Los pueblos del Parque de Las Batuecas-Peña de Francia.En mi visita a Las Batuecas no me fue posible visitar todos sus pueblos de la forma que habría deseado debido a la falta de tiempo. En algunos de ellos, la luz del día se marchitaba mientras paseaba por sus calles. Las sombras en sus estrechas y empinadas callejuelas, las luces que comienzan a alumbrar los rincones empedrados, el sol que se oculta, la noche que cae, soledad y silencio, tienen un encanto especial, son momentos inolvidables, pero las fotos... eso... soy incapaz de hacerlas como es debido, por tanto lamento dejaros con la miel en los labios. Os hablaré de ellos en conjunto, algunos con más detalles que otros, dependiendo de mi información, pero lo cierto es que todos, todos, merecen la pena ser visitados. Un apartado especial se ha ganado Miranda del Castañar, que, aparte de ser un pueblo precioso, fue mi residencia en estos días.
La Alberca
Para entender la idiosincrasia de estos pueblos serranos, hemos de remontarnos a muchos siglos atrás. ¿Cuantos? Pues, todo apunta a una historia muy antigua, incluso a la romana, floreciente en época medieval, cuando los judíos, árabes y cristianos convivían en ellos. Sus calles y casas nos lo cuentan. Solo hay que observar el trazado de las calles, estrechas, retorcidas, esquivas, ocultando la vida que transcurre en ellas.
En los rincones más escondidos, menos reformados, las ventanas pequeñas dejan ver el exterior pero difícilmente enseñan lo que ocurre tras ellas... todo un aporte judío, recogido, silencioso, oculto.
La Alberca, como el resto de los pueblos, conserva su estructura original, con algunas reformas adaptadas. Es lógico, de lo contrario no se mantendría en pié. Son fachadas casi intocables, en donde la piedra sostiene el resto de la casa. Abunda el adobe y la madera formando los entramados de vigas que, con una disposición característica, dan ese encanto especial a todos estos pueblos.
Es muy fácil distinguir las construcciones que aún se mantienen como antaño y las remozadas. Las calles conservan su estructura original. Los canales por donde corre el agua, hoy están empedrados, vete a saber si hace siglos también lo estaban... Estas puertas, hoy en madera viva, ¿estuvieron siempre así? o ¿en su día estaban pulidas o barnizadas? En estas casas que cuentan el paso de los años es donde mejor nos remontamos al pasado.
En La Alberca todo, o casi todo, gira en torno al turismo. En las calles principales abundan las tiendas de recuerdos, los bares y los comercios ofreciéndonos la rica producción de embutidos de la zona. Es toda una tentación en la que es difícil no caer.
Pero lo que más llama nuestra atención son las fachadas. La construcción de las casas en este parque es muy peculiar, no solo en La Alberca sino en todos los pueblos de los alrededores. Con las variantes que el tiempo ha ido introduciendo, observamos que abunda la piedra de granito en las columnas que forman los soportales, en las jambas de las puertas, alféizares de ventanas...
La parte baja de las casas, generalmente consta de dos puertas, la pequeña, la entrada a la vivienda, la más grande, la cuadra. Arriba, en la vivienda propiamente dicha, la fachada rellena el entramado de madera con adobe, a veces recubierto de yeso encalado, en otros casos es de piedra y en algunas ocasiones se protege con tablones de madera.
Las casas más antiguas se encuentran principalmente en las calles secundarias. Las principales han sido restauradas y han perdido parte de ese encanto de lo auténtico. En las calles de los barrios, esas retorcidas y estrechas, es donde encontramos la "salsa" de esta comarca, las ventanas pequeñas, las puertas casi encogidas, los aleros de los balcones que casi tocan al de enfrente, y las flores que cuelgan de las galerías de madera, estas están por todas partes.
