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El Alto Tajo fue declarado Parque Natural el día 6 de abril del año 2.000. Como suele ocurrir generalmente, estuvo rodeado de polémica, hubo vecinos que se oponían a su creación y otros que la consideraban positiva. Como visitante del parque, solo alcanzo a ver en él son sus condiciones naturales, por lo que me parece un acierto esta decisión. Este año, 2.005, fecha en la que escribo estas líneas, desgraciadamente se ha calcinado parte de su territorio que tardará mucho tiempo en recuperar su estado anterior. Más triste aún ha sido la pérdida de vidas humanas. ¿Se podría haber evitado? No entremos en polémicas. Cuidémoslo, y admiremos su belleza.

Lo más característico de este parque es su constitución geológica. No encontramos en él las grandes cumbres que nos atraen a los montañeros. Es una gran llanura, una meseta, una planicie alta que suele oscilar alrededor de los 1.500 metros. ¿Donde está su atractivo? Pues en que su constitución es como si nos situáramos en una sala de operaciones, y tuviéramos un cerebro abierto, plano, puesto sobre una mesa. No os asustéis, este cerebro de Castilla-La Mancha es precioso. La superficie constituida por muelas y parameras se llena de hendiduras, de hoces profundas, surcos excavados por los ríos y los arroyos que la atraviesan. Su constitución permeable absorbe todo el agua que recibe para llevarla en su interior y sacarla al cabo de kilómetros en hermosas surgencias, cascadas preciosas, como las de la Escaleruela, o la de Los Ojos de la Carquima, que son atractivas no solo por su belleza sino por la dificultad en verlas en todo su esplendor. Generalmente están secas, hay que esperar, como cazador que acecha a su presa, a que las lluvias las hagan aflorar, y entonces se produce el milagro.

La arteria principal de este parque, como no podía ser de otro modo, es el Tajo que desde su cabecera conforma este paraje singular. Su nacimiento ocurre en un punto en donde se reúnen tres provincias, Teruel, la que recibe el honor de ser su cuna oficial, Cuenca y Guadalajara.

Este es uno de los puntos más altos del Parque, las cumbres que lo rodean oscilan entre los 1.700 y 1.800 metros. Es de los pocos lugares del parque donde encontraremos montañas propiamente dichas.

A partir de aquí comienza a horadar el suelo calizo, cada vez más y más hasta crear hoces profundas de paredes verticales. Buen ejemplo de estas hoces son "El Barranco de la Hoz" cercano a Molina de Aragón, o "El Hundido de Armallones", al que llegamos desde esta localidad o desde Ocentejo.

Pero no es el único en llenar de grietas profundas las montañas planas de esta región. El Barranco de la Hoz lo ha formado uno de sus afluentes más conocidos, el Gallo. El Cabrillas es otro hermoso río que no se queda atrás en sus labores excavadoras. Y no solo los ríos importantes desempeñan esta labor, los arroyos pequeños, los más insignificantes, forman ramblas profundas, hermosas, como ocurre en las de Arbeteta, o la que cerca de Orea forma el Arroyo de los Huecos.

Si bien la vegetación de las muelas y parameras es rala, muy pobre, generalmente pastizal seco, deja crecer en ellas un árbol centenario, protegido, las sabinas, algunas tan antiguas que se necesitan cuatro brazos para rodear su tronco, así las vi en las proximidades de Cuevas Labradas.

Pero no todo es seco en este lugar. Los barrancos y sus alrededores encierran una gran diversidad de especies, aparecen los enebros, los quejigos, los arces, los avellanos, los robles, y allí donde se va acercando al cauce de los ríos, los bosques de ribera son tupidos, verdes... También encontramos pinares producto de repoblación, pero mi mayor interés está en esos lugares en los que tuve que abrirme paso difícilmente entre la maleza, las zarzas, los rosales y los espinos. Allí donde la hierba llegaba a casi mis rodillas, donde las mimbreras silvestres se vuelven naranjas encendidas con el sol, bordeando los ríos, impidiendo muchas veces que pudiera sacar fotos a algo que alcanzaba mi vista. Los tupidos carrizos, las espadañas, los berros en las aguas del Ablanquejo, las libélulas de azul intenso junto al Salto de Poveda. La naturaleza virgen, en suma, que se enseñorea en este lugar.

En primavera se alfombra de flores, algunas muy comunes, otras no tanto, como los gladiolos, las orquídeas de las más diversas especies, los clérigos o aguileñas, junquillos, cantuesos, y el lino, muy típico de esta zona, de preciosa flor azul, humilde y sencilla. Las retamas , los agracejos y las aulagas impregnan el aire de un denso aroma, sin olvidar las varetas de gamones blancos. Se cubren de flores blancas los majuelos, los guillomos, los rosales... y en otoño sus bayas rojas y negras alegran el paisaje pardo de los quejigos. En las riveras los chopos se encienden de amarillo luminoso que se mezcla con los ocres y rojizos de las mil plantas rastreras que se extienden por las laderas. El romero, el tomillo, la menta de río proporcionan otro de los olores característicos del Alto Tajo.

Son múltiples las aves que podemos encontrar, pero las más características son los buitres leonados, que habitan en las cárcamas de sus hoces. Existen águilas, milanos y alimoches, más esquivos que los buitres, pero haberlos, los hay... Los jabalíes y corzos nos sorprenden en el otoño, las ardillas en los bosques, y en los ríos las truchas comparten territorio con alguna nutria, que a nuestro paso se lanza al agua sintiéndose en ella más protegida.

Como podéis apreciar, este cerebro calizo del Alto Tajo está lleno de naturaleza y atractivos, y encontramos en él tanta poesía como en el cerebro del mejor de los poetas.

¡Cuidémoslo!

Agosto, 2.005

Charo Bustamante