gallo, estaban muy a gusto todos reunidos
La gente vestía sus mejores galas, y se acostumbraba
a visitar a la familia y amigos, que obsequiaban a los
visitantes con anís y roscos o pestiños.
Al día siguiente se imponía el regreso
a su pueblo. Con una mezcla de alegría y nostalgia,
subían al tren de madera, y veía pasar
la humareda de la máquina a través de
los sucios cristales de las ventanillas.
Muy cerca estaba la otra fiesta, la Nochevieja. Pero
esta no importaba. En su casa no se celebraba. Era cosa
de ricos, que se reunían en el baile del Casino.
Debo aclarar que en aquellos tiempos, en el pueblo no
había baile oficial. Estaba mal visto por la
iglesia, y señor mío, con la iglesia hemos
topado. Solo había baile esa noche en el Casino,
las fiestas del pueblo, también en el Casino
y en un recinto improvisado del paseo y las bodas que
podían permitírselo, después del
banquete.
Para ella, esa noche era otra más, como las demás.
El día de Año Nuevo pasaba sin pena ni
gloria.
Pocos días después venía la Cabalgata
de Reyes. Los primeros años de su infancia iba
a verla con sus padres. Carrozas engalanadas, en la
que los Reyes viajaban, sin camellos
"Es porque
estamos en Andalucía, y aquí lo mejor
son los caballos"
Los pajes reales arrojaban caramelos. Pasaban ante sus
ojos, con sus capas multicolores, relucientes, y sonreían,
siempre sonreían.
Había escrito su carta. "No pidas mucho,
los Reyes también han pasado la guerra y son
pobres" Se ajustaba a lo que sus padres le decían,
y al día siguiente allí estaban sus cuadernos
de colorear y sus lápices de colores. La caja
pequeña, la de seis, "¿para qué
más
?"
No tardó mucho en perder la inocencia de este
día. Iba a cumplir cinco años. Faltaban
cuatro días para que este hecho ocurriera, y
esa noche mágica la pasó soñando
con una preciosa muñeca que había visto
en un escaparate. A las cinco de la mañana su
padre regresaba del trabajo. Esa semana estaba en turno
de noche. Oyó abrirse la puerta y saltó
de la cama para ver sus regalos. A los pies de esta,
una caja enorme tenía su nombre. No lo podía
creer, ¿sería su muñeca?
Aquel momento quedó grabado en su mente a fuego.
Abrió la enorme caja y en su interior no estaba
la ansiada muñeca, se trataba de una preciosa
manta blanca, esponjosa con una franja azul celeste
a juego con su cama.
-Así no pasarás frío en el invierno.
¡Es preciosa!
Y junto a ella los lápices y cuadernos de colorear.
No pudo articular palabra. Ni para bien ni para mal.
Pero su garganta se cerró en apretada congoja.
Pronto pasó, era cierto, es mucho más
útil una manta calentita que la muñeca.
Ya teníauna muñeca. Los Reyes habían
sido muy inteligentes. Y se sintió feliz en unos
segundos.
Al día siguiente, razonaba esta idea con una
amiga mayor, que le descubrió el secreto.
-No seas boba, ¿tú crees que los ricos
son más buenos y por eso le regalan mejores juguetes?
Cayó la primera venda de sus ojos, pero lo agradeció.
Lo contó a su madre que no intentó ocultar
la realidad, y desde entonces, no soñaba con
imposibles, se reía de aquellos niños
ricos, ignorantes que creían que los Reyes tenían
distintas varas de medir. Ella sabía el secreto,
nunca lo dijo a otros, pero estaba feliz. Agradecía
sus lápices de colores, sus cuadernos y sus cuentos.
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Carnavales
A finales de febrero se acercaba la segunda conmemoración
religiosa que marcaba la vida de los pueblos: Semana
Santa. El comienzo de esta etapa, arrancaba el día
de la Ceniza.
El Miércoles de Ceniza estaba precedido de los
Carnavales, fiesta tradicional en toda España,
y que en época franquista estuvo prohibida. Pero
en todos los rincones se encontraban formas de eludir
esta prohibición y celebrar la fiesta. Siempre
oí decir que con los carnavales de Cádiz
no pudo ni Franco.
De este modo, en su pueblo también se celebraban
los carnavales.
Alejados de la zona céntrica y más selecta,
se concentraban en un barrio alto, al que llamaban El
Cerro.
Ella conocía estas calles solo por subir en estas
fechas. Eran casas pequeñas, con calles mal empedradas
algunas, otras, las menos, con cemento en la calzada
y a su mirada
extrañas por la infrecuencia con que las visitaba.
