Valle de Valtablado

Arroyo Almagrero

La ruta de hoy la iniciamos junto al monumento erigido en honor al Tajo, al que llegamos desde Tragacete, dirección Teruel. Pasado el puerto de El Cubillo, tomamos la dirección a Frías de Albarracín. Al poco, en una amplia explanada, unas estatuas de acero llaman Nuestra atención, es el el monumento al Tajo, al que han representado como un caballero andante, tipo Quijote, y junto a él los emblemas de las tres provincias que se unen en estas cumbres: Teruel, Cuenca y Guadalajara. No nos detiene mucho la contemplación de estas alegorías, que dicho sea de paso, no coinciden con nuestro gusto, y atravesamos la carretera que traíamos para tomar una pista que se dirige al nacimiento del Tajo, a la casa de Fuente García. Antes de llegar a ella tomamos una pista que sale a la derecha, y es aquí donde realmente comienza nuestra ruta.

 

Monumento al Tajo

 

Discurre entre pinares, sube lentamente, atravesando la loma. Sobrepasamos a nuestra izquierda unas colmenas y nos adentramos en el pinar cada vez mas espeso. No llevamos mucho rato caminando cuando llegamos a la cima en la que se abre una pradera y en ella, a nuestra derecha, una cerca de alambre delimita la dehesa que ocupa el valle de Valtablado. En ella encontramos una cancela de hierro, pintada de rojo, fácil de abrir. Al frente, a solo unos pasos, el valle de las salinas se abre amplio, sereno, como un anuncio de lo que va a ser la jornada.

Está rodeado de cumbres no muy elevadas, en las que abundan los pinos y enebros. A lo lejos, una loma poblada de árboles rompe la uniformidad de la amplia pradera, y en ella, como un punto rojo casi imperceptible, se asoma el tejado de la salina.

 

 

Salinas de Valtablado

La salina de Valtablado, es una vieja industria abandonada hoy en día. Su uso se ha reducido a la explotación de ganado vacuno bravo, y lanar, pero aún conserva los pozos donde se captaba el agua salada del río que lleva un nombre tomado del tipo de sus aguas -Arroyo Salado- así como los tanques en donde el agua evaporaba y se recogía la sal. La casa ahora es utilizada por los pastores, y aunque está en no muy buen estado, parece ser que va a ser restaurada, por los andamios que vimos en ella.

 

Bajamos campo a través, por los mullidos pastos, ahora algo amarillentos por el paso del verano, dirigiéndonos hacia donde vimos el rojo tejado, que en este punto se oculta entre los árboles, caminado entre el ganado que pasta y nos mira con extrañeza.

Llegamos a la casa y, después de curiosear por los tanques, nos dirigimos a la pista que marca nuestra ruta. Según caminamos tropezamos con Marcelino, el pastor, hombre de mediana edad que rebosa amabilidad por todos los poros de su cuerpo. Charlamos un buen rato, hablamos de todo, de las salinas, de los animales que pueblan el valle, reses bravas que el cuida, y de lo más interesante desde mi punto de vista, los corzos, gamos y jabalíes que al atardecer bajan al valle, y pueden ser vistos por todo el que se encuentre allí.

Dejamos su agradable compañía y nos dirigimos al fondo de la pradera, donde unas cumbres cierran el circo y por donde el Arroyo Salinas sigue su curso para encontrarse con otro arroyo, el de La Nava, momento en el que cambia de nombre para llamarse Arroyo Almagrero.

Arroyo Almagrero

A partir de este punto el caudal aumenta considerablemente. Ahora que hemos abandonado el arroyo Salinas el valle se estrecha. Caminamos entre pinares, por donde el Almagrero se abre camino entre fresca hierba, rosales, espinos, juncos...

Va ampliando su cauce que se ensancha saltando entre piedras. La pista que traemos se adentra en el río, lo que hace que tengamos que vadearlo una y otra vez. De repente un corzo cruza corriendo y sube por la cuesta.

Entre los pinos, los picachos rocosos emergen, ahora uno, mas adelante dos... se asoman entre las copas de los árboles, como escondiéndose hasta que al fin se muestra una serie de todos ellos.

