El cordal de Abodi

Cordal de Abodi. A lo lejos el pico del mismo nombre.

El pico Abodi es una cima redondeada y lisa, de unos 1.500 metros de altitud, donde sopla el viento a pesar de que los días sean calmados y serenos. No es una gran altitud, si la comparamos con los picos de esta cordillera pirenáica donde es muy fácil encontrar tres miles. Pero como se trata de caminar por hermosos parajes, nos dirigimos a ella a través de una de las zonas más emblemáticas del Pirineo Navarro, el bosque de Irati.

Partimos del Puerto de Pikatua, desde donde nos internamos desde el primer momento en el mágico paraje del hayedo de Irati.

Este bosque se extiende a lo largo de dos valles conformados por los ríos Irari y Salazar. Es una espesa fronda por la a veces conseguimos ver algunos de los picos que la rodean.

Bosque de Irati

Entre ellos el Orhi, el primer 2.000 de los Pirineos según comienzan por su extremos oeste.

Caminamos bastante rato por entre hayas que aún no tienen color otoñal, ahora comienzan a dar una tonalidad amarilla a sus hojas. Lamento este hecho, no siempre es posible venir hasta aquí para contemplar este maravilloso espectáculo. Poco puedo imaginar que en los días venideros podré vivir in situ la mas hermosa transformación de coloridos de otoño.

De todos modos es muy agradable pasear por la cómoda pista que en invierno, cuando las nieves la cubren, es muy utilizada para la práctica del esquí de fondo. Pasa el tiempo y parece que nunca cambiaremos de imagen hasta llegar a un punto en donde nuestro camino cambia el rumbo.

Un sendero se abre a la izquierda, estrecho y empinado. El suelo está muy húmedo y resbaladizo. Es por este paso estrecho por donde debemos continuar. Sin prisa, despacio, contando los pasos, un dos, un dos... afronto el desnivel que para mí es un reto. Debo salvar trescientos cincuenta metros aproximadamente en una distancia de 1.100 metros. Tengo dudas. Me preocupa no dar la talla, retrasar el grupo. Siento que tengan que esperar por mi.

Cordal de la Sierra de Abodi.

De nuevo mis fantasmas me rodean. Mi temor a las subidas me asalta. Olvido el hermoso paseo y comienzo a caminar lentamente. Por el momento es un paraje amplio que me permite abandonar el sendero y zigzaguear. Eso me alegra infinito. Aumentaré la distancia lineal pero acortaré el desnivel. Me siento feliz. Estoy subiendo cómodamente, sin agobio. Rodeo los troncos de las hayas, abrazándolos de vez en cuando, buscando su ayuda.

La hojarasca cubre el suelo. Hay troncos caídos y un arroyo ha formado una pequeña barranquera. Mis compañeros me pasan más ágiles. No importa, estoy subiendo sin problemas. Llega un momento en que las hayas se espesan.

El bosque es tupido, ya no puedo zigzaguear y por otra parte, el sendero se pone algo complicado. No es difícil, simplemente hay que tener cuidado. Está muy mojado, la tierra resbala y es muy empinado. Ya todos van lentos. En este punto unos cuidan de otros.

Casi todos volvemos la vista atrás por si el compañero necesita ayuda. Nos asimos a los pequeños troncos de las hayas jóvenes para encontrar apoyo.

El Orhi a lo lejos

Los más expertos, más rápidos, más montañeros, ya están arriba. Los menos, seguimos subiendo lentos, pero felices. Estos momentos son los más hermosos. Pasa el tiempo casi sin darme cuenta. de pronto el espeso bosque desaparece y da paso a una pradera inclinada por la que subimos en el último esfuerzo. Casi todos están sentados viéndonos llegar. Me uno a ellos y contemplo la llegada de los más rezagados. Entre ellos, el más experto, el que cierra el grupo, la "escoba" bromea subiendo los últimos metros de rodillas, jadeante, en medio de las risas de todos.