No era nada bien visto este tipo de manifestación.
Solía ir acompañada de chistes subidos
de tono, tanto moral como político, era (y sigue
siendo) la fiesta carnal.
Como todo en estos años de posguerra, estaban
marcados por la miseria y la escasez de medios. De ahí
que los disfraces se realizaran con sábanas y
cortinas viejas, a los que la imaginación popular
ponía lo mejor, el ingenio.
Salían a la palestra los trajes de novia de las
madres, ataviando a los hombres jóvenes maquillados
con grandes ojeras y exagerados coloretes. Los labios
rebosando carmín, y las formas del cuerpo enormemente
pronunciadas. Hay que reconocer que no era muy elegante
que digamos. A ella no le hacía demasiada gracia
este tipo de destrozonas, como se les llamaba. Prefería
aquel que se había disfrazado de momia, o a aquella
que iba de payaso, o el que imitaba al señorito
andaluz con sombrero de ala ancha, hecho de cartón
y untado de betún, la chaquetilla corta y ajustada
a consecuencia de habérsele quedado pequeña
y sobre todo los trajes de faralaes que llevaban las
niñas y que podían ponerse sin reparos
porque eso no estaba prohibido.
No alcanzaba su corta edad a entender las canciones
que acompañaban a las comparsas, o las pancartas
alusivas que hacían sonreír a sus padres.
Hoy puede imaginar de qué se trataba.
Aún tenía pocos años, cinco o seis,
aquel carnaval que quedó grabado en su recuerdo.
Fue su primer desengaño y una de las lecciones
más importantes de su vida.
Sabía que esos preciosos trajes de "gitana"
de volantes airosos, llenos de lunares, que al dar vueltas
se abrían como si fueran pavos reales, no estaban
pensados para ella.
Pero le gustaba verlos en otras niñas, siempre
bien combinados, rojos con lunares blancos, azules con
lunares amarillos, verdes con lunares negros
los
zapatitos de tacón iguales que el vestido, el
mantón de flecos moviéndose airoso, y
la peineta del color del vestido. Los claveles del moño
de ambos colores, los collares de gruesas perlas de
plástico de los mimos tonos, las pulseras, el
abanico
todo muy conjuntado, todo muy alegre
todo para que se lo pusieran otras niñas y verlo
ella. Pero esto no le importaba. Era así y nada
más.
El domingo de piñata, primer día de carnaval,
alguien la llamó, le enseño un precioso
vestido rojo de lunares blancos y le dijo, póntelo.
Se miraba una y otra vez. Era precioso. A su medida.
-Te queda perfecto, ¿A que te gusta?
Daba vueltas una y otra vez mientras se sentía
observada.
Por un momento pensó que era para ella.
-Te está muy bien. Bueno
¡pues ya
está! Quítatelo, no es para ti, es para
otra niña.
Sintió una punzada en el corazón, deseó
romper a llorar, pero contuvo las lágrimas, apretó
los dientes, se despojó de su hermoso vestido
y salió corriendo.
A los pocos pasos encontró a su madre que bajaba.
Se abrazó a ella y toda su fuerza se escapó
en un río de lágrimas.
-¡Vamos! no es para tanto... ¡Ven conmigo
a casa de Loreto! Vamos a comprar fideos para la sopa.
Loreto era una mujer cariñosa, dueña de
una tienda de ultramarinos cercana a su escuela. Casi
siempre su madre iba allí a comprar fideos. En
su recuerdo de la tienda queda el largo mostrador, muy
alto, por el que casi no alcanzaba a ver los fideos
y un depósito de aceite con un grifo por el que
salía el líquido verdoso.
-No le des tan rápido al manubrio, que coge aire
y luego merma
Aquel día, llegaron a la tienda madre e hija,
ella llorosa, con hipo y pena.
-¿Qué le pasa? -preguntó la tendera
muy seria.
Al escuchar el relato, pasó a la trastienda y
salió con unas cortinas de raso rojo, con madroños
de seda en los bordes.
-Ven detrás del mostrador.
Ella no entendía que estaba pasando. La señora
dobló la cortina varias veces a distintas alturas,
y con una cinta la colocó en su cintura. Era
un milagro, la cortina era un traje de gitana, perfecto
y precioso. Sacó de la casa una peineta pequeña
y roja y un mantoncillo negro de largos y sedosos flecos.
-Ya está. ¿Ves que guapa? Ya tienes vestido
y peineta. La peineta te la regalo.
Aún, cincuenta años después, conserva
la peineta.
¿Hay palabras para explicar sus sentimientos?