Las laderas no son muy empinadas, el paseo es agradable, sereno, en paz... Caminamos en silencio queriendo atrapar este sosiego, cuando al fondo de la pista algo que se movía permanece inmóvil, como nosotros... Tres gamos nos miran fijamente. ¿Tienen miedo de nosotros? No nos atrevemos ni a respirar por temor a auyentarlos. Son preciosos, y ¡están tan cerca!. Al fin, decido coger mi cámara, pero al primer leve movimiento salen corriendo monte arriba.

Vistas desde la subida

Continuamos felices por el encuentro, y con el ojo alerta, siguiendo el sendero que vadea el río una y otra vez. Ahora es una ardilla quien trepa por un pino, y al vernos también se queda inmóvil. Su miedo la debió paralizar, o quizás es su modo de pasar desapercibida.

El río ahora va formando un estrecho de paredes rocosas, muy cercanas entre si. El sendero se pierde en el mismo lecho del río, en un estrecho cañón y deberíamos caminar dentro de las aguas o buscar como hacerlo sobre las paredes rocosas, por los cantiles, lo que nos nos apetece demasiado y decidimos volver.

Sabemos que una pista sube por una empinada ladera hasta las cumbres de la Ceja de los Gavilanes. Surge frente a los picachos que vimos a la ida, casi oculta por la hierba. Decidimos subir por ella, tenemos referencias de la abundancia de acebos en estas laderas y nos gustaría verlos. La tomamos con calma. La pendiente es muy fuerte, y de vez en cuando volvemos la vista atrás, para no perder el precioso panorama que nos ofrece. Y por supuesto, allí están los acebos, de verde fresco, y ramas tiernas. Por algo a estas laderas le llaman el Acebal... y subimos, subimos, subimos... poco a poco, superando el fuerte desnivel que nos separa de la pradera que se encuentra al final. A la derecha la Ceja de los Gavilanes nos muestra una amplia panorámica del valle opuesto, la zona de Zafrilla y Valdemeca. A la izquierda, el valle del Rincón de Palacios.

Se está haciendo tarde y decidimos volver de nuevo al arroyo Almagrero. Podríamos hacer el regreso por una pista que parece que hay que tomar a la parte baja de donde nos encontramos, pero se hace tarde y no nos atrevemos a aventuras. Nuestro regreso lo haremos por terreno conocido: las Salinas, las laderas que ascienden hasta la cerca y de nuevo al lugar donde tenemos el coche. Por lo que parecía un sendero acaba perdiéndose. Casi monte a través, bajamos la fuerte pendiente que antes habíamos subido por la pista. Ya estamos en la pradera de la salina, y emprendemos la subida de regreso. Esta anocheciendo, la luz se está yendo y tememos que se cierre la noche. Antes de que esto ocurra nos espera una sorpresa.

Valle de las Valtablado. En primer plano, piedras amontonadas en el pozo de captación, al fondo la casa de las salinas

Las sombras del atardecer quitan el recelo a los animales y ahora, cuando subimos hacia las lomas donde se encuentra la cancela, un grupo de jabalíes cruza corriendo ante nosotros. Es un grato encuentro, siempre que consideremos que no fuimos vistos, y nosotros sí a ellos.

El trayecto hasta la loma es algo largo, y la noche cae, sin remedio. Hay luna llena, afortunadamente, y nos alumbra el camino como si lleváramos un farol con nosotros. Junto a la cancela, un forestal que nos ha visto, nos espera. Le sorprende que a esas horas alguien esté por esos lugares.

Tras explicarle nuestro recorrido se ofrece a llevarnos en su coche hasta el aparcamiento, cuando termine su jornada que aún le queda media hora. Rechazamos la oferta y nos adentramos en el pinar que juega con la luna a las luces y las sombras.

Por fin, llegamos a la carretera y al coche. Son las diez de la noche. Hemos recorrido casi sin darnos cuenta, unos treinta kilómetros. La noche se ha cerrado, y en la explanada donde se homenajea al Tajo hace frío.

 

Septiembre, 2003

M.R.B.M.