Los dinteles de las puertas son un dato curioso y al tiempo muy característico de estos pueblos. En la mayoría de ellos encontramos símbolos religiosos que aluden a Jesucristo y a la Virgen. La explicación lógica de este hecho se remonta a la época de la expulsión de los judíos. Todos aquellos que quisieron quedarse, los conversos, debían, o querían, hacer una demostración de su nueva religión, y de esta manera quedar libre de sospecha.
Debemos ir con los ojos bien abiertos y la atención puesta en lo que las paredes cuentan.
Encontramos alusiones a Dios y la Virgen, las iniciales de JHS con la cruz incluida en el símbolo, la frase Ave María Purísima en muchísimas fachadas, e incluso en alguna de ellas los símbolos de la Inquisición, que debió estar muy presente en esta zona.
Mención aparte merece el atuendo y las joyas los habitantes de estos pueblos. La plata es el componente principal de la joyería, y así encontramos las famosas filigranas charras. Lo más característico es el botón charro. Lo encontramos por todas partes, no solo en joyería, sino en tiradores de puertas o cualquier otra ornamentación a la que se adapte.
Cualquier información de la que hablo, puede ser aplicable a todos los pueblos de la zona. Por lo tanto, continúo mi recorrido, que siguiendo riguroso orden alfabético, da paso a un pueblecito pequeño, muy muy rústico, lleno de encanto: Casas del Conde
El paisaje del parque natural Peña de Francia-Batuecas es bastante variado. Si nos desplazamos a la cumbre de la Peña de Francia, podemos tener un concepto bastante claro de él. Una zona, la que se extiende al sur y al oeste, montañosa, replegada, con barrancos profundos, aunque las alturas no son demasiado elevadas. Pero muy arbolado, y recortado con canchales de granito y pizarra. El mundo en donde los montañeros deseamos perdernos. Al este y norte, la llanura, la meseta de Castilla, los campos llanos, abiertos y de amplios horizontes que permiten ver hasta Salamanca. Según nos acercamos a las montañas de la Sierra de Francia, aparecen las lomas y los valles. Ese despertar de la tierra que se despereza y se eleva en las montañas. Allí es donde se ubican estos pueblos serranos.
Casas del Conde ocupa una de estas lomas. Llegamos por una carretera de amarillos castaños, robles, sauces y de vez en cuando cerezos que ahora, en otoño, tienen el color rojizo de unas hojas que quieren distinguirse del resto.
Como ya os digo, es un pueblo pequeño, dividido en dos zonas por un arroyo que baja al valle del río Francia. La más antigua agrupa las casas a ambos lados de la carretera que nos lleva a una ermita, con una bonita espadaña. El paseo es el retorno al pasado entre casas de piedra y adobes, como siempre. Al final del paseo, mientras contemplamos a lo lejos el valle y la parte alta del pueblo, la más moderna, aparece la estampa insólita, la que no esperas. Un matrimonio de viejucos, dicho este nombre con el mayor cariño y respeto, aparecen por el puente. Ambos visten a la antigua usanza, o mejor dicho, a la de primeros de siglo, falda larga de vuelo ella, pantalón amplio él, y sobre sus encorvadas espaldas, dos fardos pesados de aceitunas que "traemos de dos kilómetros más abajo. Pesa subir la cuesta, pero el año pasado vendimos el burro, y ahora nos toca cargar con ellas"
Me he quedado atónita, sin habla. No esperaba esta imagen en el siglo XXI. Tan atónita que no vi la posibilidad de inmortalizarlos en una foto. Mi respeto hacia ellos era tan grande que me olvidé de todo... Miranda del Castañar (VER RUTA DEDICADA A ESTE PUEBLO) Mogarraz
Mogarraz, junto con La Alberca y Miranda, forman la trilogía de pueblos en los que no me importaría "perderme" por una larga temporada, en esos momentos en que necesitamos olvidar el mundo en el que vivimos y trasladarnos a algún lugar hermoso y lejano, donde poder escuchar a las piedras contando historias pasadas que solo los soñadores podemos oír. Su pasado más conocido se remonta, según cuentan, al siglo XII donde aparece formando parte del Condado de Miranda. Aunque su historia es mucho más antigua.