Por la tarde subió al Cerro, los ojos pintados
de rabillos negros que los hacía parecer enormes,
la peineta adornada de claveles rojos cogidos de su
patio, el vestido de raso ondeando al ritmo de sus andares,
y el mantón de brillantes flecos haciendo juego
con la luz alegre de sus ojos.
Nunca olvidará este día.
Sabe que aquella mujer cariñosa, estará
en el mejor lugar de la segunda vida, sea cual sea si
es que existe, aunque el mejor premio a su bondad fue
la satisfacción de haber hecho a una niña
feliz.
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La Cuaresma y la Semana Santa
Pasados los carnavales, comenzaba la época más
triste. Era algo contagioso. La mañana del Miércoles
de Ceniza, todo el colegio se encaminaba a la Iglesia.
En su recuerdo aparece oscura, lúgubre y fría.
El cura les imponía la Ceniza con el dedo pulgar,
haciendo una cruz en la frente. Había que dejar
la marca todo el día. ¿Por qué?
¿Era aquello necesario? A veces pensaba que la
Ceniza en su frente tenía alguna razón.
Haría un efecto especial en ella mientras permanecía
sin caerse, pero eso no la convencía, y pensaba
que podría ser para que todo el mundo se enterara
de que había cumplido con ese deber.
El día discurría muy triste y serio. Parecía
que todas las niñas de la clase se habían
mentalizado que algo grave iba a ocurrir. En su recuerdo
siempre está nublado. Es posible que esa fuera
la imagen que le transmitiera tanto recogimiento.
Con la Ceniza comenzaba la Cuaresma. Cada viernes era
necesario guardar vigilia. No se podía comer
carne. ¡Vaya tontería! ¿Qué
más daba? Pero era chocante. Todos sabían
que la vigilia era para los pobres. Los ricos pagaban
una bula a la Iglesia y podían comerla. Seguía
sin entenderlo. Los viernes de Cuaresma siempre había
potaje de garbanzos y bacalao. Odiaba el potaje. Pero
había que hacer el sacrificio.
Las tardes de la Cuaresma eran distintas. A la salida
del colegio, una vez a la semana, iban a la Iglesia
a hacer los Ejercicios Espirituales. Era obligatorio.
Les daban unas cartulinas en las que se firmaba la asistencia.
Hacía frío, y solía llover. Desde
que salían del colegio, sobre sus cabezas pendía
un velo de tul sin el cual no podían entrar.
Algunos eran preciosos, con blondas bordadas. Solían
ser negros, aunque las niñas a veces los llevaban
blancos. El suyo era muy sencillo, con motitas salpicadas
de algo parecido al terciopelo. Lo prendían en
el pelo con alfileres y lo llevaban todo el tiempo camino
de Iglesia. Salían del colegio en fila, la maestra
al final para que no se perdiera ninguna. A la cabeza
una del grupo de las mayores, abriendo camino. Cruzaban
la calle de la Luna, y llegaban al paseo. Esta calle
era una de las más importantes. Había
cambiado el nombre, ahora se llamaba Generalísimo
Franco, pero todo el mundo la llamaba "la calle
la Luna" En ella había tiendas de tejidos
y zapaterías, una mercería, una joyería,
una droguería
Ellas caminaban por las aceras estrechas, y en algún
momento se encontraban con otros colegios que también
iban a la Iglesia.
Cuando estaban todos reunidos empezaban los Ejercicios.
No recuerda nada de lo que se decía. No entendía
nada. Solo que había que comportarse bien y ser
buenos
eso ya lo sabía ¿para que
todo esto? Pero la sensación de frío y
tristeza que transmitía la Iglesia casi a oscuras
ha quedado muy grabada en su recuerdo.
Lo más hermoso de la Semana Santa era el Domingo
de Ramos. Aquella mañana todo el pueblo iba a
la misa de doce, la Misa Mayor. Se llenaba de niños
vestidos de blanco, todos con las hojas de palma altas,
amarillas
Algunas eran preciosas. Trenzaban las
hojas afiladas en dibujos curiosos, calados, entrelazados
Las más elaboradas se consideraban las mejores.
Pero a ella le gustaban más las simples. Aquellas
que no se habían trabajado y que se movían
al caminar balanceándose como plumas al viento.
Al terminar la Misa, salía la procesión.
Jesús triunfante, vestido de blanco rodeado de
niños con largas ramas de blancas palmeras y
ramos de olivo.
La tradición decía que había que
estrenar algo. Algo que serviría para la primavera.
Y aquella tarde, todos en el pueblo, salían a
pasear con trajes nuevos. Todo era colorido. Parecían
haberse olvidado de los Ejercicios Espirituales que
pregonaban recogimiento y humildad.