Estamos felices. Tras un breve descanso subimos los pocos metros que nos separan de la cuerda para continuar por ella nuestra caminata. Es un espectáculo muy hermoso.

El cordal de Abodi es una sucesión de cimas lisas que se extiende a lo largo de unos 20 kilómetros. Esta cuerda supone el límite de la Selva de Irati. A nuestra derecha el hayedo que comienza a poner sus hojas amarillas. Aquí se nota el cambio que abajo aún era casi imperceptible. A nuestra izquierda es una inmensa pradera que se pierde a lo lejos.

Calizas pulidas por el viento

Cuando remontamos hasta la cuerda, el bosque no impide contemplar la cadena de montañas que sirven de límite con el país vecino.

Destaca en ellas una franja blanquecina. Un karst que la atraviesa siguiendo la ondulada forma de las montañas. Están lejos, brumosas, azuladas. A nuestra espalda, el Orhi, el punto más alto y a la vez el más cercano a nosotros.

Después de la empinada subida, caminar por esta llanura de mullida hierba es el más delicioso de los placeres. Me siento muy bien. Mis miedos se han ido. Me atrevo a afrontar la subida de mañana, que aún es más larga. Este desafío superado es la mejor recompensa que nos da la montaña. Es como si ese bosque que se extiende a mis pies me mirara sonriendo.

Precioso

Es como si sintiera el saludo cariñoso de esas hayas que me han ayudado y que me invitan a realizarlo otro día. Parece que pudiera hablar con ellas. Transmiten vida. ¿Quien dice que las plantas no hablan? Escucha el silencio. Su follaje susurra con el viento. Y ahora es un adiós dulce y cariñoso. Siento que algo de mi se queda con ellas.

Sopla el viento. Me comentan que en esta cuerda siempre sopla el viento. No lo dudo. Miro el suelo. Hay una linea extraña. Falta la hierba, como un camino abierto por nadie en el que sobresalen unas especies de escamas blancas, pulidas, afiladas. Son calizas que el viento a tallado. Es un paisaje de cuento, algo inusual que me atrae y me obliga a mirar insistentemente.

Paso Tapia

No tardo en cambiar mi punto de mira. Ahora son hermosos caballos los que pastan tranquilos. Dicen que son silvestres. ¿Quien sabe? No se inquietan al vernos. Entre ellos destaca uno negro de brillante pelaje y hermosos ojos. Me mira fijamente. El viento mueve sus crines que brillan al sol. Disparo mi cámara y el ruido le asusta. Sale corriendo en un trote gracioso. Se para pronto y vuelve a mirarme. Hermoso caballo, libre y feliz. Hermoso momento.

 

Muskilda

Continuamos caminado hacia la cumbre que se divisa no muy lejana. Entre ella y nosotros el Collado de las Alforjas, y en el una dolina no muy profunda rodeada de blancas piedras superpuestas como si se tratara de un muro de mampuestos.

Llegamos a la cumbre y comenzamos la bajada. Es muy repentina. Hay quienes tienen problemas con las rodillas en estas bajadas tan fuertes. Me alegro que no sea ese mi problema. Me siento muy libre cuando bajo. Y mientras casi corro dejando entrar el aire en mis pulmones, como si se tratara del más exquisito perfume, recuerdo a quienes temen estas empinadas cuestas. Alguien que siente vértigo ha pedido una mano para sentirse seguro. Y recuerdo mis fatigosas subidas. Vuelvo la cabeza buscando a alguien que pueda necesitarme. No es necesario. Todos están bajando a su aire, sin problemas.

Ochagavia

Abajo el Paso Tapia es una llanura verde que se rompe en un barranco por donde cruza la carretera. Al fondo está nuestra meta. Es pronto. Ahora iremos a la ermita de Muskilda y a Ochagavía. Hermosos lugares. Merece la pena perderse por ellos.

Octubre 2.005

M.R.B.M.