Mi visita a Mogarraz fue breve. Al final de un día de otoño tardío que trae las sombras demasiado pronto. Llegamos por la carretera que viene de La Alberca, y fue necesario (por el placer de la imagen) parar en un recodo de la carretera para deleitarnos con los valles y colinas que se teñían de dorados y rojos bajo el sol del atardecer. A lo lejos, en la línea del horizonte montañoso, se asomaba Monforte, que no pudimos visitar, queda para otra ocasión. Tiene fama este pueblo por los morteros que en él se fabrican.
Al llegar a Mogarraz nos sorprenden las estrechas y empinadas calles, muy medievales, muy judías... La iglesia, con la torre separada, y sobretodo la plaza.
Tiene un encanto especial esta plaza, sin una forma concreta, ni redonda, ni cuadrada, ni rectangular, ni... pero lo que sí es... es difícil de explicar lo que se siente en ella. Entramados de madera, paredes de piedra, adobe y cal, rincones que se esconden, balcones que se asoman, escaleras que suben a callejuelas estrechas, un remolino de imágenes en la cabeza que da vueltas y gira siguiendo la mirada que se desplaza rápida de uno a otro rincón, iguales en esencia, y a la vez tan distintos.
Poco tiempo tenemos para pasear por sus calles, pero es suficiente para apreciar lo empinadas que son, las escaleras que unen unas con otras, lo estrecho de algunas de ellas, las fuentes, las plantas que cuelgan de los balcones, y el atardecer que nos trae precipitadamente la noche.
Cuentan que lo más significativo de Mogarraz es su artesanía. Son famosos los trajes que lucen en sus fiestas patronales. Se cuenta que en este pueblo es donde más abundan los orives, bordadoras, zapateros... y como casi siempre, cuando la noche cae y debo marcharme, me queda ese gusto amargo de la despedida de algo que solo he probado, me quedo con la miel en los labios, y en el fondo, deseo enormemente volver. Monsagro
La imagen que conservo de Monsagro es muy distinta de los pueblos que conforman el parque. Debo incluirlo en este lugar por conservar el orden alfabético, pero debería ir aparte. Esto se debe a su situación, en el lado opuesto de la Sierra de Francia. Es probable que este sea el motivo por el que sus construcciones son tan distintas del resto de los pueblos del Parque. La barrera de las montañas han hecho de los otros pueblos un reducto con características muy peculiares y por esto ha sido posible la conservación de sus ancestrales costumbres. Lo más característico de Monsagro son sus fósiles. a los que ya he hecho referencia
Y por supuesto, a las afueras del pueblo, las recuperadas eras. Monsagro está orgulloso de ellas, y por lo tanto, las han restaurado, limpiado, y dado una explicación de su utilidad en unos paneles informativos.
Bajamos a visitarlas y, además de lo interesante de las explicaciones, disfrutamos de una magnífica panorámica de los alrededores.
Por nuestra izquierda, reconocemos la Peña de Francia, visible desde casi todos los rincones del Parque, frente a ella, más hacia la izquierda, la Sierra del Guindo, con el Pico Hastiala, y ambas separadas por el río Agadón. En el lado opuesto, a la derecha, las últimas estribaciones de la Sierra de Gata. Toda una tentación...
San Martín del CastañarDe nuevo nos encontramos con el tipismo de la zona. San Martín del Castañar no se incluye en los límites administrativos del Parque, pero como La Alberca, Miranda, Mogarraz y Sequeros, ostenta el calificativo de Conjunto Histórico Artístico.
Creo que debe ser incluido en este apartado debido a su proximidad a los límites del Parque, y no entiendo por qué no está incluido en él. Bien, no soy yo quien para opinar si debe estar o no...
