Por el Río Gévalo

El río Gévalo es un afluente principal del río Tajo por su margen izquierda. Realmente, cuando viajamos, nos damos cuenta de cuantas cosas nos quedan por aprender y hasta que punto llega nuestra ignorancia. Es la primera vez que oigo hablar de este río. Pero esta marcha ha servido para ampliar mis conocimientos y para aquellos que me visitéis y os ocurra como a mí, os contaré algo de lo que he visto en esta zona.

Robledo del Mazo y Sierra de la Sevilleja

Como comienzo os diré que se encuentra en la comarca toledana denominada La Jara, junto a los Montes de Toledo, cercana a la provincia de Badajoz.

Como podéis imaginar por su nombre, la jara es muy abundante y será uno de nuestros compañeros de camino, pero el nombre del pueblo nos recuerda lo que fue hace mucho, Robledo, indicación de que el roble debió abundar en esta zona, a pesar de que ahora es muy difícil verlo, al menos hoy...

Preciosa estampa

Lo que sí vamos a encontrar son preciosas rañas salpicadas de encinas, cubiertas de verde hierba y en las que las pizarras asoman arropadas por el musgo.

Este día es un tanto especial. El pronostico meteorológico es de lo más deprimente. En Madrid ha estado lloviendo durante toda la noche y debo confesar que esta mañana, cuando el despertador me anuncia que debo levantarme, mi ánimo, algo deprimido se niega a abandonar la cama. Debo esforzarme y pensar en lo beneficioso que va a ser para mi espíritu caminar por el campo.

Sierra de la Sevilleja

Según nos cuentan en los informativos, ha estado nevando en gran parte de la península, y puedo deciros que deseo enormemente encontrar algo tan bonito como la nieve en estos parajes, dado que es algo inusual en ellos. Y afortunadamente así es. La sierra de La Sevilleja está cubierta de un manto blanco en el que las manchas oscuras de la vegetación nos permiten ver sus formas recortadas.

Pizarras cubiertas de musgo y liquen

Remontamos la primera colina, una subida algo pronunciada sin llegar a ser incómoda y nos encontramos en el Collado del Mazo desde donde las vistas del pueblo y el valle son maravillosas.

El Collado del Mazo recibe ese nombre debido a una historia que nos cuentan, en la que se dice que en tiempos remotos abundaban los osos por estos lugares. Es una zona rica en flores, como la jara, por lo que la apicultura era uno de sus medios de subsistencia. Hoy veremos alguna que otra colmena. ¿Quién no ha oído hablar de lo golosos que son los osos? Pues los osos toledanos, no eran menos que los demás, y parece que se dedicaban a robar la miel. Para evitarlo inventaron un ingenioso y sencillo artefacto. Un mazo golpeaba sobre un tocón de madera, movido por las aguas de un arroyo, con lo que los osos no se acercaban. De ahí el nombre de Robledo del Mazo.

Río Gévalo rodeado de encinas

Alimentada la mente con el curioso conocimiento, y lleno el espíritu de la magnifica imagen del valle nos acercamos al pueblo. Es un típico pueblo blanco, de calles anchas y rectilíneas, la iglesia al fondo de una de ellas, y como marco la colina nevada. Me trae recuerdos de los pueblos de mi infancia, las encaladas casas, el perro callejero y alrededor de él las praderas que en primavera se cubrirán de margaritas.

Nos alejamos de él por una pista que nos lleva al valle del río mientras que el arroyo del Endrino nos acompaña. No podemos dejar de mirar a nuestra derecha. La línea de colinas blancas nos hace pensar en las altas cumbres, y, sabedores de que no estamos en ellas, comentamos lo cambiante que puede ser una imagen según en qué momento la contemplemos.

Barranco del río Gévalo

Antes de alcanzar el barranco del Gévalo atravesaremos una semillanura, una raña verde, salpicada de encinas, por la que corre el arroyo muy cargado hoy. Aquí la nieve es efímera. Dura tan poco que se diría que se derrite casi al caer. Por eso hoy los arroyos están preciosos.

