El nacimiento del Júcar
El Júcar es otro de los ríos que integran el parque el Alto Tajo. Nace cercano al cerro de San Felipe, y accedemos a su nacimiento desde la localidad de Tragacete.
Muy próximo a esta localidad, una carretera nos lleva al albergue juvenil San Blás, y junto a él, la pista nos conduce a un cañón de caprichosas formas, altas paredes doradas, gigantes pétreos que custodian el valle por donde el Júcar se esconde bajo las piedras, temeroso de salir a la luz.
Aún es temprano, el sol apenas ha subido y las paredes se hacen sombras unas a otras. Un hilo de agua corre junto a la carretera, un hilo de Júcar que en esta zona cuesta pensar que se trata de un gran río. A medida que caminamos, la vegetación va haciendose más espesa, las paredes se van alejando dejando entre ellas una llanura verde, por donde adivinamos el discurrir del río. Solo un lecho de piedras, estrecho, sin apenas agua, nadie diría que bajo esos cantos rodados corre el Júcar. Ahora entramos en un denso pinar salpicado de rocas grises, y comenzamos a ascender en busca de la cumbre de San Felipe. El camino se bifurca en dos, y muy cercano a esta bifurcación encontramos un agradable pastor que nos aconseja que camino debemos tomar, realmente el mismo que pensamos tomar, pero agradecemos su gesto amable.
Desde la cumbre contemplamos amplios horizontes, a lo lejos Tragacete diminuto destaca en medio del verdor de los pinares. Decidimos bajar sin buscar el camino, por una fuerte pendiente, donde las piñas caídas lo cubren todo.Emprendemos el regreso, lo que nos llevará realmente a nuestra meta: el nacimiento del Júcar. Encontramos enseguida una gran mole rocosa, El Tormo de Cañaveras, en medio de una pradera y un denso pinar, como si se tratara de un monolito prehistórico colocado allí en honor a algún dios desconocido.
Nos alejamos a través del pinar, y ante nosotros aparece una pradera verde, mullida, impecable... o casi... Las heridas de los "todoterreno" han destruido el encanto de esta maravillosa pradera. Son huellas profundas, rompiendo la armonía de césped y pinares. Son tan profundas que dudo que puedan volver a regenerarse, y ahora recuerdo la opinión que tienen los pastores de la zona de quienes visitamos el Parque.
Cruzamos la pradera para adentrarnos en un incipiente cañón que poco a poco va tomando grandes dimensiones. Enormes rocas moldeadas de formas curiosas van apareciendo cada vez con más profusión hasta cerrar el cañón, de tal manera que llegado un momento solo hay poco más de un metro de distancia entre ellas. Es aquí donde un pequeño manantial nos confirma que acaba de nacer nuestro Júcar. No es este el único manantial, hay varios desperdigados algo más arriba, en los llamados Ojuelos de Valdeminguete, donde varias fuentes acaban conformando el río. Al igual que el Tajo, las fuentes dispersas sufren filtraciones para al cabo de unos metros reunirse y formar el cauce.
Todo a su alrededor es sorprendente. No puedo evitar pensar en cómo la naturaleza puede crear formas tan extrañas y distintas, cómo la diversidad de estas piedras enormes, rasgadas, caprichosas, pueden llegar a tocar nuestros sentidos y dejarnos enganchados a sus formas. No puedo dejar de pensar que es la naturaleza el mejor escultor que jamás ha existido. Avanzamos inmersos en nuestros pensamientos, en medio de rocas y pinos, por fresca hierba donde crecen los rosales y zarzas silvestres. Los majuelos empiezan a mezclarse con los chopos que a final del trayecto comienzan a hacer acto de presencia, mostrando el dorado luminoso de sus hojas de otoño. Ahora el sol se estrella con las rocas. Están llenas de luz, y el Júcar aparece tranquilo, pequeño, como si de un pequeño arroyo se tratara, corre entre maleza casi muerta por el paso del verano que acaba de dejarnos, su lecho verde de tiernos berros, y las transparentes aguas caminando serenas hacia su destino.
Septiembre, 2.002 M.R.B.M.
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