A la Cascada del Chorro / Las Batuecas / Salamanca

El Chorro

En el límite de la provincia de Salamanca, cuando podríamos decir que tenemos un pié en Las Hurdes extremeñas y otro en Las Batuecas salmantinas, encontramos un paraje con entidad propia, tan propia que da el nombre a todo un parque natural. Me estoy refiriendo al valle-barranco que forma el río Batuecas.

Monasterio de San José

Para llegar a este lugar tenemos dos opciones. Una, bajar desde La Alberca, después de haber llegado al Portillo, desde donde las vistas son magnificas, empleando destreza para superar las mil y una revueltas de la carretera, que por otra parte hace las delicias del acompañante, que no del conductor, debido a la belleza de la zona, o bien rodear el límite del parque, por la carretera que pasa por Sotoserrano y llega a Las Mestas, pasando durante unos kilómetros por Las Hurdes. Desde Las Mestas un indicador nos lleva a Las Batuecas y el Monasterio y La Alberca.

Puente sobre el río Batuecas

Al principio la carretera es cómoda, pero pronto comienza a hacer zetas y cuando miras al profundo valle una y otra vez admirando su belleza, ves al fondo, atrás, la silueta del Monasterio, el punto en donde comienza la ruta y te das cuenta que has pasado de largo, que estás subiendo a las temidas zetas del Portillo y no queda otra que volver atrás a la mínima oportunidad. Recuerdas que, en la subida, había un desvío a la izquierda sin señalización, ni nada que hiciera sospechar que ese era nuestro destino. Y así, cuando llegas a él, ves que en el recodo del desvío hay una indicación al monasterio, solo visible si se viene de El Portillo...

Tapia del monasterio

Por fin llegamos a las puertas del monasterio. Imposible entrar en él, no está permitido. Aparcamos el coche en las afueras y cruzamos un puentecito para situarnos en el camino que bordea la tapia del monasterio. Desde el comienzo es una ruta atractiva. Siempre he pensado que los monjes son "gente lista" Donde hay un monasterio hay belleza y naturaleza exuberante. Y aquí, realmente, lo encontramos.

La tapia de piedra se adorna de yedra y musgo. Junto a ella el río corre entre saucedas y tejos, la humedad se respira, y el rumor del agua que salta por las piedras llena el ambiente. El suelo es una maraña de raíces entrelazadas que apenas dejan ver la tierra.

El río Batuecas.

Tras recorrer la tapia, el paraje se abre y la senda nos lleva a un puentecito de piedra. Algo más adelante, hay una bifurcación que si seguimos nos llevaría por empinada cuesta a las ermitas que están diseminadas por estos parajes. Allí solían retirarse los monjes para sus meditaciones y rezos. No es nuestra intención llegar hasta ellas, por lo que seguimos las marcas de sendero local, verdes y blancas, disfrutando de un paraje precioso, poco habitual. En esta zona los alcornoques y los madroños son los dueños del paisaje. Al comienzo, los primeros madroños nos llaman la atención, sin saber que nos van acompañar la mayor parte del día. Son pequeños, peros sus frutos rojos y redonditos, agradables de acariciar como peluches, se ven caídos por el suelo.

Alcornoques en el camino

Las pizarras son abundantes en este lugar. El río está lleno de ellas, por lo que el agua corre limpia, sin arrastrar sedimentos que la enturbien. Lástima que estemos en una época en la que el río viene mermado, el verano hace estragos...

Igualmente, la mayor parte de nuestro camino es pedregoso y a veces incómodo. Las laderas son bastante inclinadas, y encontramos en ellas pedreras que no por ello dificultan el crecimiento de los alcornoques. Al poco de caminar encontramos una carbonera en medio de la senda. Un recuerdo de lo que fue la vida en estos lugares. Hay marcas de P.S por el camino, por lo que vamos muy tranquilas. Pero ojo... no debemos fiarnos demasiado, al poco ya no están...