Al día siguiente Lunes Santo, empezaban las vacaciones.
Las visitas a las iglesias eran diarias. Todo oscuro,
lúgubre, obreros preparando los Pasos que saldrían
en las procesiones, las cofradías controlándolo
todo, y en el aire ese ambiente triste, frío,
espeluznante.
Se quitaba del Altar la capilla del Santísimo
y todo se había cubierto de paños morados.
La radio solo emitía música clásica,
era algo extraño. Parecía que se paraba
el tiempo.
Las procesiones del Jueves Santo eran muy tristes. Salían
a altas horas de la noche. No solían ir a verlas.
Era el Viernes Santo cuando el pueblo entero iba a ver
la procesión.
Las cofradías formaban la gran hilera doble que
protegía los Pasos de las imágenes. Nazarenos
morados, negros, violetas,blancos... según la
cofradía, con largos capiruchos que tapaban la
cara. Dos agujeros para que los ojos pudieran ver y,
en su recuerdo, la mano de guante blanco que sujetaba
la tela que desde el capirucho caía sobre el
pecho. En la otra mano la larga vela blanca encendida,
y el paso muy cadente, muy lúgubre, acompasado.
Nadie hablaba, silencio absoluto, solo roto por el retumbar
de los tambores que la acompañaban. Un sonido
profundo, seco, distante... marcaba cada paso del cortejo
y el ritmo de la procesión. Cada paso un redoble,
silencio, otro redoble y el paso al tiempo, silencio
Detrás de los Nazarenos iban las mujeres vestidas
de negro, con peinetas de concha labrada, sobre la que
se colocaba la mantilla negra de encajes bordados. Era
un lujo impresionante. El atuendo de estas mujeres era
similar al que se utilizaba en las bodas, la madrina
solía ir siempre vestida de este modo. A más
poder económico, más blondas en las mantillas,
mas terciopelos o bordados de seda en los trajes
Y ahora en Semana Santa, todos estos lujos salían
a tomar el aire.
La costumbre era ver salir la procesión por la
puerta de la Iglesia. Cuando los últimos tambores
comenzaban a desaparecer, los jóvenes corrían
a buscar las esquinas en donde sabían que alguien
cantaría una saeta desde un balcón. Generalmente
no se veía al cantante. En el fondo del salón
donde estaba el balcón abierto, el sonido era
mucho mejor que en la calle, la voz se engrandecía,
y en el silencio de la noche, cuando el tambor golpeaba
con cadencia de legión romana, una voz rompía
el aire, lloraba cantando y hacía que el oyente
se estremeciera, el vello erizado, la emoción
en la garganta
Eran varias las procesiones que salían esos
días. Toda la pasión estaba representada,
desde la Última Cena, a la Resurrección,
pasando por el Prendimiento, la Pasión y la Muerte.
El Sábado de Gloria todo cambiaba. A las doce
de la noche un repiqueteo de campanas inundaba el pueblo.
Se había terminado la tristeza. Y todo el mundo
parecía volverse de repente feliz.
A ella todo esto le sorprendía mucho. ¿Cómo
puede una persona estar muy triste en unos momentos
y de repente ser la más feliz del mundo? La vida
no había cambiado, todo era igual, salvo las
celebraciones religiosas. No lo entendía.
Pero sabía que ese repiqueteo de campanas traía
la Pascua. Eso significaba la cesta llena de tortillas,
roscos y pestiños y la romería del día
siguiente, el largo paseo hasta el río. Por la
carretera que cruzaba la estación, salían
al campo. Se encaminaban a través de las dehesas
de encinares hasta la orilla del Guadiato que corría
fresco y ancho. Era un hormiguero de gente, todos con
cestas y pamelas, zapatillas de tela recién estrenadas
y la risa y las canciones en los labios. Era un día
feliz. Encontraban amigos y compartían los "hornazos"
o mejor los "jornazos" que es como se les
decía en su pueblo. Una torta de pan dulce con
un huevo duro en el centro. Todos compartían
las cestas, sentados bajo la sombra de las encinas,
en mantas extendidas en el suelo, la suya, una manta
gris con raya blanca, cosida por el centro. Había
servido de capa a su padre cuando la guerra. Eso le
gustaba, tenía historia aquella manta. El suelo
cubierto de hierba, y los encinares como manchas oscuras
adornando las dehesas. El río azul, corriendo
manso, y los juegos con los otros niños. A la
llamada de las madres que mostraban las tortillas acudían
alborotados, todos sentados en corro, jugaban después
de los roscos y pestiños a divertidos juegos.
Momentos deliciosos, tan solo revividos en el recuerdo.