Las calles de San Martín, son igualmente tradicionales, aunque no con tanta fuerza como en La Alberca, Miranda o Mogarraz. Estrechas, de reminiscencias judías, fachadas de piedra, cal o adobe, rejas de forja, balconadas de flores y al fondo, el castillo medieval.
Hoy es día de mercadillo, recuerdo de otros tiempos que se ha puesto tan de actualidad en casi todos los pueblos de nuestro país. Esto da aún mas ambiente al lugar. Encontramos patios cerrados, que sirven de entrada a portales de casas independientes. Arcos de ladrillos que dan acceso de unas calles a otras. Y el color amarillo de otoño de los castaños y robles que rodean el pueblo.
Junto al castillo, la plaza de toros, cuadrada, sin cerrar, con burladeros de granito. Algo más abajo, la iglesia, en cuyos aledaños comienza un Vía Crucis. En los alrededores del pueblo encontramos varias ermitas, y los restos de una calzada, que podría ser romana, no lo aseguro porque no tengo referencias sobre ella.
Lo que sí sé es que este lugar fue un enclave romano, un punto desde el que partían caminos estratégicamente diseñados, y que al parecer hoy en día sirven como rutas a pie
Me llama la atención la espadaña de la iglesia y su torre de granito. La puerta principal da a una plaza recoleta, en ella una pequeña tienda con productos de la zona, y al frente la calle retorcida y estrecha. Es un mundo de piedras en las fachadas, de calles con reguera en medio por donde corre el agua, de gatos que nos miran y de humos que salen por las chimeneas.
SequerosPor último Sequeros. Más de lo mismo, pero a la vez totalmente distinto. Este pueblo se enorgullece de haber sido el lugar donde León Felipe paso parte de su vida. Y allí, bajo unos soportales encontramos la que fue su casa, con cartel que la hace inconfundible.
Paseamos por el pueblo, y hago una recopilación de la vida de estas gentes. Recuerdo la convivencia entre judíos, árabes y cristianos, tan común en tantos pueblos de España en la época medieval y parecen caminar por estas plazuelas. Así mismo parece que veo sus oficios, sus vidas. Afortunadamente, aún conservan sus trajes típicos y lo primero que me viene a la mente es ¡que frío debían pasar y cuanto peso soportaban encima!
Es curioso el atuendo de las damas. Principalmente el que se utilizaba para el día de la boda, al que llaman "De Vistas" Es uno de los trajes más ricos de nuestro país. La falda o jubón es de paño de colores oscuros, aunque se alegran con adornos de colores llamativos. Igualmente el manteo y el delantal. Es destacable los bordados en estas prendas, así como en la mantilla que se coloca sobre la cabeza y de la que cae un pico sobre la frente.
Pero lo más llamativo de la artesanía de esta zona son las joyas, hechas por los orives. Quizás porque es lo que hoy en día seguimos utilizando. Se trata de filigranas tanto de plata como de oro, que las mujeres lucían en sus trajes de fiesta, principalmente el de Vistas. Los collares largos, a veces hasta las rodillas, uno sobre otro, cada uno diferente. Es mucho lo que hay que hablar de estas joyas, que incluían hasta pequeñas cajitas con amuletos. Estas cadenas de adornos, se colocaban también sobre los hombros y caían por los brazos. Indudablemente, los pendientes y sortijas formaban parte del atuendo. En su conjunto, me paro a pensar cuanto podría pesar la vestimenta de estas mujeres y me da escalofríos....
Pero no penséis que los hombres se quedaban atrás. Escondido en el aspecto de traje sobrio, generalmente negro, bajo las capas de paño, los botones charros, de plata o de oro, adornaban los chalecos, las chaquetas o abotonaban las capas. Las botas de ellos y los zapatos de ellas dejaban su austeridad atrás con las hebillas de plata. En fin, todo un lujo, toda una maravilla digna de contemplar. Todo un mundo del que los salmantinos nos darán detalles... Habrá que ir a visitarlos en sus fiestas para verlos, merece la pena. M.R.B.M. |