Canchales cercanos a El Zarzalón

Cuando llevamos una media hora de paseo, una pedrera sale al camino. No ofrece ninguna dificultad pasarla. Los alcornoques crecen al extremo opuesto, sin importarles el terreno, y al poco, encontramos unos carteles que nos indican el primer punto a visitar, el Canchal de las Cabras Pintadas.

Subimos por la pedregosa y empinada senda hasta un canchal abrupto en donde el camino se acaba. Primera decepción del día. Las cabras pintadas no aparecen por ningún sitio. Buscamos, rebuscamos, damos vueltas, miramos los salientes del canchal, los rincones más escondidos, y por fin, desistimos. No las hemos encontrado...

Madroños diseminados por el suelo

Retrocedemos a l camino principal, y seguimos disfrutando de las imágenes que nos ofrece, Al fondo el río, en la orilla opuesta paredones escarpados, y los alcornoques cada vez más abundantes que extienden sus ramas a veces hasta tocar el suelo. Están preciosos. Olvidamos rápidamente nuestra decepción y continuamos por el sendero, muy claro, hasta otro indicador que nos marca la subida a otro punto de pinturas, el canchal de El Zarzalón.

Algo decepcionadas por nuestra infructuosa búsqueda anterior, decidimos no subir por el momento. Nuestra meta es principalmente la cascada de El Chorro. No conocemos la zona, los días ahora son cortos, y creemos que lo más prudente es continuar hasta el final para poder sopesar las paradas y el tiempo de que disponemos.

Los alcornoques son los reyes de la zona

Tomamos la senda que sigue paralela al río y acabamos en él. Las piedras brillan con las aguas que saltan formando chorreras, y aquí, lo que impera son los madroños. Se mezclan con los alcornoques, los brezos, las jaras y alfombran el suelo de frutos rojos y amarillos. No podemos dejar de pisarlos, son demasiados...

El camino se vuelve menos cómodo, se interna en el río entre lajas de pizarra y hay que prestar atención y buscar por donde continuar. Yo... eufórica por el entorno... me olvido de las pinturas, del tiempo, de mi misma...

El semi-sendero de pronto sube muy empinado hasta encontrar el principal que hemos dejado anteriormente. Ahora, de nuevo es un cómodo caminar entre alcornoques, madroños, helechos y piedras hasta llegar a un arroyo, el de La Paya, que debemos cruzar.

Poza de la cascada del Chorro

El suelo cada vez es mas pedregoso, pero el sendero está muy claro. A partir de aquí se vuelve más agreste, más "montañero" Cruzamos el río Batuecas y comienza la subida algo empinada, en medio de preciosos rodales de alcornoques.

Nos dirigimos a las paredes rocosas de nuestra derecha. Al fondo el arroyo de El Chorro. Al frente los montes que delimitan el valle. Cada vez más madroños, cada vez mas bolitas en el suelo, y cada vez mas glotonería... están deliciosos... Cuidado, ¡no comamos muchos que emborrachan! Pero son una delicia, maduros, tiernecitos, jugosos...

Parte del camino al regreso.

La senda se empina, da vueltas y revueltas. Estoy impaciente y bastante escéptica.¿No habremos confundido el camino? No es posible, está muy marcado, pero las trazas de PS hace mucho que han desaparecido. Me preocupa la duración del día. Estoy a punto de desistir. Tengo el apoyo de Nieves que me anima y me da confianza.

-No estamos equivocadas, el camino es este, estoy segura, en cualquier momento aparecerá la cascada...

Si algo me inquieta es el día corto por el momento del año en que estamos. Oscurece muy pronto, más aún en estos barrancos en donde casi no entra el sol. Pero seguimos. Salvamos unos pequeños resaltes con algo de trepada muy fácil esperando que la cascada esté tras ellos, pero no, sigue el sendero... revueltas y mas revueltas sin horizonte, solo paredes de roca, alcornoques, madroños, helechos... preciosos por cierto, pero debo confesaros que estoy deseando escuchar la caída de los diez metros de cascada...