Junto a unas rocas de pizarra, nos sentamos para descansar. Pienso que esta es la excusa para recrearnos en la hermosa imagen que nos rodea. Algo tan simple como unas encinas junto a un arroyo, en medio de la verde pradera, se convierte la mejor terapia para el espíritu cansado y abatido. La paz de este lugar entra en el alma, se cuela por todos los poros de la piel, y me siento reconfortada contemplado el horizonte. Hace sol. A pesar de que hay nubes negras en el cielo, a ratos dan paso a retazos de luz intensa. Van y vienen. Es la borrasca que está pasando. Me alegro infinito de haber venido.

Valle del río Gévalo

Atravesamos el río por un vado que hoy nos hace descalzarnos. Es un placer sentir por un instante el agua fría en los píes. Y poco a poco nos vamos acercando al lugar en donde el valle se encajona y aprisiona el río entre amarillentas pizarras.

Comento con un compañero el tipo de mineral de estas rocas. Me confirma que son pizarras algo diferentes a las que estamos acostumbrados a ver. Son más secas, no forman láminas quebradizas y su color es pardusco. Puede que sean muy antiguas. Realmente encontramos signos que nos muestran la probabilidad de que esta zona sea muy vieja. A lo largo de la ruta, encontramos pedreras cubiertas de un liquen amarillento. La piedras están muy redondeadas, muy gastadas. Es posible que hayan pasado demasiados siglos por ellas. Buen lugar para que un geólogo lo estudie. ¡Lástima que hoy no viene ninguno con nosotros! (O al menos no loha dicho)

Barranco del río Gévalo

El barranco no es muy grande. Es más bien una vaguada en la que en un tramo la roca aprisiona al río en altas paredes de filigrana.

Un rumor de agua se va volviendo cada vez más intenso. Al principio pienso en el río que baja con mucha fuerza, pero pronto veo el origen. Una cascada se precipita a lo lejos por una alta pared amarilla y verde.

Valle del río Gévalo

Nos dirigimos a ella pero el sendero hace un recodo y no podemos verla. Los mas "investigadores" se acercan con la esperanza de encontrar la forma de hacerlo. Es imposible, solo podemos verla a lo lejos, desde el camino. Nos dicen que la crea una poza rebosante. Cuando el río no esté crecido, cuando esta nieve se haya ido por completo, también se irá la cascada. Pero este precioso día nos ha permitido verla.

Desde este lugar la vista del valle es magnifica. Al fondo, entre las dos paredes del barranco, se abre una pradera con unas encinas. No me canso de mirar a este punto. Creo que pasará mucho tiempo antes de que lo olvide.

Bosque de quejigos

Después de recrearnos con tan bonita imagen retrocedemos por el empinado sendero hasta la senda principal y nos introducimos en una maraña de jaras. Aún es muy pronto para que estén en flor, pero su olor se percibe al roce de nuestros cuerpos que no pueden evirtarlo. El camino no está muy transitado, por lo que ellas crecen a sus anchas y lo invaden. Atravesamos una amplia pedrera y nos adentramos en un bosque de quejigos cubiertos de liquen. El suelo está salpicado de pizarras cubiertas de musgo y rodales de nieve. Es encantador. Creo que hemos tenido una inmensa suerte viniendo este día.

Quejigos cubiertos de liquen y pizarras de musgo.

Cuando abandonamos el bosque atravesamos una finca y tras ella una gran pradera con vistas lejanas. Un amplio horizonte verde que hace que se ensanchen los pulmones y el alma. Es una buena terapia.

Desde este punto nos dirigimos al comienzo de la ruta por una pista que nos muestra laderas suaves y a lo lejos una casa de rojos tejados da un punto alegre al paisaje.

Gracias chicos. Nunca podréis imaginar cuanto me ayudasteis este día.

Por un instante recuerdo el despertador y mi estado de ánimo cuando comenzaba el día. ¡Cuanto ha cambiado! Estos lugares y la magnifica compañía han disipado mis malos momentos.

Febrero 2.006

M.R.B.M.