Cañón de Río Lobos

El cañón de Río Lobos

El conocido como Cañón del Río Lobos es un espacio a caballo entre las provincias de Burgos y Soria. Fue declarado Parque Natural en 1.985. Se extiende en una longitud de 25 kilómetros rodeando el cauce del río que le da nombre.

La rutas de senderismo que podemos hacer por este parque son varias, pero la zona más conocida es la que se extiende por el barranco que forma el río desde el Puente de los Siete Ojos, entre Santa María de las Hoyas y San Leonardo de Yagüe, hasta la Ermita de San Bartolomé, cerca de Ucero, donde también se encuentra el Centro de Visitantes.

 

Curiosa formación al poco de comenzar

 

Por esta zona es por donde discurre la ruta que hoy os propongo visitar conmigo.

En principio, os diré que el Río Lobos nace en la provincia de Burgos, cerca de Hontoria del Pinar.

Esta zona castellana, es muy similar a la que tantas veces os he comentado de Guadalajara.

Su orografía es básicamente la misma. Terrenos calcáreos en donde los ríos parecen jugar con el suelo al escondite.

La capacidad de la roca caliza para disolverse ha formado esos farallones que tanto llaman nuestra atención, mientras que, por la misma razón, filtra el cauce de los ríos y arroyos, "escondiéndolos" bajo un lecho de piedras que nos hace creer que el río no lleva agua.

 

Reflejos en el río

 

El río Lobos no podía ser menos, y desde que comenzamos a caminar aparece una marca amplia y pedregosa que nos indica por donde corre, sin que podamos ver el agua.

De vez en cuando, una pequeña balsa verdosa aparece junto a una roca, como la que os muestro en la foto, que a todos nos recuerda la quilla de un barco.

Esto se debe a que el río ha tropezado con una capa impermeable que no le permite seguir escondido, pero sin lo hace en sus alrededores, seguiremos sin verlo aún un buen tramo.

Cuando el río aflora, lo hace con un cauce transparente, muy azul, debido a las sombras que las paredes proyectan sobre él.

Es un lugar increiblemente hermoso. La quietud de las aguas, la transparencia de las mismas, el reflejo de los farallones en ellas, nos hacen pensar en un hermoso cuadro que quisieramos no olvidar.

 

Praderas

 

Pero no es esta la única imagen sugestiva de este cañón.

Las praderas no escasean. Los últimos días hemos tenido la suerte de recibir lluvias que han aplacado la sed de los campos y la hieba agradecida nos ha obsequiado con un verdor tierno y brillante.

Es una alfombra preciosa por la que caminamos sin sendero, entre pinares y rocas anaranjadas.

Hoy disfrutamos de un luminoso día lleno de sol. Hace fresco, esa frescura tan agradable que hace que caminar sea un placer sin precio.

 

Los pinos crecen en las rocas


Como tantas veces creo que os he comentado, caminar por la naturaleza debe ser algo sosegado y aleccionador. Este día nos enseña tantas cosas a poco queo observemos que no se puede bajar la guardia ni un intante.

En un momento, levantamos la vista y es un pino el que sobresale de una roca.

Son muchos los pinos que aprovechan las grietas para crecer en la roca. Pero este está decidido a que no se nos pase por alto, y ahí lo tenemos, junto a nuestro sendero, sobre nuestras cabezas, llamando nuestra atención.

 

 

Nenúfares en el río

 

El color del otoño tiene un encanto especial. En este cañón no solo encontramos pinos. La vegetación es muy variada, a pesar de parecer a simple vista uniforme.

Lo que más llama la atención son los pinos, abundantes y muy conocidos, pero las sabinas y los enebros están en su terreno. Esta zona es muy rica en sabinares y este lugar no podía ser menos.

Junto al cauce, son los sauces los que ahora se tiñen de amarillo. El suelo está lleno de us hojas lanceoladas, y se unen a los chopos para alfombrar el suelo de hojas caidas.

 

 

Oquedades en la roca

 

En un tramo del río, los nenúfares cuben el lecho. Ahora no están en flor. Imagino lo hermoso que debe ser en primavera cuando el agua se llene de hermosas flores flotantes.

Caminamos por amplias praderas. Contemplamos una y otra vez la filigrana de las masas calizas y observamos la labor erosiva del río.

En muchos tramos es muy palpable. Ha dejado marca por donde ha discurrido. Allí donde ha encontrado la roca más vulnerable ha excabado sin piedad, ha hecho cuevas, agujeros, cornisas, recortes puntiagudos... Y pienso en dos titanes en lucha, el agua mordiendo la roca y esta resisitiendo su embestida.

 

Junto a la Ermita de San Bartolomé

 

La caliza es una piedra relativamente blanda, si la comparamos con las que se han originado en el centro de la tierra, se han fundido con el magma y cuando han aflorado a la superficie han dado como resultado el granito, la pizarra etc.

La caliza es el producto de una sedimentación marina. En nuestro país es frecuente encontrar este tipo de roca. Pero aún más deleznable que la caliza es la marga, la arcilla, el yeso...

Estos materiales se unen con mucha frecuencia a la roca caliza. Esto es lo que hace que encontremos estas filigranas en los farallones rocosos de la región centro.

Pensad en los artifices de estas formaciones y no podeis menos que admirarlos. El agua, el viento, la roca, el tiempo... y el resultado masas anaranjadas o blanquecinas, rugosas, como encajes rizados que cada año cambia su fisonomía.

Desde la ventana que forma una oquedad en la pared del cañón.

 

 

El paseo de hoy es toda una lección de naturaleza. Es un placer para los sentidos. Es un lugar tan especial que los templarios lo eligieron para erigir una de sus ermitas.

Muy cerca de una pared donde una cueva se introduce en las profundidades, aparece la ermita de San Bartolomé.

Frente a ella una pradera amplia ilumina la vista. A su espalda el paredón rocoso parece protegerla, y a su izquierda, la filigrana de roca en la que dos ventanas nos muestran una parte del cañón por donde los buitres rebolotean.

 

 

Ermita de San Bartolomé

 

Por si el encanto del lugar no hubiera sido suficiente, la leyenda también se ha hecho eco en él. Nos cuenta que el origen del cañón se debe a la lucha entre el demonio y San Bartolomé.

El primero, persiguiendo al santo, corría por el cañón sobre un dragón que tropezaba con las paredes y las tallaba con sus llamaradas de fuego.

Leyendas aparte, la ermita se encuentra en una pradera inclinada, desde la que mira al río. Junto a ella se ha dejado el testimonio de dos grandes árboles secos, cuyos troncos le sirven de adorno.

 

 

 

Color de ortoño

Después de descansar en sus alrededores, subimos a la atractiva roca que se abre en ventanas y picachos. Desde ella contamplamos el cañón y comenzamos el regreso por una alameda, donde los chopos ya no conservan las hojas. Son trocos blanquecinos, esqueléticos, que no por eso dejan de ser encantadores, rectos, finos, altos...

Entre ellos un arbusto pone el color rojizo del otoño. La luz del sol ilumina las paredes de roca y el camino se llena de hojaras que cruje cuando caminamos. Al cabo de un rato llegamos al punto donde finalizamos la marcha. Todos estamos de acuerdo en que ha sido un hermoso paseo.

 

 

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M.R.B.M

Noviembre 2.005