La poza de la cascada

Nieves va delante. Muy segura. Debo agradecerle su templanza. Yo me habría vuelto... Pero de pronto la oigo

-¡Aquí está!

Por fin... se ha hecho desear. Está escondida, en un anfiteatro de piedra. Acallada por los paredones que la rodean y bastante mermada de agua, por los mismos motivos que el río. Pero es un lugar apacible, sereno. Merece la pena estar aquí, junto a la poza, escuchando como se estrella el agua en las piedras, como el poco sol que entra forma un arco iris y se refleja en el agua.

Ahora, con la meta alcanzada, sopesamos las posibilidades del regreso, y no hay ningún problema.

Paraje de Las Batuecas.

Tras disfrutar del entorno, emprendemos el regreso. Ahora sí me recreo en el lugar, en los bosquetes de alcornoques de pelados troncos, en las praderas alfombradas de madroños, en el río que salta, y en el paisaje del fondo, las cuerdas de los montes más altos de Las Batuecas. Por ellos baja la ruta que arranca en la Peña de Francia, o en el Portillo o cualquier otra, hay muchos senderos por recorrer en este lugar.

Ahora, sin preocupaciones, disfrutando de las imágenes, hacemos proyectos para volver con días largos y descubrir estos rincones. Y por supuesto, el regreso lo hacemos por el camino que abandonamos, y que pasa por los canchales donde se supone que encontraremos pinturas.

¿ La cueva ?

El paseo es muy agradable. Junto a paredes de rocas que me recuerdan al Alto Tajo, llegamos a lo que suponemos que debe ser el canchal de El Zarzalón, pero de nuevo, la decepción. Hay una cueva, sí, pero sin rastro de pinturas.

Decepcionadas continuamos hasta el monasterio. Observamos con calma la ladera en donde se salpican las ermitas y vemos a lo lejos algunas de ellas. Parece que está oscureciendo. Aún no hemos comido. Preferimos salir del barranco y comer junto al coche, se está cerrando el día. Casi no hay sol. Miro el reloj y aún son las tres de la tarde... Son los montes, el profundo valle, los árboles que dan una espesa sombra lo que hace el efecto de que el día se acaba. Cuando salimos de nuevo a la carretera de Las Mestas luce un sol espléndido. De nuevo se ha hecho de día...

Una de las ermitas

Recapacito. Pienso y me doy cuenta que no he tenido un buen día. He desconfiado demasiado. El camino no es tan largo como me ha parecido, la senda está perfectamente marcada. No ha habido ningún problema en llegar a la cascada, solo que mi información no era buena. Esperaba una ruta mucho más corta, con una dificultad nula. La fuente de información en la que me baso para hacer esta ruta, daba un total de 6 kilómetros con dificultad nula. No es cierto. Ahora, con el sendero recorrido y después de recabar otras informaciones, sé que los kilómetros son al menos 9, y la dificultad oscila entre baja y media. Todo esto, unido a mi temor por lo desconocido y el horario corto de finales de otoño me ha hecho desconfiar demasiado.

¿Que ha ocurrido? Mi información no ha sido buena. Por otra parte, creo que las indicaciones de los responsables del parque no son suficientes. Si cuando estamos en el sendero principal encontramos marcas blancas y verdes de PS, y carteles indicadores de los abrigos donde están las pinturas, sería de agradecer que más adelante, cuando los caminos parecen terminar, esas indicaciones sigan estando de forma visible. Dudo si realmente soy yo quien no las ha visto, pero hemos buscado sin encontrarlas. No estarán muy visibles... Más tarde, ya de regreso a casa, he sabido que hay cuevas con unas rejas protegiendo las pinturas. Os aseguro que me ha dejado una espinita clavada, que de vez en cuando me hace pensar. Espero volver. Pero esta vez, visitaréla Casa del Parque en La Alberca, y no quedaré tranquila hasta ver cual ha sido mi error.

Diciembre 2.007

M.R.B.M.