Por la tarde regresaban por la misma carretera, los
mismos cantos y las mismas risas.
El lunes de Pascua había que trabajar y solo
se podía hacer romería por tarde. Ese
día y el siguiente, la salida era a puntos más
cercanos, a la Charca de los Patos, o a la Fuente del
Madroño, en donde un arbusto de brillantes hojas
daba sombra y frescura a la fuente. Merendaban los dulces
caseros hechos para esos días, y se despedían
hasta el año siguiente.
Curiosamente, esos días aparecen en su recuerdo
inundados de sol. ¿Habría cambiado realmente
el tiempo?
De nuevo la rutina del colegio. Pero empezaba la primavera
y las salidas al campo serían frecuentes, aunque
no tan multitudinarias como en Semana Santa.
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La primavera
Con el fin de la Semana Santa empezaba otra etapa.
Ahora, preparaban el mes de María. Comenzaba
con las Cruces en las casas, dispuestas para ser visitadas
el día tres de mayo. Esos altares a los que hice
referencia en otro punto.
En la escuela se colocaba la imagen de la Virgen, con
túnica azul y manto blanco, sobre una repisa
de la que pendía un paño rematado de encajes.
Junto a ella los jarrones de vidrio llenos de flores.
Cada día alguna de las niñas traía
un ramo que servía para añadir a las antiguas
o renovar las marchitas. Las más comunes eran
rosas, de las que crecen casi sin cuidados. Eran las
mejores, de un color rosa intenso, casi violeta, el
capullo de suaves pétalos apiñados, de
terciopelo. La fragancia transcendía, impregnaba
todos lo rincones, y permanecía hasta después
de que los pétalos se fueran desprendiendo de
la rosa abierta y marchita. Ellas los guardaban entre
las páginas de los libros, donde se volvían
rígidos, finos como papel cebolla, más
oscuros y frágiles. Pero ella los miraba una
y otra vez, y parecía tener entre sus manos la
rosa fresca a la que pertenecieron.
A veces eran blancas margaritas de largo tallo, que
llenaban los patios de las casas rodeando las paredes
en frescos arriates. O geranios de rojas y blancas flores.
Era hermosa la primavera. El calor en Andalucía
llega temprano y la hierba de los campos desaparece
pronto. Pero aún no ha llegado la sequía
y se riegan las puertas de las casas, los jardines y
los patios. Todo está lleno de olores, de esencias
finas, sutiles. La dama de noche, penetrante, casi emborracha
de puro intensa, el gran macetón en el zaguán,
junto a la puerta, embalsama la noche y embruja al caminante
que la cruza. Los pasillos de las casas se llenan de
macetas de albahaca que ahuyentan los insectos. Ella
mueve los finos tallos y lleva sus dedillos a la cara
aspirando la dulce fragancia.
El patio huele a jazmín y a hojas de naranjo.
Ese naranjo suyo que nunca dio flores ni frutos. Pero
era hermoso, verdes hojas brillantes como verdes porcelanas.
-¿Será macho este naranjo?
-Puede que haya que injertarlo.
Pero ni aún con los injertos consiguieron que
floreciera. Y sus hojas, esas hojas que tanto le atraían,
brillantes, verdes, duras, crujientes entre sus dedos,
dejaban en sus manos al partirlas un olor a naranja
intenso, dulce, grabado en su recuerdo
Al fondo del patio la madreselva se enreda en la pared.
Se cubre de flores blancas y amarillas, y embriaga el
aire.
A los pies del naranjo, un alcorque rodeado de fina
hierbabuena. Largos tallos de rugosas hojas que formaban
matorral entre las dalias. En los inviernos, cuando
el frío se mete en los huesos, la sopa calentita
cambia su sabor con la rama de hierbabuena. Al terminar
de hervirla, la rama en infusión desprende sus
aromas. Herencia árabe que tanto perdura en estas
tierras. En primavera y verano, cuando tras las tormentas
salen los caracoles, los cestos se llenan del ruido
de sus conchas y las mujeres los ahogan en las cazuelas
de agua hirviendo con su sal y sus ramitas de hierbabuena.
Nunca le gustaron los caracoles, exquisito manjar para
los entendidos, pero a ella no le llamaba el pequeño
bichito que salía al sorber la blanca concha.
Los caracoles de su tierra son pequeños, diminutos.
No como los que ha visto luego en los bares de otros
pueblos. Aquí son de concha blanca, con rayitas
marrones remarcando las hendiduras que hace que parezcan
torneadas por un alfarero. Y el bichito que saca la
diminuta cabecita en donde se adivinan los pequeños
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